
Esto que veis aquí, que podría parecer un abanico un tanto extraño, es en realidad el primer procesador de textos de la historia, el que usaba, entre otros y otras, Jane Austen. El papel era caro y no podían permitirse el lujo de hacer un borrador para luego tirarlo a la basura, así que utilizaban estas tablas de marfil para organizar sus párrafos. Un párrafo, o una frase, en cada tablilla, y luego movían la tablilla a voluntad para ver dónde encajaba mejor en la historia. Cuando tenían claro cómo debía quedar, cuando habían hecho todas las correcciones que necesitaban, lo pasaban a papel, borraban las tablillas -con el dedo si era a lápiz, con un paño húmedo si era tinta- y vuelta a empezar. Ahora que me estoy leyendo Pride and Prejudice me pregunto si la breve extensión de los capítulos se debía a que a Austen se le acababa el espacio en las tablillas a la hora de escribir los capítulos. Cada vez estoy más convencida de que debe ser por eso.
Ahora lo tenemos todo. Tenemos unos ordenadores que nos alinean las palabras a gusto del consumidor, que lo guardan todo automáticamente, que nos permiten borrar, o imprimir, o incluir frases a medio folio. Antes no. Antes escribir era un arte, pero un arte afanoso, en el que quien quería escribir tenía que fabricarse hasta sus propias plumas, escribir a mano con mimo, sin tachones, sin borrones, con letra clara para que luego el editor fuera capaz de entenderla al pasarlo todo a la imprenta. Si lo pienso, me parece poco menos que un milagro que Cervantes escribiera El Quijote, o Rojas La Celestina. Si hoy en día hace falta pasión y constancia para sentarse ante el ordenador e intentar hilar dos frases con sentido, ¿qué se necesitaría entonces? ¿De qué pasta estaban hechos los grandes autores clásicos? Si hoy en día nos cuesta más de un año escribir una novela, ¿cuánto les costaría a ellos? Cuanto más lo pienso, más me maravillo.
Me pregunto si todavía quedan artistas como los de antes. Me pregunto.


