Sunday, April 25, 2010
Saturday, April 24, 2010
A vueltas con el runrún

Mi cabeza trabaja sin descanso (runrún, runrún, runrún), sopesando posibilidades, planeando pasos que dar. Tengo decisiones que tomar: seguir como hasta ahora o cambio radical. Tirarme a la piscina. Empezar de cero. Muchas cosas que hacer, mucho que pensar (runrún, runrún, runrún), ni siquiera duermo bien. No puedo echar la siesta y no es por el café, es porque tengo que decidirme. Sé que ya me he decidido, pero ahora, ¿qué? ¿Cuál es el siguiente paso? Mucho que hacer, poco tiempo, ¿saldrá bien? ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Por qué siempre me pongo en lo peor? Mira que soy. Qué le vamos a hacer, esa soy yo.
Runrún, runrún, runrún, cerebro a toda máquina. Vacaciones. Cinco días en Londres para seguir pensando. Cinco días que sólo van a servir para convencerme aún más.
Tuesday, April 20, 2010
En Vitoria hay vida (va a ser que en Marte también)

Eduardo Mendoza dio ayer una charla en Vitoria, y por supuesto, hambrienta de eventos culturales que está una, allí que me fui con mi amiga Kina. No es que yo sea incondicional de Mendoza, ni mucho menos (nada comparable con Kina, que se ha leído todos sus libros); creo que me leí "El laberinto de las aceitunas" cuando vivía en King City y, aunque me gustó, no ha sido hasta varios años después que le he redescubierto con "El asombroso viaje de Pomponio Flato". Pero era Eduardo Mendoza, EDUARDO MENDOZA, en Vitoria, aquí, a cuatro pasos de casa, y tenía que ir. Tenía que ver a un escritor de verdad con mis propios ojos. Salí de casa con tanta prisa que hasta me dejé la cámara en casa, lo que al final creo que no importó porque no vi que nadie sacara fotos.
Y lo vi, vaya que si lo vi, y le oí, y le escuché, atentamente, como se debe escuchar a alguien que sabe y no sabe que sabe. Empezó advirtiéndonos de que no iba a hablar de literatura porque él no sabía nada de literatura, que iba a hablar de "su" literatura... para acto seguido colarnos nombres como Proust, o Samuel Beckett, o Jonathan Swift. Porque él, que nunca ha estudiado literatura de manera formal, ha aprendido literatura como se debe aprender: leyendo. Yendo al teatro. Disfrutando con las palabras en todas sus formas. Nada de escuchar lo que te cuentan otros, llega a tus propias conclusiones.
Nos habló de sus comienzos, de cómo aprendió a leer con cuatro años ("y luego ya no aprendí nada más"), de la memoria, de que lo mal observador que era ("como todos los escritores", dijo, y yo respiré aliviada porque entonces quizás tenga alguna esperanza), de sus años como intérprete en las Naciones Unidas, de que hay que saber lo justo sobre escritura, saber casi nada, pero lo poco que se sabe saberlo muy bien. "He visto a muchas personas con talento echarse a perder porque sabían demasiado sobre escritura". (Con esas palabras, algo en mi cerebro hizo "clic". Pero esa es materia para otro post, no es el momento.)
Lo que más impresionada me dejó fue su teoría sobre la utilidad de la literatura. "La literatura te enseña a sentir. No es cierto que la vida te lo enseñe, la vida te hace pasar por ello y punto, pero la literatura te lo enseña". Me dejó de piedra. Una verdad tan sencilla y tan difícil de alcanzar. Una definición que he estado buscando años. Y estaba delante de mis narices. Solo que yo no soy Eduardo Mendoza, ni hablo un porrón de idiomas, ni he leído a Proust. Ni tengo su talento, claro está.
Dijo muchas más cosas. Habló de que tiene muy pocos libros en casa, que se deshace de ellos, que los libros deberían ser objetos de usar y tirar, como los periódicos. Dijo que está impaciente porque el mercado de libros digitales emerja de una vez, que no saca fotos cuando va de viaje porque ya se encargará la memoria de guardar lo que necesite y borrar lo supérfluo. Habló de cajas de vino vacías llenas de libros, de guardamuebles en Nueva York llenos de libros, de los siete libros diarios que las editoriales le mandan por si alguno le gusta y le hace publicidad... Y las docenas de personas que abarrotábamos la sala escuchábamos, en silencio, riendo de vez en cuando, sin que sonara un solo móvil en la hora y media que estuvimos allí reunidos.
Al final de la charla, varias personas se acercaron a que les firmara un libro. Yo me había traído el mío, pero estaba tan impresionada con sus palabras y su presencia que no me apetecía quedarme el cuarto de hora que, por lo menos, tendría que esperar, para una firma. Como él bien dijo, no necesito "fotos" que recuerden este momento, porque no creo que lo olvide nunca. Aunque quizás ahora me arrepienta un poco porque me encantaría tener un libro dedicado de Eduardo Mendoza.
Friday, April 16, 2010
Estoy viva
Estoy viva, sigo aquí, no me he ido de vacaciones (están planeadas, pero mecagüen el volcán, a ver si salen) y no he cerrado el blog. Pero no estoy inspirada. No se me ocurre nada. Busco, como diría James Joyce, un momento de epifanía, un instante de verdad absoluta, de decir "así que en esto se resume la vida", y no lo encuentro. Pero Joyce era un pringao ininteligible, como bien sabemos Fer y yo. Las epifanías existen, lo sé porque he vivido alguna, pero ahora mismo no aparecen. Algún día.
Hasta entonces, os dejo con Die Printzen, para que os desintoxiquéis de tanta canción en inglés y sepáis que en algunos sitios, besar está prohibido (o eso dicen ellos). Cuidadme el chiringuito y quitad las malas hierbas que puedan salir si a mí se me escapan, please.
Hasta entonces, os dejo con Die Printzen, para que os desintoxiquéis de tanta canción en inglés y sepáis que en algunos sitios, besar está prohibido (o eso dicen ellos). Cuidadme el chiringuito y quitad las malas hierbas que puedan salir si a mí se me escapan, please.
Friday, April 09, 2010
Confesión
-Buenos días, padre.
-Buenos días, hija, pero se dice Ave María Purísima.
-Ah, bueno, perdón. Ave María Purísima. Hace mucho que no me confieso.
-¿Cuánto?
-Treinta y cuatro años.
-Coño... Perdón. Virgen santa. ¿Y qué te trae hasta aquí hoy, hija?
-Pues es que tenía algo en mente y me he dicho "tira para la iglesia, que sale más barato que el psicólogo". Y aquí estoy.
-¿Y qué es eso que tienes en mente, hija?
-Oiga, no irá a meterme mano, ¿verdad?
-No, hija, no, me gustan más jóvenes.
-Coño, padre, mire que es usted guarro.
-Era una broma.
-Sí, claro. Pues verá, padre, es que creo que soy adicta.
-¿Adicta? ¿A qué? Coca, hachís, heroína...
-No, nada de eso. A los libros, me temo.
-¿Perdón?
-Soy adicta a los libros.
-Pero eso no es una adicción. Eso es... bueno, diría yo.
-Leer es bueno, padre, comprar libros compulsivamente no.
-Entonces eres adicta a las compras, no a los libros.
-No. Soy adicta a los libros. Me gusta su tacto, su olor, me gusta que sean míos, me gusta que se queden en mi casa una vez que los he leído. Soy adicta a los libros.
-Sigo sin ver el problema.
-El problema, padre, es que tengo unos diez libros en casa por leer, pero llevo semanas luchando contra la necesidad imperiosa de atacar una librería y comprar todo lo que pille en edición de bolsillo (que no está la economía para bromas). Y lo peor no es eso...
-Vale, voy a picar. ¿Qué es lo peor?
-El tipo de libros que quiero comprar.
-¿Eróticos? ¿Pornográficos?
-Siempre pensando en lo mismo, ¿eh, padre? No, lo mío es más grave. Quiero comprar libros de Christopher Moore y Marian Keyes, o semejantes. Quiero comprar libros de encefalograma plano, de esos que puedes leer pensando en lo que vas a comer al día siguiente. Verá, yo es que soy un poco gafapasta, y este súbito arrebato supone un problema para mi reputación.
-¿Qué sueles leer normalmente? ¿Qué libros tienes ahora en casa?
-La trilogía de Nueva York, La soledad de los números primos, The Road, On the road, alguno de Dickens... Esos en inglés. Y luego tengo alguno de novela negra en castellano, y El diario de Ana Frank, y alguno más que ahora no recuerdo.
-Claro. Ese es tu problema.
-¿Cuál?
-Que el cuerpo te está pidiendo carbohidratos.
-Perdone, padre, pero estamos hablando de libros.
-Ya. Pero eres como una vegetariana estricta, que sólo lee lo que se supone que hay que leer. Te hace falta un poco de diversión, un buen trozo de pan con chocolate, un batido de fresas con nata. Aligera la cabeza, mujer.
-¿Qué diría James Joyce de todo esto?
-No lo sé, pero seguro que no le entenderíamos.
-También es verdad. O sea, ¿que lo mío no es pecado?
-No hay ningún mandamiento en contra de la gula literaria. Creo que estás a salvo del fuego del infierno.
-Bah, tampoco es que me importe mucho, porque yo soy atea.
-Jodía, digo... blasfema. Voy a empezar a cobrar por dar la confesión.
-Pues se iba a quedar usted solo, padre. ¿Ha visto cómo está la iglesia? Si hay eco.
-¿No habrás visto a ningún niño de ocho a once años por ahí?
-¡Padre!
-Es broma. Reza diez avemarías y un padre nuestro.
-Pero si me ha dicho que no era pecado...
-Perdona, hija, la costumbre. Puedes ir en paz.
-Buenos días, hija, pero se dice Ave María Purísima.
-Ah, bueno, perdón. Ave María Purísima. Hace mucho que no me confieso.
-¿Cuánto?
-Treinta y cuatro años.
-Coño... Perdón. Virgen santa. ¿Y qué te trae hasta aquí hoy, hija?
-Pues es que tenía algo en mente y me he dicho "tira para la iglesia, que sale más barato que el psicólogo". Y aquí estoy.
-¿Y qué es eso que tienes en mente, hija?
-Oiga, no irá a meterme mano, ¿verdad?
-No, hija, no, me gustan más jóvenes.
-Coño, padre, mire que es usted guarro.
-Era una broma.
-Sí, claro. Pues verá, padre, es que creo que soy adicta.
-¿Adicta? ¿A qué? Coca, hachís, heroína...
-No, nada de eso. A los libros, me temo.
-¿Perdón?
-Soy adicta a los libros.
-Pero eso no es una adicción. Eso es... bueno, diría yo.
-Leer es bueno, padre, comprar libros compulsivamente no.
-Entonces eres adicta a las compras, no a los libros.
-No. Soy adicta a los libros. Me gusta su tacto, su olor, me gusta que sean míos, me gusta que se queden en mi casa una vez que los he leído. Soy adicta a los libros.
-Sigo sin ver el problema.
-El problema, padre, es que tengo unos diez libros en casa por leer, pero llevo semanas luchando contra la necesidad imperiosa de atacar una librería y comprar todo lo que pille en edición de bolsillo (que no está la economía para bromas). Y lo peor no es eso...
-Vale, voy a picar. ¿Qué es lo peor?
-El tipo de libros que quiero comprar.
-¿Eróticos? ¿Pornográficos?
-Siempre pensando en lo mismo, ¿eh, padre? No, lo mío es más grave. Quiero comprar libros de Christopher Moore y Marian Keyes, o semejantes. Quiero comprar libros de encefalograma plano, de esos que puedes leer pensando en lo que vas a comer al día siguiente. Verá, yo es que soy un poco gafapasta, y este súbito arrebato supone un problema para mi reputación.
-¿Qué sueles leer normalmente? ¿Qué libros tienes ahora en casa?
-La trilogía de Nueva York, La soledad de los números primos, The Road, On the road, alguno de Dickens... Esos en inglés. Y luego tengo alguno de novela negra en castellano, y El diario de Ana Frank, y alguno más que ahora no recuerdo.
-Claro. Ese es tu problema.
-¿Cuál?
-Que el cuerpo te está pidiendo carbohidratos.
-Perdone, padre, pero estamos hablando de libros.
-Ya. Pero eres como una vegetariana estricta, que sólo lee lo que se supone que hay que leer. Te hace falta un poco de diversión, un buen trozo de pan con chocolate, un batido de fresas con nata. Aligera la cabeza, mujer.
-¿Qué diría James Joyce de todo esto?
-No lo sé, pero seguro que no le entenderíamos.
-También es verdad. O sea, ¿que lo mío no es pecado?
-No hay ningún mandamiento en contra de la gula literaria. Creo que estás a salvo del fuego del infierno.
-Bah, tampoco es que me importe mucho, porque yo soy atea.
-Jodía, digo... blasfema. Voy a empezar a cobrar por dar la confesión.
-Pues se iba a quedar usted solo, padre. ¿Ha visto cómo está la iglesia? Si hay eco.
-¿No habrás visto a ningún niño de ocho a once años por ahí?
-¡Padre!
-Es broma. Reza diez avemarías y un padre nuestro.
-Pero si me ha dicho que no era pecado...
-Perdona, hija, la costumbre. Puedes ir en paz.
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