Sunday, February 28, 2010

Defínete en dos palabras


Feminista gafapasta (la de la foto no soy yo).

¿Y tú?

Saturday, February 27, 2010

Temporal

Ciclogénesis explosiva, lo que quiera que signifique eso.

No hay tranvía, ni autobuses urbanos.

Mis amigos viven en el extrarradio y no pueden acercarse si no es en coche, cosa que hoy no apetece.

Noche de palomitas y comedia romántica de Hugh Grant.

Qué remedio.

Wednesday, February 24, 2010

A mí me funciona el cerebro. ¿Y a ti?

Estoy en clase con los pitufos de cuatro años. Unos están terminando un mouse, poniéndole la cola, los ojos y la nariz; los otros están repasando los colores conmigo. De repente, del lado de las mesas me llega un retazo de conversación que M., bicho donde los haya, está teniendo con sus compañeros. Suena muy convincente.

-Porque a nosotros, que somos pequeños, no nos funciona el cerebro, ¿sabes? A Ruth sí, a Ruth le funciona, pero a nosotros no.

Algunos días más que otros, cariño, algunos días más que otros.

Monday, February 22, 2010

No me puedo creer que se me haya olvidado.

No entiendo cómo ha pasado.

No sé en qué estaba pensando.

Creo que voy a ir al médico a mirármelo, a ver si va a ser grave.

Ayer ni me acorde. Y hoy tampoco me hubiera dado cuenta si no llega a ser por un post en un blog.

Ayer fue veintiuno de febrero. Ayer, hace sesenta y cuatro años, nació Alan Rickman. Y a mí se me ha olvidado su cumpleaños.

(Le dejo que me dé un par de cachetes por mala. Hala, qué guarrona me estoy volviendo.)

Sunday, February 21, 2010

Señora

Una chiquita de unos trece o catorce años se acerca a mí, muy nerviosa y mordiéndose las uñas.
-Perdona, ¿me dejas el móvil? Es que no tengo y tengo que llamar a mi madre.
Yo, muy amable, se lo dejo. La chica me da las gracias tres veces mientras teclea el número y se pone a hablar con su madre. A mí me maravilla que a estas alturas de siglo alguien recuerde aún un teléfono de memoria.
-Mamá, oye, que no están...Sí, estoy aquí, pero no están...No, una señora me ha dejado el móvil...
Miro a mi alrededor. No hay señoras a la vista. Y luego me doy cuenta de que la que le ha dejado el móvil soy yo.
Y tengo que hacer un esfuerzo muy grande para no arrancárselo de la mano y decirle que a cien metros tiene una cabina.

Saturday, February 20, 2010

Escribiendo

Llevo meses, meses, intentando encontrar una rutina que sea fácil de seguir y que me permita escribir al menos una hora todos los días. Por fin, desde hace un par de semanas, parece que lo he conseguido y todos los días pego el culo a la silla delante del ordenador. Una hora, es todo lo que pido. Los fines de semana ya caerán dos, pero a diario una hora. Nada más.

Ahora el problema es que no sé qué escribir.

Me había prometido que, en cuanto terminara el primer borrador de la novela, escribiría relatos. Eso es lo que hacía antes, allá por la prehistoria, antes de que me diera por intentar escribir novelas y fracasar rotundamente. Un relato de apenas dos mil palabras no puede ser algo tan complicado, me decía, no comparado a una historia de 80000 con más vueltas y giros que un tiovivo. Escribo uno o dos a la semana, los mando a concursos y a ver si suena la flauta, ¿no?

Pues no.

No se me ocurre nada que se pueda contar en dos mil palabras, tres mil como mucho. Todo lo que me ronda la cabeza son historias eternas, épicas, en las que necesito varias páginas sólo para explicar la motivación del personaje principal. No soy capaz de centrarme en un momento, un instante, y cuando lo hago me parece pésimo. He escrito tres relatos este mes, a cada cual peor (el último ni siquiera lo he terminado porque me ha dado asco a medio camino). Había pensado participar en un concurso al mes, pero no quiero que nadie se ría de mí, por muy anónimos que sean la mayoría. Prefiero sufrir en silencio, como con las hemorroides. No puedo dejar ver al mundo que soy incapaz de escribir un relato. No me doy por vencida, lo conseguiré, pero ahora mismo no soy capaz de hacerlo.

El problema es que tampoco tengo fuerzas para empezar con una novela seria, porque estoy en barbecho y esperando a que el tiempo me haga olvidar lo que he escrito para poder verlo con ojos nuevos y reescribirlo como si lo hubiera escrito otra. No puedo empezar a modelar personajes, a crear una trama (todas mis tramas son más psicológicas que otra cosa, y eso me absorbe toda la energía), a idear maldades (porque sí, todos mis personajes tienen un lado oscuro. Ay, si Freud levantara la cabeza). Así que me ha dado por ponerme a escribir una fantasía -que no erótica, eso se lo dejo a Fernando-, una tontería que me ronda la cabeza, con personajes tomados de la vida real y un gran tufo autobiográfico (digamos que es el yo que a mí me gustaría ser pero no soy). No lo va a leer nadie, ni siquiera sé si lo voy a terminar, pero me va a servir de mesa de experimentos porque no tengo obligaciones. Si a mitad de la historia se me ocurre una idea genial -y me suele pasar cuando escribo-, puedo dejarla y enfrentarme a ella sin miedo, que ya volveré -si vuelvo- al experimento. Pero lo importante es no dejar de escribir. No ahora que por fin le he encontrado un hueco en mi vida.

Creo que me lo voy a pasar bien. Hoy sólo he escrito la sinopsis y casi me meo de risa. Y supongo que eso es lo que busco cuando me siento a escribir. ¿O no?

Thursday, February 18, 2010

Tiempo

El tiempo es como el dinero, sólo nos damos cuenta de que existe cuando no lo tenemos. Si estamos aburridas, nos sobra el tiempo (con el dinero eso no pasa, pero bueno, de todo habrá). Cuando estamos muy ocupadas, nos falta tiempo. El tiempo siempre es el mismo, las que somos distintas somos nosotras. El tiempo no cambia. Nos cambia.

Tuesday, February 16, 2010

Niños

M., niño de cuatro años, habilidad especial para conseguir que mi nombre parezca polisilábico.

-Ruuuuuuuuuuth.
-What.
-Ruuuuuuuuuuth.
-What.
-Ruuuuuuuuuuth.
-What??
-Ruuuuuuuuuuth.
(Abreviando: una docena de Ruuuuuuuuths y Whats más tarde:)
-Ruuuuuuuuuuth.
-WHAT???
-¿Por qué dices what todo el rato?

Me van a matar.

Sunday, February 14, 2010

Feliz San Valentín.

Hoy he tenido un día de lo más ocupado. Señor, que veinticuatro horas no dan para nada, leñe, a ver cuándo inventan el día de cuarenta y ocho. O, al menos, que hagan de San Valentín una fiesta que dure una semana.


Nada más levantarme me he encontrado con un mensaje de Hugh en el contestador. "Nos vemos esta tarde, preciosa, ponte la minifalda que tanto me gusta". Sí, hombre, con el frío que hace hoy, me he dicho, y he borrado el mensaje. Él, insistente, ha llamado tres veces más, pero después de mandarle a la porra en la primera llamada he dejado de contestar. Él ha terminado dándose por vencido y se ha ido de putas. Igualito que el año pasado.

Después de desayunar he sacado la agenda y he empezado a organizar mi día.



A las diez, café con pastas con Robert. Por suerte, aún no le ha dado por el té por muy inglés que se haya vuelto últimamente.



A las doce, paseo romántico por el parque de Arriaga (antes de que se lo carguen para hacer la maldita estación de autobuses) con Colin.



A las dos, comida con Ewan, que salía ya mismo con la moto a vaya usted a saber dónde.



A las cinco, una cervecita con el bueno de Ben, a quien he tenido que hacer un hueco de última hora.



Y dentro de media hora, cena a la luz de las velas con mi Alan, quién si no, que ha tenido la santa paciencia de aguantar a mis otras citas y ha sido tan amable de mandar a la mierda a Hugh de mi parte.

Feliz San Valentín a todos, y a ver si el año que viene me organizo mejor.

Saturday, February 13, 2010

Carnavales

Ayer celebramos los carnavales en la ikastola. Como hacía un tiempo de perros, hicimos el desfile en el gimnasio, para disgusto de padres y hermanos mayores que no podían entrar por limitación de aforo -aunque luego se colaron, que son peores que los niños-. Tuvimos de todo; los peques se disfrazaron con bolsas de basura de colorines y fueron vampiros, indios, músicos y piratas. Los de quinto y sexto lo elaboraron un poco más y tuvimos un precioso baile de Grease, un encierro que ni en San Fermines, desfile de famosos y una extraña pelea en las rebajas de El Corte Inglés, entre otros. Y, por primer año, los profesores decidimos que también saldríamos en el desfile: llevamos nuestro propio paso de Semana Santa.

El paso llevaba su cruz, sí, pero acompañada no de un santo, sino de una pobre pizarra verde de las de toda la vida (hecha de cartón, no os vayáis a pensar) y un libro gigante, ambos "muertos" tras la llegada de la pizarra digital y los ordenadores portátiles a las aulas. Una profesora se vistió con toquilla y gafas de Martirio y nos cantó en playback una saeta que previamente habíamos grabado en la sala de profesores. Después, a ritmo de samba, desaparecimos en el almacén donde se guarda el equipo deportivo entre aplausos y abucheos del público. Nos lo pasamos como enanos.

Ninguno de los niños se enteró de lo que habíamos hecho. Ninguno lo entendió. Cuando volvimos a clase, varios críos de segundo se acercaron a preguntarme de qué habíamos ido. "De paso de Semana Santa", les dije. "¿Y eso qué es?" "Pues... Los que desfilan en Semana Santa". Me niego a explicarle a un niño lo que es la Semana Santa y lo que representa, porque ni yo misma lo entiendo. Que le pregunten al de religión.

Por suerte, ningún padre protestó. Temía que alguno nos acusara de falta de respeto, porque vaya usted a saber con lo que le pueden sorprender a una los padres de una escuela laica en carnavales. Pero no lo hicieron. Y nos lo pasamos en grande.

Friday, February 12, 2010

Ya no más.

No quiero leer nada más sobre cómo escribir.

No quiero que nadie me exponga fórmulas matemáticas sobre tramas y estructuras, que me diga lo que debo o no debo hacer. No empieces con descripción, no empieces con diálogo, no empieces hablando del tiempo. Y yo digo que la cosa es empezar.

Quiero aprender andando el camino, aunque ya sé que es difícil encontrarse sin mapa. Da igual; lo bueno que tiene este viaje es que, aunque me pierda, aprenderé algo. Porque, a pesar de que llevo escribiendo desde que aprendí a coger un lápiz, tengo el convencimiento de que no sé nada. Nada de nada.

Voy a leer literatura, y espero aprender de ella. Voy a escribir, todo lo que pueda, siempre que pueda. Y voy a aprender de cada uno de mis errores.

Basta de teoría. Bienvenida la práctica.

Thursday, February 11, 2010

Continuación de puto lunes, a pesar de ser jueves

Suena el despertador. Me levanto un cuarto de hora después, con prisas, como siempre. Levanto la persiana: una fina capa de nieve lo cubre todo. Botas de monte al canto. Salgo de casa.

Y nada más salir, algo me cae en la cabeza. No le doy importancia, creo que es un trozo de nieve, aunque no ha caído tanta como para que ya esté deshelando. A medio camino del trabajo, veo una mancha extraña en la manga del abrigo. La mancha sigue por toda la manga, sube hasta el hombro, parece que viene de la cabeza.

Me ha cagado un pájaro. Y por el tamaño de la deposición, lo menos era un buitre.

(Los hados me están diciendo que no salga de casa y que disfrute de la nevada bajo una manta. Hay que hacer caso a las señales del cielo, más si vienen en forma de "lluvia ácida".)

Monday, February 08, 2010

Puto lunes

-Hola, soy Plácido Domingo.
-Y yo puto lunes, no te jode.


Me levanto con dolor de cabeza por tercer día consecutivo, lo que ya de por sí debería haberme advertido que hoy no iba a ser un buen día. El gato decide que le apetece sentarse en los tres centímetros de encimera que quedan delante de la puerta del microondas; cuando lo cojo e intento apartarlo, el bicho pierde el equilibrio y, de modo reflejo, saca las uñas para agarrarse donde puede. Termino con un arañazo de cinco centímetros en la palma de la mano que sangra profusamente. Intento desayunar mientras trato de no desangrarme. Ya llego tarde.

Miro por la ventana antes de calzarme. El suelo está seco, así que opto por los zapatos que calan pero son comodísimos, esperemos que no llueva. Por supuesto, llueve; a la hora de comer llego a casa de mi madre con los pies empapados. Pero al menos he llegado entera: por el camino, una mujer que debía haberse escapado de un psiquiátrico cercano ha intentado pegarme un puñetazo. Hoy no he hecho nada para merecerlo, lo prometo.

Paso la tarde como puedo, con unos horribles zapatos de mi madre -que al menos son cómodos y están secos, aunque los calcetines no- y un dolor de cabeza que apenas me deja dar clase. Los niños, benditos ellos, tratan de ayudar y trabajan lo más en silencio que pueden, pero no pidamos peras al hombro, tienen seis y siete años. Llegan las cinco y mi cabeza dice basta. Me voy a mi casa. Solo quiero un ibuprofeno y silencio, mucho silencio.

Pero antes hay que hacer la compra de la semana. Y llueve. Y tengo que lidiar con el paraguas y las bolsas del súper, que no son muchas pero pesan lo suyo, y sólo recuerdo que tengo una herida en la palma de la mano cuando el asa de una de las bolsas está a punto de abrírmela de nuevo. Pero llego a casa. Y no se ha derrumbado. Ni hay goteras. Ni ha ardido.

Podía ser peor. Podían ser las siete de la mañana otra vez, en lugar de casi las siete de la tarde. El lunes casi ha acabado.

Qué miedo me da el martes, madre. Qué miedo.

Saturday, February 06, 2010

Puedo tocar el final con la punta de los dedos

Noviembre fue el mes del NaNoWriMo. Durante veintisiete días (porque los últimos tres estuve fuera de Vitoria) escribí como una fiera y conseguí 50000 palabras. Muchas de ellas son mediocres. Algunas de ellas son malas. Unas pocas son pésimas. Pero también hay alguna perla, que al menos a mí me gusta. Y, como dijo no sé quién, trata siempre de gustarte a ti misma, porque si lo que intentas es gustar a los demás, nunca sabes si lo conseguirás.

Luego llegó diciembre, y me prometí que iba a terminar el borrador, porque la historia parecía merecer la pena y creía que me iba a llevar a algún sitio. Sólo me hacían falta 30000 palabras más, me dije, algo completamente asequible. Mil palabras al día. Lo he hecho antes. Esto está chupado. Pero no pude. No sé si fue el hecho de que no había nadie que controlara la cantidad de palabras que escribía al día, o que estaba agotada por el mes anterior, pero no llegué. En Navidad haremos algo, pensé. Y algo hice, pero poco, la verdad, muy poco.

Y llegó enero, y con él los exámenes parecieron mucho más cercanos. Dejé todo y me puse a estudiar, que no era cuestión de tirar por la borda las horas que ya había metido en ello. No es que estudiara todo el día, ni con mucho, pero cuando lo dejaba no me apetecía ponerme a escribir, estaba demasiado cansada. Me cargué la rutina. Esa hora diaria en la que solo podía escribir desapareció, y empecé a ocupar mi tiempo con tonterías (como ver cuatro temporadas de Dexter en dos semanas). Pero mientras estudiaba solo podía pensar en volver a escribir. No en la historia en sí, sino en volver a poner los dedos sobre el teclado y dejarlos volar, el acto físico de crear. Pero no podía. No tenía tiempo, me decía.

Ahora he acabado los exámenes -hace ya una semana- y he retomado la novela. No recordaba ni los nombres de los personajes principales, no digamos ya los secundarios o la trama. No la he releído entera, sólo las últimas cinco páginas y algunas notas que tengo sobre la historia. Durante una semana no he sido capaz de escribir más de quinientas palabras seguidas. Hoy, por fin, he escrito durante hora y media y he hecho lo que tenía que hacer. He terminado lo que es la historia en sí, a falta de unos flecos que hay que recortar para que el círculo se cierre del todo. Hoy he sabido por qué me estaba costando tanto terminar, y la razón era muy simple: tenía que matar a mis personajes. Y eso no es fácil.

Sabía que debían morir desde que escribí la primera palabra, pero como eso era al final no quería pensar en ello antes de que llegara. Y no podía ser una muerte cualquiera, tenía que ser una muerte que los definiera. Imponente. Edificadora. Y lo ha sido. A falta de la revisión (que será una reescritura en toda regla, voy a cambiarlo todo), me gusta la escena que he escrito esta mañana. Era necesaria. Y sé que volveré a hacerlo. Me ha gustado cargarme a mi creación. Yo soy la única con el poder de hacerlo, y hoy he dado muerte. Soy una asesina de papel.

Mañana pretendo poner el punto y final a una historia de algo más de 80000 palabras, lo más largo que he escrito nunca. No es lo que yo esperaba, no está para ser leído por nadie, no va a ver la luz hasta que no le limpie la cara y la adecente un poco, pero es lo mejor que he escrito nunca. Mañana la termino, si no lo hago esta noche, y el lunes empieza el proceso de maceración. Olvidarme de ella. Escribir cosas nuevas -pero no una novela, algo más corto, algún juego-, pensar en otros temas, y cuando ya no recuerde lo que me motivó a escribir, volver a leerla. Y arreglarla. Que buena falta le hace.

Domingo, 7 de febrero: Después de algo así como 80 días y 81949 palabras, doy por terminado el primer borrador. ¡Terminé! ¡Champán para todos! (O, en su defecto, un café.)

Thursday, February 04, 2010

Familia y trastos viejos...

Tengo mucha familia. Cuando digo mucha, quiero decir mucha. Por parte materna somos catorce primos; por parte paterna, ni los cuento porque no lo sé seguro, pero paso de veinte. Tengo primos en Francia a los que nunca he visto. Sé que una tía abuela o similar emigró a Argentina, aunque no me sé toda la historia, así que puede que tenga familia allí, no lo sé, aunque tampoco importa porque sería ya muy lejana. Somos muchos primos. Muchísimos.

No tenemos relación. A veces me da morriña y pienso que es una pena, que quizás deberíamos juntarnos más, pero luego lo hacemos y zas, saltan chispas y nos damos cuenta de por qué no nos vemos el resto del año. Prometimos juntarnos una vez al año, de eso ya hace al menos dos. Me da pena, pero a la vez siento cierto alivio porque no voy a tener que aguantar las ordinarieces de unos, la superioridad de otros y la maldad de los menos. Los tengo agregados al facebook y sé que a mi prima pequeña le gusta Dexter, pero no sé cuál es su tono de voz cuando está contenta o qué cosas le cabrean. Un primo que vive en Madrid me llamó para darme el pésame por mi padre, y soy incapaz de ponerle cara a la voz porque no le veo desde que tenía siete años, y va a cumplir treinta. Triste, muy triste, sobre todo teniendo en cuenta que casi todos hemos crecido a una hora de autobús. Pero la vida es así. Uno no elige a la familia, ni ellos te eligen a ti.

Me alegro de tener solo un hermano. Y de que ninguno de los dos tengamos hijos.

Monday, February 01, 2010

Quiero termin

Tendría veinte años, o quizás menos, o quizás más y ya me había ido a California, aunque lo dudo. Limpiaba mi habitación y encontré media docena de papeles doblados por la mitad, con las palabras "historias de Ruth" escritas con la letra de mi madre en la parte de arriba. No recordaba aquellos papeles escritos con la máquina portátil que mis padres me compraron cuando terminé el curso de mecanografía, con trece años, así que me senté y los leí como si fueran de otra. No recordaba haber escrito ni una sola de aquellas palabras. Pero sé que eran mías. La historia era algo así:

Un hombre sale corriendo de un edificio con varios disketes informáticos en el bolsillo. Alguien le persigue, pero aún no sabemos por qué, ni qué importancia pueden tener los disketes. Él sólo quiere poner su carga a resguardo, esconderlo en un lugar seguro. Consigue dar esquinazo a sus perseguidores y se dirige a un banco.

Allí espera una cajera aburrida que sueña que está en otro lugar, con otro trabajo, harta de la monotonía y deseosa de aventuras. Es soltera, le ha dejado el novio y está harta de tíos, pero aún confía en que existan hombres buenos en la tierra. De repente, la puerta se abre y un pedazo de hombre entra, la mirada nerviosa y el puso tembloroso. Se dirige hacia ella y le pide una caja de seguridad. Como siempre que alguien le pide una caja de seguridad, la cajera trata de adivinar qué será lo que ese hombre podrá querer guardar, porque le fascinan los secretos de la gente.

Y fin de la historia.

Eso es todo lo que escribí.

Me aburrí, se me acabaron las ideas, empecé algo nuevo... Qué sé yo. Sólo recuerdo la rabia que sentí aquella tarde cuando quise saber qué demonios había en aquellos disketes, por qué perseguían al pobre hombre y si al final iba a terminar liándose o no con la cajera. Era la historia más simple del mundo con todos los clichés imaginables, pero a mí me enganchó. Quizás a otros también les hubiera gustado.

Este año me he prometido terminar todo lo que empiece. Aunque sea malo, aunque me aburra a medio camino. Mejor algo malo terminado que no algo con posibilidades sin acabar. No voy a cometer el mismo error dos veces.