Monday, February 23, 2009

Primer procesador de textos



Esto que veis aquí, que podría parecer un abanico un tanto extraño, es en realidad el primer procesador de textos de la historia, el que usaba, entre otros y otras, Jane Austen. El papel era caro y no podían permitirse el lujo de hacer un borrador para luego tirarlo a la basura, así que utilizaban estas tablas de marfil para organizar sus párrafos. Un párrafo, o una frase, en cada tablilla, y luego movían la tablilla a voluntad para ver dónde encajaba mejor en la historia. Cuando tenían claro cómo debía quedar, cuando habían hecho todas las correcciones que necesitaban, lo pasaban a papel, borraban las tablillas -con el dedo si era a lápiz, con un paño húmedo si era tinta- y vuelta a empezar. Ahora que me estoy leyendo Pride and Prejudice me pregunto si la breve extensión de los capítulos se debía a que a Austen se le acababa el espacio en las tablillas a la hora de escribir los capítulos. Cada vez estoy más convencida de que debe ser por eso.

Ahora lo tenemos todo. Tenemos unos ordenadores que nos alinean las palabras a gusto del consumidor, que lo guardan todo automáticamente, que nos permiten borrar, o imprimir, o incluir frases a medio folio. Antes no. Antes escribir era un arte, pero un arte afanoso, en el que quien quería escribir tenía que fabricarse hasta sus propias plumas, escribir a mano con mimo, sin tachones, sin borrones, con letra clara para que luego el editor fuera capaz de entenderla al pasarlo todo a la imprenta. Si lo pienso, me parece poco menos que un milagro que Cervantes escribiera El Quijote, o Rojas La Celestina. Si hoy en día hace falta pasión y constancia para sentarse ante el ordenador e intentar hilar dos frases con sentido, ¿qué se necesitaría entonces? ¿De qué pasta estaban hechos los grandes autores clásicos? Si hoy en día nos cuesta más de un año escribir una novela, ¿cuánto les costaría a ellos? Cuanto más lo pienso, más me maravillo.

Me pregunto si todavía quedan artistas como los de antes. Me pregunto.

Saturday, February 21, 2009

Happy birthday, Mr. Rickman


De perfecto gentleman inglés.


De malo, malote.


De bellísimo ser humano.


De ñoño, ñoñísimo y hasta un poco cargante.


De cabrón encantador que consigue hacerse perdonar.


De personaje histórico.

Pero es que, claro, 63 años dan para esto y mucho más...

Tuesday, February 17, 2009

/k/ no es /g/

El sonido /k/ en inglés es un sonido sordo, velar y plosivo. El sonido /g/, sin embargo, es sonoro, aunque el resto de sus características sean iguales. Os daréis cuenta de que no es lo mismo decir "gato" que "cato"; a nuestros oídos, la diferencia es obvia.

Entonces, ¿por qué, oh, por qué, llega gente a este blog buscando a Alan RIGMAN? ¿Tan difícil es escribir bien su nombre? Hasta entendería que se confundieran o se les escapara el dedo y escribieran Ricman, o Rickman, aunque Riqman ya me parece un poco demasiado, ¿pero Rigman? Ya sé que que su nombre completo, Alan Sidney Patrick Rickman (y fijaos que he escrito Patrick, y no Patrig), no es algo del dominio público, pero algo tan sencillo como Rickman...

Un respeto, hombre, que con ciertos temas no se juega. Y con las cosas de comer (ñam, ñam) tampoco.

Febrero

Hoy M. coloreaba un dibujo y yo trataba de explicarle que debía pintar las hojas de los árboles de verde. "¿De qué color es esto, M.?", le decía, señalándole la página que tenía delante. "Azul. Amarillo. Naranja". "No, M., no, los árboles son... ¿De qué color son las hojas de los árboles? Mira, mira por la vent..."

Y entonces he visto las ramas desnudas de los árboles que pueblan el patio y, aunque el día era brillante y soleado y la clase estaba caldeada, he sentido un frío inmenso de repente, un frío de esos que no tienes muy claro de dónde ha venido pero que da la sensación de que lleva ahí mucho tiempo.

Qué largo se me está haciendo este mes, coño. Y lo que me queda.

Sunday, February 15, 2009

Vuelta a la normalidad

Es curioso el vuelco que da tu vida cuando te acostumbras a hacer algo y de repente lo acabas. Estás satisfecha con el resultado, sí, y ya no hay más que hacer, pero de repente en tu día quedan un montón de horas por llenar y no consigues recordar qué hacías antes de embarcarte en tu proyecto. ¿Existía la vida antes del proyecto? ¿Era yo la misma que soy ahora o he evolucionado en el camino?

Es el momento de plantearse una nueva etapa. Se cierra una carpeta, objetivo cumplido, y ahora hay que buscar cosas nuevas. Metas nuevas. Yo, la experta en ponerse metas, podría llenar hojas y hojas de buenos propósitos, pero el problema, como siempre, es el tiempo. Tanto que hacer y tan pocas horas libres al día. Sigo pensando que si fuera millonaria aprovecharía mis horas de asueto mejor que nadie. Qué gran rica con ideas se ha perdido el mundo.

Los exámenes bien, gracias (al menos aquellos que contenían preguntas que entraban en el temario). Ahora vuelve la rutina, que tras la rutina del estudio será bienvenida. Hay que trabajar.

Sunday, February 08, 2009

Bajo presión

Es curioso, y ridículo y cabreante a la vez, que cuanto más ocupada estoy más cosas me apetece hacer. Justo cuando no puedo, justo cuando necesito mantener la concentración, hay un millón de distracciones que me invaden y me animan a unirme a ellas, tratando de hacerme olvidar todo lo que me he prometido que voy a lograr. ¿Y si adapto una obrilla de teatro para trabajar con los críos? ¿Y si reviso ese cuento que tengo guardado y lo mando al concurso que acabo de encontrar? ¿Y si ordeno la casa, que ya va siendo hora?

Pero no. No, porque cuando me matriculé me hice la firme promesa de que haría todo lo posible por sacarme la carrera en el menor tiempo posible (y aún así será mucho tiempo). Lo hago por placer, y sé que nunca debo perder la perspectiva de que no necesito una licenciatura, pero ya que estoy en ello me gustaría llegar hasta el final. Y sé que es mi mente, mi tremendamente voluble mente, la que me juega malas pasadas y me incita a pegarme al ordenador y escribir cuatro chorradas en lugar de sentarme con los formalistas rusos y ver qué tenía Aristóteles que decir sobre ellos (o viceversa, porque a estas alturas solo sé que no sé nada). Es la misma mente que siempre me dice que no soy lo suficientemente buena escribiendo, la que empieza una novela con ganas y luego la deja a la mitad, la que no tiene constancia más que para reprocharme las cosas que no hago bien.

Y me niego. Esta vez voy a ganar yo. Voy a apuntar todas las cosas que podría estar haciendo en lugar de estudiar y a atacarlas el mismo viernes, cuando ponga el punto y final al examen de fonética. Entonces seguro que mi mente entrará en modo descanso (también llamado "ahora para qué, ya puedes hacer el vago todo lo que te dé la gana") y toda mi energía me abandonará, pero confío en que algo quede que me permita hacer por lo menos la mitad de las cosas que me apetece hacer ahora mismo. El viernes. El viernes empiezo a vivir otra vez.

Pero hasta entonces, nada. Hasta entonces:

Tuesday, February 03, 2009

Llaves



Son sólo tres llaves, ¿por qué nunca aciertas?

Una es pequeña, y la sabes del buzón. La del portal y la de la puerta de arriba son tan distintas como una gota de agua y un copo de nieve, no deberías confundirlas. Y aún así insistes, y te confundes, y te esfuerzas en abrir el buzón con una llave de puerta blindada, y el portal con la del buzón, y la de arriba la dejas por imposible y te limitas a llamar al timbre. Llaves. Sólo tres llaves.

Son sólo tres llaves, ¿por qué nunca aciertas?