
Estoy convencida de que soy la reencarnación de Philip Sidney, un poeta anterior a Shakespeare recordado por sus sonetos de amor imposible que murió a los treinta años en una batalla contra los españoles, según creo recordar de mis estudios de literatura de primero. Vivía de las rentas, era culto, un caballero que conocía todas las artes de la corte, que supuestamente estaba enamorado de una mujer inalcanzable para él y a la que dedicaba sonetos que ya quisiera Shakespeare haber escrito. Mi favorito es el siguiente (y permitiréis que no cometa sacrilegio traduciéndolo; si no tenéis suficiente nivel de inglés, lo siento, confiad en mi palabra, es precioso):
Having this day my horse, my hand, my lance
Guided so well that I obtained the prize,
Both by the judgment of the English eyes
And of some sent from that sweet enemy France;
Horsemen my skill in horsemanship advance;
Townfolks my strength; a daintier Judie applies
His praise to sleight, which from good use doth rise;
Some lucky wits impulse it but to chance;
Others, because of both sides I do take
My blood from them who did excel in this,
Think Nature me a man of arms did make.
How far they shoot awry! The trae cause is,
Stella looked on, and from her heavenly face
Sent forth the beams which made so fair my race.
Pero no, Sidney no podría haber sido, porque yo de poesía poco, para qué nos vamos a engañar. Quizás mi época estuviera más cerca de lo que pienso, en el dieciocho o diecinueve, ahí, con el auge de la novela. Seguiría pidiéndome ser hombre, que las mujeres lo tenían muy difícil, pero escribiría con el estilo de Charlotte Brönte o, quién sabe, la mismísima Jane Austen. Y me meterían en la cárcel por homosexual, pero qué le vamos a hacer, una no lo puede tener todo.

Estos días me siento ñoña, no sé por qué. Llevo una semana viendo comedias románticas británicas, de ahí la neura. Creo que me las he visto todas, al menos todas las que me gustan. En cuestión de comedia romántica, soy muy básica, sólo me gustan aquellas en las que dos personas aparentemente incompatibles terminan juntas al final. Si además actúa Hugh Grant, mejor que mejor. Vamos, que creo que esta semana Bridget Jones es mi película favorita. Sí, qué pasa, probad a trabajar a jornada completa y luego estudiar cuatro o cinco horas seguidas, veréis dónde se os queda el espíritu crítico (no lo digo por ti, Hugh, que tú me gustas hasta cuando te vas de putas; y madre lo que ha ganado este chico con la edad, que parece mentira que pase de los cincuenta).
Lo dicho, soy de otra época. Una época donde todas las historias tienen final feliz, donde la chica siempre consigue al chico que le gusta por muy fea que sea ella y muy guapo que sea él, una época en la que todo es de color de rosa y no hay dolores ni penas por ningún lado, donde cuando te caes de culo nadie se ríe y se limitan a preguntarte si te has hecho daño, donde Colin Firth está como un camión. Una época que no es la mía.
(Ah, no, un momento, es que eso no es una época, sino un universo paralelo…)

