Thursday, May 16, 2013

De la robotización en las aulas y qué ganas tengo, madre




Estoy convencida de que, en un futuro no muy lejano, algunas aulas de secundaria y quizás tercer ciclo de primaria (o más pequeños aún) podrán ser manejadas solo con un ordenador. Una máquina que tenga la programación de todo el año será la encargada de la formación de nuestros niños y niñas a base de power-points, trabajos en la pizarra digital, exámenes de respuesta múltiple y demás, y la única persona adulta responsable de esos niños será el programador o programadora del dichoso ordenador, que ni siquiera tendrá que ser docente. La máquina estará preparada para dar la materia al nivel que cada niño o  niña necesite, dando refuerzos allá donde donde fallen, graduando la materia dependiendo del resultado de la última prueba. Los y las que vayan bien irán muy bien y los y las que necesiten de ayuda extra la tendrán. Incluso se podrán hacer trabajos en equipo, estoy convencida. 
Lo peor de esto es que no lo veo como algo malo. Como leí el otro día, aquel profesor o profesora que pueda ser sustituida por un ordenador merece serlo. Hay seres humanos en nuestras clases que son mucho peores que una máquina, porque se les presupone una humanidad de las que muchos y muchas carecen. Un ordenador, por ejemplo, no vendrá con ideas preconcebidas sobre los gitanos y “los moros” (así, en grupo grande, porque todos son iguales vengan de donde vengan y hablen el idioma que hablen), cosa que nosotros y nosotras hacemos a diario. La falta de toque personal ya está presente en muchas aulas; la profesora que dice que “si ya sale para ayudas con la PT, yo no tengo que hacer nada con ella en clase”, o el profesor que sale de su clase a grito de “¡son tontos, son todos tontos!” podrían ser sustituidos por un PC de los que tú y yo tenemos en casa y se notaría la diferencia, sí, pero a mejor. La formación académica de los y las alumnas mejoraría. Quizás muchos y muchas mejoraran sus relaciones interpersonales, a base de chats y juegos de rol, conferencias por Skype con otros lugares del mundo, trabajos que luego colgar en la red para que un programador o programadora pueda utilizar para la semana de la interculturalidad, cosas así. No, no sería malo que en algunas aulas el único a cargo de la educación de nuestro futuro fuera un ordenador. Se contratan monitores con conocimientos de artes marciales para cuidar el patio y listo, ya tenemos una escuela. Criaríamos seres que no saben lo que es ser queridos fuera de su casa, que no tendrían contacto con ninguna figura “de poder” fuera de su padre y de su madre, pero qué demonios, algunos ya lo están viviendo ahora. 
De momento, y previendo el día en el que yo sea una de esas profesoras, voy aprendiendo todo lo que puedo de informática para el futuro, que una nunca sabe cuándo un PC (en mi caso será un Mac) te dará mil vueltas como ser humano, y tampoco es cuestión de quedarse en el paro. Voy a empezar con el power-point, para aprender a meter palizas en formato filmina que les haga saltar lágrimas de aburrimiento. Para algo soy maestra, leches, esto de desmotivar a los peques lo llevo en la sangre. 

Thursday, May 02, 2013

De samosas que pican o dónde colocan diferentes culturas el umbral del dolor.



Una de las cosas que más me gusta hacer en Londres es comer en un restaurante indio. No me suele gustar ir a una de esas cadenas en las que cualquier parecido con un curry de verdad es pura coincidencia, pero esta última vez que he ido, qué cosas, terminé en un restaurante enorme que me da a mí que era franquicia (aunque había mucha gente de aspecto indio o pakistaní comiendo allí, lo que siempre es garantía de autenticidad, o eso me digo yo a mí misma). Entré sin mucha hambre, pero ya llevaba recorrida la calle Carnaby varias veces y no me apetecía tomar otro té; me dieron la carta y yo comprobé con horror que los nombres de los currys eran distintos a los del restaurante indio-irlandés (sí, indio-irlandés) que tanto me gustaba en San Francisco. Como siempre, los distintos niveles de picor venían marcados con dibujos de guindillas que yo interpreté a mi antojo: una guindilla, roza el umbral del dolor pero no llega; dos guindillas, solo apto si tienes el extintor a mano. Miré los platos que no tenían ni guindilla ni advertencia de ningún tipo. Las samosas estaban en este grupo, bien. Si hay algo que me gusta de la comida india, más que cualquier curry, es esa pasta similar al hojaldre con relleno de verduras por dentro, pero normalmente las ponen tan picantes que es difícil paladearlas. Pedí al camarero que me recomendara un curry que no picara y pedí las samosas como entrantes. 
Con el primer mordisco supe que quien había escrito el menú tenía una mente muy retorcida. El picor no atacó de golpe, sino que se fue apoderando de mi boca lentamente, un “qué me está pasando que me arde la lengua” paulatino, de forma que antes de darme cuenta de que aquello picaba horrores ya me había comido media samosa. Intenté calmar el picor con la guarnición de garbancitos que había a un lado, pero aquello fue una mala idea, porque picaban más. Yo seguía comiendo, que una es vasca y no se va a dejar amedrentar (y aquello estaba riquísimo), y trataba de mitigar el dolor con tragos de cerveza Cobra (que también estaba buenísima). Cuando terminé la primera samosa, tenía lágrimas en los ojos. El camarero me vio de lejos y me preguntó con un gesto si todo estaba bien. Yo hice gesto de “joder cómo pica esto” (ese gesto internacional en el que te abanicas la cara y haces una O con los labios), y él, ojiplático, se acercó a mi mesa. 
—¿Está muy picante? —me dijo. 
—Mucho —contesté. Para qué mentirle, si me caía una lágrima por la mejilla—. Pero está muy rico. Muy rico. 
Él soltó una carcajada que hizo que los comensales de alrededor miraran a mi mesa. 
—Pues las samosas ni siquiera están marcadas como picantes en el menú.
—No, si ya —Quería añadir “so capullo”, pero me pareció poco apropiado porque en inglés suena muy fuerte. El hombre no dejaba de reírse, pero estaba un poco mortificado. 
—Le voy a traer algo de yogur.
—No, deje, deje, si ya me las he comido. Oiga, ¿el curry es tan picante como esto?
El camarero alzó las cejas y me miró con cara de susto.
—Uy… Pues yo creo que no, pero ya no me atrevo a decirle nada. Deje que le traiga un poco de yogur, ande. 
—No, de verdad, estoy bien. 
Estaba de cine: me había acabado las samosas y tenía un par de minutos antes de que llegara el plato fuerte. Y cerveza. 
El curry, en efecto, no picaba en absoluto, pero como veis en la foto podía haber alimentado a una familia de cuatro miembros y no me lo pude acabar. Una de las camareras se acercó a traerme el dichoso yogur, “que ya veo que lo está pasando mal”, cuando el problema no era ya el picor sino el llenazo inmundo que tenía. El curry, todo hay que decirlo, estaba buenísimo, y las dos cervezas que lo acompañaron también. 
Eso sí, la noche que me dieron las putas samosas no se puede describir. Al día siguiente cené yogur con cereales comprados en el súper de al lado del hotel. 



Monday, April 22, 2013

De cómo nos ven los niños o qué les cuentan en casa a estos críos.


El otro día estábamos dando vocabulario sobre profesiones en sexto. Nuestro libro, que es un poco sexista, colocaba a las mujeres de enfermeras, secretarias y señoras de la limpieza, y a los hombres de médico, científico o ingeniero. Después de darles una maravillosa y muy educativa charla sobre lo que me gustaría hacer con el listo que ha separado las profesiones por géneros de esa manera en un libro para chavales y chavalas de once años, les pregunté a ellos y ellas qué querían ser de mayor (ya, no es la pregunta más original del mundo, pero con su nivel de inglés les costó horrores decirlo). Alguien me preguntó si para ser ingeniero había que estudiar mucho, y yo le dije que sí. “Ah, pues entonces no, entonces algo fácil”. 
—¿Qué es para ti fácil? —pregunté, a sabiendas de por dónde me iba a salir. Odio el esnobismo laboral, la creencia de que unas profesiones son mejores que otras. 
—Pues limpiar, por ejemplo.
—Ah, ¿sí? Imagínate limpiar los vómitos de un wáter público, o un bar entero después de una noche de juerga, o las palanganas de los hospitales. No hay trabajo fácil si no te gusta. 
—Bueno, vale, fontanero. 
—¿De verdad crees que ser fontanero es fácil? Hacen falta muchos años de experiencia para ser bueno en lo tuyo. 
—¿Electricista? —El niño estaba ya desesperado. 
—Esa, aparte de no ser fácil, es peligrosa. Si no sabes lo que haces te puedes quedar colgado de los cables de alta tensión cual jamón jabugo. 
El crío más listo de la clase me miró con gesto serio. 
—Ruth, ¿para ser profesor de inglés hace falta ir a la universidad?
—Sí —dije, y me callé, porque lo próximo que iba a salir de mi boca era un “pero no te agobies, que está chupado”, y no era plan. El niño me miró con los ojos tan abiertos que casi se le caen de las órbitas. 
—¿Para qué? ¡Si todas las respuestas están al final del libro! 
En mi mente el timbre sonó justo entonces, aunque sé que no es cierto; no encuentro otra razón para no haber muerto planchada ahí mismo. 

Monday, April 15, 2013

Dibujos de niños o cómo una ausencia dice más que mil palabras.


Me encanta ver los dibujos que los niños y niñas hacen de sus familias, sobre todo los más pequeños. Siempre que tengo oportunidad les pido que me hagan uno en el que aparezcan ellos y ellas también, y luego les pido que me lo expliquen. La semana pasada, aprovechando que estaba dando la familia con los pitufines y pitufinas de cuatro años, les pedí un dibujo y pude ver con claridad el estado de su vida familiar. 
Por ejemplo, Y. se olvidó de incluir a su madre y a su padre. Aunque solo hemos dado los miembros más cercanos de la familia, él me dibujó una retahíla de primos que llenaba la hoja y vino todo contento a enseñármela. Sé que es hijo único y sé que tienen problemas en casa; casi sin querer le pregunté dónde estaban mamá y papá, y me arrepentí enseguida: es su dibujo, él tiene el control absoluto, no tiene por qué moldearlo a lo que yo pido. Él cambió el gesto, volvió a su mesa y añadió a sus padres, uno a cada lado del dibujo, bien separados. Pero había más: sus figuras eran rojas cuando el resto eran negras, y al añadirlos había decidido añadir también bocas al resto, bocas rojas y muy serias. No hace falta ser psicóloga para entender por lo que está pasando este crío. 
M. viene todos los días cogido de la mano de su hermana mayor, a quien yo creía que adoraba, pero al hacer el dibujo no la ha incluido porque dice que no cabe. C. tiene serios problemas para separarse de su madre cada vez que entra a clase y se pasa cinco minutos pidiéndole besos cuando vamos de camino al aula, pero en su dibujo ella aparece sola en el reverso del folio, bien alejada de sus padres y sus dos hermanos. Los niños y niñas que hacen a sus padres con la cara tachada me llaman más la atención que aquellos que no les incluyen. Hermanos y hermanas tienen posiciones muy significativas en el folio, cerca o lejos, grandes o pequeñas, bien definidas o no. Las profesoras, sobre todo las de infantil, suelen bromear diciendo que en la escuela una se entera de todo lo que pasa en casa, porque los críos lo cuentan todo. Fijarse en el dibujo de un niño o niña de cuatro años es casi como ver a la familia en acción por un agujero o una cámara indiscreta. Y a mí me gusta en la misma proporción que me da miedo. 

Sunday, April 07, 2013

De colchas terminadas o cómo dejar un pedazo de una misma en todo lo que se hace.





Después de casi dos años, he terminado una colcha. Puede no parecer gran cosa así, a simple vista, pero estos pedazos de tela se han llevado más de mil horas de mi tiempo. Ayer traté de calcular cuánto dinero me pagarían por ella si quisiera venderla, y no me costó mucho darme cuenta de que lo más que podría conseguir por ella cubriría solo los materiales. Pero esta colcha es más, mucho más que mil horas de trabajo y una pequeña fortuna en telas.

 Y no es porque sea una colcha difícil de hacer, porque la puede hacer cualquiera. Primero hay que coser una tira de tela de color a una tira de tela blanca, y luego cortar la pareja resultante en rectángulos bicolores. Se repite esta acción cuarenta veces con telas de colores distintos, y después se vuelven a unir formando tiras de colorines, unas veinte. Se unen las tiras, se cose un borde que de sensación de espacio a la colcha, se coloca la boata y la trasera y se unen las tres capas con puntadas diminutas, usando unas agujas tan finas y afiladas que pinchan igual por la parte de atrás y la de delante. Tras muchas horas, muchos pinchazos y perder la sensibilidad en la yema de los dedos, la colcha está lista para el biés. Después, quitar los hilvanes, lavar y poner en la cama. Mucho trabajo, sí, pero no son las puntadas las que le dan el valor, no para mí.

 Con esta colcha aprobé las oposiciones. Era el premio que me daba a mí misma cuando no quería seguir estudiando. “Venga, un tema más y coso un rato”, me decía, con la caja llena de pedacitos de tela a mi lado. Me ha ayudado a pasar dos inviernos vitorianos, de esos en los que afuera hace tan mal tiempo que lo último que te apetece es salir a dar una vuelta, y a dónde vas que esté cubierto y no suponga gastar dinero, y tengo que ahorrar para el coche, y ay cómo lo voy a hacer. Acolchando, he tomado decisiones sobre mi vida; he tenido conversaciones imaginarias con gente a la que luego no le he dicho nada a la cara porque ya no me hacía falta; he renegado del mundo, de mi trabajo, de mis malos ratos, y también he recordado los buenos; he hecho cuentas que luego han salido; he hecho planes que luego he cambiado. Mientras cosía veía (o, mejor dicho, escuchaba) una serie de televisión; al principio el patchwork era algo en que entretenerme mientras veía la tele, pero al final la tele se convirtió en el acompañante, no al revés. Si miro en puntos concretos de la colcha, puedo decir qué serie estaba viendo en ese momento, a veces incluso el capítulo exacto. La colcha, a ratos, me ha producido dolor de espalda, y a veces he tenido miedo de estar provocándome una malformación en las manos. La he odiado, a veces. He creído que estaba perdiendo el tiempo. Pero ahora, cuando la veo terminada y a dos minutos de meterla en la lavadora para quitar las marcas de tiza, rotulador de acolchado y el polvo que se ha acumulado en casi dos años, sé que no habría podido utilizar esas mil horas de manera más productiva.

La fórmula que he encontrado en internet para poner precio a una artesanía supone multiplicar por dos el precio de los materiales y sumarle las horas que has trabajado multiplicadas por el sueldo mínimo. Eso convierte esta colcha (tan humilde ella, tan colorida, tan campechana) en un artículo de lujo solo al alcance de unos pocos (solo con doblar el precio del material se vuelve prohibitiva). Pero lo vale. Al menos para mí. Porque cada vez que miro esta colcha no veo trozos de telas batik cosidas a una tela blanca, sino pedazos de mi vida que se han quedado tan impregnados a la tela con el hilo que la adorna. Y eso, no hace falta que lo diga, no tiene precio (para todo lo demás, bla, bla, bla).


Monday, April 01, 2013

Los otros (y las otras)

A lo largo de los siglos de historia que recogen nuestra memoria y nuestros libros ha habido algo más de un puñado de gente válida que ha dejado su nombre grabado en el tiempo. Monarcas, gente de ciencias, aventureros, gente de letras, los hay de todas las ramas, pero por lo general la descripción de todas esas personas se puede generalizar con cuatro palabras: hombre blanco cristiano heterosexual. Hasta hace muy poco tiempo, cualquiera que se saliera de esa descripción era objeto de análisis, pero no el analista. Hay libros y libros escritos sobre África, pero ¿cuántos escritores africanos conocemos? El único que conocía yo, Chinua Achebe, murió el otro día, y no os hacéis una idea de lo que me avergüenza reconocer que la única razón de conocerle es que fue materia de estudio en una asignatura el año pasado. ¿Sois capaces de mencionar a un escritor asiático que escriba en una lengua no europea? (No digáis Salman Rushdie, que os conozco: ése escribe en inglés y lleva en el Reino Unido desde los catorce.) Ricemos el rizo: ¿sois capaces de mencionar una mujer asiática, africana u homosexual que escriba en lengua no europea? Yo, lo admito, no. Miro en mi biblioteca y lo más “indie” que tengo es Zadie Smith: británica, hetero y educada en Oxford, por muy negra que sea. Súper radical, vamos.

Dijo Samuel Jonson, allá por el siglo XVIII, que una mujer predicando es como un perro andando sobre dos patas traseras: no es que lo haga bien, pero el simple hecho de que lo haga ya merece admiración. Tras todo este tiempo, hay mucha gente que sigue con el mismo discurso, no solo en literatura sino en cualquier ámbito del conocimiento. Que una mujer destaque es novedad, pero aún así se sigue diciendo que no son justas las diferencias que se hacen para ayudarlas, que hay igualdad, que si no destacan es porque no quieren. Sí, pienso yo, porque miles de años de sumisión se borran con apenas un siglo de feminismo, así de buenas somos. Los hombres protestan por las subvenciones a mujeres para montar un negocio; claman al cielo cuando un premio literario recae en una mujer, eso es discriminación, ahora los que peor lo tienen son los hombres, pobres de nosotros, nos tienen machacados; todavía es noticia cuando una mujer recibe el Nobel en el área que sea porque siguen siendo casos aislados (a no ser que sea el de la paz: en eso de sacrificarse, parece que no tenemos parangón). Las niñas de hoy en día siguen teniendo pocos modelos que imitar fuera de las revistas de moda. Quieren seguir siendo guapas, que las llamen princesas, bailar y soñar. Y no digo digo yo que bailar y soñar sea algo malo, en absoluto, pero me gustaría que bailaran funky y soñaran con llegar a la luna, y no en bailar el vals con su príncipe azul.

 No hay igualdad, y el que diga que sí tiene un problema serio de visión o mucha mala leche. Ni siquiera me refiero a las mujeres, sino a esta sociedad tan eurocentrista, tan blanca, tan heterosexual, en la que cualquier persona con acento extraño o un tono distinto de piel nos pone de los nervios, no digamos si lleva de la mano a una persona de su mismo sexo. Lo peor de todo es que no creo que llegue a haberla nunca: como dice Atxaga en uno de sus cuentos, todas las sociedades necesitan de “el otro”, alguien a quien culpar de todos sus males y frente al que compararse y verse con mejor luz. Nosotros (y nosotras) no somos una excepción. Siempre habrá otro u otra a quien temer o marginar. Solo nos cabe esperar que…

La verdad es que no sé qué nos cabe esperar

Monday, March 18, 2013

B., o cómo entregar premios que te premian a ti.


  B. es una niña que tiene muy claro lo que quiere de la vida. Tiene casi doce años, está en sexto de primaria y ya sabe que lo suyo no es estudiar, que nunca va a ir a la universidad y que en cuanto la ley le deje va a ir a trabajar con sus padres y sus hermanos al mercado. Su sueño es ser camarera, o eso dice; pasa las tardes en “el culto”, sirviendo bebidas a su familia y a los miembros de su comunidad, y quiere repetir curso porque así se queda un año más en el cole con su amiga, que está en cuarto. Tiene una mirada altiva que rara vez enfoca a los ojos de un adulto y no responde bien ni a las críticas ni a los regaños, pero cuando hablas con ella (hablar de verdad, no mandar, no un “B, te he dicho que te sientes bien, B por qué no has estudiado, B así no puedes seguir”) sonríe y se le ilumina la cara. Es la niña más guapa del colegio, un bellezón de pecas, ojos miel y melena eterna que a veces viene maquillada porque el día anterior llegó tarde de “el culto” y no le dio tiempo a lavarse la cara. Si le preguntas por qué viene pintada, te mira con expresión de “y a ti que te importa”, o te suelta un “porque me da la gana” que te deja sin respuesta. Su tutora la pone siempre de ayudante porque es la única manera de que participe en clase. Si no es un juego o una canción, no le interesa. Si no hay que dar palmas, pasa.

El otro día tuve que anunciar los ganadores de la adivinanza semanal que hacemos en el colegio. Ponemos una a la semana, alternando el euskera y el inglés en un intento de que los chavales se piquen con dos idiomas que no son suyos. Yo saqué los papeles del buzón y traté de coger uno al azar, pero es difícil ser profesora y hacer nada al azar. La primera respuesta que cogí era incorrecta y no pude darle el premio; la segunda, aunque correcta, era de un niño que lo tiene todo y que todo lo hace bien, y no me apeteció que ganara también esto, ya lo siento. La tercera respuesta era de B. Anuncié su nombre por megafonía y le dije que bajara a dirección para recibir su premio, todo en inglés. La vi venir, bajando las escaleras despacio y mirando a uno y a otro lado, una amiga a su lado. La vi parar a un profesor y preguntar qué tenía que hacer para recoger su premio. Y, por primera vez desde que la conozco, la vi insegura cuando llegó a mí, azorada, nerviosa. Me di cuenta de que era la primera vez en su vida que B ganaba algo. Quizás era la primera vez en su vida que participaba en algo. El premio (ridículo, infantil, tonto) fue lo de menos. Había ganado ella.

B no ha cambiado su forma de ser, ni es mejor estudiante, ni tiene más sueños que el de poder repetir para quedarse en el colegio con la gente que conoce, pero sé que al menos ese día fue feliz, aunque fuera por un rato. Y a veces con eso basta, porque la vida no deja de ser una suma de momentos, algunos malos y otros buenos. Ciertas personas tienen tal suma de momentos malos que uno bueno, por pequeño que sea, les puede alegrar un mes entero.