Wednesday, August 31, 2011

El final del verano


Mi verano eterno, ese que todo el mundo envidia a los profesores, llega a su fin. No me quejo, no soy tan mala persona, simplemente constato un hecho. Mañana curro. Sin más.
Hoy he empezado la paulatina vuelta a la normalidad (sí, el 31 de agosto, para qué correr). Mi frigorífico ha notado la vuelta a la rutina; lo he llenado de frutas, pescado y carne fresca. Se acabaron los bocadillos, o eso de "como lo primero que pille, que no he madrugado y tampoco tengo hambre". Hoy mismo vuelvo a las buenas costumbres, a contar calorías, a comer sano (ya me he comido una manzana, la primera en un mes), a perder los kilitos que he vuelto a recuperar. Ha sido un verano sin sobresaltos, sin viajes, sin alardes. Ha sido el verano en el que me convertí en funcionaria, aunque mi vida no ha cambiado en absoluto porque trabajo en el mismo sitio y tengo los mismos alumnos. Ya he encargado pastelitos para mañana, y luego compraré el champán. Parte de la oposición se la debo a mis compañeras, que me han enseñado mucho (aunque sea cómo no ser y qué no hacer), así que quiero celebrarlo con ellas. Es una buena manera de empezar el curso, comiendo y bebiendo.
Este año me he propuesto tomarme las cosas con más calma. Voy a disfrutar de la gente y de mi tiempo libre. Voy a hacer ejercicio porque me encanta cómo me hace sentir, aparte de los beneficios a simple vista. Voy a aprender a tocar la guitarra (sí, nuevo antojo) y voy a ir a clases de alemán para aprender el idioma y conocer gente nueva. Seguiré con mis estudios, pero sin exigirme lo que me he exigido hasta ahora, porque me he dado cuenta de que le estoy cogiendo manía a la filología, y no es plan. Y voy a enseñar inglés, y voy a disfrutar con los pitufos, y voy a tratar por todos los medios de que todos los días ellos aprendan algo, y yo más. Porque de eso se trata. Tengo el mejor trabajo del mundo y me lo han dado de por vida.
Casi estoy deseando que llegue mañana.
Casi.

Tuesday, August 23, 2011

La obsesión de leer o cómo frustrarse una misma


He llegado a la terrible conclusión de que nunca llegaré a leer todo lo que quiero. Ni aunque consiguiera una velocidad de 2000 palabras por minuto (dicen que es posible, yo no termino de creérmelo, pobre cerebro), ni aunque leyera diez horas al día, ni aunque consiguiera liquidarme un libro al día. Porque esto es como lo de "cuanto más aprendes, menos sabes". Por cada libro que leo, salen media docena más de debajo de las piedras de mi ignorancia que me apetece leer. Descubrir a una autora significa descubrir todas aquellas que la influenciaron, y a su vez todas aquellas sobre las que ella influye. El otro día leí que se publican mil libros al año. No sé si era en un país concreto (me parecerían muchos) o en el mundo en general (me parecerían pocos), pero solo con esos mil, voy dada.

He tenido verano gafapasta. Durante el curso he estado muy agobiada y no he conseguido encontrar tiempo para leer, así que han llegado las vacaciones y hala, a empacharme. Y nada de libros de encefalograma plano, no; libros "densos" (habría que definir "denso", pero en fin), premios Nobel, clásicos... Algo que alimente el alma, aunque entre plato y plato también ha caído algún sorbete en forma de cómic (o novela gráfica, o libro con viñetas, llamémosle equis). No soy buena separando el grano de la paja; a lo largo de mi historia como lectora se me han colado unos cuantos ñordos en la biblioteca, ñordos que me he leído porque qué iba a hacer, no los voy a tirar, con el dineral que me han costado (con alguno no he podido; ha sido superior a mí). Así que ahora me ha dado por ir a tiro fijo, que no siempre lo es. Voy de cultureta. Voy de "yo leo a Nabokov porque la literatura moderna me aburre". Voy de "al próximo que me miente el Código DaVinci se lo hago merendar". Voy de "alternativa, ¿yo? No, perdona, eso está passé, ahora se lleva la vuelta a las raíces". Y oculto como si de un cadáver maloliente habláramos el libro de Lucía Echevarría que espera a ser leído, o los de Marian Keyes que compré el verano pasado, o los terribles vampiros de Christopher Moore. En mi sala me esperan Ana Karenina, Crimen y Castigo, Guerra y Paz y uno de Proust y de Antonio Gala. Os lo juro. Soy así de pedante.

Pero, como os decía, no hay tiempo en la vida de una persona, por más que viva cien años y no se dedique a otra cosa, para leer todo lo que merece la pena. Mi intención había sido atacar The Scarlet Letter, así, en inglés, que queda mucho mejor, dónde vas a parar, pero el otro día, ¡ay!, el otro día un libro me encontró y tuve que dejar el que tenía entre manos. Y sí, digo bien, me encontró, porque yo no lo buscaba. Sabía de su existencia, había leído cosas de él, conocía a su autora, pero tengo treinta libros, ¡treinta! esperando a ser leídos y no tenía intención de comprar más. Pero entré en la librería por hacer tiempo mientras esperaba a unas amigas, me acerqué a la mesa donde colocan los libros que quieren que te llamen la atención, y allí estaba, solo, abandonado, fuera de su lugar en la estantería, sin un hermano gemelo que lo acompañara... Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás, me reclamaba su atención desde un lugar que no era el suyo, ahí, delante de mis ojos y a milímetros de mis dedos. Y yo, por supuesto, no pude dejarlo estar. Así que ahora tengo treinta y un libros para leer, aunque este último ya está casi finiquitado y caerá reseña pronto, porque es uno de esos libros que quieres que todo el mundo lea para poder comentar y sacarte el grito que llevas dentro y la frustración de decir "¿cómo un libro que me ha dado tanto asco y me ha parecido tan bestia puede atraparme tanto?" Para que luego hablen del sexo débil.

Me queda una semana de vacaciones. Al ritmo que voy, y teniendo en cuenta que leo despacio, calculo que terminaré el que tengo entre manos y luego quizás caiga el clásico de Hawthorne (osea, tojuro, que me sé hasta el autor). Y luego, quién sabe, espero seguir leyendo por lo menos un par de libros al mes, a ver si el curso empieza tranquilito y me puedo permitir domingos ociosos tirados en el sofá con las aventuras de alguna dama rusa en apuros.
Ya os contaré.

(Por cierto, que los libros de Richard Castle de la foto no son míos. Una es friki, pero no para tanto. Aunque he de reconocer que la foto de Nathan Fillion en la contraportada era muy tentadora...)

Thursday, August 18, 2011

De curas y otros monstruos

Me levanto, enciendo el ordenador y lo primero que veo es un titular que dice algo así (os iba a poner el link, pero está misteriosamente roto):

El arzobispo de Granada: "Si la mujer aborta, el hombre puede abusar de ella"

Esto lo ha dicho una persona (me niego a llamarle señor) que, para desgracia de todos y todas nosotras, mueve masas, mal que me pese. Esto lo ha dicho alguien hablando desde un púlpito en el que se supone que debería estar predicando amor y perdón. Esto lo ha dicho un hombre que no tiene mujer, ni hijas, ni nietas (supuestamente, claro), así que no tiene ni idea del pánico que puede inundar a una mujer ante un embarazo no deseado. Esto lo ha dicho un ser que todavía vive en el siglo trece y cree que las mujeres solo estamos en este mundo por nuestras capacidades reproductivas y que nuestra única obligación en el mundo es parir con dolor, por lo de Adán y Eva y la manzana, supongo.

Después del shock inicial, que me ha dejado congelada con los dedos sobre las teclas, he pensado en varias cosas:
  1. ¿Dónde está la policía cuando se la necesita? Basta ya de detener a "indignados", este hombre está haciendo apología de la violencia contra la mujer. Hay gente en la cárcel por mucho menos. ¿A qué viene esta inmunidad religiosa?
  2. ¿Son todos los curas así o es que solo los más gilipollas llegan a puestos importantes? Supongo que esto será como la política, el que tiene ideales los va perdiendo según va subiendo puestos. Los buenos se quedan en los barrios pobres y se van de misiones, y dicen eso de que Jesús era comunista (con lo que estoy absolutamente de acuerdo).
  3. Yo, atea convencida, puedo no estar muy al tanto de este tipo de cosas, pero yo creía que la religión cristiana en general y la católica en particular predicaba amor y perdón. Se perdona a asesinos, se perdona a ladrones, pero no se perdona a mujeres que abortan. ¿En serio?
  4. En relación con el punto número uno: cuando el próximo hombre que mate a su mujer ponga como excusa las palabras de este tipo y diga que su mujer abortó, ¿se podrá meter en la cárcel al arzobispo?
  5. Al próximo que me diga que el feminismo esté trasnochado, le voy a dar citar este artículo. No, no es una excepción: la Iglesia sigue siendo así. La mujer en la cocina con la pata quebrada. Y punto.
Estoy furiosa. No os podéis imaginar de qué mala leche me ha puesto este titular. Este tío no tiene vergüenza, ni conciencia, ni derecho a hablar en público. Cualquier empresa, pública o privada, le despediría inmediatamente; a no ser, claro está, que esa empresa estuviera dirigida por racistas misóginos pederastas. Uy. Un momento...

Descanso

"Mujeres en Serie" descansa por un tiempo, aunque tengo toda la intención de seguir con ella porque me lo estoy pasando pipa haciéndolo, por más que no tenga muy claro si a vosotros/as os gusta también. No quiero que sea una obligación, sino un entretenimiento; las entradas se intercalarán con otras, algunas más serias, otras más ligeras. Pero seguiré. Tengo que hablaros aún de "A dos metros bajo tierra", de "Weeds", de "Mentes Criminales" (en cuanto acabe de verla, que no es plan de hacerlo a media serie), y de alguna otra que no os menciono para que no dejen aquí comentarios y me la fastidien, que acabo de empezarla y tiene seis temporadas (os diré que es legen-daria).

Tengo muchos pensamientos que compartir. Quizás sería más práctico llevar un diario, pero pensar dentro de mi cabeza siempre me ha parecido un coñazo. Ya os contaré.

Wednesday, August 10, 2011

Mujeres en Serie V: Firefly



Esta serie no es especialmente nueva, ni famosa, ni glamorosa, pero yo la he conocido este verano, así que para mí es como lo del cristiano que pega al judío porque ellos mataron a Cristo (“sí, hace dos mil años, pero yo me he enterado esta mañana”). Todo un descubrimiento, he de decir, sobre todo teniendo en cuenta que en mi vida había yo visto una serie de ciencia ficción. Y mucho menos, de vaqueros en el espacio.



A ver si puedo resumir el argumento sin liarme y sin liar a nadie. Estamos en el año dos mil quinientos y pico. La Tierra se ha quedado pequeña y el ser humano ha terminado repartido por los planetas del Universo (Universo en el que todo el mundo habla inglés -algunos con acento escocés- y juran en chino, ejem). La Alianza controla los planetas centrales y quiere controlar el resto también, pero unos pocos valientes resisten, hay una guerra… y gana la Alianza. La Resistencia (los “browncoats”) se rinden; algunos terminan trabajando para la Alianza, otros prefieren vivir al margen de la ley. Uno de ellos, el capitán Malcom Reynolds, se convierte, junto con su tripulación, en mercader de mercancías robadas y especialista en trapicheos varios.

Y con eso, me temo, lo he contado todo. No tiene más. Es así de simple.

Como guión, esto es, porque lo cierto es que la riqueza de esta serie está, sin ninguna duda, en sus protagonistas. Es una de esas series que puede atrapar tanto a hombres como a mujeres (siempre que te guste el género, se entiende), porque guarda un fantástico equilibrio entre historias que suelen atraer al género masculino y las que atraen al femenino. Hay tiros (con pistolas dignas de una peli de John Wayne), hay persecuciones, hay peleas… Y hay un montón de tías que son capaces de patearle el culo al más pintado.

Ah, sí, y algún rollito romántico también. Y los golpes de humor, que te dejan retorciéndote de risa en el sofá aún después de acabar el capítulo.



Por supuesto, el protagonista absoluto de la serie es Mal Reynolds (Nathan Fillion, ñam, ñam), que hace el papel de bandido con buen corazón para quien su tripulación es parte de su familia. La segunda de a bordo es Zoe, quien fuera su subordinada en la guerra contra la Alianza seis años antes del capítulo piloto. Esta mujer le guarda una lealtad absoluta, y el capitán le confiará su vida en más de una ocasión. Siempre salen juntos en sus misiones, siempre luchan juntos. Y, sorpresa, sorpresa, no hay tensión sexual entre ellos. Se respetan como soldados, como superior y subordinado; de hecho, Zoe está casada con el piloto de la nave (sí, no os había dicho que la historia ocurre en una nave espacial), quien, en más de una ocasión, le llama la atención a su mujer porque le hace más caso al capitán que a él. Pero ella tiene claro a quién le debe su lealtad. Adora a su marido, pero el jefe es otro.



No es Zoe la única mujer de armas tomar. En el primer capítulo, la tripulación recoge a ciertos personajes (porque la nave también hace de transporte espacial), entre ellos a un chico y su hermana adolescente cuya historia no está nada clara. La serie acaba sin que sepamos realmente qué pasa con ella, y no es hasta la película que tuvieron que hacer después que se aclaran ciertos aspectos sobre River. La vemos luchar como a una leona, la vemos disparar con los ojos cerrados; vemos que de pobre niña indefensa tiene poco y que puede valerse por sí misma incluso sin su protector hermano.



Y, para completar el paquete de mujeres que parecen estereotipos y luego son cualquier cosa menos eso, está la “acompañante profesional” que llevan a bordo. Parece ser que ser prostituta en el siglo veintiséis es una profesión muy valorada que necesita carrera y todo, una profesión en la que es la mujer la que elige al cliente, no al revés. Inara viaja en Serenity (la nave espacial, un modelo de la casa Firefly –dios, qué friki soy-) para poder llegar más cómodamente a sus destinos interplanetarios. Pero Inara tiene poco de frágil y de mujer indefensa; nunca la vemos luchar con las manos o con armas, pero su ingenio y sus habilidades psicológicas sacan a la tripulación de más de un apuro. Ella es el objeto de deseo del capitán, a quien ella también adora por más que entre ellos solo se suelten pullas y él no haga más que llamarla puta. Admito que la química entre estos dos fue lo que me hizo seguir viendo la serie después del insufrible piloto de hora y media, y advierto que es otro caso de esos en los que sí pero no, pero más bien ni de coña.



En toda la serie no hay un solo personaje femenino estereotipado, y por eso me encanta. Ni siquiera Kaylee, la inocente mecánica que solo piensa en amores románticos y está loquita por el médico de abordo, es un cliché: su habilidad con el motor de Serenity es innata, y no hay en el universo mecánica mejor que ella.



Huelga decir que esta serie se ha colado entre mis favoritas. Quizás no sorprenda a nadie saber que su creador es el mismo que el de Buffy la cazavampiros, y por lo que tengo entendido ha trabajado en más de una serie de este estilo. Según dicen, la razón de ser de Buffy es que Joss Whedon estaba cansado de ver a la guapa rubia ser siempre la víctima de los malos malísimos en todas las series de ciencia ficción. Con las mujeres de Firefly también hizo un trabajo excelente. Una pena que solo tuviera una temporada y una película que no resuelve nada.



Tuesday, August 09, 2011

Mujeres en Serie IV: Modern Family



Los estadounidenses (no sé si los británicos también) tienen un término que me gusta mucho para referirse a esas cosas que te gustan pero que, por lo que sea, no deberían gustarte: guilty pleasure. Pues bien, esta serie es mi guilty pleasure particular, aunque en mi caso, más que de guilty pleasure se podría hablar de inconsistencia, dado la de veces que me he pillado en un renuncio. Pero hablamos de Modern Family.



Supongo que todo el mundo sabrá de qué va esta serie (y si no, ved el vídeo, que es salado). El título lo da todo: varias ramas de una misma familia y las relaciones entre ellos. El padre, un septuagenario lo menos, con dinero y una casa de ensueño, está divorciado y casado en segundas nupcias con una colombiana cañón que tiene la edad de su hija y que aporta al matrimonio un hijo de una relación anterior. Este hombre tiene, a su vez, un hijo gay que acaba de adoptar a una niña vietnamita con su pareja, y una hija con una familia “típicamente americana” de marido y tres hijos. Hasta ahí, podríamos hablar de “Los problemas crecen” versión siglo XXI (y mucho más bestiaja, eso sí). Bromas a gogó, situaciones inverosímiles, escenas de mock documentary muy bien puestas… La serie es divertida y se deja ver.

El problema de la serie es que no han sabido, a mi entender, aprovecharse de todo lo que personajes tan diversos podían dar y han terminado haciendo caricaturas de todos sus miembros. Gloria, la esposa colombiana del Jay, el millonario, es el estereotipo más ridículo que he visto de una hispana en una serie estadounidense. Gritos, exageraciones, golpes, pasión latina a lo bestia, en lugar de aprovechar el lado tierno de Gloria para con su hijo y su marido, a quien quiere realmente, no por su dinero. Su hijo es, quizás, el único que se libra del estereotipo; es un hombre en un cuerpo de niño, y el personaje de Manny es de los más divertidos de la serie. Por supuesto, de Gloria aprovechan el cuerpazo que aporta Sofía Vergara, y podría ser un personaje mudo que seguiría siendo el alma de la serie. Porque, como todo el mundo sabe, las colombianas son majísimas, altísimas, con cuerpo de vértigo y se pasan el día gritando.



El estereotipo que más me revienta, sin embargo, es el de la pareja gay, Cameron y Mitchell. De nuevo nos encontramos con personajes que podrían dar juego, mostrándolos en sociedad y viendo, aunque sea desde la comedia, los problemas que una pareja gay puede tener. Pero no. Cameron es tan exagerado que se hace inverosímil, siempre pensando en cómo disfrazar a su hija, en el qué dirán, en hacer fiestas en casa y asistir a las de los demás. Mitchell es “el hombre” en la relación, el que trabaja fuera de casa, el que trata de controlar las exageraciones de su pareja, sin ver la pluma propia. Admito que son muy graciosos, que me son simpáticos, pero no son creíbles. Y el que no se hayan dado ni un pico en pantalla clama al cielo; me da igual que sea una serie familiar, si vas a hablar de ellos como familia y pareja, las parejas se besan. En la boca. Basta ya de tanto abrazo, leche.



Los Dunphy son el estereotipo natural de las series americanas, la familia en la que en cualquier momento te esperas ver aparecer a Michael J. Fox o a Kirk Cameron (aunque estarán ya los dos para hacer de padres de los padres, pero en fin). Aquí vuelven a jugar con el bueno y el malo que siempre se da en las series: ella es una bruja pérfida que controla mucho a sus hijos (y que no trabaja fuera de casa, por supuesto, alguien tiene que cuidar de la prole) y él es el padre guay, cachondo y divertido con el que los niños hacen lo que quieren. Los hijos, los de siempre: la mayor es tonta pero mona, la del medio es la empollona y el pequeño es medio lerdo. Nada original.



Lo curioso de esta familia supuestamente moderna es el rol que se les da a las dos mujeres de la serie (y a Cameron, podría decirse). Ninguna trabaja, a pesar de ser mujeres (y hombre) de carrera; se quedan en casa cuidando a la prole y diciéndoles a sus maridos lo mal que las tratan (sobre todo Cameron, madre qué agobio) y quejándose de los niños (sobre todo Claire, madre qué agobio). Y me da pena, porque realmente los personajes tienen potencial para decir mucho más, tratar temas como la homofobia o el racismo, y jamás se acercan siquiera a reflejar algo más allá de sus narices. Aún así, como ya digo, digna de ver para quien quiera echar unas risas sin pensar demasiado y sin comerse la cabeza con los problemas del mundo, porque, lo que es en esta serie, no se van a ver. Quizás en futuras temporadas sorprendan y de repente veamos a una Gloria convertida en CEO de alguna de las empresas de su marido (aunque, qué queréis que os diga, solo pensarlo me da miedo).

Monday, August 01, 2011

Mujeres en Serie III: Las Chicas Gilmore



Ya os veo las caras, sobre todo a los tíos. Buaj, estáis pensando, la ñoñada esa de la madre y la hija, esta serie tiene que ser lo más antifeminista en la historia de la televisión. Líos de novios, un amor pseudo imposible entre Luke y Lorelai, la niña pija más insoportable de la televisión… Ejemplo de una serie antifeminista a ultranza, ¿verdad?

Pues no. Para mí, una de las series más feministas que han echado nunca, que sale a relucir en cuanto urgas un poco en el argumento. Aparte de que me encanta lo rápido que hablan y que yo quiero ser Lorelai cuando me haga mayor. Ah, no, que ya tengo tres años más de los que tenía ella al principio de la serie. Cachis. Cómo pasa el tiempo.

Lorelai Gilmore se quedó embarazada a los dieciséis años. Hija de una pareja muy acaudalada de Conneticut, sus padres insistieron en que se casara con el padre de la criatura, pero Lorelai supo darse cuenta de que él tenía mucha menos cabeza que ella y que el matrimonio sería un error para los dos. Poco después de dar a luz a Rory (diminutivo de Lorelai; fue un arranque feminista de su madre, porque en Estados Unidos no es común que las hijas lleven el nombre de su madre), y harta de que sus padres siguieran insistiendo con el matrimonio y la trataran como a una decepción, Lorelai se fue de casa a intentar ganarse la vida para sí misma y para su hija. Empezó trabajando en un hotel como asistenta, para terminar siendo dueña de su propio hotel al final de la serie. Nunca recibió ayuda de nadie, hasta que quiso llevar a Rory a una elitista escuela privada y se vio obligada a pedir dinero prestado a sus padres. Ahí empieza la serie y las cenas de los viernes con los Gilmore. Ahí conocimos a Richard y Emily, y les odiamos a los dos, para luego terminar queriéndoles un poquito, como también hizo la propia Lorelai (pero sólo un poquito, ¿eh?, porque a Emily hay que echarle de comer aparte).



Quizás como contrapeso a la propia Lorelai esté Sookie, su mejor amiga y mejor chef del estado. Ella es un poco más ñoña, quizás, más madre, más… No sé, pero lo cierto es que compagina muy bien con Lorelai y los momentos entre ellas son mucho más ricos que el típico “jo, ese chico de ahí no te quita ojo”. Hablan de sus negocios, de sus problemas, de sus dudas; y sí, claro, también hablan de chicos, pero no son el centro de sus vidas. Utilizando una metáfora culinaria, Suki sería el dulce y Lorelai el salado. La mejor combinación posible.



Rory es, sin duda, el personaje más ñoño de la serie, pero creo también que es un excelente modelo a seguir para las adolescentes. Es una chavala que tiene claro que, si quiere llegar a algo, va a tener que luchar igual que luchó su madre. A pesar de que junto a ella desfilan unos cuantos novios, su objetivo es licenciarse en Yale, no casarse ni tener hijos. Por cierto, que uno de esos novios, Jess, es para mí otro gran ejemplo para cualquier adolescente: marrullero, liante, poco menos que delincuente callejero que, con el paso de los años, termina escribiendo un libro y regentando una librería indie. Los dos, Jess y Rory, desmitifican un poco el concepto de “gafapasta”; no hay personaje en televisión más gafapasta que ella, y él va de lector compulsivo, y dudo mucho que encontréis alguna actriz más guapa que Alexis Bledel o un tío con más pinta de duro que Milo Ventimiglia para interpretarlos. Durante algunos capítulos de la última temporada llegué a temerme lo peor, cuando se la veía enamoradísima del novio que menos me gustó de todos los que tuvo y a punto estuvo de mudarse a San Francisco solo para seguirle a él; pero en el último momento reaccionó, y en lugar de aceptar su proposición de matrimonio decidió seguir su sueño de convertirse en periodista y seguir nada menos que al congresista Obama en su campaña por la presidencia. Cualquier otro final para este personaje me hubiera defraudado mucho.



No sólo los personajes femeninos son geniales en esta serie (habría que hacer otro post para hablar de Paris y Lane, me temo). Luke Danes es, sin duda, el hombre por excelencia en la historia, el que nos enamora a todas, por quien babeé durante siete temporadas. Es probablemente la antítesis del héroe: nunca ha salido del pueblo, es un cascarrabias, no participa en ninguna actividad, se lleva mal con todo el mundo… Y tiene un corazón más grande que el palacio del obispo. Adora a Lorelai desde que la conoció, pero por supuesto no se atreve a decírselo. Hace de padre adoptivo de Rory, acoge a su sobrino Jess y ejerce de tutor con un adolescente que no le da más que disgustos, y, aunque no hace más que quejarse de él, sabemos que le daría su vida si pudiera. Vemos cómo Lorelai y él pasan de la amistad al amor, y luego rompen, y luego vuelven, y luego vaya usted a saber qué pasa porque no queda nada claro. Pero es una relación de igual a igual, sin grandes gestos pero con grandes momentos, como cualquiera de sus conversaciones en las que una está pensando “dios, no sé quién quiero que gane”.



Las Chicas Gilmore es un ejemplo de superación personal, de lo que una persona puede hacer cuando se encuentra con todas las puertas cerradas y ninguna ayuda en el mundo. Lorelai se ha hecho a sí misma, y lo que es más, ha hecho a su hija, que, aunque pueda parecer la niña más ñoña de la televisión, también se sabe sacar las castañas del fuego cuando lo necesita. Esto no significa, ni mucho menos, que me guste todo en esta serie; esa relación perfecta entre madre e hija que nos hace suspirar a más de una es, simplemente, imposible e irreal, pero bueno, es una serie de la WB, qué le vamos a hacer. Por no hablar de lo humanos que nos parecen los padres de Lorelai al final de la serie, todo olvidado, cuando a mi entender se merecen el fuego eterno del infierno por cómo trataron a su única hija durante años y años (y aún siguen haciéndolo, prácticamente hasta el último capítulo). Aún así, he de decir que me da rabia que esta serie estuviera enfocada a las mujeres, porque creo que hay muchas lecciones en ella que tanto hombres como mujeres pueden aprender y estupendos personajes masculinos a los que imitar. Pero claro, ya se sabe que, cuando la protagonista principal es mujer, es muy difícil que el público no sea femenino. Todavía queda mucho camino que recorrer, me temo.