Sunday, December 17, 2006

Reciclando

Como últimamente estoy inmersa en una pequeña sequía de la que voy saliendo lentamente, voy a reciclar una historia que he encontrado en el baúl de los recuerdos y de la que estoy muy orgullosa a pesar de no haberse comido un rosco en los varios concursos a los que la he mandado. Espero que os guste -a mí me encanta, sobre todo el final- y si tenéis alguna sugerencia para mejorarla, soy todo oídos.


La Ventana

Buenas tardes, agente, pase, pase. Sí, ya me imagino que tiene que preguntarme algo, les estaba esperando. Aunque no sé si voy a poder ayudar mucho, mire que yo apenas salgo de casa, pero usted pregunte, pregunte, que ya veré lo que sé. ¿Quiere tomar algo? Un café, una copita… Vamos, hombre, que yo no voy a decir nada, anímese con un orujito… Bueno, como usted quiera.
Sí, los vi pelearse aquella tarde, claro que lo hice, como lo he hecho docenas de veces antes, por eso no les presté demasiada atención. Aquí todas las parejas se pelean de vez en cuando, no es ninguna sorpresa, tarde o temprano pasan debajo de la ventana hablando más o menos alto, pero ya nadie se fija en esas cosas. Todo el mundo tiene sus trapos sucios, aunque algunos los airean más que otros, ¿no le parece?
Primero aparecieron los chavales del portal de la esquina, los hijos de Marcela y su vecina, Susana creo que se llama, que vaya pinta llevan, yo no sé cómo les dejan salir así de su casa. Vaya usted a saber lo que andarían haciendo, porque iban hablando muy bajito, con las cabezas muy juntas y mirando para atrás todo el rato, como vigilando que nadie les viera, seguro que estaban haciendo algo que no deberían. Quizás debiera usted investigarlos, agente, poruqe no me parecen a mí trigo muy limpio, con tanto pendiente y tanto trapo colgando, que parece que no les hayan lavado la ropa en una eternidad. Si es que hay mujeres a las que no debería dejárseles tener hijos, oiga, para que los críen así…
Sí, sí, ya le he dicho que los vi pelear el viernes por la tarde, que no me ha dejado llegar todavía. Iban detrás de los chavales, juntos, que rara es la vez que se les ve separados. Debe ser el amor que se tienen, que no saben vivir el uno sin el otro, aunque mire que llevan años juntos, que normalmente los arrumacos son el primer mes y después de la boda si te he visto no me acuerdo, más que los sábados por la noche para… Bueno, usted ya me entiende. Vamos, sí, las parejas de hoy en día hacen de todo y un poco más antes de pasar por la vicaría, pero esa persecución, ese no poder quitarse las manos de encima… Yo, la verdad, no me puedo quejar, porque vivo muy feliz con mi José, que tampoco me deja ni a sol ni a sombra. Mi José es muy cariñoso, sabe usted, y todo un caballero, no como estos chicos de hoy en día, que van de modernos porque saben cocinar pero no son capaces de abrirles la puerta a una dama. Mi José me trata como a una reina, porque sabe que sin mí no podría vivir.
Qué impaciente es usted, oiga. ¿De verdad que no quiere ese orujo? ¿Pacharán? Vale, vale, ya sigo.
Iban como siempre, qué quiere que le diga, hablando más que discutiendo según empezaron a aparecer por la calle, o al menos desde donde yo podía verles por la ventana, aunque se fueron acalorando y los gritos se oían desde el cuarto piso cuando llegaron al portal. Gritos de los dos, no se crea, que él tiene carácter pero ella también gasta una mala leche que para qué le voy a contar. Que si no te quiero volver a ver con esa ropa, que si pareces una ya-sabe-usted-qué, que tú a mí no me dices lo que me puedo poner, que no me hables con ese tono… No, no, yo no le vi pegarla, aunque qué quiere que le diga, no me hubiera extrañado. La culpa la tiene la tele, con tantas historias de malos tratos y cosas de esas, que parece que todo el que pega a su mujer va a terminar matándola, y tampoco es eso. Y ojo, que no estoy diciendo que esté bien pegar, pero tiene que reconocer que esto es como con los niños, un sopapo a tiempo ahorra muchos disgustos y educa más que un sermón. Fíjese mi José y yo qué bien nos llevamos, y puedo contar con los dedos de las manos las veces que me ha dado. Ni una pelea en los últimos dos meses, oiga, y es que una no es tonta, y es que hay que aprender a callarse…
Sí, cuando subieron a casa se les oía gritar desde las escalera, sobre todo a ella. Creo que ahí le cayó el primer bofetón, porque se oyó el ruido, supongo que sería para calmarle la histeria. Pero no pareció funcionar, oiga, que los gritos siguieron toda la tarde. Sí, viven justo aquí debajo, el escándalo que montaron fue insoportable. Sobre todo por ella, porque con la voz de pito que tiene retumbaban hasta las paredes. A él se le oía poco, aunque muy fuerte; creo que era el que andaba rompiendo cosas por toda la casa, sólo se oían los crujidos de platos al partirse y a ella gritando. Pena de vajilla, sonaba cara. Cristal o porcelana.
El último grito lo dio él. Ella pegó un alarido muy fuerte y después hubo un silencio. Supongo que fue cuando él le pegó la cuchillada y ella se cayó al suelo, se oyó un golpe de algo pesado cayendo, y tuvo que ser ella porque estaba gordísima últimamente, se cuidaba muy poco, y no sería por lo mucho que cocinaba, que ya le gritaba él que no sabía ni freír un huevo. Yo me quedé escuchando unos segundos, por si acaso tenía que llamar a la ambulancia otra vez, pero de repente sonó un grito, un alarido como de guerra, como esos de los indios en las películas del oeste, y entonces el que gritó, y cómo gritó, fue él. Al ratito la oí a ella llorar muy quedo y luego me pareció que hablaba con alguien, aunque no estoy segura porque lo hizo muy bajito. Y luego aparecieron las ambulancias y la policía, y se llevaron el cuerpo de él en una y a ella esposada en la otra.
Mi marido está en el bar de la esquina, agente, si quiere usted hablar con él es el del final de la barra, no tiene pérdida. Verá usted, el difunto y él eran buenos amigos, les gustaba tomarse unos vinillos juntos por las tardes, y esto ha sido un mazazo para él. A mí, la verdad, ella nunca me gustó demasiado, para qué le voy a engañar. Sí, muy calladita, muy maja las pocas veces que hablaba, siempre dando pena con su moretón en el ojo, que vaya torpeza la suya para darse tantos golpes con el armario de la cocina, pero a mí siempre hubo algo que no me gustó de ella. Y mire usted si tenía yo razón. Diez cuchilladas, ¡a su propio marido! Qué no le hubiera hecho esa a un desconocido, imagínese si llegan a tener niños. Suerte que tuvimos que no nos acuchillara a ninguno al cruzarse con nosotros en la escalera.
No hay de qué, agente, para eso estamos. Si me quiere para algo más, ya sabe dónde encontrarme. Oiga, por cierto, que no le decía en broma lo de los hijos de Marcela y Susana, que cualquier día nos van a dar un disgusto. A ver si puede usted investigar un poco, ya verá como están metidos en algún tipo de trapicheo, esos niños no son trigo limpio, se lo digo yo.
¿Seguro que no quiere ese orujito para el camino? Bueno, ande, pues nada, encantada y buena suerte.
De nada, de nada, a usted.
Hasta la próxima.

Saturday, December 02, 2006

Escasez de entradas

Ya sé que ando un poco escasa de entradas últimamente, pero lo cierto es que no he escrito nada digno de publicarse, ni en un blog ni en ninguna parte, en mucho tiempo. Ni digno de publicarse ni de ningún otro tipo. No he escrito nada. Siempre busco excusas para no acercarme al teclado, o para limitarme a leer lo que escriben otros. Me digo que estoy muy ocupada, pero no sé hasta qué punto eso es cierto. No sé qué me pasa, si tengo un vacío de temas o es que ya no me hace ilusión. Sé que la ilusión volverá, siempre vuelve, pero esta vez parece que está tardando.
He abierto otro blog, para el que quiera practicar inglés. El tema de la historia sobre mis experiencias en EEUU me ha hecho pensar que no estaría mal hablar del cambio tan radical que ha supuesto mi vuelta. Supongo que solo tiene sentido si se conoce el sistema americano, pero quizás alguien suelte un par de carcajadas con las salidas de los niños. Espero que os guste. Sólo tenéis que ir a ver mi perfil y elegir el otro blog.
Voy a seguir con mis excusas para no escribir.