Wednesday, August 31, 2016

Vuelta al cole. Y van 20.


Sí, ya sé que todos y todas sabéis que mañana es uno de septiembre, que no soy yo la única que curra. Ya sé que no utilizáis este blog como calendario, porque si no mal andaríais, porque aquí solo se menciona la vuelta al cole, mi cumpleaños, Noche Vieja y el cumpleaños de Alan Rickman (bueno, y este año el 1 de octubre, fecha del lanzamiento de Armarios y fulares, que está en reserva y podéis adquirir cómodamente en el enlace de la barra de la derecha, o aquí si os da pereza buscarlo). Me imagino que este día estará grabado en la mente de muchos y muchas como el día más odiado del año, el de la vuelta al trabajo, y que todos y todas os levantaréis con las mismas ganas que yo de ir a currar (o sea, ninguna), haciendo ya planes para el verano que viene (ahora mismo Cancún suena que te cagas). Ay, esa lotería que tiene que tocar y no llega, cuánto se está haciendo de rogar.

Yo tengo la suerte de empezar solo a medias. Tengo que ir a trabajar, sí, pero como mi materia prima tiene vacaciones hasta el día siete y dar clase a pupitres vacíos no es tan emocionante como cuando están llenos (aunque en algunas clases no noto la diferencia, sobre todo los lunes a primera hora), dispongo de cuatro días para organizar un poco mi mente y decidir qué voy a hacer este curso para dejar a mis alumnos patidifusos y que aprendan, a poder ser, un poquito más que el año pasado. He empezado a hacerme una lista mental de las cosas que quiero hacer, que incluye cosas como estas:

  • Engalanar la clase de inglés para que les sea atractiva a los pitufos y pitufas y a mí no me dé sensación de estar trabajando en un sanatorio mental. 
  • Ordenar todos los materiales que no ordené en junio porque me vencieron las fuerzas.
  • Preparar un cuaderno de evaluación continua tan completo y sistemático que no me haga falta hacerles exámenes de gramática en todo el curso. Odio los exámenes más que ellos, pero no se lo digáis.
  • Buscar ideas para plástica, algo divertido y que al mismo tiempo me dé la oportunidad de enseñarles nuevas construcciones lingüísticas en inglés. 
  • Preparar libros y CDs con canciones y cuentos para infantil. 
  • Diseñar por lo menos una actividad en la pantalla digital para cada clase, algo que les enganche de tal manera que quieran aprender inglés hasta en el recreo. 
Y unas dos docenas más de cosas con las que no os voy a aburrir, porque he llegado a la conclusión de que mis ideas solo me emocionan a mí. O a otro maestro o  maestra de inglés pero, curiosamente, muy pocos visitan este blog. Oh, well. 

Esto, claro está, es la teoría, pero veinte años en el aula (sí, este septiembre hace veinte años que soy maestra, cómo pasa el tiempo) me han enseñado que cuatro días no dan para mucho más que para: 
  • Acudir a reuniones y recordar cosas que creías saber pero tenías olvidadas. 
  • Aprenderte los nombres de tus nuevas compañeras. Ayudarles a encontrar el baño y la sala de profesores, y explicarles bien la locura de horario de las primeras semanas. 
  • Pelearte con la jefa de estudios porque no te gusta tu horario y te niegas a dar tres horas de inglés a la misma clase el mismo día. Pero con buen rollito.
  • Esperar a que te pasen las listas con los alumnos y alumnas nuevos, para poder organizarte y saber cuántos alumnos/as tienes por aula. Llegar al día siete y no tenerla aún.
  • Vaciar las cajas de la mudanza que no vaciaste el año pasado porque te dio pereza. 
  • Pedir el material que necesitas para tu primera clase de plástica y darte cuenta de que, si realmente lo quieres para el día siete, vas a tener que ir a la tienda a comprarlo tú misma porque TODAS las escuelas de Vitoria están haciendo pedidos y no te lo van a mandar ni de coña. 
  • Poner nombre a los libros nuevos, si los tienes. Lo más seguro es que termines llamando a la editorial y tengas que esperar hasta octubre a que te lleguen.
  • Morirte de nervios porque ha llegado el día siete y tú no tienes ni pajolera idea de qué vas a hacer con los de la primera hora. ¡Se te ha olvidado programar la semana! 
Veinte años ya y todavía no he conseguido utilizar ese manojo de días para organizarme. Y es que, si os soy sincera, a mí lo de preparar cosas me gusta en teoría, porque es muy bonito eso de tener ideas e imaginarte la clase perfecta donde todos los niños y niñas se pelean por darte la respuesta correcta y corean tu nombre al unísono cuando entras por la puerta porque saben que se lo van a pasar bien. Pero en realidad lo que a mí me gusta es tenerlos delante y llevar a cabo la programación, sí, pero al son que ellos y ellas me marquen, no al que les marque yo. Lo divertido de mi trabajo es, precisamente, la materia prima, y sin ella no tiene mucho sentido preparar. Así que mañana empezaré relajada, contaré mis vacaciones, me tomaré un café y conoceré gente nueva, y con un poco de suerte arreglaré el aula, que falta le hace. ¿El resto? Ya irá cayendo. Que más sabe el diablo por viejo que por diablo y veinte años dan para mucho. Os lo dice una experta. 

Monday, August 29, 2016

Buen karma


Hace unos años, cuando mi padre estaba enfermo, se me metió en la cabeza que quería convertirme en donante. Mi mente racional decía que era una manera de dar a los demás, un gesto altruista que no me costaba nada y que podía salvar vidas; mi mente no racional, esa que cree un poco en la magia, que me hace comprar cartas del Tarot y lee artículos sobre percepción extrasensorial, lo hacía por interés. Todo el que me conoce sabe que no creo en dios, que soy atea convencida y, en cuanto junte las ganas y el interés necesario para ello, apóstata, pero creo firmemente en el karma. Karma is a bitch, que se dice en inglés, y yo quiero tenerlo siempre de mi lado. Por si acaso. En aquel momento, cuando mi padre enfermó, no pude donar porque estaba tomando una medicación extraña que no conocían y me recomendaron que esperara a acabar el tratamiento. Luego mi padre murió y a mí se me pasó el impulso, aunque siempre me quedó tras la oreja el "tengo que hacerme donante". Pero ya sabéis cómo es la vida: siempre hay algo más importante, más divertido o más urgente que hacer. 

Siete años han pasado ya desde aquel primer impulso, y hoy por fin me he acercado al hospital y esta vez me han sacado mi medio litro de sangre. Me ha costado menos de media hora de mi tiempo, y me ha servido de fenómena excusa para meterme dos desayunos en el cuerpo (y saltarme la dieta, y permitirme tomar todo el zumo que me dé la gana, que es importante beber líquidos). Cuando alguien de nuestro entorno tiene un problema de salud, lo primero que sale por nuestra boca es un "si puedo ayudar en algo, no dudes en pedírmelo" que a veces va de corazón y otras se convierte en fórmula (nunca olvidaré cuando nos lo dijo la cajera del supermercado el día que enterramos a mi padre; no me han dicho algo tan falso en la vida). Pero la verdad es que, la mayoría de las veces, no podemos hacer nada, al menos no por esa persona, no en ese momento. Aunque queramos. Simplemente, si no eres médico no puedes echar una mano.

Pero sí puedes ayudar a otras personas (o a esa, de rebote). Gente anónima de quien nunca sabrás nada y a quien habrás hecho un servicio completamente altruista que puede hasta salvarles la vida. Pensar que la bolsa que me han extraído hoy pueda ayudar a alguien me infla un poco, y os parecerá una tontería, pero estoy más contenta que otros días. Me siento bien conmigo misma. He añadido puntos a mi cuenta del karma. Vamos, estoy tan positiva que me falta nada para salir a la calle a rescatar gatitos. Bueno, para eso me falta poco ya de normal, así que hoy ni te cuento. 

Y aunque el karma me ignore, me da igual. He donado sangre, he donado vida. Me siento bien (ni siquiera me he mareado un poquito), he dejado mi marca en el mundo. Y si escribiendo este post consigo que alguno de vosotros/as tome ejemplo, ya lo flipas. Voy a tener la cuenta de puntos kármicos a tope. 

Dona sangre, anda. Dona vida. Merece la pena. 

Thursday, August 25, 2016

De admirar y ser admirado

Me encantan las redes sociales. Me gustan más de lo que deberían, la verdad, porque a veces me doy cuenta de que estoy un poco enganchada y vivo pegada al móvil, lo reconozco. He llegado al punto de enterarme de las noticias primero por Twitter y Facebook, aunque luego corro a medios más serios y las corroboro (si es que a los periódicos de hoy en día se les puede llamar "serios", porque tengo la sensación de que cada día nos engañan más). Las redes sociales hacen que las noticias vuelen, que nos enteremos de todo inmediatamente (quizás demasiado, sin información suficiente, a veces engañando, pero rápido, siempre rápido). También sirven, y esto me gusta especialmente, para sentirme más cerca de gente con la que de otra manera no tendría contacto. No hablo solo de amigos y amigas del otro lado del charco con los que no tendría la relación que tengo ahora si no estuviéramos conectados a través de Facebook, sino de esas personas que nunca jamás en la vida vas a conocer en persona (o quizás sí, que la vida da muchas vueltas). Las hace sentir un poco más cercanas, e incluso te llega a dar la sensación de que las conoces, de que están a un solo click, de que puedes dirigirles la palabra cuando quieras. Y puedes, claro, aunque otra cosa es que te vean.

Y algunas veces, como esta semana, te das cuenta de que a ellos y ellas les pasa lo mismo que a ti. Que también siguen a sus ídolos por Twitter, que también son "fans". El otro día, por ejemplo, me encontré con este tuit de uno de los grandes, Stephen King:



Ya solo con esto me emocioné, porque The Underground Railroad es un libro que tengo fichado desde hace unas semanas, el primero en mi lista de "libros a comprar en cuanto cobre". Sigo a Colson Whitehead desde hace poco, y de momento me parece un hombre muy interesante que comparte cosas que merecen ser leídas. Que King, un superventas con chorropocientos seguidores en Twitter, recomiende a alguien es garantía de que muchos de esos seguidores van a terminar comprando el libro de Whitehead, lo que seguro que al otro le viene de perlas. En esas estaba yo cuando leí este otro tuit: 


¡Toma ya! "Leer Carrie en séptimo me hizo querer escribir ficción, así que gracias, amable señor". O sea, que Colson Whitehead es admirador de Stephen King, y ahora Stephen King alaba su obra. ¿Se puede llegar a mayor éxito como escritor? Que alguien a quien tú tienes por maestro (porque le hizo querer escribir ficción, supongo que sería porque le gustó) llegue a decir públicamente que tu novela es tremenda tiene que ser la cumbre de tu carrera de escritor. No me puedo imaginar mayor halago, ni de la crítica ni del público, que recibir una palmada en la espalda de quien te inspiró a escribir. De admirar a ser admirado. De seguirle en Twitter a que te siga él a ti. (Bueno, esto puede que sea una chorrada, pero es que yo estoy todavía en esa fase. Ganar un seguidor hace que me crea alguien.)

Por cosas como esta me gustan las redes sociales. Conversaciones entre escritores, bromas entre actores (hace unos años fui testigo de una conversación divertidísima entre Steve Martin y Stephen Fry) y zascas apoteósicos a racistas y misóginos (aquí JK Rowling se lleva la palma) hacen que merezca la pena ser un poquito adicta a las RRSS. Qué le vamos a hacer, cada una se entretiene como quiere. Al menos yo no soy de las que cuenta con detalle lo que ha desayunado o qué tal ha ido la evacuación del día (con foto). Ya veréis, ya, que pronto se convertirá en deporte olímpico. Espero, porque será la única manera de que yo me lleve una medalla. 



Wednesday, August 24, 2016

Armarios y fulares: cumpliendo un sueño

Este blog empezó porque me gusta escribir. Me ha gustado siempre, desde que era una niña pequeña y escribía historias con mis compañeros de clase que luego la "andereño" leía en voz alta; creo que en casa de mi madre todavía hay cuadernos llenos de historias escritas a lápiz sobre objetos que se movían cuando los dueños de la casa no miraban, o de niñas que derrotaban fantasmas. Siempre he dicho que escribo para mí, pero la verdad es que me gusta que la gente lea lo que escribo. Abrí el blog para compartir lo que pienso y alguna historia corta que me parecía digna de ser leída. Sé que los que me leéis sois pocos, pero a mí me basta. O me bastaba.

Llega un momento en que lo que escribes te quema dentro. Quieres hacerlo bien, escribir lo mejor que sepas, revisar hasta que ya no se te ocurra qué más revisar, pero ¿para qué molestarte si luego se va a quedar en las entrañas de tu ordenador? ¿Para qué aprender todo lo que puedes sobre el arte de escribir, pasarte horas imaginando personajes y poniéndolos en acción si luego no lo va a leer nadie? Y entonces te pones a buscar maneras de que tu novela (me da hasta vergüenza llamarla novela) vea la luz, y la mandas a editoriales, pero te das cuenta de que no encaja en ningún género establecido, que no te conoce ni Rita y que de qué se la van a jugar contigo. Y ves a gente que se ha autopublicado y les va bien, y dices ¿y yo por qué no? Te tragas la vergüenza, empiezas a mover la historia, la das a leer a conocidos... Y descubres que tienes algo que merece la pena publicar, aunque sea por tu cuenta, aunque sea por poder decir que eres escritora. Que ya lo eras, pero ¿se es realmente escritora si no te lee nadie?


Pues eso, que he escrito una novela (bueno, he escrito varias, pero ésta es la que más me gusta) y la he publicado. Los fieles al blog recordaréis, quizás, algún extracto que puse hace mil años sobre dos personajes llamados Mike y Alan; cuatro años me ha costado revisarla hasta el punto de no querer morir de vergüenza si alguien la leía, cuatro años juntando el valor para lanzarla al público. Ya está hecho, ya está en Amazon (en reserva, pero está), ya está a la mano de cualquiera. Y, aunque me hace una ilusión tremenda tener un libro publicado, estoy tan nerviosa como no lo he estado nunca. Nunca había pensado que se pudiera estar muerta de miedo y de ilusión al mismo tiempo, pero fíjate, se puede. Jamás me he sentido tan expuesta. Es como estar desnuda en plena calle. Es la sensación más extraña que he sentido nunca. Pero me encanta.

Armarios y fulares sale a la venta el uno de octubre, pero ya podéis hacer la reserva en el link que os dejo abajo; el día uno se descargará automáticamente en vuestro dispositivo Kindle (los que hayáis comprado antes ebooks en Amazon sabéis que, si no tenéis un Kindle, Amazon os deja descargar la app para vuestra tablet completamente gratis y en pocos segundos; esto es algo que voy a tener que explicarle a mi madre, jeje). Más adelante, si las ventas me animan, quizás lo saque en papel, pero de momento solo hay copia digital. Mi mayor esperanza es que os guste y os arranque una carcajada, o al menos una sonrisa de vez en cuando. Y si ya tenéis a bien dejar un comentario sobre el libro en la página de Amazon, os adoraré siempre.

Gracias por estar ahí. Gracias por leerme aquí. Gracias por haberme convertido en escritora.


Para reservar Armarios y fulares y recibirlo el día 1 de octubre, haz click aquí y llegarás a la página de Amazon.

Tuesday, August 23, 2016

Lidia Valentín y la importancia de modelos como ella


He vuelto a volver de vacaciones. Sí, es lo que tiene ser maestra (no me odiéis), que el verano da para irte dos veces, o tres, si contamos la escapada que hice antes de que me dieran las vacaciones oficialmente. He vuelto, digo, con los sempiternos kilos de más y un moreno que los disimula (moreno en la piel, no agarrado del brazo, que según lo he escrito parece que me he echado novio), y la cabeza más descansada que cuando me fui. Iba a decir que he vuelto con ganas, pero la verdad, me queda una semana de vacaciones y todavía me da una pereza inmensa pensar en el regreso. Y eso que me gusta mi trabajo. ¿Cómo lo harán los y las que lo odian?

Estos diez días de vacaciones los he pasado durmiendo, leyendo y viendo las olimpiadas. Dormir y leer son cosas que hago a menudo, pero lo de ver deporte es algo muy novedoso y que solo ha ocurrido porque he coincidido con una persona a la que le gustan los deportes y ha terminado picándome. Me he tragado hasta la clasificación de la natación sincronizada, y eso que no me gusta especialmente; seguí la competición de baloncesto de chicos para animar a Argentina (lo siento, pero ninguno de los jugadores de la selección española me cae especialmente bien, y no pienso animar a aquellos a quienes pongo a parir cuando juegan contra el Baskonia) y animé a las chicas en la final contra Estados Unidos, que por un momento (o un cuarto) parecía que podían llegar a ganar. Y, fíjate lo que son las cosas, seguí la final de bádminton, hasta tal punto que he decidido que va a ser el deporte por el que me presente en las olimpiadas de 2020. A no ser que me vuelva a resbalar en la cocina y vuelva a marcarme el espagar fantástico que casi da con mis huesos en el hospital y que me ha tenido amoratada los diez días de playa.

Pero sobre todo, sobre todo, he vibrado con la halterofilia femenina. La imagen de Lidia Valentín levantando 141 kilos todavía me persigue en sueños. Creo que ha sido la primera vez que he conseguido ver a un levantador (o levantadora) terminar su actuación, porque siempre me da miedo que se hagan daño en la espalda o en las rodillas, que es lo que me pasa a mí cada vez que tengo que traer las bolsas de la compra desde el supermercado. No suelen gustarme los deportes en los que no se ve claramente quién va ganando (en una carrera ves quién va primera, pero en halterofilia, gimnasia, salto y demás tienes que hacer cuentas), pero lo de esta mujer no tiene nombre. Y lo de la coreana que ganó, tampoco; a Valentín se la ve grande, fuerte, pero a la coreana se la veía tan poca cosa que aún no me puedo creer que levantara más de 150 kilos. Y su forma de saludar, haciendo una reverencia al público... La puta ama, dicho en castizo.

Lo mejor, para mí, fue la manera de saludar de Valentín. El corazón con las manos tras flexionar los brazos en ese gesto de "que te reviento, ¿eh?", esa sonrisa de felicidad que reflejó realmente lo joven que es, la alegría sin tapujos. Si yo hubiera sido niña al verla, habría querido ser levantadora de pesas. ¿Quién dijo que la feminidad está reñida con la fuerza? ¿Se puede ser más "cuqui", con sus muñequeras rosas y sus ojos pintados, mientras levantas 141 kilos así, a pelo? Dios mío, solo de pensarlo me está doliendo la espalda. Hablaban de que la medalla de plata del baloncesto femenino iba a favorecer a este deporte, pero no me extrañaría nada si se llenaran los gimnasios de chicas con ganas de empezar a ponerse cachas. Qué demonios, si hasta a mí me han entrado ganas; ayer levanté tres kilos, uno y medio en cada mano. Por algo se empieza.

Y sí, la plata de rítmica muy bonita y bien merecida, y olé Gemma Mengual y Ona Carbonell, y sobre todo aupa Maialen y Carolina Marín. Que este año ha sido el de las chicas, y a ver si cunde el ejemplo y nos damos cuenta de que hay vida después del fútbol, aunque como ya ha empezado la liga dudo mucho que vuelva a hablarse de los y las medallistas en el futuro, a no ser en su casa o en su pueblo. Pero es lo bonito de las olimpiadas, que cada cuatro años descubrimos deportes nuevos y a una le entran ganas de apuntarse al gimnasio y empezar a hacer algo con su vida. Aunque sea, una carrera de esas de cinco kilómetros en los que la mitad son andando.

Sunday, August 07, 2016

Los diez libros más sobados de mi biblioteca

Soy de las que relee libros. No todos, por supuesto, pero sí los que más me han gustado, los que más cosas me han dicho. Hay libros que necesitan ser releídos para captar todo lo que nos están diciendo, porque no se puede pillar todo a la primera, no siempre al menos, no cuando un libro dice mucho. Otras veces es simplemente que me gusta la historia y quiero volver a sumergirme en ella, aun a riesgo de darme cuenta de que ya no me gusta tanto. Por lo general, en cuanto termino un libro tengo muy claro si alguna vez lo volveré a leer o no. En caso afirmativo lo guardo; si no, lo regalo o intento donarlo (pero como la mayoría de mis lecturas son en inglés, me es dificilísimo encontrar a alguien que los quiera y así está mi casa, llena de libros no tan buenos).

Creo sinceramente que los clásicos aguantan mejor una relectura que los bestsellers, aunque, si la historia es buena, a veces también lo merecen, sobre todo si hace ya tiempo que lo leíste y solo recuerdas que te gustó, pero no la trama. Esta es mi lista de libros más sobados; el orden es aleatorio, pero una se suele acordar sobre todo de los que más le gustaron, así que creo que me ha podido el subconsciente al hacer la lista:

1. Harry Potter (la serie entera), JK Rowling


No podía faltar, por supuesto. No sé cuántas veces me los he leído, pero debe andar por la docena. La razón es que, cada vez que salía libro nuevo, quería acordarme de todo lo que había pasado anteriormente, así que me leía todos los libros que habían salido hasta entonces. Aunque leer, lo que se dice leer, no hacía mucho: aproveché para comprarme las cintas (¡sí!, ¡cintas de cassette!) y las escuchaba por la noche. Eso sí: el sexto y séptimo libro me los leí tan rápido (un fin de semana cada uno) que, en cuanto los acabé, volví a releerlos para saborear cada escena y fijarme bien en qué demonios había pasado para llegar al final al que llegaron, porque del ansia no me había enterado de la mitad.

2. La Regenta, Leopoldo Alas Clarín 


La primera vez que lo leí fue por obligación, más o menos. Nuestra profesora de literatura en el instituto nos dio a elegir las lecturas del trimestre; era una mujer enfadada con el mundo que odiaba a sus alumnos (o esa sensación daba, aunque era una gran profesora), y cuando llegó a La Regenta nos soltó un "ya sé que nadie va a elegir este libro porque es el más largo y el más difícil, pero bueno, os lo tengo que dar también". Yo lo escogí sin dudar, y se convirtió en mi libro favorito durante décadas. Ese año me lo leí unas cuatro veces (cada vez que mi madre entraba en la habitación y me veía leyéndolo otra vez se desesperaba, no entiendo por qué. Ni que me hubiera pillado con una revista pornográfica o algo); cada poco tiempo lo rescato, y me alegra decir que no ha perdido ni un ápice de su encanto. Ahora me doy cuenta de que a los quince años no fui capaz de entender la mayoría de las cosas que se explican en el libro, pero lo poco que me llegó me hipnotizó. Sigue siendo uno de mis libros favoritos. 

3. Beloved, Toni Morrison


¿Cómo no querer este libro? Lo descubrí por el club de lectura en euskera al que asisto una vez al mes, con lo que la primera vez que lo leí fue en euskera, no en su idioma original. Poco me costó encontrar el ebook y devorarlo otra vez en inglés (y con él toda la bibliografía de Morrison, que por desgracia no es muy extensa). Este verano me voy a regalar la copia en papel del libro, porque merece ser leído, marcado y machacado. Aparte de mi obsesión por el tema de la esclavitud en Estados Unidos, es un maravilloso libro que debería ser de obligada lectura para todos los amantes de la literatura. 

4. El guardián entre el centeno, JD Salinger


Curiosamente, cuando lo leí de adolescente no me quedé con gran cosa. Quizás porque yo tuve una adolescencia muy tardía (creo que todavía no la he superado del todo), quizás porque es un libro muy americano y no conseguí identificarme con el protagonista; quizás porque es la historia de un chico, muy distinta a la que sería la historia de una chica. Hace unos años lo volví a leer, esta vez en inglés, y me enamoré del libro. Han caído dos lecturas más, y creo que caerán otras cuantas en breve. Me encantaría tener a un adolescente en mi círculo cercano para poder recomendarle este libro que tanto me emociona. 

5. Al este del Edén, John Steinbeck


Es pensar en este libro y emocionarme. Ya no solo por la historia que cuenta (que es bestial, universal, eterna, maravillosa), sino porque el libro ocurre en la zona de California que fue mi hogar durante siete años. Cada vez que veo el nombre de King City en la página se me nublan los ojos (lo cual no deja de ser irónico, porque cuando vivía allí me parecía un agujero en el mapa, y ahora mismo es el lugar más peligroso de toda California); cuando mencionan Greenfield, Salinas, Lompock, yo salto un poco en el sofá y le digo a la página ¡ahí he estado yo!, ¡ahí se nos paró el coche!, ¡ahí me invitaron a  una fiesta!, como si alguien pudiera oírme. Es el libro que retomo cuando me siento melancólica, y el libro al que recurro después de haber leído algo muy malo, como quien se quita el mal sabor de una almendra amarga con un trago de buen café. Está tan marcado que reconocería mi copia en cualquier lugar del mundo si me la robaran. Es el libro que nunca, nunca saldrá de mi casa (a no ser para ir a un parque y leer tranquilamente a la sombra de un árbol una tarde de verano). Por cierto: qué mala es la película. De lo peor que he visto.

6. Las uvas de la ira, John Steinbeck


A diferencia del anterior, este libro me produce tal desazón que tengo que tener mucho cuidado con cuándo lo leo, porque me afecta mucho. La última vez que lo releí lo tuve que dejar a medias en la mesa, casi a mitad de una frase, durante un par de días, porque sabía lo que venía y no tenía fuerzas para leerlo. Es crudo, es gráfico, es bestial, y lo peor de todo, está basado en hechos reales. Parece mentira que un libro escrito a principios del siglo veinte sea tan actual como este. A más de uno se lo daría yo a leer. 

7. Middlesex, Jeffrey Eugenides



Este libro me lo regaló una amiga y estuvo en mi pila de libros por leer durante años. Cuando al final me animé a leerlo, no podía creerme que algo tan maravilloso hubiera estado delante de mis narices tanto tiempo y que yo no lo hubiera visto. Me encanta Eugenides y su arte de contar una historia desde el final hacia el principio, yendo atrás en el tiempo para explicar por qué el protagonista de la historia es como es. Maravilloso. De hecho, creo que le voy a echar otro vistazo antes de que acabe agosto. También digno de mención es Las vírgenes suicidas, que solo he leído una vez pero que me dejó helada por su manera de manejar un punto de vista múltiple. 

8. Dientes blancos, Zadie Smith


Mi amor por esta mujer no tiene límites, y mi envidia tampoco. Con veintipocos años escribió una de las obras más importantes de la literatura contemporánea británica, y se ha convertido en una de las voces más escuchadas, ya sea en literatura, política o encaje de bolillos. He leído todos los libros que ha publicado, incluso uno de no ficción, y espero con ansia que siga escribiendo. Dientes blancos es, para mí, lo mejor que ha escrito, aunque cualquier cosa de esta mujer hace que me derrita de gusto.

9. Ana Karenina, Lev N. Tolstói


Incluyo este libro que me he leído varias veces, aunque estoy convencida de que no volveré a releerlo jamás. Cayó en mis manos cuando era una cría porque estaba entre la colección de premios Nobel que mis padres tenían en el salón. Mi profesor de octavo de EGB se quedó de piedra cuando le dije que lo estaba leyendo, y le dijo a mi madre que estaba bien que leyera cosas de esas, pero que no iba a entender nada. Efectivamente, tenía razón. Hace unos meses volví a leerlo y aprecié la grandeza de Tolstói, pero también me di cuenta de que no me gustan los realistas rusos. Si a esto le añadimos que me he leído Guerra y Paz también este año, apaga y vámonos. 

10. On Writing, Stephen King


No había leído nada de King hasta que leí este libro, mitad autobiografía mitad manual de escritura.  A partir de ahí le cogí cierto cariño y empecé a respetarle mucho más. Lo he leído un par de veces, y la verdad es que guarda unas pequeñas joyas en su interior que merecen la pena ser leídas de vez en cuando. Ahí lo guardo, para cuando me dé el bajón y necesite que alguien me anime. O para reírme un rato, que también ayuda. 


No son los mejores libros que existen, pero a mí me dicen algo. Son importantes para mí por un motivo u otro (menos Ana Karenina, claro), y sé que volverán a mis manos más pronto que tarde. De hecho, escribiendo esta lista he descubierto alguna que otra joya en mi estantería que lleva años sin ser leída. Si sumamos a estas relecturas la lista de libros que me estoy haciendo este verano y la que caerá en cuanto eche un vistazo a las novedades de 2017, creo que tengo lecturas para rato. Y feliz, oye. 

Thursday, July 28, 2016

De hacer deporte en verano, o a quién se le ocurre correr con la calor que hace




Cualquiera que pase por el blog con asiduidad sabe una cosa de mí (bueno, sabe muchas, pero aparte de mi pasión por Alan Rickman, la más gorda es esta): odio hacer ejercicio. Lo odio con pasión, con las mismas ganas que odio las habas, por mucho jamón que les pongas, o los caracoles, pero de ahí por lo menos aprovechas la salsa. Iba a decir que lo odio tanto como a Trump, pero no, porque el ejercicio al menos es bueno para la salud y Trump no.

No soy yo, pero podría serlo.
La cara de dolor nos une.
Y es que el deporte, el ejercicio en general, está mal diseñado. Me van a perdonar los forofos del deporte, esos locos y locas que salen a correr maratones con treinta y seis grados a la sombra, o que se meten un triatlón entre pecho y espalda y al día siguiente van a entrenar para quitar las agujetas, pero una actividad que te hace sufrir antes de darte todos los beneficios que da el deporte sufre de un gran defecto. Pensad, como dijo una amiga, en el alcohol. Todos y todas sabemos que el alcohol es malo, que te fastidia el hígado, que te nubla la razón... Pero cuando te tomas un par de cubatas se te olvida hasta tu nombre; la mayoría de las veces te lo pasas en grande (a no ser que te dé llorona), y en plena borrachera llegas a pensar que qué hay de malo en estar borracho todo el día, si es lo más grande, la única manera de vivir la vida. Hasta que llega el día siguiente, claro, y la resaca te deja arrodillado/a frente al dios Roca, echando hasta la primera papilla y dándote cuenta de que el alcohol sabe mucho mejor al entrar que al salir. Si encima eres como yo, que tengo un problema con el dichoso esfínter que une el esófago con el estómago, puedes llegar a pasarte hasta quince horas vomitando (o dos días; os juro que no exagero). Entonces es cuando dices "nunca más, no vuelvo a beber en mi vida, tenían que imponer la ley seca, esto debería ser ilegal". Pero cuando vuelve a llegar el momento de correrte una juerga, ¿de qué te acuerdas? ¿De lo bien que te lo pasaste o de la resaca? Poca gente conozco que haya dejado de beber por una mala resaca. (Exactamente cero. Al final siempre recaemos.)

20 qué, ¿kilos?
Sí, claro, esa sonrisa iba a
tener yo.
El deporte, sin embargo, funciona al revés. Primero sufres; te esfuerzas por llevar a cabo el ejercicio en cuestión, ya sea corriendo en la calle, en las máquinas del gimnasio o en una de esas clases que inventó algún masoca con la excusa de ponerte en forma (no incluyo los deportes de equipo, que suelen ser más divertidos. En mi caso son una tortura porque, como soy tan mala, la gente termina riéndose de mí o medio cabreada porque no hago más que parar el juego). Sudas. Te duele. Los primeros quince minutos te esfuerzas al máximo por eso de sacar el mayor rendimiento posible a lo que estás haciendo. Miras el reloj. Te das cuenta de que a la puta clase de GAP le queda todavía más de media hora y tú ya no puedes más. Aguantas otros quince minutos como puedes, pensando que los últimos quince serán para estiramientos. El cabrón del monitor solo necesita cinco porque claro, él está acostumbrado y no necesita estirar. Sientes cómo se te sube la bola en la tripa, algo que no creías posible (¿ahí hay músculo?). Reniegas de la clase y te juras que no vas a volver más. Te pasas una semana con agujetas. Eso sí, esa noche duermes del tirón, acunada por las endorfinas que has creado. Si consigues ir dos o tres veces a clase (o a las máquinas) te das cuenta de que estás más ágil, de que aguantas mejor el día, de que duermes mejor. Pero ¿de qué te acuerdas cuando piensas "tengo que ir al gimnasio"? De lo que sudaste, de lo que sufriste, de lo que dolió. Porque, insisto, los beneficios del deporte están mal colocados. Si sintieras lo que sientes después mientras lo estás haciendo, otro gallo cantaría. Los gimnasios estarían mucho más llenos de lo que ya están (algo que no entiendo. Cómo nos gusta sufrir).

Lo peor de todo esto, para mí, es que me gustaría ser deportista. Veo cómo disfruta la gente a la que le gusta hacer deporte y pienso "joder, por qué yo no". Les veo correr, poner su cuerpo al límite, participar en carreras que a mí me parecen inhumanas, y me dan una envidia mortal. Daría cualquier cosa por ser una de esas personas que se levantan una hora antes para poder correr cinco kilómetros antes de ir a trabajar, o meterse una clase de spinning antes del desayuno. Cada vez que salgo de la ducha después de una hora de ejercicio, con todos los beneficios aún frescos, pienso "tengo que hacer esto más a menudo. Tengo que convertirlo en costumbre". Y al día siguiente llega la hora de ir al gimnasio y pienso "quita, quita, con lo bien que se está en el sofá. Luego si eso voy a cazar Pokémones y me doy una vuelta".

Que sí, que me dan envidia. Aunque estos no tiene precisamente
cara de estar pasándolo bien. 

Dicen que no se puede enseñar trucos nuevos a un perro viejo, y yo, ejem, ya estoy en esa edad en la que cambiar de hábitos es difícil. Pero yo insisto; mi plan de hoy es ir al gimnasio, no sé si a una clase o a meterme cinco kilómetros en la cinta (o las dos, depende de cómo me pille de humor). Que no es que vaya a apuntarme al próximo triatlón, pero no veáis la ilusión que me haría participar en una carrera popular y no llegar la última. ¿Lo verán mis ojos? Si eso, os lo cuento.