Ayer fui, por fin, a ver la última película de Harry Potter. Iba sin ninguna expectativa, porque me habían jodido las tres anteriores y no esperaba que hicieran milagros. Sólo había una frase que quería que mantuvieran, algo que dice Snape al final: no me llames cobarde. Si la metían, perdonaría todas las burradas que pudieran cometer en la historia y las escenas inventadas (que no entiendo por qué tuvieron que meter tanta escena que no está en el libro en una película de dos horas y media, pero en fin). Si no la metían, me iba a cabrear muy seriamente. Y sabía que no la iban a meter, porque era hilar muy fino con un personaje al que todo el mundo tiene manía y que sólo era importante para sus fans más acérrimos.
Por supuesto, no la metieron.
Pero no me cabreé.
Lo cierto es que es la película que más me ha gustado, si exceptuamos, quizás, la primera por eso de ser la novedad (aunque la he visto tantas veces que ya ha perdido la magia). Pero esta me gustó. Respetaron la historia, las escenas inventadas no desentonaban y tuvo momentos muy divertidos. Quizás se les fue la mano con el amor adolescente, y, como siempre, desaprovecharon inmensamente al actor que hace de Neville Longbottom, al mismísimo Draco Malfoy y, cómo no, a mi Alan, aunque he de reconocer que en esta película tiene mucha más presencia que en las anteriores. Pero me gustó. Será, quizás que estoy dejando de ser tan freaky, que hace tiempo que no me releo los libros, o que simplemente ya me he cansado de Harry Potter. Sí, puede que sea eso. Son muchos los años con la misma obsesión.
Esta película me ha dado esperanzas para las dos que quedan. Quizás hagan justicia al libro más épico de la saga, quién sabe. Ya sé que las dos frases que quiero que guarden no van a aparecer (adivinad quién las dice), porque si con la anterior me parecía que hilaban fino, con "always" y "look at me" ya ni te cuento, pero al menos espero que dejen el capítulo del príncipe intacto y cuenten la historia de Snape sin saltarse nada. Harían un flaco favor a la película si no lo hicieran.
O eso creo yo. Pero, claro, yo no soy juez imparcial.
Sunday, July 26, 2009
Wednesday, July 22, 2009
Leer y escribir
¿Qué fue antes, la gallina o el huevo?
¿A qué se aprende antes, a leer o a escribir?
La lógica dice que primero se lee, se reconocen las letras y luego se escriben. Yo, que siempre he ido a la contra de todo el mundo, aprendí a escribir antes que a leer. Claro que lo que yo escribía era algo así como "eraoe asfkjld dka jdfa", sin puntos, sin mayúsculas y, por supuesto, sin párrafos. Luego se lo daba a leer a una niña de mi clase que ya sabía leer y me quedaba atónita de que ninguna de las muchas combinaciones que había escrito formaran una palabra con sentido. Qué cosas, oye, si no hay tantas letras, de alguna manera tendré que acertar. Pues no, no había manera.
Luego aprendí a leer sola. Y aclaro lo de leer sola, porque mucho antes leía con ayuda. Leía con mi madre y me aprendía los cuentos de los pitufos de memoria, tanto que mi padre creía que yo era capaz de leer a los cuatro años (pero no se fijó en que el dedo iba varias palabras por delante de lo que yo estaba diciendo). En primero de EGB ya escribía cuentos con sentido. No eran grandes inventos, pero eran míos, y las letras formaban palabras. Todo un logro. Pasar de fdjksa a "el niño tenía miedo" era la hostia a mis seis años.
Pero, sobre todo, me gustaba leer. Me encantaba perderme en un libro, olvidarme de todo lo que no me gustaba a mi alrededor (que era mucho, y materia para un psicólogo, no para un blog) y luego dejar volar la mente con lo que había leído. Yo ya sabía lo que era la "fan fiction" mucho antes de que surgiera en internet. Devoraba los libros de "Los Hollister" y sus protagonistas se convirtieron en mis mejores amigos. Sí, tenía amigos imaginarios, vivían en Soreham y se llamaban Pete, Pam, Ricky, Holly y Sue. Luego me dio por escribir las historias que me inventaba, conmigo como sexta protagonista. Fue mi primer intento de escribir novelas de detectives aficionados.
A escribir se aprende leyendo, no hay más misterio. Dice Stephen King en su libro "On Writing" (entretenido, interesante) que él lee unos ochenta libros al año. Yo me quedaré en veinte, cifra que considero más que suficiente teniendo en cuenta que trabajo y estudio y escribo y leo, y no me es muy difícil darme cuenta de que, cuanto menos leo, menos escribo. La lectura es la gasolina que necesito para escribir, para que mis palabras tengan sentido. Ya no más "dfañfj jdflsdjf", ahora mis frases tienen la influencia de todo lo que leo, que trato de que sea mucho y variado; desde Stieg Larsson hasta Orwell, pasando por Jane Austen, Juan Bolea, D.H. Lawrence y tantos otros. Como dice el bueno de Steve (ya conozco su vida, ya le puedo tutear), no hay atajos. Hay que leer. El que quiera escribir, necesita conocer el mundo en el que se quiere mover.
Pues eso, que me voy a leer, porque hoy ya he escrito. Sigo haciéndolo al revés. Ya ves. Qué cosas, oye.
¿A qué se aprende antes, a leer o a escribir?
La lógica dice que primero se lee, se reconocen las letras y luego se escriben. Yo, que siempre he ido a la contra de todo el mundo, aprendí a escribir antes que a leer. Claro que lo que yo escribía era algo así como "eraoe asfkjld dka jdfa", sin puntos, sin mayúsculas y, por supuesto, sin párrafos. Luego se lo daba a leer a una niña de mi clase que ya sabía leer y me quedaba atónita de que ninguna de las muchas combinaciones que había escrito formaran una palabra con sentido. Qué cosas, oye, si no hay tantas letras, de alguna manera tendré que acertar. Pues no, no había manera.
Luego aprendí a leer sola. Y aclaro lo de leer sola, porque mucho antes leía con ayuda. Leía con mi madre y me aprendía los cuentos de los pitufos de memoria, tanto que mi padre creía que yo era capaz de leer a los cuatro años (pero no se fijó en que el dedo iba varias palabras por delante de lo que yo estaba diciendo). En primero de EGB ya escribía cuentos con sentido. No eran grandes inventos, pero eran míos, y las letras formaban palabras. Todo un logro. Pasar de fdjksa a "el niño tenía miedo" era la hostia a mis seis años.
Pero, sobre todo, me gustaba leer. Me encantaba perderme en un libro, olvidarme de todo lo que no me gustaba a mi alrededor (que era mucho, y materia para un psicólogo, no para un blog) y luego dejar volar la mente con lo que había leído. Yo ya sabía lo que era la "fan fiction" mucho antes de que surgiera en internet. Devoraba los libros de "Los Hollister" y sus protagonistas se convirtieron en mis mejores amigos. Sí, tenía amigos imaginarios, vivían en Soreham y se llamaban Pete, Pam, Ricky, Holly y Sue. Luego me dio por escribir las historias que me inventaba, conmigo como sexta protagonista. Fue mi primer intento de escribir novelas de detectives aficionados.
A escribir se aprende leyendo, no hay más misterio. Dice Stephen King en su libro "On Writing" (entretenido, interesante) que él lee unos ochenta libros al año. Yo me quedaré en veinte, cifra que considero más que suficiente teniendo en cuenta que trabajo y estudio y escribo y leo, y no me es muy difícil darme cuenta de que, cuanto menos leo, menos escribo. La lectura es la gasolina que necesito para escribir, para que mis palabras tengan sentido. Ya no más "dfañfj jdflsdjf", ahora mis frases tienen la influencia de todo lo que leo, que trato de que sea mucho y variado; desde Stieg Larsson hasta Orwell, pasando por Jane Austen, Juan Bolea, D.H. Lawrence y tantos otros. Como dice el bueno de Steve (ya conozco su vida, ya le puedo tutear), no hay atajos. Hay que leer. El que quiera escribir, necesita conocer el mundo en el que se quiere mover.
Pues eso, que me voy a leer, porque hoy ya he escrito. Sigo haciéndolo al revés. Ya ves. Qué cosas, oye.
Saturday, July 18, 2009
Regreso
Ya he vuelto. ¿A que no os ha dado tiempo ni a echarme de menos?
Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.
Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...
He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.
Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.
Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.
¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!
Ha sido una visita cortita, pero muy intensa. Vengo cambiada. Vengo enamorada de un festival. Tengo tres libros en la maleta que guardan la esperanza de hacerme enamorar de dos escritores (aunque uno de ellos me haya firmado el libro para Cruz, que ya no sé ni pronunciar mi nombre, leches). Vengo convencida de que ese es mi mundo, el mundo de las tertulias y las presentaciones de libros. Joder, cómo he querido ser escritora estos días.
Me he dado cuenta de que soy una completa analfabeta en términos de literatura negra contemporánea. No os podéis hacer una idea de los pedazo de artistas que han estado a menos de un metro de mí (lo sé ahora que los he "gugleado", pero ayer no tenía ni idea), hacia los que no he corrido cual fan posesa gritando "¡fírmame, fírmame un autógrafo, en la teta si hace falta, por dios!" Qué pena, tanta energía perdida en gritar desaforadamente a los actores que no tienen dos neuronas que llamar suyas, cuando hay tanto talento suelto por las calles. Porque no están buenos, que si no...
He visto a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro (los únicos que conocía por haber leído algo suyo, que no de vista), a Cristina Fallarás y Juan Bolea (cuyos libros, firmados, aguardan ser leídos), a Oscar Urra, Gillermo Saccomanno, Bruno Arpaia, Raúl Argemí, Francisco Haghenbeck, Jorge Moch, Alejandro M. Gallo, Fritz Glockner, Juan Bas, Willy Uribe, Carles Quílez, Andreu Martín, Víctor Andresco, Ernesto Mallo, Carlos Salem, Jerónimo Tristante, Luis García Montero y tantos y tantos otros con los que me he cruzado y no he reconocido. Mis estanterías no dan ya más de sí de todos los libros que esperan ser leídos. Mi cabeza bulle con información, con ganas de escribir, con la sensación de que, haga lo que haga, nunca podré llegarle a esta gente ni a la suela del zapato. Antes de ir me gustaba la novela negra; ahora la venero, me parece el género más completo y más difícil de escribir, el más merecedor de toda alabanza. Al menos en lo que respecta a las letras hispanas, que los anglosajones (Connelly and company) son otro cantar.
Quiero volver. El año que viene voy a irme a Gijón la semana entera. Playita por la mañana (si el tiempo acompaña, que lo dudo) y literatura por la tarde. Mucha lectura, mucha escritura, cero excusas.
Os haré saber si Cristina Fallarás y Juan Bolea seducen tanto en sus escritos como en sus presentaciones; espero mucho de ambos, sobre todo de Cristina, de la que ya hablaré en otro momento porque se merece un post ella solita. Cuando haya terminado Así murió el poeta Guadalupe, aunque estoy convencida de que me va a gustar porque voy predispuesta a ello.
¡Pero qué guapo que ye Gijón, madre!
Wednesday, July 15, 2009
Hasta el sábado
Me voy a Gijón, a mi primera Semana Negra. Llevo años queriendo ir y hoy ha llegado el día. Cojo el tren a las dos de la tarde y no llego allí hasta las, terror, ocho de la noche. No me puedo creer que Asturias esté tan lejos.
Cuidadme el chiringuito. Vigilad que no entre ningún indeseable. Sed buenos y buenas (o no, vosotros veréis). Ya os contaré.
Cuidadme el chiringuito. Vigilad que no entre ningún indeseable. Sed buenos y buenas (o no, vosotros veréis). Ya os contaré.
Friday, July 10, 2009
These are a few of my favourite things

Qué malo es escribir...
Sí, sí, digo "qué malo", no qué guay, o cómo mola. Qué malo. Porque cuando escribes remueves fantasmas, y te acuerdas de cosas, recuperas el pasado. Y eso a veces es bueno y otras es malo. En esta ocasión... Bueno, no es que sea malo, es que me hace perder el tiempo de forma escandalosa. Menos mal que tengo tiempo de sobra para perder. Menos mal que estoy de vacaciones.
A cuenta del pasado post y del comentario de Fernando, he recordado cuál era mi serie favorita de todos los tiempos y estos días la he retomado. Sí, como habréis imaginado, con el gran caso que se le hizo en España (cambiándola de horario cada dos por tres, cancelándola, saltándose capítulos) no me quedó más remedio que pillármela donde todos sabéis y guardarla a buen recaudo después de verla. Me alegro de no haberme desecho de ella, porque así he tenido la oportunidad de recuperarla.
Y viendo de nuevo los capítulos de Veronica Mars recuerdo el inmenso deseo que me entró en su momento de convertirme en detective privado, aun sabiendo perfectamente que todo lo que emitían era ficción, que la vida del detective es de un aburrimiento olímpico, que ni soy tan mona ni tengo tanta jeta como Veronica. He recordado cómo encontré en internet una diplomatura -vale, creo que era algo entre universitario y FP- para detective a la que me faltó un pelo para apuntarme, y de hecho lo único que me contuvo fue la tarde a la semana que tenía que ir a Donostia a las clases presenciales. Maldito trabajo, maldita hipoteca, maldita necesidad de comer...
Pero no me rindo. Si no puedo ser detective privado (que, ojo, siempre puedo mudarme a Donostia, o esperar a que las clases cambien a los sábados por la mañana), escribiré sobre una. Y tampoco será detective como tal, sino una aficionada que trata de buscar respuestas. Como lo pueda ser yo. Me toca investigar, imaginar posibles escenarios, encontrar respuestas. Todo ficticio, o quizás no; quizás busque algún enigma casero (¿quién robó la caja del bar de abajo?, ¿a dónde va el hijo del panadero todos los días a las siete de la tarde?) y pase mis días de asueto correteando por Vitoria y alrededores con gafas de sol y una cámara con teleobjetivo. Ya me estoy viendo, con mi termo de café caliente en mi Ford Fiesta, observando a la mujer del vecino del quinto mientras se depila las cejas para ir en busca de... ¿su amante?, ¿su corredor de apuestas? ¡No! Su hijo en la guardería.
Me emociono. Me pierdo. Tengo demasiado tiempo libre, lo que significa que me veo una media de tres capítulos de Veronica Mars al día. Me encanta. Tenían que hacerse más series como esa, más personajes como Veronica. Ella sí que es un buen modelo juvenil; déjate de tanto maquillaje y tanto "este pantalón me hace el culo gordo" y preocúpate por los demás, échales una mano y averigua quién ha puesto alcohol en el ponche de graduación. Todo muy light, muy casero, pero por eso mismo mucho más creíble que una ancianita escritora que encuentra muertos allá por donde va.
Os dejo. Veronica me espera. Creo que hoy me toca ver el capítulo en el que se lía con Logan, te lo juro. El mejor primer beso de la televisión ever.
Sunday, July 05, 2009
Que me guste a mí no significa que te guste a ti
Me pasa algo muy curioso con las ideas que se me ocurren para escribir. Al principio, nada más encendérseme la bombilla, mi primera reacción es un "qué pasada, qué idea más cojonuda, seguro que a nadie se le ha ocurrido nunca nada como esto, soy la mejor, la más lista y la más guapa". Después, cuando analizo un poco la idea, llego a la conclusión de que "bueno, sí, ya se ha hecho desde varios puntos de vista, pero si lo enfoco de ésta o aquella manera igual le saco jugo, creo que podría funcionar; además, a mí me gusta". Y al final del proceso, todo lo que queda es un "pero, ¿en qué estaba yo pensando? ¿Cómo se me ha ocurrido pensar siquiera que esto pudiera interesarle a nadie más que a mí? ¡Si es una chorrada!"
Por algún motivo pienso que lo que a mí me interesa no tiene por qué interesar a los demás. Que a mí me guste no es síntoma de que a nadie más le vaya a gustar. Y a mí me gusta, claro, porque es mi idea, porque ha nacido de mis experiencias y mis intereses, pero ¿los demás? Van a pensar que soy una ñoña. Van a creer que soy idiota, o peor, que les trato de idiotas. Van a reírse de mí. Y como nunca tengo el valor de comentar mis ideas con nadie porque creo todo lo anterior, siempre me quedo con el convencimiento de que lo que a mí me guste no tiene por qué gustar a los demás.
Pero hoy me he puesto a analizar lo que me gusta y si a los demás también les gusta. Miro los libros que más me atraen y no puedo evitar caer en la cuenta de que a millones de personas les han gustado antes que a mí. Harry Potter (cómo no), novelas negras, Steinbeck, Middlesex (premio Pullitzer) y un largo etcétera. Vale, pero eso son libros y tengo cierta cultura literaria (o no; digamos que leo mucho, que no tiene por qué ser lo mismo). ¿Qué más me gusta, aunque me avergüence un pelín decirlo? Las Chicas Gillmore son mi última debilidad. Una serie ñoña donde las haya que a mí me encanta y me hace pensar que ojalá todo fuera tan fácil y todas las madres del mundo fueran tan guays como Laurelay Gillmore. Eso no puede gustarle a mucha gente adulta. Pues sí: entras en internet y hay miles de páginas dedicadas a ellas, y no precisamente de adolescentes. Veronica Mars, otra serie ñoña; otra serie de culto. Héroes. Perdidos. Castle. Se ha escrito un crimen. Millones de personas comparten mis gustos.
Y, aún así, estoy convencida de que mis ideas sólo me gustan a mí. Es duro, es difícil, pero tengo que conseguir salir de mi caparazón y convencerme a mí misma de que hay más frikis como yo, de que no estoy sola en el mundo y puedo encontrar un grupo de lectores, si alguna vez me decido a terminar algo DE UNA PUÑETERA VEZ y me atrevo a mostrarlo. Hoy es tan buen día como otro cualquiera para hacerlo, y de hecho me he puesto manos a la obra. Aún estoy en la fase de "qué idea más cojonuda, Ramond Chandler hazte a un lado", pero todo se andará. A ver si dentro de un mes seguimos en las mismas.
P.D: Por cierto, este es el post 300. Gracias por estar ahí todo este tiempo.
Por algún motivo pienso que lo que a mí me interesa no tiene por qué interesar a los demás. Que a mí me guste no es síntoma de que a nadie más le vaya a gustar. Y a mí me gusta, claro, porque es mi idea, porque ha nacido de mis experiencias y mis intereses, pero ¿los demás? Van a pensar que soy una ñoña. Van a creer que soy idiota, o peor, que les trato de idiotas. Van a reírse de mí. Y como nunca tengo el valor de comentar mis ideas con nadie porque creo todo lo anterior, siempre me quedo con el convencimiento de que lo que a mí me guste no tiene por qué gustar a los demás.
Pero hoy me he puesto a analizar lo que me gusta y si a los demás también les gusta. Miro los libros que más me atraen y no puedo evitar caer en la cuenta de que a millones de personas les han gustado antes que a mí. Harry Potter (cómo no), novelas negras, Steinbeck, Middlesex (premio Pullitzer) y un largo etcétera. Vale, pero eso son libros y tengo cierta cultura literaria (o no; digamos que leo mucho, que no tiene por qué ser lo mismo). ¿Qué más me gusta, aunque me avergüence un pelín decirlo? Las Chicas Gillmore son mi última debilidad. Una serie ñoña donde las haya que a mí me encanta y me hace pensar que ojalá todo fuera tan fácil y todas las madres del mundo fueran tan guays como Laurelay Gillmore. Eso no puede gustarle a mucha gente adulta. Pues sí: entras en internet y hay miles de páginas dedicadas a ellas, y no precisamente de adolescentes. Veronica Mars, otra serie ñoña; otra serie de culto. Héroes. Perdidos. Castle. Se ha escrito un crimen. Millones de personas comparten mis gustos.
Y, aún así, estoy convencida de que mis ideas sólo me gustan a mí. Es duro, es difícil, pero tengo que conseguir salir de mi caparazón y convencerme a mí misma de que hay más frikis como yo, de que no estoy sola en el mundo y puedo encontrar un grupo de lectores, si alguna vez me decido a terminar algo DE UNA PUÑETERA VEZ y me atrevo a mostrarlo. Hoy es tan buen día como otro cualquiera para hacerlo, y de hecho me he puesto manos a la obra. Aún estoy en la fase de "qué idea más cojonuda, Ramond Chandler hazte a un lado", pero todo se andará. A ver si dentro de un mes seguimos en las mismas.
P.D: Por cierto, este es el post 300. Gracias por estar ahí todo este tiempo.
Saturday, July 04, 2009
4 de julio
Thursday, July 02, 2009
Vuelta a la normalidad
Ayer cayó en Vitoria una granizada de espanto. Bolas de hielo como pelotas de pin-pon sacudieron coches, ventanas, aceras y hasta el tranvía tuvo que dejar de circular. Yo bajé las persianas de toda la casa, porque no creía que los cristales de las ventanas viejas pudieran aguantar una pedrada semejante. Desconecté el ordenador por las subidas de corrientes (había rayos y truenos). Cogí un cuaderno y me senté en la cocina, lista para dejar libre la mano y escribir la primera tontería que se me ocurriera, con un terrible estruendo de hielo cascándose sobre el suelo de fondo.
Hacía tres meses que no escribía.
Mi intención era, simplemente, calentar el músculo. Escribir cualquier cosa con sentido que poder tirar luego, porque obviamente nadie bate un récord de saltamiento después de pasarse tres meses sin entrenar. Escribí una hoja en un cuaderno, letra grande y desordenada. La releí. Y me quedé pasamada al darme cuenta de que había escrito lo que obviamente era el motivo principal de una novela. Negra, para más señas.
Así que hoy me he levantado -no muy pronto, todo hay que decirlo- y me he sentado al ordenador con ganas de teclear lo primero que se me ocurra, a ver si esa semilla de ayer germina y lo que me pareció una idea brillante no se diluye en la nada de mis frustraciones, como me suele pasar. Me enfrento al tema con un solo objetivo en mente: divertirme. Intentaré terminarla, sí, pero lo importante es divertirme, sin pensar en si gustará a la gente o no. Quiero terminarla. Quiero pasármelo bien. Quiero estar entretenida este verano. Quiero escribir sin contar palabras o sin agobiarme.
No escribir no era normal en mí. No me extraña que no pudiera, con tantas cosas como están pasando a mi alrededor, pero no era normal. Esta vuelta a la rutina sí. Vuelvo. Vuelvo a la normalidad. Vuelvo a escribir.
Hacía tres meses que no escribía.
Mi intención era, simplemente, calentar el músculo. Escribir cualquier cosa con sentido que poder tirar luego, porque obviamente nadie bate un récord de saltamiento después de pasarse tres meses sin entrenar. Escribí una hoja en un cuaderno, letra grande y desordenada. La releí. Y me quedé pasamada al darme cuenta de que había escrito lo que obviamente era el motivo principal de una novela. Negra, para más señas.
Así que hoy me he levantado -no muy pronto, todo hay que decirlo- y me he sentado al ordenador con ganas de teclear lo primero que se me ocurra, a ver si esa semilla de ayer germina y lo que me pareció una idea brillante no se diluye en la nada de mis frustraciones, como me suele pasar. Me enfrento al tema con un solo objetivo en mente: divertirme. Intentaré terminarla, sí, pero lo importante es divertirme, sin pensar en si gustará a la gente o no. Quiero terminarla. Quiero pasármelo bien. Quiero estar entretenida este verano. Quiero escribir sin contar palabras o sin agobiarme.
No escribir no era normal en mí. No me extraña que no pudiera, con tantas cosas como están pasando a mi alrededor, pero no era normal. Esta vuelta a la rutina sí. Vuelvo. Vuelvo a la normalidad. Vuelvo a escribir.
Wednesday, July 01, 2009
Regalar libros
Me gusta comprar libros. Me gusta abrir un libro que no ha abierto nadie antes, tocar las páginas a estrenar y saber que es mío. No me gusta leer libros de la biblioteca, que huelen a usado y a veces tienen manchas de gente que -horror- come mientras lee. Acumulo libros. Aunque en mi casa esto todavía no es un problema -me aseguré de tener una habitación con una pared cubierta de baldas-, sé que más pronto que tarde terminará siéndolo. Tendré que buscar una solución.
La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.
Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.
Qué peligro tengo, madre.
La solución más lógica es regalar libros. Ya sea a amigas o a la biblioteca local, lo más fácil es darlos. El problema es que yo soy de las que relee libros, por lo que mis favoritos no van a poder salir de esta casa nunca. He leído un par de veces muchos libros de Elizabeth George. Middlesex ha caído tres veces. Al Este del Edén espera su turno de nuevo este verano. Son libros que no me podrán abandonar nunca. Y los que no me gustaron... ¿A quién regalo yo algo que no me gusta? Sí, podría venderlos a la librería de viejo de la esquina, pero los libros de segunda mano me producen rechazo (por eso de que el autor no se lleva un duro; no me pasa con la música, pero sí con los libros). Hace poco leí de una mujer que cada vez que compraba un libro se deshacía de uno de los que ya tenía. Debería empezar a hacer algo así. Lo malo es que son como mis niños, y me duele verlos marchar. Hasta aquellos que no me gustaron dejan un poso amargo si salen de casa. ¿Quién sabe? Quizás algún día me decida a releerlos y encuentre que me encantan.
Toca ir de compras. Las rebajas de verano no afectan a los libros, pero al paso que estoy leyendo mi colección de volúmenes sin abrir desciende rápidamente. Es lo que tiene estar de vacaciones y que haga buen tiempo, que te apetece sentarte fuera con un libro y dejar que el sol te acaricie la cara. Pronto voy a cubrir cada espacio libre con un libro nuevo.
Qué peligro tengo, madre.
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