El sol brilla con fuerza hoy, a diferencia de días pasados. Anochecerá tarde, aunque cada vez antes a este lado del día de San Juan. La luz no se cuela por mi ventana, no ahora, no por la tarde. Pero fuera hace calor y en casa se nota.
El gato persigue moscas, yo persigo fantasmas. Demasiado tiempo libre (¿demasiado?, ¡eso nunca!), muchas horas para pensar. No escribo. ¿Por qué no escribo? Porque no escribo. No es bloqueo. ¿Desidia? Quizás. Rendición, le llamo yo.
La gente pasa y se va. Algunos se quedan un rato, pero al final marchan. Yo también. Como decía algún poeta, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Tengo que leer más poesía. No la entiendo. No sé disfrutarla. Una pena. Recomendadme algún poeta, anda.
Y aquí sigo, y, a pesar de lo que pueda parecer por el tono de la entrada, estoy feliz, o algo así. La felicidad va a ratos, pasa y se va, como la gente, como las cosas. Mis rutinas son fiables. No me puedo quejar.
Si algún día consiguiera volver a escribir -pero escribir de verdad, no esto-, sería feliz de verdad.
Tuesday, June 15, 2010
Necesidades
Antes escribir era una necesidad. O quizás no. Quizás yo quería creer que necesitaba escribir, cuando en realidad era sólo una manera de evadirme. Que también es una necesidad. Pero no es lo mismo.
Ya no siento esa necesidad. Ya no siento ese impulso, ese motor que me obliga a sentarme en el ordenador y escribir, lo que sea, como sea, pero escribir. No sé si es porque he pretendido tomármelo más en serio, y entonces ha dejado de ser divertido. No sé si es que estoy cansada. No sé por qué, pero ya no necesito escribir. Leer, sí. De momento, esa necesidad existe. Me da miedo agotarla y que de repente me encuentre sin necesidades, con un verano eterno ante mí y sin nada que me impulse a levantarme por las mañanas cuando el tiempo no acompañe. Será la falta de cosas que hacer. Será que he desacelerado tan de golpe que me he parado. No lo sé.
Espero que no sea que ya no lo necesito.
Ya no siento esa necesidad. Ya no siento ese impulso, ese motor que me obliga a sentarme en el ordenador y escribir, lo que sea, como sea, pero escribir. No sé si es porque he pretendido tomármelo más en serio, y entonces ha dejado de ser divertido. No sé si es que estoy cansada. No sé por qué, pero ya no necesito escribir. Leer, sí. De momento, esa necesidad existe. Me da miedo agotarla y que de repente me encuentre sin necesidades, con un verano eterno ante mí y sin nada que me impulse a levantarme por las mañanas cuando el tiempo no acompañe. Será la falta de cosas que hacer. Será que he desacelerado tan de golpe que me he parado. No lo sé.
Espero que no sea que ya no lo necesito.
Sunday, June 06, 2010
Ñoñerías de un domingo por la mañana
-Cásate conmigo –dice él, y ya es la octava vez que se lo pide-. Mañana mismo. Esta noche. Ahora.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.
-Te he dicho que no. O sea, que sí, pero no ahora, no mañana. No voy a casarme con nadie sin haber convivido con él primero.
-Vale, pues múdate a mi casa. Vamos, te ayudo a hacer las maletas.
-No. No quiero vivir en casa de nadie. Si nos vamos a vivir juntos, tenemos que encontrar un piso que sea de los dos. No quiero sentir que estoy en casa ajena.
Él se desespera, resopla, le coge las manos, las deja caer.
-Quiero casarme contigo ya, ¿no lo ves? Tengo cincuenta años, no soy ningún niño.
-Si has esperado todo este tiempo, ¿qué más te da un año más?
-¡¿Un año?! Dios, me vas a matar. Oye, si no quieres casarte conmigo, dímelo y punto.
Ella hace un mohín.
-No es que no quiera. Prefiero estar casada contigo a perderte.
-¿Pero…?
-No hay peros. Simplemente eso. Nunca me imaginé casada.
-Pero quieres casarte conmigo.
-Quiero pasar el resto de mi vida contigo. No sé si es lo mismo.
-Yo tampoco. Nadie lo sabe. Sólo sé que quiero casarme contigo.
-Chico, qué perra. ¿Qué más te da? Al fin y al cabo, los sentimientos son los mismos, las experiencias también.
-Exacto. ¿Qué más te da a ti?
-Hombre, casarse es una responsabilidad.
-¿Para quién? Ni siquiera crees en dios, no es como si creyeras que el matrimonio debe ser para toda la vida.
-Pero si sale mal…
-¿Qué es lo peor que puede pasar? Nos divorciamos y punto. Cada uno por su lado. Como si viviéramos juntos. Pero estaremos casados. Diremos al mundo que somos el uno del otro. Cásate conmigo. Es sólo un papel.
Ella titubea, le mira a los ojos, recuerda que está más enamorada de lo que nunca se hubiera propuesto estar. No de él, no de un hombre mayor, no de alguien que podría hacerle tanto daño como él. Pero no lo puede remediar.
-Vale.
-Vale, ¿qué?
-Que sí, que me caso contigo.
Él se inclina hacia atrás.
-¿En serio?
-Sí.
-Pero cuándo. No dentro de un año…
-Mañana, si quieres.
Él sonríe y desparecen sus patas de gallo, sus marcas de expresión, su ojeras de años atrás. Ella ríe y se deja abrazar. Aspira su olor y piensa que es lo único que quiere oler de ahí a la eternidad.
-Ahora mismo voy a buscar un juez.
-Date prisa. No tenemos todo el día –dice ella, y le besa como si se fueran a morir mañana.
Saturday, June 05, 2010
Nuestros genios
Me da la sensación de que en épocas pasadas hubo más genios en literatura que en la época que nos ocupa. O puede que sea que sufro de vista cansada y soy de esas que no puede ver el genio más que cuando se aleja, ya sea en el tiempo o la distancia. Pienso en el por qué, y se me ocurre una opción que va a sonar escandalosa: la universalización de la educación.
Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.
Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?
La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.
Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?
Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.
Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.
Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?
La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.
Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?
Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.
Tuesday, June 01, 2010
Androginia
Acabados los exámenes, estos días me da tiempo hasta para pensar. Pienso en quién es el vecino cabrón que me ha abierto la nómina y la ha vuelto a dejar, abierta, en mi buzón (que tiene la cerradura rota). Pienso en cuándo voy a pedir el presupuesto de las ventanas nuevas que quiero que me pongan antes de que suba el IVA. Pienso en qué fruta veraniega voy a comer hoy y en cuántas calorías tiene un kiwi. Y pienso también, por qué no, en literatura.
Estoy leyendo a Henning Mankell (sí, ese "perverso terrorista musulmán" que ahora está en la cárcel en Israel), autor que me recomendó una amiga que disfruta tanto de la novela negra como yo. He empezado con ganas de descubrir a un nuevo autor, a poder ser alguien a quien meter en mi lista de "favoritos", pero me estoy dando cuenta de que no me engancha. Al principio no tenía muy claro por qué era, pero creo que he encontrado el problema: es demasiado masculino.
("Ya está aquí la feminazi dando el coñazo otra vez. Anda, enchufa el "reader" y vámonos a otra parte.")
El problema es que no sé cómo definir esa forma de escribir, ni si estoy dando realmente en el clavo con esa palabra. Tengo que ser sincera y admitir que, cuando leo una novela negra, lo último que suele importarme es el misterio y si acierto o no con el asesino. Lo que a mí me gusta del género es su forma de retratar a la sociedad, de cómo se relacionan los personajes, de qué ocurre en la vida de cada una de las víctimas. Mankell no me deja con las ganas en ese aspecto, no me oculta datos. Pero lo único que me da es eso, datos. Me pinta un cuadro detallado, pero en blanco y negro. Y yo, ávida lectora de Elizabeth George y demás artistas del género, quiero colorines. No me vale con saber que el muerto tenía una amante: quiero saber lo que la amante siente y si el hombre la quería más a ella que a su mujer, y si todo eso me lo dices en una escena en la que el hijo de ambos llora en la lejanía, mejor que mejor.
Virginia Woolf hablaba de androginia en un escritor, y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Para que un libro me llene, tiene que describir la realidad (¿pero qué es la realidad?, eso da para una tesis) desde un punto de vista que a mí me llegue, y yo, siendo mujer, me identifico más con el punto de vista de una mujer. Pero no exclusivamente. Middlesex y Al este del Edén siguen siendo mis libros favoritos, esos que esperan en mi estantería ser leídos otra vez, y Cien años de soledad me dejó incapaz de leer nada durante meses para no quitarme el regusto. No me hace falta que sea una mujer la que escribe, pero sí necesito alguien que describa las cosas de manera que a mí me guste. Y creo que me gusta un lado femenino, lo que quiera que eso signifique.
¿Qué pensáis vosotros y vosotras? ¿Os ha pasado eso alguna vez? ¿Me estoy pasando en mi análisis gafapastil? Por dios, sacadme de dudas, que me van a bajar el sueldo y no me llega para el terapeuta.
Estoy leyendo a Henning Mankell (sí, ese "perverso terrorista musulmán" que ahora está en la cárcel en Israel), autor que me recomendó una amiga que disfruta tanto de la novela negra como yo. He empezado con ganas de descubrir a un nuevo autor, a poder ser alguien a quien meter en mi lista de "favoritos", pero me estoy dando cuenta de que no me engancha. Al principio no tenía muy claro por qué era, pero creo que he encontrado el problema: es demasiado masculino.
("Ya está aquí la feminazi dando el coñazo otra vez. Anda, enchufa el "reader" y vámonos a otra parte.")
El problema es que no sé cómo definir esa forma de escribir, ni si estoy dando realmente en el clavo con esa palabra. Tengo que ser sincera y admitir que, cuando leo una novela negra, lo último que suele importarme es el misterio y si acierto o no con el asesino. Lo que a mí me gusta del género es su forma de retratar a la sociedad, de cómo se relacionan los personajes, de qué ocurre en la vida de cada una de las víctimas. Mankell no me deja con las ganas en ese aspecto, no me oculta datos. Pero lo único que me da es eso, datos. Me pinta un cuadro detallado, pero en blanco y negro. Y yo, ávida lectora de Elizabeth George y demás artistas del género, quiero colorines. No me vale con saber que el muerto tenía una amante: quiero saber lo que la amante siente y si el hombre la quería más a ella que a su mujer, y si todo eso me lo dices en una escena en la que el hijo de ambos llora en la lejanía, mejor que mejor.
Virginia Woolf hablaba de androginia en un escritor, y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Para que un libro me llene, tiene que describir la realidad (¿pero qué es la realidad?, eso da para una tesis) desde un punto de vista que a mí me llegue, y yo, siendo mujer, me identifico más con el punto de vista de una mujer. Pero no exclusivamente. Middlesex y Al este del Edén siguen siendo mis libros favoritos, esos que esperan en mi estantería ser leídos otra vez, y Cien años de soledad me dejó incapaz de leer nada durante meses para no quitarme el regusto. No me hace falta que sea una mujer la que escribe, pero sí necesito alguien que describa las cosas de manera que a mí me guste. Y creo que me gusta un lado femenino, lo que quiera que eso signifique.
¿Qué pensáis vosotros y vosotras? ¿Os ha pasado eso alguna vez? ¿Me estoy pasando en mi análisis gafapastil? Por dios, sacadme de dudas, que me van a bajar el sueldo y no me llega para el terapeuta.
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