(Ojo: esto no pretende ser ninguna llamada de atención ni tirón de orejas a nadie. No es necesariamente representativo de lo que yo pienso, simplemente estoy jugando un poco para tratar de crear un personaje y me ha gustado lo que me ha salido, por eso lo comparto. Que nadie se mosquee.)
Apadrina a un niño.
Por menos de un euro al día, un chaval (o chavala) podrá comer un plato de plasta de arroz templado por el sol del desierto.
Apadrina.
Campañas y campañas de curas con ropa de paisano en el televisor, sólo en diciembre, cerca de Navidad, porque como todo el mundo sabe las ayudas sólo se necesitan en Navidad. El resto del año los niños comen de puta madre y ninguno muere de disentería.
Apadrina.
Vete lejos, tan lejos como puedas, y deja que te manden la foto de un niño sonriente –o niña-, siempre guapo –o guapa-, con todos sus dientes –o dedos-, mofletes rechonchos que no necesitan más que un euro al día para mantenerse así de hermosos.
Apadrina.
Hínchate de orgullo y di a tus amigos que haces el bien por el mundo, que gracias a ti un poblado ha conseguido su pozo de agua, que si no fuera por tu euro al día (365 al año, uno más si es bisiesto) un niño moriría de hambre allá donde Cristo dio las tres voces.
Apadrina.
Y, sobre todo, olvídate de todos aquellos que no tienen un euro para mantener esos mofletes tan rechonchos y brillantes, ignora a la mujer que pide en la puerta de la iglesia porque seguro que lo suyo es vicio, tira ese filete a la basura porque está duro, cómprate ropa nueva de temporada y un nuevo armario donde meter eso que ya no te pones. Y juega con la PSP, o la Nintendo, o la Wii, y cágate en el vecino de abajo porque ha vuelto a aparcar su Mercedes demasiado cerca de tu BMW y no vas a poder abrir la puerta sin rozar la columna.
Pero apadrina. Apadrina siempre.