Tuesday, April 28, 2009

Personajes

Una buena historia es la suma de un montón de factores. Cuanto más estudio, más imposible me parece ser capaz de juntar todos esos factores en un libro o en una película. Necesitas un buen guión, unos personajes elaborados, una cultura extensa para saber aprovecharte de lo que otros hicieron antes que tú (pero sin que lo parezca, para que luego no te acusen de plagio, sólo de "influencia"). Los grandes maestros (y maestras) de la literatura consiguieron unirlo todo, no sé si a un nivel inconsciente o consciente, pero la cosa es que lo hicieron. La psicología de George Eliot. La atmósfera de Emily Brontë. El Londres de Charles Dickens (¿se nota que estoy estudiando la época victoriana?). Todos ellos aportaron algo nuevo y se aprovecharon de todo lo anterior.

A lo largo de la historia, el énfasis de una narración se ha puesto en uno u otro aspecto. Aristóteles defendía que la fábula era lo más importante, la historia, el argumento. Los personajes tenían que ser consecuentes con el principio del relato y no mutar, llegar al final sólo con su suerte cambiada, no con su personalidad. Cervantes fue, probablemente, el primero en saltarse esa norma a la torera. Sus personajes mutan, aprenden, se adaptan a las circunstancias. A partir del siglo dieciocho, las novelas dan prioridad a los personajes y lo que importa es la suerte y la redención del protagonista. Si una no consigue emocionarse con las desventuras de Jane Eyre o Huckleberry Finn es que el libro no ha conseguido su objetivo: unirnos al personaje.

Hace unos meses, a un autor de thrillers le preguntaron qué era lo más importante para él en un libro, la historia o los personajes. Él dijo, sin dudarlo, que la historia; el personaje más fascinante del mundo dormiría a todo el mundo si estuviera sentado en una cafetería tomándose un café. Obviamente, para él, que escribe libros de acción, la novela que no tenga una persecución a cien kilómetros por hora en una autopista no merecerá la pena, pero yo no puedo estar más en desacuerdo con él. No creo que yo sea la única que alguna vez se haya fijado en una persona aparentemente corriente y se ha quedado prendada por alguna cualidad. Quien es interesante, lo es hasta durmiendo, y todo su ser modifica la acción.



Últimamente me ha dado por las series "Héroes" y "Las chicas Gilmore", y todo por el actor de la fotografía, que no dudo que será bueno en lo que hace, pero les debe todo a los guionistas. Jess, de "Las Chicas Gilmore", es el típico chaval problemático que nadie quiere tener cerca, que no va a clase, que roba lo que puede. Pero también es un chaval que devora libros, al que le encanta hablar de literatura y tiene una cultura que para sí la querrían muchos. Por supuesto, se lía con la prota, que resulta ser la mejor estudiante y la niña más formal, y así puede verse su lado dulce y esas ganas que tiene de ser querido. Jess no es sólo un chico malo, es algo más. Es un personaje que yo considero complejo, porque no se desvela en un sólo capítulo.

Siguiendo a mi querido Jess (mi último crush, para qué engañarnos), encontré a Peter Petrelli en la segunda serie. "Héroes" no tiene una historia que destaque por su originalidad, pero sí tiene un elenco de personajes que llaman la atención. El poder que pueda tener cada uno es lo de menos, es lo que hacen con ese poder lo que cuenta. El japonés perdido en una rutina asfixiante que quiere ser diferente y convertirse en un héroe. El hermano pequeño que quiere probar a su familia que él es especial. El policía inseguro que sólo quiere ayudar. Cada uno utiliza lo que tiene como puede, tratando de olvidarse de una vida que es todo menos perfecta para poder echar una mano o asesinar a todo el que se ponga por delante, según el caso. Desde el primer capítulo se nos demuestra que no es oro todo lo que reluce, y que no debemos fiarnos de lo que vemos a primera vista.

Los personajes hacen la historia. Un personaje es suficiente para contar su vida. Depende de la escritora, del guionista, que ese personaje atrape la atención de los lectores o los espectadores. Pero sin personajes no hay historia. Una persecución a cien por hora no es historia. Por mucho que sean los que más libros vendan y los que más taquilla hagan.

Thursday, April 16, 2009

Miedo

El miedo es libre. Y el miedo a la muerte, más que ninguno.

El otro día acompañé a mi padre a la consulta con la oncóloga. No suele ser una visita que me deprima en exceso; la mayoría de las veces hay que hacer cábalas para saber quién de los presentes está enfermo y quién es solo el acompañante, los que están más graves no pasean a sus anchas por las consultas. El martes, sin embargo, vi llegar a dos monjas mayores a la consulta y supe inmediatamente cuál de las dos estaba enferma. Se sentó jadeando, le faltaba el aliento y no hacía más que toser en un pañuelo de papel. Cuando apartó el pañuelo de la boca me pareció ver esputos de sangre en él. Y en la cara de la monja no había resignación, ni valentía, ni ningún sentimiento que pudiera una esperarse en alguien con línea directa con Dios. Había miedo. Había dolor. Había ojos clavados en el suelo, muy abiertos, y los puños cerrados sobre el regazo.

Si ellas (las monjas) o ellos (los curas), que tienen la cabeza llena de las beldades de la otra vida, no pueden evitar sentirse amenazados por una enfermedad, ¿qué se espera de los demás? ¿Qué hacer con tanta palabra vacía, tanto concepto baldío? ¿Quién nos consuela, cuando no se consuelan ni ellos? Nunca he sido religiosa, pero lo que menos he entendido nunca es por qué los cristianos más creyentes lloran en los funerales. ¿No se supone que están en un mundo mejor? Si ni ellos se lo creen, ¿cómo me lo voy a creer yo? La muerte es el final. Punto. No hay más.

Si fuera religiosa, rezaría por la monja de la consulta. Como no lo soy, le mando mis mejores vibraciones, a ella y a todos los que estaban a su alrededor. Pero, sobre todo, mando vibraciones a los que me rodean, a mi padre, a mi familia, a mis amigos y amigas, porque, aunque sea poco cristiano, me importan más que los desconocidos.

Si ya digo yo que voy a ir derechita al infierno, donde está la fiesta...

Tuesday, April 07, 2009

Vacaciones

Vacaciones. Dos semanas de asueto me contemplan.

Perdonaréis que lo restriegue, pero es que lo necesitaba. Estar de vacaciones, quiero decir, no restregarlo.

Aunque que nadie crea que estoy haciendo el vago: madrugo, escribo, estudio, corro (me he puesto a régimen, ¿a que se nota?, hasta las letras me salen más delgaditas) y me encargo de los recados que nadie quiere en casa de mis padres. Eso sí, también hay tiempo para siestas, para ver "Las chicas Gilmore" en VO (gracias, Kina, por recordarme que existen, estoy enganchadísima) y releer Tomates Verdes Fritos después de haber visto la película por octava vez (y no me canso). Qué historia más bonita, madre.

Así las cosas, no me da tiempo a nada. Si no fuera porque es lo que me da de comer, tendría que dejar de trabajar para poder dedicarme a mis aficiones. Una lata, oye, sobre todo la de escribir; ya no puedo leer nada, ni ver ninguna película o serie, sin pensar "¿cómo se le habrá ocurrido esa frase?, ¿habrá modelado a ese personaje de la nada?, qué bueno, darle una adicción al café a una mujer que habla a trescientas palabras por segundo, ¿lo escribiría así en el primer borrador?". Estoy obsesionada, y yo me obsesiono con facilidad pasmosa. Esta semana no hago más que contar calorías (¿he dicho ya que estoy a dieta?) y hasta he empezado un diario donde apunto todo lo que como. Leí en algún sitio que ser consciente de lo que te metes al cuerpo te evita caer en excesos, por eso de tener que dar cuentas a alguien, aunque sea a ti misma.

Hoy, en un periódico, he visto escrito , con tilde. Me han dado ganas de mandar una carta al director.

Y también he hablado con una mujer que se mondaba los dientes de la dentadura postiza con un palillo mientras me decía lo guapa que estaba y lo mona que era yo de pequeñita. Joder, qué asco.

Odio los hospitales. No sé si eso lo había dicho antes. Aunque parezca completamente fuera de lugar, la mujer del mondadientes estaba en un hospital. Por eso la conexión de ideas.

Y ahora me voy a desvariar a otro lado, que ya os he dado bastante la vara. ¿No es impresionante, lo mucho que descansa la mente cuando estás de (pseudo) vacaciones? Hasta para desvariar da, oyes.

Tenían que darme más a menudo. Más vacaciones, quiero decir, no desvaríos.

No sé si me explico.

Espero que alguien me entienda.