Nadia estaba de pie a medio metro de la mesa de la cocina, donde descansaba el teléfono móvil. Lo miraba con ansiedad, como se mira algo desconocido que se teme sea peligroso. No se atrevía a acercarse a él. ¿Y si sonaba justo cuando lo cogía en su mano? O peor, ¿y si no sonaba?
Sin apartar la mirada del aparato, se sentó en una silla de Ikea que cojeaba ligeramente. Entrelazó las manos en el regazo, la espalda muy recta, y esperó. ¿A qué esperaba? Ya no lo sabía ni ella. Llevaba tanto tiempo haciéndolo que se había convertido en costumbre. Esperar una llamada. Esperar un autobús. Esperar en la cafetería de enfrente de la oficina. Siempre esperando. Ella nunca hacía esperar a nadie, sabía lo desagradable que era. Cuando llegue te llamo, solía decir, para evitar molestias.
Pero él nunca hacía eso. Espérame despierta, le decía siempre, si te encuentro dormida me voy. Y ella se mantenía alerta hasta las tres de la mañana a base de cafés y Red Bulls, todo para que cuando él llegara pudiera acostarse a su lado y quedarse dormido al instante. Ella se quedaba mirándole, atiborrada de cafeína, imposible dormir, y entonces sonaba el despertador que había puesto para él y se marchaba a trabajar. Ella se daba una ducha y llegaba a la oficina agotada. Pero le merecía la pena. Todo merecía la pena con tal de pasar una noche junto a él y quitárselo a ella.
Llevaba media hora sentada en la silla, la vista fija en el móvil, cuando por fin sonó. Contestó todo lo rápido que pudo sin mirar siquiera quién era. No podía ser nadie más. Era la una de la madrugada, nadie la llamaría tan tarde.
-Lo siento. No he podido hacerlo. Está embarazada.
Nadia colgó sin decir nada. No había nada que decir. Le había dado a elegir y él había elegido, así de sencillo. Lo malo era que se había equivocado en su elección.
Se levantó de la silla, cogió las llaves de su coche y salió a la calle sin chaqueta a pesar del frío de noviembre. Anduvo las tres calles que le separaban de su Opel Astra, abrió la puerta con el mando a distancia y se montó. Le costó cuatro intentos meter la llave en el contacto, pero por fin arrancó. El coche enfiló la calle hacía el puerto de carga. Nadia no conducía, se dejaba llevar por la inercia de su propio coche, era la máquina quien guiaba a la mujer. A lo lejos, acercándose, vio los contenedores de carga. Sabía que detrás estaba el mar. El volante giró lo justo para esquivar los contenedores. El coche saltó del muelle al agua como en las películas, recorriendo al menos veinte metros en el aire antes de caer. Nadia cerró los ojos. Ni siquiera luchó por respirar cuando sus pulmones se llenaron de agua.
Ya no esperaría más. Por nadie.
Thursday, August 27, 2009
Talibán feminazi
Pues resulta que estaba yo toda aburrida en el hospital el otro día (ya le han dado de alta, todo bien, gracias) y se me ocurrió leer un articulillo de Pérez Reverte en la revista que acompaña a El Correo los sábados o domingos. Hablaba de tontos, de tontos del haba, de tontos españoles y castizos, y me estaba haciendo gracia, hasta que llegué a una frase que me mosqueó: "para que no se ofendan los talibanes feminazis, tontos y tontas". Me descolocó. De la sonrisa de mi cara, pasé a expresión de mosqueo.
De ahí en adelante, el artículo fue cuesta abajo y terminé con las manos cerradas con tanta fuerza alrededor de la revista que me dolían los nudillos. Según el personajillo este -porque me niego a llamar señor a un hombre que insulta con tanta libertad-, todos aquellos que nos esforzamos en hablar un lenguaje no sexista en la medida de lo posible somos, como mínimo, tontos del haba, cuando no talibanes feminazis (perdonad la redundancia, pero es que estoy tan alucinada con el término que no puedo dejar de utilizarlo). O sea, que el que yo me esfuerce en decir "la médica de cabecera" en lugar del gramaticalmente incorrecto "la médico de cabecera" es ser tonta del haba. Que yo diga "hecho por el ser humano" en lugar de "hecho por el hombre" me convierte en talibán. Qué ironía, encima, que utilice como insulto una palabra que representa vejación de derechos para las mujeres, violencia gratuita contra ellas, anulación de la personalidad y un largo etcétera de barbaridades contra más de la mitad de la humanidad. Qué valor el suyo al tacharnos de nazis, cuando precisamente los jefazos máximos de campos de concentración y demás barbaridades hechas por los nazis eran hombres (¿alguien podría mencionar a una mujer envuelta en ese tema?, seguro que las hay, pero yo no estoy muy puesta).
Este personajillo insulso, este tonto del haba, parece olvidarse de que todavía hay en España (y no digamos en Afganistán y países similares) mujeres sin derechos sólo por ser mujeres, mujeres que cobran menos, mujeres apaleadas, mujeres a las que se les ha hecho creer que son inferiores por haber nacido con tetas. Por supuesto que en España las mujeres viven mejor que en otros sitios, pero no es gracias a talibanes machinazis como el autor de este artículo; quizás a él no le parezca importante que el lenguaje no sea sexista, pero a mí me parece fundamental porque me siento excluida en mi propio idioma. Si hay una opción que incluye a ambos sexos, ¿por qué no usarla? Sí, puede que haya cosas más importantes en el mundo por las que preocuparse, pero lo mismo dijeron los hombres del siglo dieciocho cuando las mujeres empezaron a exigir sus derechos: asentemos primero el de los hombres (los machos, se entiende) y luego ya nos preocuparemos de vosotras. No me da la gana. Somos importantes. Sin nosotras, ellos no existirían (vale, y nosotras sin ellos tampoco, pero me entendéis). Exijo que se diga médica, que se diga "la fotógrafa" y no "la fotógrafo", como leí el otro día, que se nos tenga en cuenta en el lenguaje, que no se masculinice. La mujer está avanzando mucho más rápido que la sociedad y eso se nota en el lenguaje, que se ha quedado anticuado y machista. Actualicémoslo. Pongámonos al día.
Y si esto me convierte en una talibán feminazi (¿no os pone los pelos de punta el término?), que así sea. Y a mucha honra, oiga.
De ahí en adelante, el artículo fue cuesta abajo y terminé con las manos cerradas con tanta fuerza alrededor de la revista que me dolían los nudillos. Según el personajillo este -porque me niego a llamar señor a un hombre que insulta con tanta libertad-, todos aquellos que nos esforzamos en hablar un lenguaje no sexista en la medida de lo posible somos, como mínimo, tontos del haba, cuando no talibanes feminazis (perdonad la redundancia, pero es que estoy tan alucinada con el término que no puedo dejar de utilizarlo). O sea, que el que yo me esfuerce en decir "la médica de cabecera" en lugar del gramaticalmente incorrecto "la médico de cabecera" es ser tonta del haba. Que yo diga "hecho por el ser humano" en lugar de "hecho por el hombre" me convierte en talibán. Qué ironía, encima, que utilice como insulto una palabra que representa vejación de derechos para las mujeres, violencia gratuita contra ellas, anulación de la personalidad y un largo etcétera de barbaridades contra más de la mitad de la humanidad. Qué valor el suyo al tacharnos de nazis, cuando precisamente los jefazos máximos de campos de concentración y demás barbaridades hechas por los nazis eran hombres (¿alguien podría mencionar a una mujer envuelta en ese tema?, seguro que las hay, pero yo no estoy muy puesta).
Este personajillo insulso, este tonto del haba, parece olvidarse de que todavía hay en España (y no digamos en Afganistán y países similares) mujeres sin derechos sólo por ser mujeres, mujeres que cobran menos, mujeres apaleadas, mujeres a las que se les ha hecho creer que son inferiores por haber nacido con tetas. Por supuesto que en España las mujeres viven mejor que en otros sitios, pero no es gracias a talibanes machinazis como el autor de este artículo; quizás a él no le parezca importante que el lenguaje no sea sexista, pero a mí me parece fundamental porque me siento excluida en mi propio idioma. Si hay una opción que incluye a ambos sexos, ¿por qué no usarla? Sí, puede que haya cosas más importantes en el mundo por las que preocuparse, pero lo mismo dijeron los hombres del siglo dieciocho cuando las mujeres empezaron a exigir sus derechos: asentemos primero el de los hombres (los machos, se entiende) y luego ya nos preocuparemos de vosotras. No me da la gana. Somos importantes. Sin nosotras, ellos no existirían (vale, y nosotras sin ellos tampoco, pero me entendéis). Exijo que se diga médica, que se diga "la fotógrafa" y no "la fotógrafo", como leí el otro día, que se nos tenga en cuenta en el lenguaje, que no se masculinice. La mujer está avanzando mucho más rápido que la sociedad y eso se nota en el lenguaje, que se ha quedado anticuado y machista. Actualicémoslo. Pongámonos al día.
Y si esto me convierte en una talibán feminazi (¿no os pone los pelos de punta el término?), que así sea. Y a mucha honra, oiga.
Monday, August 24, 2009
Stop.
Nada nuevo que contar. Stop.
Mi verano llega a su fin. Stop.
Me he pasado los mejores quince días del año encerrada entre cuatro paredes. Stop.
Estoy hasta los cojones de los hospitales. Stop.
No me dejan donar sangre, y eso que quería conseguir puntos kármicos. Stop.
La semana que viene trabajo con niños de 4 a 7 años. Me va a dar algo. Stop.
Estoy vaga. Stop.
Me voy.
Stop.
Mi verano llega a su fin. Stop.
Me he pasado los mejores quince días del año encerrada entre cuatro paredes. Stop.
Estoy hasta los cojones de los hospitales. Stop.
No me dejan donar sangre, y eso que quería conseguir puntos kármicos. Stop.
La semana que viene trabajo con niños de 4 a 7 años. Me va a dar algo. Stop.
Estoy vaga. Stop.
Me voy.
Stop.
Saturday, August 15, 2009
Rutinas
Soy una persona de rutinas muy marcadas. Tengo mis horarios, hasta cuando estoy de vacaciones, e incluso mis momentos de asueto tienen su momento y su lugar. Soy así de control freak, qué le vamos a hacer, si no tengo un orden me pierdo.
Esta semana, ese orden se ha visto alterado. Otro ingreso hospitalario que me obliga a madrugar más y a sacrificar (muy gustosamente) esas mañanas que dedico a escribir. Pero sigo queriendo ser escritora, sigo con mis sueños de grandeza, así que me trago mi "yo por las tardes no puedo escribir" y me siento un par de horas a la caída del sol, antes de cenar y perder el tiempo frente a series ya vistas, y escribo, y me sorprendo al ver que soy tan capaz de escribir por las tardes como por las mañanas, que la cantidad y la calidad son las mismas y que la que controla la escritura soy yo, no al revés.
Enrique Páez dice que para ser escritor hay que escribir todos los días mil palabras, pero todos los días del año, sin excepción. Me pregunto qué dirá de alguien que escribe dos mil palabras diarias los meses de verano y que se pelea con tres o cuatro mil a la semana el resto del curso. ¿Seré también escritora? Supongo que me da la media. Espero.
Esta semana, ese orden se ha visto alterado. Otro ingreso hospitalario que me obliga a madrugar más y a sacrificar (muy gustosamente) esas mañanas que dedico a escribir. Pero sigo queriendo ser escritora, sigo con mis sueños de grandeza, así que me trago mi "yo por las tardes no puedo escribir" y me siento un par de horas a la caída del sol, antes de cenar y perder el tiempo frente a series ya vistas, y escribo, y me sorprendo al ver que soy tan capaz de escribir por las tardes como por las mañanas, que la cantidad y la calidad son las mismas y que la que controla la escritura soy yo, no al revés.
Enrique Páez dice que para ser escritor hay que escribir todos los días mil palabras, pero todos los días del año, sin excepción. Me pregunto qué dirá de alguien que escribe dos mil palabras diarias los meses de verano y que se pelea con tres o cuatro mil a la semana el resto del curso. ¿Seré también escritora? Supongo que me da la media. Espero.
Sunday, August 09, 2009
Fiestas

Las fiestas de Vitoria "solo" duran seis días, pero yo para el tercero ya estoy cansada. Y no es que sea de las que trasnocha, que allá quedaron los tiempos en los que veía amanecer con un chocolate con churros frente a mí, pero hay que salir, y se sale hasta tarde (las dos, las tres, para mí eso es tarde), y luego una se levanta al mediodía sin ganas de hacer nada, sin hambre, cansada. La mañana ha desaparecido, la tarde se pasa entre charangas y música bajo mi ventana y llega la noche otra vez, y los fuegos, y los conciertos.
Me estoy haciendo vieja, o una jodida ermitaña. Solían encantarme las fiestas, sobre todo cuando no podía estar en ellas. Recuerdo el mes de agosto en King City, y la tremenda morriña que me daba pensar que era cuatro de agosto y yo no estaba en la bajada de Celedón. Miraba el programa de fiestas y me mordía hasta los nudillos por perdérmelo todo, muerta de envidia, recordando las verbenas y los bares a rebosar de gente de fuera. Y ahora que estoy aquí, me supone un esfuerzo ir a ver los fuegos.
Estas son las últimas fiestas de un ciclo, quizás sea eso lo que las está haciendo incómodas. El año que viene las viviré de otra manera, no sé si peor o mejor. O quizás no las viva, porque haya decidido marcharme a algún lado. Que es lo que tenía que haber hecho este año de haber podido. Pero no podía. Hubiera sido como huir.
Desvarío. El escenario de debajo de mi casa atrona con las voces de los payasos. Mi calle está llena de niños. Me voy a tomar un café, a ver si termino de despertarme.
Sunday, August 02, 2009
Última obsesión
Y como el verano es muy largo y da para investigar muchas cosas y recordar viejos éxitos, ahora me ha dado por un grupo que no por conocido me gusta menos. Hace años que me compré los grandes éxitos de los Barenaked Ladies, pero es ahora, cuando el mundo alrededor parece un poco más oscuro, cuando aprecio el humor de sus letras y la alegría de sus canciones. Para muestra, un par de botones:
Reto a cualquiera a que trate de cantar esta canción sin leer la letra.
Un regalo para los oídos.
Simple divertimento.
¡Y a disfrutar!
Reto a cualquiera a que trate de cantar esta canción sin leer la letra.
Un regalo para los oídos.
Simple divertimento.
¡Y a disfrutar!
Semana de novela negra de Gijón. Cristina Fallarás
Gijón fue toda una experiencia. Sólo estuve dos días, pero me envolvió el ambiente de escritores pululando por las carpas, las tertulias y las presentaciones (sólo anduve por la zona de los libros, no me apetecía perderme en la feria de churrerías y norias gigantes). No sé qué esperaba de la feria; de hecho, creo que no tenía ninguna expectativa previa y, simplemente, me dejé engatusar por todo lo que veía. Fue un acierto.
Del listado de autores que iba a ver allí, sólo conocía -para mi vergüenza- a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro, así que me dije que era tan buen momento como otro cualquiera de encontrar algún gran talento. Pocas presentaciones me tragué enteras, pero hubo dos que me engancharon desde el principio. De Juan Bolea ya hablaré en otro momento. Hoy le toca el turno a Cristina Fallarás.

No voy a mentir. Me llamó la atención por ser una de las dos mujeres que lidiaba en una tertulia de hombres. Me llamó la atención por su melena pelirroja, sus ojos verdes (o azules, no la vi tan de cerca) y su manera compulsiva de fumar un cigarrillo detrás de otro. Tenía todo el aspecto de una femme fatale de las antiguas películas de gángters, con su vestido ajustado y taconazos altos; era la imagen de escritora de novela negra, me sorprendí pensando que no había otra profesión a la que esta mujer pudiera dedicarse (y sí, ya sé que es periodista). El hecho de que Carlos Salem, que también me había enganchado con sus intervenciones en la tertulia minutos antes, fuera quien presentara el libro de Cristina, sólo añadió interés al asunto.

Así murió el poeta Guadalupe es un monólogo. A la redacción de un periódico llega una extraña cinta que contiene una entrevista; la entrevistadora ha borrado su voz y sólo oímos una voz femenina que cuenta la historia de su vida, una vida que transcurre en los últimos años de la dictadura franquista. Se nos habla de torturas, de hombres ilustrados que vienen del otro lado del océano, de un mundo casposo y rancio al que se le da un poco de luz a cambio de un precio muy alto. Carlos Salem dijo que el libro le había dado miedo al leerlo, e inmediatamente supe que me lo iba a terminar comprando. Ayer, día de tormenta, me senté a leerlo después de comer y me levanté tres horas después, el libro terminado y la boca abierta no sé si de sorpresa o de horror, o quizás las dos cosas.
A mí no me dio miedo. Me dio angustia, que no es lo mismo, me dieron ganas de apalear a alguien y devolverle el daño hecho a los demás, pero miedo, lo que se dice miedo, no. Es un libro que se lee a página por segundo, que te agarra desde la primera palabra y no te suelta, porque quieres saber qué pasó en la casa de El Escorial, y quieres saber realmente a qué se dedicaba Santabárbara (aunque es fácil olérselo desde el principio), y saber qué horrores ha vivido la pobre mujer de la cinta, que nunca menciona su nombre. A unas veinte páginas del final, toda la historia da una vuelta de ciento ochenta grados y nos encontramos con que tenemos que reajustar todo lo que hemos leído hasta el momento, que hay que ajustar toda la información que hemos recibido a la vista de nuevos datos. La última página es, sencillamente, magistral. Me dejó los pelos de punta, no por miedo, sino por el gran manejo de información y esa manera que tiene Fallarás de contarlo todo sin decir nada.
No he buscado nada de esta autora, más allá de hacer una búsqueda superficial de su nombre en Google, pero sé que a partir de ahora estaré atenta a su nombre en las librerías y que trataré de leer más de ella (tanto que leer y tan poco tiempo... Qué agobio). El libro va a formar parte de mi colección de favoritos, en un lugar especial por ser el único que está dedicado a mí, sin faltas de ortografía y sin llamarme Cruz. Qué ilusión que sea precisamente este, jopé.
Del listado de autores que iba a ver allí, sólo conocía -para mi vergüenza- a Luis Sepúlveda y Mercedes Castro, así que me dije que era tan buen momento como otro cualquiera de encontrar algún gran talento. Pocas presentaciones me tragué enteras, pero hubo dos que me engancharon desde el principio. De Juan Bolea ya hablaré en otro momento. Hoy le toca el turno a Cristina Fallarás.
No voy a mentir. Me llamó la atención por ser una de las dos mujeres que lidiaba en una tertulia de hombres. Me llamó la atención por su melena pelirroja, sus ojos verdes (o azules, no la vi tan de cerca) y su manera compulsiva de fumar un cigarrillo detrás de otro. Tenía todo el aspecto de una femme fatale de las antiguas películas de gángters, con su vestido ajustado y taconazos altos; era la imagen de escritora de novela negra, me sorprendí pensando que no había otra profesión a la que esta mujer pudiera dedicarse (y sí, ya sé que es periodista). El hecho de que Carlos Salem, que también me había enganchado con sus intervenciones en la tertulia minutos antes, fuera quien presentara el libro de Cristina, sólo añadió interés al asunto.

Así murió el poeta Guadalupe es un monólogo. A la redacción de un periódico llega una extraña cinta que contiene una entrevista; la entrevistadora ha borrado su voz y sólo oímos una voz femenina que cuenta la historia de su vida, una vida que transcurre en los últimos años de la dictadura franquista. Se nos habla de torturas, de hombres ilustrados que vienen del otro lado del océano, de un mundo casposo y rancio al que se le da un poco de luz a cambio de un precio muy alto. Carlos Salem dijo que el libro le había dado miedo al leerlo, e inmediatamente supe que me lo iba a terminar comprando. Ayer, día de tormenta, me senté a leerlo después de comer y me levanté tres horas después, el libro terminado y la boca abierta no sé si de sorpresa o de horror, o quizás las dos cosas.
A mí no me dio miedo. Me dio angustia, que no es lo mismo, me dieron ganas de apalear a alguien y devolverle el daño hecho a los demás, pero miedo, lo que se dice miedo, no. Es un libro que se lee a página por segundo, que te agarra desde la primera palabra y no te suelta, porque quieres saber qué pasó en la casa de El Escorial, y quieres saber realmente a qué se dedicaba Santabárbara (aunque es fácil olérselo desde el principio), y saber qué horrores ha vivido la pobre mujer de la cinta, que nunca menciona su nombre. A unas veinte páginas del final, toda la historia da una vuelta de ciento ochenta grados y nos encontramos con que tenemos que reajustar todo lo que hemos leído hasta el momento, que hay que ajustar toda la información que hemos recibido a la vista de nuevos datos. La última página es, sencillamente, magistral. Me dejó los pelos de punta, no por miedo, sino por el gran manejo de información y esa manera que tiene Fallarás de contarlo todo sin decir nada.
No he buscado nada de esta autora, más allá de hacer una búsqueda superficial de su nombre en Google, pero sé que a partir de ahora estaré atenta a su nombre en las librerías y que trataré de leer más de ella (tanto que leer y tan poco tiempo... Qué agobio). El libro va a formar parte de mi colección de favoritos, en un lugar especial por ser el único que está dedicado a mí, sin faltas de ortografía y sin llamarme Cruz. Qué ilusión que sea precisamente este, jopé.
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