Hoy en día hay revistas para todo. Todo el mundo tiene consejos. Ser articulista te da derecho a opinar sobre todo. Igual no has escrito un cuento corto en tu vida, pero como te han contratado en una revista y tienes mucha labia, hablas y hablas sobre cómo deberían ser los personajes, sobre cómo escribir un guión, sobre… No sé, sobre lo que sea. Y la gente te lee, y sigue tus consejos, y luego se las da de guay porque cree que su escritura ha mejorado.
No sé si leer sobre escritura, asistir a talleres o formarte teóricamente ayudan. No sé si hace daño. Eduardo Mendoza dice que es fatal, que cada uno tiene que trabajar desde sus experiencias y sus conocimientos, que a muchos escritores se les ha estropeado por seguir consejos de otros. No sé. Supongo que tiene razón. Pero a veces es muy difícil lidiar con todo lo que se te echa encima cuando quieres escribir. Hay tanto que abarcar que es difícil lograr que no se te escape ningún detalle. Estructura, personajes, localización, temporalización… Y eso de corrido y sin pensar, que si nos metemos con metáforas, simbolismos y temática, me mareo.
Escribir ficción es muy difícil. Yo, como muchas y muchos otros, pensaba que era tan sencillo como sentarte e inventarte cosas, y dejar que la historia fluyera, contar la vida de personajes y ya está. Pero no. Es mucho más. Es crear un mundo creíble, a la vez que ficticio, y dar a tus personajes características veraces mientras juegas a ser dios y a crear vidas de mentiras. Es horrible. Es extenuante. La mayor parte del tiempo quieres dejarlo, mandarlo todo a hacer puñetas, y te preguntas constantemente qué hago yo aquí, con lo bien que estaría yo haciendo… cualquier otra cosa. Pero luego llegan esos diez minutos de iluminación total, ese instante en el que todo encaja, todo es perfecto, todo funciona, y te das cuenta de que ha merecido la pena. Hasta que te fijas en que, mierda, no tiene nada que ver con lo que has escrito antes ni lo que tenías pensado escribir después, y no sabes si ese es el camino correcto o te has desviado, o deberías ir por esa nueva vía y volver a empezar… Es un infierno. Escribir es una tortura.
Y la gente lo hace. Y lo seguirá haciendo. El por qué, nadie lo sabe. ¿Por ver su nombre impreso? ¿Por dejar algo para la posteridad? ¿Por jugar a ser dios? Yo a veces –como ahora- lo hago solamente por el placer de sentir el teclado bajo los dedos. Porque me apetece oír el tic-tic-tic de las teclas y el budúm de la barra espaciadora. Es algo físico. Como le pasaba a Joyce cuando escribía solo por el placer de oír las palabras, de dejarse llevar por sus sonidos. Ahora le entiendo un poco más (pero solo un poco, por más que Dublinners me haya encantado).
Hoy he escrito por obligación, en teoría. Tengo examen de composición esta tarde y me he dicho que lo mejor es ir calentando los dedos. Me ha recordado por qué me gusta escribir. Me ha recordado que la escritura es parte de mí, que es una de las pocas cosas que sé hacer bien (aunque quizás no lo suficiente para ser publicada). Tengo ganas de volver a escribir. Lo malo es que la inactividad ha atrofiado el músculo y ahora no se me ocurren historias que contar. Pero ya saldrá alguna. Por desgracia, me ha picado el bicho en exámenes y con las oposiciones en tres semanas. Algo haremos.
Quiero volver.
Tuesday, May 24, 2011
Sunday, May 15, 2011
Que lo mismo un día me da por tirarme de un tren en marcha, vaya
Si es que... Quién me mandará a mí. Con lo feliz que estaba yo con mis kilitos de más y va y me da la neura de estar sana, verme bien en el espejo, poder ponerme la ropa del verano pasado y compararme con esas que no han comido más de quinientas calorías al día en su vida y que encima "tienen un metabolismo rápido" (que en inglés significa que vomitan todo lo que comen). Y ahí me veis, comiendo sano, con mis verduritas, y mis carnes magras, y mi pescadito sin salsa, y mis antojos de pasta integral cada quince días por eso de tener una dieta equilibrada. He aguantado un tiempo. He aguantado mucho. Lo cierto es que sigo aguantando, porque ya no hago los excesos de antes, pero el cuerpo me pide grasas. Y yo se las doy. De vez en cuando, pero se las doy.
Así que he pensado que, como dejar de comer es muy duro, tendré que incrementar el ejercicio y quemar lo que como. En esas estaba yo cuando, hace un par de meses, una amiga me propuso participar en la Carrera de la Mujer que se celebra el 12 de junio. Cuando vi el email, pensé que mi amiga se había vuelto loca o que le habían robado la identidad de la cuenta y era un correo de spam. Ánimo, que solo son cinco kilómetros, decía. "¿Pero tú me has conocido? Hola, soy Ruth, encantada; ¿nos vamos de pintxos?" Al rato, sin embargo, pensé que quizás fuera buena idea, por eso de hacer algo distinto y tomar el aire al mismo tiempo. Sólo había un pequeño problema: lo más que había corrido yo seguido en mi vida eran dos minutos, y casi me da un infarto en la cinta andadora. Pero aún así, le dije que sí. Y desde mediados de marzo me he prometido a mí misma que, en cuanto salga un día bueno, voy a correr al parque. Bueno, siempre y cuando tenga tiempo. Y ropa de correr limpia. Ay, sí, pero necesito bolsillos, ¿cómo llevo las llaves si no? ¿Y el mp3? Porque yo sin música no corro, oiga usted.
Resumiendo: desde mediados de marzo, he salido a correr cuatro días.
Lo que no significa que no lo haya hecho en el gimnasio, pero no es lo mismo. Más que nada porque, según he leído, es mucho más duro correr en la cinta que en realidad (o sea, en el mundo real de ahí fuera, porque en realidad también corres en la cinta). El miércoles, llena yo de energía, me sorprendí a mí misma cuando llegué a los quince minutos corriendo de seguido en la máquina. Podían haber sido más, todavía me quedaban fuerzas, pero las pulsaciones se acercaban peligrosamente a 160 (no sé cuál es el límite sano para una persona de mi edad, pero sentía en corazón en la cuenca de los ojos) y decidí parar. Anduve durante diez minutos más para ver si me calmaba; solo conseguí bajar a 120 antes de meterme en al ducha, pero teniendo en cuenta que fue hace cuatro días y aún no me ha dado un infarto, creo que no era para tanto. Aún así, me asusté ante el riesgo de un jamacuco y decidí que, para que no me volviera a pasar, tenía que... hacer lo mismo más a menudo. Y a poder ser en la calle.
Y como he leído en algún sitio que cuando haces deporte te tienes que ver mona porque te motiva más, ayer sábado me fui a comprar ropa para eso, estar mona (y porque nunca he hecho ejercicio y no tengo camisetas de deporte suficientes):

Y oye que si funciona: tras pasarme el día entero mirando por la ventana rogando que no lloviera, me he vestido para salir a correr... Y casi no salgo por lo encantada que estaba de conocerme y verme en el espejo. Monísima, oye, un aspecto de profesional que ya lo quisieran muchas. Cuando por fin he empezado a correr, yo creo que mis zancadas eran más largas, más garbosas, mi pose más erecta, el ángulo de los brazos el ideal... Vamos, que tenía que haberme comprado el atuendo hace mucho tiempo.
He vuelto a correr durante quince minutos seguidos y he tenido que parar porque me faltaba el aire, pero ya no sentía el corazón en la cuenca de los ojos. Luego he tratado de volver a correr pero ya no me daban las piernas. En total, diecisiete minutos corriendo y veinte andando de vuelta a casa que me han servido para relajar los músculos. Si mañana no llueve, intentaré que sean veinte, y a ver si voy todos los días a hacer algo, aunque sea en el gimnasio. El día 12, el objetivo es terminar. Aunque sea andando.
(Y, bueno, lucir palmito, que aún me queda mucha ropa por estrenar...)
Así que he pensado que, como dejar de comer es muy duro, tendré que incrementar el ejercicio y quemar lo que como. En esas estaba yo cuando, hace un par de meses, una amiga me propuso participar en la Carrera de la Mujer que se celebra el 12 de junio. Cuando vi el email, pensé que mi amiga se había vuelto loca o que le habían robado la identidad de la cuenta y era un correo de spam. Ánimo, que solo son cinco kilómetros, decía. "¿Pero tú me has conocido? Hola, soy Ruth, encantada; ¿nos vamos de pintxos?" Al rato, sin embargo, pensé que quizás fuera buena idea, por eso de hacer algo distinto y tomar el aire al mismo tiempo. Sólo había un pequeño problema: lo más que había corrido yo seguido en mi vida eran dos minutos, y casi me da un infarto en la cinta andadora. Pero aún así, le dije que sí. Y desde mediados de marzo me he prometido a mí misma que, en cuanto salga un día bueno, voy a correr al parque. Bueno, siempre y cuando tenga tiempo. Y ropa de correr limpia. Ay, sí, pero necesito bolsillos, ¿cómo llevo las llaves si no? ¿Y el mp3? Porque yo sin música no corro, oiga usted.
Resumiendo: desde mediados de marzo, he salido a correr cuatro días.
Lo que no significa que no lo haya hecho en el gimnasio, pero no es lo mismo. Más que nada porque, según he leído, es mucho más duro correr en la cinta que en realidad (o sea, en el mundo real de ahí fuera, porque en realidad también corres en la cinta). El miércoles, llena yo de energía, me sorprendí a mí misma cuando llegué a los quince minutos corriendo de seguido en la máquina. Podían haber sido más, todavía me quedaban fuerzas, pero las pulsaciones se acercaban peligrosamente a 160 (no sé cuál es el límite sano para una persona de mi edad, pero sentía en corazón en la cuenca de los ojos) y decidí parar. Anduve durante diez minutos más para ver si me calmaba; solo conseguí bajar a 120 antes de meterme en al ducha, pero teniendo en cuenta que fue hace cuatro días y aún no me ha dado un infarto, creo que no era para tanto. Aún así, me asusté ante el riesgo de un jamacuco y decidí que, para que no me volviera a pasar, tenía que... hacer lo mismo más a menudo. Y a poder ser en la calle.
Y como he leído en algún sitio que cuando haces deporte te tienes que ver mona porque te motiva más, ayer sábado me fui a comprar ropa para eso, estar mona (y porque nunca he hecho ejercicio y no tengo camisetas de deporte suficientes):
Y oye que si funciona: tras pasarme el día entero mirando por la ventana rogando que no lloviera, me he vestido para salir a correr... Y casi no salgo por lo encantada que estaba de conocerme y verme en el espejo. Monísima, oye, un aspecto de profesional que ya lo quisieran muchas. Cuando por fin he empezado a correr, yo creo que mis zancadas eran más largas, más garbosas, mi pose más erecta, el ángulo de los brazos el ideal... Vamos, que tenía que haberme comprado el atuendo hace mucho tiempo.
He vuelto a correr durante quince minutos seguidos y he tenido que parar porque me faltaba el aire, pero ya no sentía el corazón en la cuenca de los ojos. Luego he tratado de volver a correr pero ya no me daban las piernas. En total, diecisiete minutos corriendo y veinte andando de vuelta a casa que me han servido para relajar los músculos. Si mañana no llueve, intentaré que sean veinte, y a ver si voy todos los días a hacer algo, aunque sea en el gimnasio. El día 12, el objetivo es terminar. Aunque sea andando.
(Y, bueno, lucir palmito, que aún me queda mucha ropa por estrenar...)
Sunday, May 01, 2011
De bodas (reales) y otros trending topics.
Vale. Sí. Lo reconozco. Soy ñoña. Ñoña, ñoñísima. Me gustan más las bodas que a un tonto un lápiz (tengo que dejar de decir esto, porque también me encantan los lápices. Dice muy poco de mí misma). Y si son reales -que no de mentiras-, más. Porque nadie se casa como los príncipes y las princesas. Que no. Que el glamur de la Kate Middleton no es comparable al de Belén Esteban, por mucho que el vestido se "pareciera". Ay, si Grace Kelly levantara la cabeza.

Y es que mi feminismo se va al garete cuando me ponen un bodorrio delante. Y mi ateísmo, oye, que eso es más grave. Fijaos que me tragué la boda entera, con ceremonia incluida, y sin comentarios porque cogí la señal de la BBC que iba para todo el mundo y solo tenía sonido de ambiente. Decía yo "qué rápido va todo, ya están casados", pero claro, luego llegaron los cánticos, y el rato ese que desaparecieron los novios y toda la corte, que, como leí en algún sitio, debieron ir a hacer la prueba del pañuelo, porque no me lo explico. Y yo ahí, pegada al ordenador primero -porque yo tenía que estudiar, tenía que terminar un trabajo en el ordenador, tenía que, tenía que...- y luego frente a la tele, ya sin disimulos y con sonido. Que me perdí el primer beso, oigan, y menos mal que se besaron una segunda vez. Si es que... Hay que tener mil ojos con estos piquitos mal dados.
Después de ver treinta y cinco repeticiones del beso, del sí quiero y del momento en que Harry (que no Enrique) se gira a su hermano y le dice "verás cuando la veas", puse el telediario por si había habido algo más en el mundo aparte de amor y concordia en el país de Harry Potter. Parece ser, qué cosas, que el mundo no se detuvo el viernes y que solo era festivo en el Reino Unido y en Araba para los que nos cogimos puente (porque los príncipes han tenido a bien casarse el día después del patrón de la provincia, si va a resultar que al final son vascos). Así que, mientras me tomaba un café tranquilita y hacía un poco de patchwork, me puse a ver cómo Gadafi amenazaba al mundo con quedarse de por vida en el poder, o cómo el paro ha subido hasta los cinco millones de personas en España, o cómo un niño de seis años se ha desplomado de un balcón y han terminado inculpando a una niña de doce. Al final terminé cambiando a la BBC, porque era mucho más entretenido seguir viendo a la multitud esperando a que Guillermo y Catalina (¿no os suena fatal?) salieran del palacio en su Ashton Martin descapotable y saludaran con mano enguantada.
Hasta que me pusieron las imágenes del Barça -Madrid y terminé quitando la televisión. Que yo solo estoy para buenos rollitos últimamente, oigan.

Y es que mi feminismo se va al garete cuando me ponen un bodorrio delante. Y mi ateísmo, oye, que eso es más grave. Fijaos que me tragué la boda entera, con ceremonia incluida, y sin comentarios porque cogí la señal de la BBC que iba para todo el mundo y solo tenía sonido de ambiente. Decía yo "qué rápido va todo, ya están casados", pero claro, luego llegaron los cánticos, y el rato ese que desaparecieron los novios y toda la corte, que, como leí en algún sitio, debieron ir a hacer la prueba del pañuelo, porque no me lo explico. Y yo ahí, pegada al ordenador primero -porque yo tenía que estudiar, tenía que terminar un trabajo en el ordenador, tenía que, tenía que...- y luego frente a la tele, ya sin disimulos y con sonido. Que me perdí el primer beso, oigan, y menos mal que se besaron una segunda vez. Si es que... Hay que tener mil ojos con estos piquitos mal dados.
Después de ver treinta y cinco repeticiones del beso, del sí quiero y del momento en que Harry (que no Enrique) se gira a su hermano y le dice "verás cuando la veas", puse el telediario por si había habido algo más en el mundo aparte de amor y concordia en el país de Harry Potter. Parece ser, qué cosas, que el mundo no se detuvo el viernes y que solo era festivo en el Reino Unido y en Araba para los que nos cogimos puente (porque los príncipes han tenido a bien casarse el día después del patrón de la provincia, si va a resultar que al final son vascos). Así que, mientras me tomaba un café tranquilita y hacía un poco de patchwork, me puse a ver cómo Gadafi amenazaba al mundo con quedarse de por vida en el poder, o cómo el paro ha subido hasta los cinco millones de personas en España, o cómo un niño de seis años se ha desplomado de un balcón y han terminado inculpando a una niña de doce. Al final terminé cambiando a la BBC, porque era mucho más entretenido seguir viendo a la multitud esperando a que Guillermo y Catalina (¿no os suena fatal?) salieran del palacio en su Ashton Martin descapotable y saludaran con mano enguantada.
Hasta que me pusieron las imágenes del Barça -Madrid y terminé quitando la televisión. Que yo solo estoy para buenos rollitos últimamente, oigan.
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