Ya hace frío por las mañanas, ya veo mi respiración otra vez. Las hojas apenan han empezado a caer, pero alguna puede distinguirse en el suelo. Pronto los árboles cambiarán de color, mi paleta favorita: verdes, rojos, marrones, amarillos, naranjas. Mi casa está pintada con esos colores. Es mi estación. Té calentito por las tardes, manta en el sofá. Leer, acariciar al gato, ver anochecer a las siete de la tarde. Vitaminas para el cansancio, pensar en puentes en el calendario. Y en cumpleaños, algunos tristes y otros alegres. Nací en noviembre, soy de otoño. Chaquetas de lana y pijama de felpa. El cuello del jersey bien subido hasta la barbilla.
Y respirar.
Monday, September 27, 2010
Wednesday, September 22, 2010
Ni que una estuviera depre, oye
He estado echando un vistazo a post pasados y me he deprimido. Yo sola. Leyendo lo que yo misma había escrito. Que no, leches, que no estoy deprimida, ni cerca de estarlo, sino muy llena de vida y con muchas ganas de enfrentarme a lo que venga. Lo que pasa es que, últimamente, siempre que me pongo a escribir es un poco desahogo, porque no escribo para nada más. No sé si es permanente o solo una fase, pero de momento no encuentro la necesidad de escribir. Ni siquiera en este blog. Y mira que os tengo aprecio, ¿eh?, pero es que no tengo nada que contar.
Podría contaros mi vida, pero se resumiría en un "hoy he ido a trabajar, he comido, he vuelto a trabajar y me he ido a casa". Ya tá. No me pasa nada emocionante. Lo que no tiene porque ser necesariamente malo, porque el año pasado por estas fechas estaba la mar de ajetreada y no era nada bueno. Así que virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Podría hablaros de mis niños, pero me da la sensación de que estáis hasta el moño de ellos porque no hablo de otra cosa (y eso que no soy madre; ay si fuera madre). Podría hablaros de J., mi niña con síndrome de Down, la más guapa y la más lista de su clase, que me da la mano para ir a la clase de inglés porque su psicomotricidad no es muy buena y le cuesta subir a escaleras. Podría hablaros de mis gemelos de cuatro años, que cantan y recitan en inglés como si llevaran haciéndolo toda la vida, cuando han empezado este año. Podría hablaros de mis monstruos del año pasado, que me saludan con un "hello, how are you" cuando me ven por los pasillos y me hacen sonreír. Podría hablaros de tantos niños que acabaríais hasta el moño de mí.
O podría comentar los libros que leo. Podríamos hacer unas lecturas dialógicas la mar de entretenidas (por fin, algo en educación con lo que comulgo, qué ganas tenía de ir a una charla que me llenara la cabeza de ideas). Ahora mismo es White Teeth, de Zadie Smith, y me está gustando tanto que no sé a cuánta gente le he recomendado el libro. Lo único que me deprime un poco es que la autora tiene mi edad y ya está dentro del currículum de filología inglesa. Pero si no lo estoy yo es porque no me da la gana. Y, seamos sinceros, porque ni en un millón de años podría escribir como ella.
Tantas y tantas cosas... No, si al final va a resultar que no voy a tener hueco en el blog para hablar de todo lo que quiero. Ahora solo hace falta encontrar las ganas. Y el tiempo. Y un momento del día que dedicarle al digno arte de dar a la tecla.
Pero que por aquí todo bien, ¿eh? Por aquí, todo perfecto.
Podría contaros mi vida, pero se resumiría en un "hoy he ido a trabajar, he comido, he vuelto a trabajar y me he ido a casa". Ya tá. No me pasa nada emocionante. Lo que no tiene porque ser necesariamente malo, porque el año pasado por estas fechas estaba la mar de ajetreada y no era nada bueno. Así que virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Podría hablaros de mis niños, pero me da la sensación de que estáis hasta el moño de ellos porque no hablo de otra cosa (y eso que no soy madre; ay si fuera madre). Podría hablaros de J., mi niña con síndrome de Down, la más guapa y la más lista de su clase, que me da la mano para ir a la clase de inglés porque su psicomotricidad no es muy buena y le cuesta subir a escaleras. Podría hablaros de mis gemelos de cuatro años, que cantan y recitan en inglés como si llevaran haciéndolo toda la vida, cuando han empezado este año. Podría hablaros de mis monstruos del año pasado, que me saludan con un "hello, how are you" cuando me ven por los pasillos y me hacen sonreír. Podría hablaros de tantos niños que acabaríais hasta el moño de mí.
O podría comentar los libros que leo. Podríamos hacer unas lecturas dialógicas la mar de entretenidas (por fin, algo en educación con lo que comulgo, qué ganas tenía de ir a una charla que me llenara la cabeza de ideas). Ahora mismo es White Teeth, de Zadie Smith, y me está gustando tanto que no sé a cuánta gente le he recomendado el libro. Lo único que me deprime un poco es que la autora tiene mi edad y ya está dentro del currículum de filología inglesa. Pero si no lo estoy yo es porque no me da la gana. Y, seamos sinceros, porque ni en un millón de años podría escribir como ella.
Tantas y tantas cosas... No, si al final va a resultar que no voy a tener hueco en el blog para hablar de todo lo que quiero. Ahora solo hace falta encontrar las ganas. Y el tiempo. Y un momento del día que dedicarle al digno arte de dar a la tecla.
Pero que por aquí todo bien, ¿eh? Por aquí, todo perfecto.
Wednesday, September 15, 2010
Diario
Este curso que empieza, los niños de cuatro años son mucho más formales que los de cinco, y los de primero son unos benditos. Los de segundo también, pero esos no cuentan, a mí me ha tocado la clase buena. Voy a tener un buen año académico, pero voy a terminar muy cansada. Muchas horas -para una maestra, nada comparado a un minero- y muchas responsabilidades -para una maestra, nada comparado con una alcaldesa. O quizás sí-.
He ido a la delegación de educación para rellenar el Anexo I. Nadie sabe qué es eso, por mucho que me llamaran ellos por teléfono el quince de julio y yo oyera el mensaje este lunes. Mañana me llamarán al móvil. Espero. Si no, me quedo sin trienios.
De camino a casa, he oído a un chaval de unos diez años tratar de explicar a su abuela lo que era una peonza. La señora le ha cortado de cuajo: "Sí, sí, pero ¿quién era ese chico con el que estabas jugando?" Amistades peligrosas. Todo lo que se puede hacer con una peonza, madre.
Ya estoy estudiando. Tenía ganas de empezar, aunque las asignaturas de este año no son tan fantásticas como me esperaba. Novela inglesa contemporánea es mi asignatura favorita (de momento). Shakespeare está bien. Traducción, también. Literatura irlandesa en castellano con examen en inglés, no tiene sentido. Y mi libro de "Computer Assisted Language Learning" fue publicado en el '97. Creo que está un poco obsoleto. Me da a mí.
Y mañana dicen que empeora el tiempo, y yo sin ropa de temporada...
He ido a la delegación de educación para rellenar el Anexo I. Nadie sabe qué es eso, por mucho que me llamaran ellos por teléfono el quince de julio y yo oyera el mensaje este lunes. Mañana me llamarán al móvil. Espero. Si no, me quedo sin trienios.
De camino a casa, he oído a un chaval de unos diez años tratar de explicar a su abuela lo que era una peonza. La señora le ha cortado de cuajo: "Sí, sí, pero ¿quién era ese chico con el que estabas jugando?" Amistades peligrosas. Todo lo que se puede hacer con una peonza, madre.
Ya estoy estudiando. Tenía ganas de empezar, aunque las asignaturas de este año no son tan fantásticas como me esperaba. Novela inglesa contemporánea es mi asignatura favorita (de momento). Shakespeare está bien. Traducción, también. Literatura irlandesa en castellano con examen en inglés, no tiene sentido. Y mi libro de "Computer Assisted Language Learning" fue publicado en el '97. Creo que está un poco obsoleto. Me da a mí.
Y mañana dicen que empeora el tiempo, y yo sin ropa de temporada...
Saturday, September 11, 2010
Septiembre
Llega septiembre, y con él el comienzo de todo. Empieza el curso, empiezan los nuevos propósitos, empieza la vorágine. Tengo ganas. Este verano he cargado pilas. Las vacaciones son necesarias.
Mi año escolar no empieza de verdad hasta la semana que viene, pero esta que entra ya viene cargada. Luego llegarán los libros de filología, con mis siete asignaturas -tres de ellas de literatura-, y tendré que empezar a plantearme lo de las oposiciones. Y teatro. Y patchwork, que no lo dejo. Para diciembre estaré agotada, pero con la conciencia tranquila de no estar derrochando ni un minuto en juegos tontos de ordenador. Trabajo mejor bajo presión. No quiero derrochar mi tiempo.
He empezado a leer poesía. Poco, un poema al día. Empecé con Auden, una cucharadita todos los días, cuando estaba leyendo el tostón de Oricalco, pero ahora estoy con Drácula y ese libro me chupa más que la sangre, no tengo energía para nada más. En los Estados Juntitos me compré varios libros de poesía. De momento estoy con una de esas antologías para tontos, un libro con un poema para cada día de autores muy distintos entre sí, y he encontrado alguna joya. Os dejo una. Quizás, quién sabe, termine siendo lectora de poesía, y quizás, quién sabe, empiece algún día a leerlas en castellano. Qué cosas, no saber apreciar algo en tu lengua materna. Qué cosas, no saber saborear la música.
Mi año escolar no empieza de verdad hasta la semana que viene, pero esta que entra ya viene cargada. Luego llegarán los libros de filología, con mis siete asignaturas -tres de ellas de literatura-, y tendré que empezar a plantearme lo de las oposiciones. Y teatro. Y patchwork, que no lo dejo. Para diciembre estaré agotada, pero con la conciencia tranquila de no estar derrochando ni un minuto en juegos tontos de ordenador. Trabajo mejor bajo presión. No quiero derrochar mi tiempo.
He empezado a leer poesía. Poco, un poema al día. Empecé con Auden, una cucharadita todos los días, cuando estaba leyendo el tostón de Oricalco, pero ahora estoy con Drácula y ese libro me chupa más que la sangre, no tengo energía para nada más. En los Estados Juntitos me compré varios libros de poesía. De momento estoy con una de esas antologías para tontos, un libro con un poema para cada día de autores muy distintos entre sí, y he encontrado alguna joya. Os dejo una. Quizás, quién sabe, termine siendo lectora de poesía, y quizás, quién sabe, empiece algún día a leerlas en castellano. Qué cosas, no saber apreciar algo en tu lengua materna. Qué cosas, no saber saborear la música.
FALL
So it's today, and in the chokecherry this year:
the first leaves turn ochre, there, by the open gate.
I grab the sweater you left on a chair, wrap it
around my shoulders, and -as I did for days last year
until I couldn't keep with the season- I pick
every single rusting leaf, each fading flower
and hide them in my apron pocket: their crush
clandestine against my belly. It's a simple gift
for you -for us- such an easy thing to do
for a few more days of summer.
Laure-Anne Bosselaar
Wednesday, September 08, 2010
Primer día
Aún no he dado inglés. Para un año que tengo ganas de empezar, el comienzo se dilata hasta el infinito. No sé a quién engaño, la verdad es que todos los años tengo ganas de empezar. Este igual un poco más. No sé por qué. Llevo dos días ayudando en las clases de preescolar y estoy deseando empezar con los míos.
Diez de la mañana del martes, 7 de septiembre. Padres y madres agolpados en la puerta con los niños y niñas de tres años en distintos estados de emoción. Avistamos las primeras cámaras de televisión. Hay fotógrafos. Las profesoras empezamos a coger a los niños, de uno en uno o de dos en dos, y a llevarlos a sus clases. Cuando ven que papá y mamá no les siguen, empiezan a llorar. Algunos berrean. Otros simplemente sollozan y se dejan acompañar. La mayoría dejará de llorar en breve; unos pocos se pasarán toda la mañana en un mar de lágrimas.
Hoy voy a la ikastola y me doy cuenta de que no tengo dinero suelto para el café. Me paro en un kiosco para comprar algo y cambiar, y de paso ojeo los periódicos. Mi vista se detiene en El Diario de Noticias de Álava, porque viene una foto de la ikastola en primer plano. Llego a clase. Alguien ha comprado El Correo (edición Álava, por supuesto), y me encuentro con una bata que me suena mucho en la portada, junto a un niño desconsolado. No hay duda, la andereño que da la mano soy yo. Aunque no salga mi cabeza.
Hoy he sido portada en el periódico. Por desgracia, sólo lo sabemos yo y mis compañeras.
Diez de la mañana del martes, 7 de septiembre. Padres y madres agolpados en la puerta con los niños y niñas de tres años en distintos estados de emoción. Avistamos las primeras cámaras de televisión. Hay fotógrafos. Las profesoras empezamos a coger a los niños, de uno en uno o de dos en dos, y a llevarlos a sus clases. Cuando ven que papá y mamá no les siguen, empiezan a llorar. Algunos berrean. Otros simplemente sollozan y se dejan acompañar. La mayoría dejará de llorar en breve; unos pocos se pasarán toda la mañana en un mar de lágrimas.
Hoy voy a la ikastola y me doy cuenta de que no tengo dinero suelto para el café. Me paro en un kiosco para comprar algo y cambiar, y de paso ojeo los periódicos. Mi vista se detiene en El Diario de Noticias de Álava, porque viene una foto de la ikastola en primer plano. Llego a clase. Alguien ha comprado El Correo (edición Álava, por supuesto), y me encuentro con una bata que me suena mucho en la portada, junto a un niño desconsolado. No hay duda, la andereño que da la mano soy yo. Aunque no salga mi cabeza.
Hoy he sido portada en el periódico. Por desgracia, sólo lo sabemos yo y mis compañeras.
Saturday, September 04, 2010
3 de septiembre
Ayer fue tres de septiembre.
Ayer debería haber escrito una entrada, pero sencillamente, no me dio la gana. No me gusta que el calendario me diga cómo he de sentirme.
Ayer hizo un año que murió mi padre. No fui a visitarle al cementerio. Celebraré el día de su cumpleaños, no el de su muerte. Le llevaré flores. Le gustaban las flores.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Aún no he conseguido que nadie me diga cuánto tiempo, exactamente, hace falta para recuperarse de la muerte de un padre. Yo creo que, en vez de curarse, la herida se abre un poco más cada día, porque cada día ocurren cosas que no puedo compartir con él. Como cuando La Roja ganó el mundial. Qué feliz hubiera sido mi padre, con lo que le gustaba el deporte, ese día. Me lo imagino hablando sin cesar de los goles de Villa, y de lo grande que es ese chaval, con la cara de padre orgulloso que se le ponía cuando hablaba de un deportista joven -en cualquier deporte- que apuntara maneras. O cuando el Baskonia ganó la liga, un tres cero contra el Barcelona que nadie se esperaba. O, simplemente, las fotos de las vacaciones, que ya tiene más que vistas pero que siempre comentaba como si fuera la primera vez que las veía. Todo. Todo lo que me rodea quiero hablarlo con él, porque era de esas personas que se sentían felices con la felicidad de otros, y era fácil contagiarle lo que sentías.
Me emociono. Se me están llenando los ojos de lágrimas, y eso que he empezado esta entrada la mar de tranquila. Apenas hablo de mi padre. Hablo de su enfermedad, o lo menciono de pasada en alguna anécdota en la que participó, pero nunca hablo de él, de cómo era, porque todavía duele. Creo que dolerá siempre. No merecía morir, no tan joven. El mes que viene hubiera cumplido 68 años. No es justo.
Me he enterado de que Michael Douglas tiene cáncer de garganta. Está en estadio IV, pero sin metástasis. No han especificado en qué parte de la garganta lo tiene. Me recuerda mucho al cáncer de mi padre, sólo que al actor le están dando quimio para acabar con el cáncer y a mi padre se la dieron para alargarle un poco la vida que se le iba. Nunca lucharon por él, pero esto lo supimos luego, cuando ya era tarde y la oncóloga nos dijo que la quimio había sido paliativa. Mi padre no quería quimio paliativa. Hubiera luchado lo que hiciera falta. Si Michael Douglas se salva, le voy a odiar toda la vida. Ya sé que no es culpa suya, pero sí lo es. No merece vivir más de lo que lo merecía mi padre. Y punto.
La vida sigue. Empieza un nuevo curso, más tranquilo que el año pasado porque no estamos encerrados en hospitales, ni preparando funerales, pero es un poco extraño. Supongo que a partir de ahora todos los comienzos de curso serán extraños. Es lo que tiene, septiembre.
Y afuera el verano sigue.
Ayer debería haber escrito una entrada, pero sencillamente, no me dio la gana. No me gusta que el calendario me diga cómo he de sentirme.
Ayer hizo un año que murió mi padre. No fui a visitarle al cementerio. Celebraré el día de su cumpleaños, no el de su muerte. Le llevaré flores. Le gustaban las flores.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Aún no he conseguido que nadie me diga cuánto tiempo, exactamente, hace falta para recuperarse de la muerte de un padre. Yo creo que, en vez de curarse, la herida se abre un poco más cada día, porque cada día ocurren cosas que no puedo compartir con él. Como cuando La Roja ganó el mundial. Qué feliz hubiera sido mi padre, con lo que le gustaba el deporte, ese día. Me lo imagino hablando sin cesar de los goles de Villa, y de lo grande que es ese chaval, con la cara de padre orgulloso que se le ponía cuando hablaba de un deportista joven -en cualquier deporte- que apuntara maneras. O cuando el Baskonia ganó la liga, un tres cero contra el Barcelona que nadie se esperaba. O, simplemente, las fotos de las vacaciones, que ya tiene más que vistas pero que siempre comentaba como si fuera la primera vez que las veía. Todo. Todo lo que me rodea quiero hablarlo con él, porque era de esas personas que se sentían felices con la felicidad de otros, y era fácil contagiarle lo que sentías.
Me emociono. Se me están llenando los ojos de lágrimas, y eso que he empezado esta entrada la mar de tranquila. Apenas hablo de mi padre. Hablo de su enfermedad, o lo menciono de pasada en alguna anécdota en la que participó, pero nunca hablo de él, de cómo era, porque todavía duele. Creo que dolerá siempre. No merecía morir, no tan joven. El mes que viene hubiera cumplido 68 años. No es justo.
Me he enterado de que Michael Douglas tiene cáncer de garganta. Está en estadio IV, pero sin metástasis. No han especificado en qué parte de la garganta lo tiene. Me recuerda mucho al cáncer de mi padre, sólo que al actor le están dando quimio para acabar con el cáncer y a mi padre se la dieron para alargarle un poco la vida que se le iba. Nunca lucharon por él, pero esto lo supimos luego, cuando ya era tarde y la oncóloga nos dijo que la quimio había sido paliativa. Mi padre no quería quimio paliativa. Hubiera luchado lo que hiciera falta. Si Michael Douglas se salva, le voy a odiar toda la vida. Ya sé que no es culpa suya, pero sí lo es. No merece vivir más de lo que lo merecía mi padre. Y punto.
La vida sigue. Empieza un nuevo curso, más tranquilo que el año pasado porque no estamos encerrados en hospitales, ni preparando funerales, pero es un poco extraño. Supongo que a partir de ahora todos los comienzos de curso serán extraños. Es lo que tiene, septiembre.
Y afuera el verano sigue.
Wednesday, September 01, 2010
Resumiendo
Mi intención al volver del viaje era poner algunas fotos para enseñaros por dónde hemos estado (y, para qué engañarnos, daros envidia), pero el verano ha sido largo, la vuelta al cole dura y no me apetece ná, pero que ná de ná, haceros una descripción detallada. Así que os voy a poner los momentos estelares de las vacaciones, que, aunque han sido muchos y variados, se resumen en una palabra (bueno, dos): Las Vegas.

Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.

Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.

Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.

Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
Porque, ¿quién no ha dicho alguna vez "me gustaría visitar Las Vegas alguna vez antes de morir"? Bueno, sí, supongo que habrá mucha gente a la que nunca se le haya pasado por la cabeza, pero renozcámoslo, a todos nos gustan las luces y los letreros con letras brillantes. Y eso que lo que veis en la foto no es más que uno solo de los casinos, el New York New York, que, como alguno habrá podido adivinar, reproduce el skyline de Nueva York bastante fielmente -aunque con todos los edificios amontonados unos con otros-.
Claro que hay muchas maneras de visitar la ciudad. Puedes ir en coche alquilado y pelearte con el horrendo tráfico de Las Vegas. Puedes ir en taxi, o en autobús, como el noventa por ciento de los mortales. O, por un precio más que asequible, puedes ir en limusina, con botella de champán incluida, porque a una boda no se puede ir de cualquier manera. Y menos si la oficia Elvis.
Elvis, cuyas primeras palabras (después del "Love me tender") fueron "I'm Elvis and I'm alive". Un Elvis que quería gritar a los cuatro vientos que Mr y Mrs (introduzca apellido del novio aquí) se habían casado, hasta que la fotógrafa le explicó que la novia prefería conservar su identidad, thank you very much. Un Elvis que estaba atareadísimo con tanta ceremonia, porque las novias se le acumulaban en la entrada y no daba abasto el pobre.
Y luego vino el regreso, con una gran alegría en el cuerpo, y la cena en París (en el casino París, a ver si os vais a creer que cogimos un avión aquella noche para venirnos para aquí), y mesas de blackjack, y tragaperras de un céntimo que no hacían más que escupir premios, y calor, mucho, mucho calor. Más tarde el Gran Cañón, antes Santa Mónica, Santa Cruz, Santa Barbara (se nota que los españoles metieron mano a la costa, ¿eh?), San Luis Obispo y, sobre todo, San Francisco. California. Y Nevada. Y Arizona.
Y jet lag. Pero esa es otra historia.
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