Echa una ojeada: primer capítulo de Armarios y fulares

Si sois como yo, os gusta hojear los libros antes de comprarlos. No basta con leer la sinopsis, o que la portada os atraiga, o que os lo hayan recomendado: tenéis que pasar las páginas y ver las palabras escritas, fijaros en el diálogo, ver si los párrafos son muy largos o muy cortos. Cuando el libro que compras es digital, es más difícil de hacer. Más de una vez me he arrepentido de comprar un ebook al verle las entrañas. 

Como no quiero que os pase eso, aquí os dejo el primer capítulo de Armarios y fulares. Es bastante largo, y creo que con él vais a poder haceros una idea del tono del libro. Si no os deja con ganas de más, cerradlo y hasta otra, gracias por intentarlo; si os pica la curiosidad, podéis hacer la reserva a precio de ganga aquí y esperar poco más de una semana a seguir con la historia (si estáis leyendo esto en octubre de 2017, tenéis la suerte de que la descarga será inmediata). 

Perdonad la maquetación chapucera de este primer capítulo: os aseguro que la copia de Amazon tiene una calidad excepcional, más que nada porque yo no he tenido que ver nada en ello y la artistaza que es Artkanna se ha encargado de todo. 

Espero que os guste. 



Por qué escribo


Más de una vez me he parado a pensar por qué escribo. No es que lo haga a menudo, ni siquiera cuando estoy con una novela o una idea y no me sale y pienso en la de cosas que podría estar haciendo en lugar de mirar la pantalla en blanco y cagarme en todo lo que se menea, y para qué me levantaré yo a las seis y media de la mañana si podría estar durmiendo hasta las ocho, y quién me manda a mí hacer esto si a nadie le importa que yo escriba o no, si ya hay tantos libros que se necesitarán millones y millones de habitantes más en el mundo para que puedan leerse todos. No; simplemente de vez en cuando me da por pensar "¿y esto para qué?", sin realmente venir a cuento. Cada vez que me paro a pensar en ello, la respuesta es distinta. Unas veces es tan simple como "porque me gusta", otras "porque así espanto demonios", a veces "para conocerme mejor". Pero esta semana he descubierto la respuesta que las engloba todas.

Escribo porque me hace feliz. Y con eso me vale.

Soy una persona de temperamento introvertido, lo que significa que me gusta pasar tiempo conmigo misma y que recargo energía en soledad. Ojo, que esto no significa, necesariamente, que sea una persona tímida, porque no tengo problemas en entablar conversación con gente desconocida y últimamente he descubierto que hago amigos/as con relativa facilidad (todo lo fácil que es hacer amigos/as a partir de los cuarenta, vaya). Pero después de una comida con mucha gente, después de haberme codeado con desconocidos durante horas, después de un fin de semana por ahí con la familia o los amigos, para mí lo mejor del mundo es llegar a la soledad de mi casa y recargar pilas. Esto lo hago de dos maneras: en el sofá con un buen libro, o en el ordenador (o un cuaderno) descargando todo lo acumulado. Y todo lo acumulado pueden ser las sensaciones que me ha dejado el encuentro o volver a la historia que estaba escribiendo, hilar tramas, usar ese contacto que he tenido con el mundo real para hacer mi mundo imaginario más creíble. Y entonces me pierdo, me encierro de tal manera en mi cerebro que me cuesta distinguir lo que es real de lo que es ficticio, pierdo la noción del tiempo (pero del todo, hasta del calendario), olvido dónde estoy. Y cuando salgo de ese mundo que he creado, lo hago renovada, con el mismo subidón de endorfinas que si hubiera corrido una maratón (creo: nunca he corrido una maratón, pero afortunados y afortunadas todos y todas si sentís lo mismo que yo). Aunque me haya costado horrores escribir un párrafo o me haya atascado en un escenario imposible, no importa. Es como volver de una aventura en la que las condiciones las pones tú, aunque vuelvas sudorosa y con callos. Es mi cardio, que dirían los deportistas.

Ayer vi en un supermercado osos de peluche gigantes a la venta, y pensé: claro, se acerca San Valentín y ya están con el merchandising. Me costó diez minutos darme cuenta de que estamos en septiembre, que la que vive en febrero es la protagonista de la novela con la que me estoy peleando ahora. Solté una carcajada que asustó a la que estaba delante de mí en la fila del cajero y entré in the zone: bastó con eso para volver a hacerme pensar en la historia. Volví a casa sin ver ni los coches, no sé cómo no me atropellaron. No me senté a escribir, pero me pasé toda la tarde sumergida en la historia.

Para mí, el mejor antidepresivo del mundo. Y más barato no puede ser.

"¿De dónde sacas las ideas?", o de preguntas sin respuesta


Una vez, casi cuando acababa de empezar con el blog (y de eso hace ya diez años), una amiga me preguntó de dónde sacaba las ideas para los relatos y las pequeñas historias que escribía. "¿Cómo se te pueden ocurrir esas cosas?", me dijo, porque justo había publicado un instante en la vida de un niño y su madre que era un poco gore y no le cabía en la cabeza que yo pudiera ser tan macabra. No supe qué contestarle. ¿Cómo que de dónde salen las ideas? ¿Es que acaso no están a nuestro alrededor como las motas de polvo o el aire que respiramos? ¿No las ves tú? ¿No las ve todo el mundo?

Más tarde me di cuenta de que no, no todo el mundo las ve. Las ideas están ahí, sí, pero hay que saber verlas, y para ello necesitas saber cómo mirar. O quizás no sea tanto mirar como dejar que vengan a ti, dejar que te atrapen (a poder ser delante del ordenador, trabajando, o delante de un lienzo, o por lo menos un mal papel donde apuntarla), pero para eso tienes que estar abierta a esas ideas. Y normalmente no lo estamos. Normalmente pensamos que hay que concentrarse mucho para que se te ocurra una idea, dedicarte solo a eso durante un tiempo, cual pensador en el trono (léase "trono" como "wáter", el mejor lugar del mundo para tener ocurrencias), hasta que algo en tu cerebro fabrique esa idea brillante que llevar a cabo. En mi experiencia, nunca funciona así. Las ideas se me ocurren cuando me fijo en pequeños detalles de mi alrededor, cosas que parecen insignificantes pero que cambiadas de contexto pueden ser verdaderas joyas. Hay una técnica de escritura en la que tienes que utilizar dos conceptos que no tengan nada que ver entre ellos para crear una historia (Bernardo Atxaga tiene un cuento estupendo en Obabakoak, os recomiendo buscarlo, está por la red), y creo que ese es el germen que provoca la explosión que luego se convierte en un cuadro, en un cuento, en una novela. A veces no te das cuenta de dónde ha salido, parece que ha sido espontáneo, como si lo tuvieras guardado dentro y no lo hubieras sacado hasta entonces. Pero, en cuanto te pones a hurgar un poco, te das cuenta de que el origen no es otro que aquella tontería que pensaste hace tres años y la frase que dijo tu amiga del alma el otro día, o la escena de tu serie favorita que te hizo pensar en tu profe de lengua de primaria sumado a haber visto al chico que te gustaba cuando tenías quince años. Detalles, imágenes, chispazos. La suma de naranjas y coches teledirigidos.

A mí, personalmente, las ideas se me ocurren a docenas cuando me pongo a escribir. Es poner dedo sobre tecla y venir a mí cien historias que prometen ser mucho mejores que la que estoy escribiendo. La tentación de dejar lo que estoy haciendo es casi incontrolable; la atracción de una historia nueva, algo que promete ser fácil porque todavía no está trabajada, es tan sugerente que te apetece mandarlo todo a la porra y empezar de cero. Curiosamente, en las temporadas en las que estás en barbecho y no escribes, esto no pasa: ¡anda que no cuesta encontrar sobre qué escribir cuando llevas un tiempo sin hacerlo! Las buenas ideas se atraen unas a otras, como las hormigas exploradoras que luego vuelven a avisar a sus compañeras. "¡Eh, chatas, una que escribe! ¡Vamos a atacarla, a ver si se despista y conseguimos que no termine!" Es la ley de Murphy, supongo. No hay nada que hacer.

Ideas. Cuando tienes demasiadas, malo. Si no tienes, peor. Y distinguir una buena de una mala... Eso ya es tema para otro blog. O para ir al psicólogo directamente, que, por cierto, suele ser muy buena idea.

Cinco libros que no quiero que nadie me encuentre leyendo (pero que leo igual)

Leer libros "malos" es como comer fresas con chocolate:
al menos estás comiendo fruta, ¿no?
Lo reconozco: soy un poco elitista en lo que a literatura se refiere. Juzgo a la gente por sus lecturas, y, aunque me avergüenza reconocerlo, me río de aquellos y aquellas que tienen por favorito un autor o autora que a mí me parece malo. Una vez una compañera de trabajo me dijo que se había leído todo lo de Federico Moccia, que le encantaba, que releía sus libros y no podía esperar a que saliera uno nuevo; a punto estuve de dejar de hablarle, aunque me caía genial y es una mujer inteligentísima que vale un potosí. Huelga decir que nunca he leído a Moccia, y no creo que lo haga por dos sencillas razones: 1) no creo que me vaya a gustar, y sobre todo 2) si termina gustándome, me voy a querer un poco menos. Sé que son prejuicios, sé que está mal, sé que no es justo. Pero no puedo evitarlo. Soy una petarda.

Por supuesto, no soy yo quién para lapidar a nadie cuando tengo mi buena sarta de lecturas de "placer culpable", esas que leo cuando tengo la cabeza demasiado cansada o me apetece algo ligero para evadirme de la realidad. Algunas veces intento engañarme diciéndome que no son tan "lights" porque las leo en inglés, y al menos así practico el idioma, pero reconozco que sí, yo también leo basurilla literaria, por más que la definición de "buena" y "mala" literatura nunca me haya quedado del todo clara. Ojo, que no hablo de libros mal escritos o con una mala trama, sino de libros que quizás no muevan almas y levanten pasiones, ni nos hagan querer ser mejores personas. Mi excusa es que siempre será mejor leer un libro "malo" que enchufarme a ver cualquier porquería en la tele. Mejor Marian Keyes que el Sálvame, eso lo tengo claro.

He aquí alguna de mis vergüenzas:

El código DaVinci, Dan Brown



Sí, lo he leído. Sí, me encantó. Es más, me leí todas las obras que Brown tenía hasta entonces, que eran thrillers de lo peorcito, y no me arrepiento. En aquella época yo era joven e inconsciente y leía todo lo que caía en mi mano. Buscaba lecturas entretenidas, nada de rollos infumables. No lo he releído, porque creo que me sacaría los colores pensar que me podía gustar algo así. Curiosamente, recuerdo lo mal que me sentaba cuando la gente que no lo había leído lo criticaba y trataba de idiotas a los que nos había gustado. En mi defensa diré que la trama está muy bien hilada, aunque el final esté cogido con pinzas. Es el equivalente literario de ver CSI. No creo que una cosa tenga menos valor que la otra. 


El diablo se viste de Prada, Lauren Weisberg

Sufrí leyéndolo, pero me lo acabé. Por qué leí yo algo así es algo que todavía no entiendo, pero era verano, hacía calor, no quería pensar. Ya te digo yo que no había que pensar. Equivalente literario del Corazón, corazón, supongo. Malo, muy malo. Como comerte una rosquilla de anís, que en realidad no te gusta pero ya que te has puesto la acabas. 



The Fault in our Stars (Bajo la misma estrella), John Green

Meto este libro aquí porque sí, leer literatura juvenil a los cuarenta es placer culpable, pero la verdad es que el libro está genial. Aunque a primera vista parece que sea una historia de amor, el argumento va mucho más allá y trata la vida de adolescentes con cáncer. Lloré como una bellaca, me emocionó mucho. Curiosamente, lo leí porque descubrí uno de los canales de Youtube de Green, en el que hace vídeos de historia y demás para adolescentes, y me pareció tan majo que decidí leerle, pensando que era un completo desconocido. Cuando vi que salía la película basada en el libro, flipé. Desde luego, muy recomendable. 


Carrie, Stephen King

Durante años fui una acérrima enemiga de King. Sin haber leído nada suyo, me reía de la gente que leía a King, como si ser superventas fuera sinónimo de ser mal escritor (sigo teniendo ese vicio, pero me estoy quitando, de verdad). Después de leer On Writing empecé a leer sus libros de ficción, y me encantó. Este verano ha caído por fin Carrie, y la he gozado. Me ha gustado la estructura, la historia, la forma de contarlo, todo. No sé si entra en la categoría de "libros que no quiero que nadie me encuentre leyendo", pero admito que es algo que mi yo de hace unos años se hubiera avergonzado de leer. Hoy no; de hecho, han caído media docena de libros de King, y lo que te rondaré morena. 


Los pilares de la tierra, Ken Follet


No es que el libro sea malo, o que la historia no lo merezca, pero es que le he cogido tal manía al pobre Follet que ahora mismo no puedo ver un libro suyo ni en pintura. Al hombre se le ocurrió documentarse en la catedral de Vitoria para escribir Un mundo sin fin (que a punto estuve de tirar contra la pared de lo malo que me pareció) y ahora tenemos una estatua suya a tamaño natural en el centro de la ciudad. Durante meses no se habló más que de Follet y de que iba a poner a Vitoria en el mapa; al final lo único que hizo fue agradecer a la fundación que se ha encargado de la restauración de la catedral al final del libro. Que el libro me gustó en su momento, sí, pero luego te das cuenta de que es un hombre con un esquema concreto y una trama que repite sin cesar en cada libro, y ya no. No me pillarán otra vez, no. Este, para mí, sí que es un superventas de calidad cuestionable. 


Lo que más gracia me hace es que yo, siendo tan pija, haya terminado escribiendo un libro que no es más que eso, un pasatiempo que a más de uno le daría vergüenza dejarse ver leyendo en público. Desde luego no va a ocupar sitio en la librería de los elitistas como yo, aunque quizás lo escondan en algún cajón apartado. Y, como está en formato digital, nadie tiene por qué enterarse de lo que estás leyendo. Benditos readers, que nos han salvado de hacer el ridículo en más de una ocasión. Cuántas copias piratas de Cincuenta sombras de Grey han tenido que caer, y qué poca gente lo ha admitido, seguro. ¿Tenéis vosotras y vosotros un placer culpable? ¡Confesad, no voy a ser yo la única que quede mal!

Cuadernofilia




Hoy me ha dado por contar los cuadernos que tengo en casa. No solo los que tengo en la librería del despacho, que ya son unos cuantos, sino todos los que andan sueltos en distintos rincones del resto de las habitaciones. Los únicos que no he contado son los de dibujo, porque su labor es otra distinta a la de anotar cosas. Pero el resto los he contado. Y me ha costado un rato.

Tengo setenta cuadernos. Setenta. Cuadernos.

Algunos están escritos de cabo a rabo, pero son los menos. La mayoría son grandes, tamaño DIN-A4, pero también los hay pequeños, de media cuartilla, e incluso uno diminuto que llevo en el bolso por si acaso (aunque últimamente todo lo apunto en el móvil). Tengo cuadernos listados, cuadriculados y, sobre todo, lisos; milimetrados no, nunca me han gustado, e intento no usarlos tampoco con mis alumnos y alumnas. Tengo cuadernos idénticos porque a veces los uso para apuntar detalles de una historia, y me gusta que todos los que uso sean iguales, pero como tengo tendencia a escribir cien principios y no acabar ni la décima parte de lo que escribo no me fío de mí misma y no quiero empezar a escribir en la colección de cuadernos todavía, así que están intactos. Algunos son regalos (estoy viendo uno que tiene más de diez años), otros son de la carrera. Algunos contienen cosas que no quiero releer, otros no sé ni lo que tienen. Uno de ellos lo uso como diario cuando me apetece escribir a mano, porque ya hasta el diario lo escribo en el ordenador; otro es mi bitácora de libros leídos, donde apunto las impresiones que me dejan los libros que leo. Tres son los que usé revisando Armarios y fulares. Uno es un cuaderno de viaje. Tengo uno que me hace de diccionario de alemán y más de media docena llenos de apuntes de la universidad que no me atrevo a tirar. Guardo uno siempre al lado de la cama por si se me ocurre una idea brillante a media noche y quiero apuntarla. Al lado del ordenador hay tres.

Dicen las técnicas de minimalismo que, para que la casa esté en paz y tu feng-shui pueda fluir por los rincones sin obstáculos, lo ideal es librarse de cuadernos y papeles y digitalizarlo todo. Esta gente, obviamente, no me conoce, porque antes me mudo a una casa más grande que tirar los cuadernos que tengo. La gente habla de las fotos, de los álbumes como recuerdo, pero gran parte de mis recuerdos están de forma escrita. Ni con la llegada del ordenador, los procesadores de texto y Scrivener he conseguido librarme de mi amor por los cuadernos. Y es que no es lo mismo dejar volar los dedos sobre el ordenador que sentarte tranquilamente delante de un cuaderno y pensar, con un boli que te guste, qué es lo siguiente que vas a escribir.

(Y al igual que la gente que siente hambre cuando ve fotos de comida, a mí ahora me han entrado ganas de comprar un cuaderno bueno. ¿Me resistiré? Lo dudo.)


Cosas que la gente dice de Armarios y Fulares


No, no te has despistado, Armarios y fulares no está accesible al público en general todavía (aunque lo puedes ir reservando para recibirlo el uno de octubre, sábado, y leértelo de un tirón ese mismo fin de semana, porque no vas a poder dejarlo). Mis lectoras son unas pocas afortunadas que me han hecho el grandísimo favor de leerlo y darme su opinión antes de que salga a la venta. Para mi estupefacción, todas han sido positivas sin pasarse de rosca ni hacerme la pelota descaradamente, y he pensado que igual os apetecía haceros una idea de lo que la gente va diciendo por ahí. La verdad es que me he reído mucho con algunos comentarios:
La trama me ha enganchado tanto que se me olvidaba apuntar y tenía que volver atrás. 
Esto me lo dijo la persona a la que contraté para hacer la revisión del libro. Teniendo en cuenta que es una profesional del gremio y ha leído novelas para aburrir, me lo tomé como el gran piropo que es y me hizo mucha ilusión.
Parece escrito por una profesional.
Eh... Gracias, de eso se trata. Aunque es la primera novela que publico, tengo cinco guardadas en el cajón (esta es la única que merece la pena), algo de esto sé. Viniendo de quien vino sé que el comentario llega con todo el cariño del mundo. Me hizo mucha gracia.
He leído libros [publicados por editoriales] mucho peores que el tuyo.
Yo también. Por eso sé que es digno de ser publicado.
Me he reído a carcajadas. No solo sonreír, sino reír a carcajadas.
Eso es lo que buscaba. Objetivo conseguido.
A pesar de no ser el tipo de libro que hubiera leído a priori me he divertido, me ha gustado y lo he disfrutado mucho, aunque me he quedado con ganas de más. 
¿Qué más se puede pedir? Justo la reacción que buscaba.
Alan eres tú, ¿no?
Jijijiji... Sí, un poco. Más bien quien me gustaría ser. ¿Tanto se me nota?
Me lo he leído en dos sentadas, y a mí normalmente me cuesta mucho leer.
¿Qué mayor piropo se puede esperar?
Alan se llama así por Alan Rickman, ¿a que sí?
No. Pero al principio también estuvo inspirado por un actor de cuyo nombre no quiero acordarme.
Me han encantado los personajes, tienes algunos a los que amar y otros totalmente insufribles listos para ser el foco de todos los odios. 
¡Bien! Nada de ambigüedades, o los adoras o los odias, no hay término medio.
Tienes frases que parecen escritas por una escritora de verdad.
Sí, ya sé que me repito, pero es que me lo han dicho dos personas distintas y me ha hecho mucha ilusión.
Me encanta la portada.
Bueno, eso no es mérito mío, sino de Artkanna, pero gracias. A mí también.

Van llegando opiniones, y por suerte son exactamente lo que esperaba: un libro entretenido, fácil de leer y que te arranca una sonrisa. No va a ganar premios, no va a ser un superventas, no va a batir récords de ningún tipo (quizás de "veces que Ruth comprueba cuántas copias se han reservado"), pero es mi niño y a mí me gusta. Me cae bien, me es simpático, y he pensado que este curso podía hacer amigos nuevos. Por eso os lo he presentado, para ver si a vosotros/as también os gusta. Cuando empiecen a caer opiniones de gente que no me conoce, voy a querer esconderme debajo de alguna piedra y arrancarme los pelos a tirones, pero de momento así da gusto. (Por cierto: gracias a todas. Sabéis quiénes sois.)

Armarios y Fulares. De venta en Amazon. Ya estás tardando en hacer la reserva.

Cuando el trabajo ideal y el de tus sueños no coinciden

Te falta el sujeto y has
hecho una doble negación.
Yes, you do!
Lo reconozco: me he pasado el verano soñando despierta (y dormida, porque he dormido lo que no está escrito). No quiero decir que me lo haya pasado tumbada en el sofá con la mirada fija en el techo y pensando en qué haría yo si me tocara la lotería, que también, sino que me he encargado de los últimos pasos de la publicación de un libro y he soñado con la posibilidad de, algún día, dejar de trabajar en lo que me da de comer y poder dedicarme solo a escribir. El treinta y uno de agosto tenía tal bajón anímico porque se acababa mi simulacro de vida como escritora (solo han sido dos meses, pero la he gozado) que pensaba que iba a enfermar. Y de hecho lo hice, pero no lo suficiente como para no ir a trabajar al día siguiente. Maldita gastritis veraniega que no es capaz ni de darme un poquito de fiebre para alargar las vacaciones.

Sí, este ha sido un año en el que la idea de volver a clase me aterraba. De repente, mi deseo de ser escritora era tan fuerte que me ha hecho replantearme la convicción que he tenido siempre, la de que yo soy maestra porque me gusta, porque he nacido para ello. Llevo veinte años dando clase, sí, pero es que llevo treinta y cinco escribiendo, y por primera vez en mi vida he dado a leer algo que he escrito y, fíjate tú, está gustando. ¿Volver a la rutina? ¿Volver a ver a mis alumnos y alumnas, esos bichejos y bichejas que me dejaron sin voz, esos pequeños monstruos que acabaron con mi paciencia en junio? ¡Con lo bien que estoy yo delante del ordenador haciendo la promoción de Armarios y fulares y tomando una cervecita con la cuadrilla por la tarde! Pero no, el uno de septiembre no perdona (bueno, en realidad no perdona el hambre que iba a pasar si no llego a ir al curro, y pobres gatos, quién les iba a comprar su pienso de gama alta) y no ha quedado otro remedio que ir a trabajar. Saludar a las compañeras. Ponerme a preparar las clases. Pensar en qué voy a hacer este año que supere lo que hice el año pasado.

Y fíjate tú que, de repente, las ganas de pasarme el día escribiendo se han quedado en un segundo plano. Me he acordado de golpe de por qué me metí en la enseñanza; me he acordado de los buenos ratos, de las evaluaciones que me hicieron los monstruos al terminar el curso, de las risas, del subidón que sientes cuando una clase aplaude al verte entrar por la puerta porque toca inglés (o porque se acaban las matemáticas, todo hay que decirlo). He recordado las promesas que me hice el año pasado (más plástica, menos gramática) y a los alumnos y alumnas que no me hacen la vida imposible (o sea, el 99 por ciento del colegio). Y me he dado cuenta, por desgracia, de que nunca tendré la motivación necesaria para ser escritora primero y maestra después. Por mucho que a mi yo escritora le duela reconocerlo, yo nací para ser docente, al menos la mayor parte del tiempo. Es mi profesión, mi vocación, lo que me ha mantenido cuerda estos últimos años. Que sí, que vivir escribiendo es un sueño, pero ¿de dónde iba yo a sacar la inspiración para crear personajes como Alan Peterson si no fuera por mi trabajo?

Hay gente que se pasa la vida buscando una pasión. Yo tengo dos. Puede parecer algo bueno, pero lo cierto es que no lo es tanto. No se puede dar el cien por cien a dos sueños, no se puede ser buena en dos cosas. ¿O sí? Esta primera semana de trabajo ya he comprobado que lo de escribir (una nueva historia y el blog), hacer la promoción del libro, preparar las clases y montar un curso online que me han encargado (no preguntéis, soy masoca) es la definición gráfica de multi-tasking, y no llego a todo. De momento sufre el blog y la promoción del libro. Creo que es lo justo; de otra forma sufrirían mis alumnos y alumnas, y ellos y ellas sí que no tienen culpa.

Alguien dijo una vez que si trabajas en lo que te gusta no tendrás que trabajar un solo día en tu vida. No es verdad: trabajar es trabajo, no placer. Pero sí es cierto que ayuda que te guste. Y yo he venido a restregaros en la cara que tengo la suerte de ser feliz en mi profesión. Aunque ello impida, de alguna manera, que cumpla mis sueños.

O eso dicen. Ya veremos.