Yo nunca he sido mucho de darme cremitas, más que nada porque me falta constancia y siempre se me olvida. Una vez, comentando con una compañera de trabajo el hecho de que no me daba nada, la mujer -que ronda los sesenta- me miró con espanto. "¿Ni una hidratante? ¿Ni una de noche? Mira que lo más importante es prevenir, porque una vez que salen los defectos ya no se pueden borrar". La mujer me lo dijo con tal seriedad y en un tono de tal autoridad, que aquel mismo día fui a If y me gasté una buena parte del sueldo en tres cremas distintas para distintos momentos del día. Y oye, que las he usado. No sé si funcionan o sirven para algo, pero yo confío en el efecto placebo. Además, huelen muy bien.
Y las he usado tanto que dos de ellas se me han acabado, así que ayer fui a comprar otro par de frascos nada más salir del trabajo. Había pensado en coger los frascos vacíos y llevarlos conmigo para decir "quiero ésta", porque ya se sabe que esto de las cremas necesita un máster por lo menos, pero fui así, a pelo, toda valiente yo. Entré en la tienda y me acerqué a una amable dependienta a quien no creo que nadie consiguiera reconocer sin maquillaje. Le expliqué lo que buscaba.

-Se me ha acabado la crema de noche. Es de Esteé Lauder.
-¿Y para qué es?
-Para... la... ¿cara?
-No, no, me refiero a qué hace.
-El... bote... es... ¿morado?
La mujer sonrió con los labios más gruesos y más rojos que yo había visto en mi vida y empezó a hablarme muy despacio.
-¿Qué tipo de tratamiento es? Hidratación, primeros signos de la edad, reparadora...
-Huele a lavanda.
Ella, toda campeona, me lleva a la sección de Estée Lauder y empieza a enseñarme botes. Los hay lilas, los hay azul clarito, los hay con tapa dorada... Pero ninguno tiene la tapa blanca.
-Creo que la que tú dices es de esta línea pero la de tratamiento hidratante, que no me queda. ¿Te la apunto?
-No, deja -digo yo, porque todos los botes tienen la tapa dorada y eso me mosquea un poco; empiezo a sospechar que me estoy equivocando-, ya buscaré.
-De todas formas, no sé si a ti te conviene esta crema, con esos granitos que tienes. ¿Con qué te lavas la cara?
Me da vergüenza decirle "con el agua de la ducha", así que le menciono un jabón de farmacia que uso cuando me acuerdo.
-¿Y qué tónico usas?
-Eh... No.
-¿No usas tónico? -Los ojos, negros, más grandes aún que la boca, están a punto de saltársele de las órbitas. Mientras habla, está llenando un botecito de muestra con una crema que cuesta casi cien euros. La mujer me explica que el tónico es necesario para hidratar la piel y que luego absorba mejor la crema, bla, bla, bla, y que igual esa que tiene ella entre manos me va mejor porque bla, bla, bla-. Te lleno el tarro para que la uses de día y de noche, ya me dirás -Traducido: te lleno el tarro para que te la des con la espátula de escayola, que vaya cara traes. Pero le doy las gracias igualmente.
-También quería un contorno de ojos, de Clinique.
-¿Qué hace?
Suspiro.
-El bote es pequeño. Yo qué sé. Es así -Junto los dedos para mostrar un bote, eso, pequeño. Ella me mira con resignación y me lleva al estante de Clinique. Y ahí me doy cuenta-. Uy, que no, que el contorno no es de Clinique, es como la crema de noche. Pero... Oye, espera, ¿no hay otra marca que empiece por E? Y el bote no es morado, es azul. Sí, azul con tapa blanca.
La chica me mira sin sonreír. No sé si piensa que le estoy tomando el pelo, que hay una cámara oculta o que soy gilipollas. Yo quiero desaparecer. Al rato reacciona: no quería matarme, estaba pensando.
-¿Te refieres a Elizabeth Arden?

-¡Sí! ¡Sí! ¡Elizabeth Arden, sí!
-Ay, pues ya lo siento, esa aquí no la trabajamos. Tienes que ir a (me dice dos establecimientos de la misma casa que están en la otra punta de Vitoria).
-Ah, vale, pues muchas gracias, y ya siento haberte vuelto loca.
-Nada, mujer, tranquila.
Tranquila se queda ella cuando me ve salir por la puerta. Esta tarde voy a meter los frascos en el bolso y ya, leñe.
(Me avegüenza mucho decir que esta escena es verídica al cien por cien. Os juro que no me he inventado nada: soy así de torda sin condimentos.)