Thursday, September 29, 2011

Cotilleos modernos

Me encanta Twitter. Estoy enganchadísima. Me chifla lo de poner un hashtag sobre un tema y ver todo lo que los demás han escrito sobre eso. Y, para qué negarlo, me encanta la proximidad que me da con los actores y actrices que me gustan, porque nunca logré superar que Kirk Cameron no me contestara. Una se entera de un montón de cosas en Twitter que de otro modo no sabría. Y mi vida no cambiaría lo más mínimo, pero a una le hace ilusión tener conocimientos inútiles, qué le vamos a hacer. En las últimas semanas, han pasado varias cosas:

  • Por fin han derrogado la norma del "Don't ask, don't tell" en el ejército de USA #goodforobama.
  • Otro preso, probablemente inocente y ciertamente negro, ha sido asesinado en nombre de la "justicia" #obamasucks.
  • Sean Maher, actor de Firefly y The Playboy Club, ha salido del armario #goodforsean #ittookyoulongenough #hadntyoudonethatalready #iknewit.
  • El bullying contra los adolescentes gays sigue causando suicidios #noh8 #stopthebullying #RIPJayme
  • Santiago Segura se levantó ayer con el oído taponado #porcomentar
  • Molly Quinn (Alexis en Castle) es pelirroja natural #yamiquecoñomeimporta
  • Feminist Frequency mola mazo y hace unos vídeos muy interesantes #soyfeministayamuchahonra
  • Jim Carrey es un pesado y he tenido que dejar de seguirle #coñazoconelboingleñe
  • Dejé de seguir a Ashton Kutcher y a Demi Moore y ahora empiezan a poner cosas "interesantes" #defineinteresante #anunciatudivorcioentwitter
Esto de las nuevas tecnologías está llevando la revista del corazón a la ruina, me temo.

Wednesday, September 21, 2011

Quince años en esto y aún se me cae la baba

L. está que no cabe en sí de gozo porque ha tenido una hermanita. Ha traído la foto a la ikastola, y la andereño se ha encargado de ponerla en un lugar muy visible para que todos la admiren. Curiosamente, L. es el rey por esta situación, en vez de quedar relegado al hermano mayor que ya lleva cinco años chupando cámara. La sonrisa no le cabe en la cara. Cuando llegue a casa se va a comer a su hermana de un bocado.

Los pitufos de primero subieron ayer a la clase de inglés por primera vez. Llegar al segundo piso del edificio fue todo un acontecimiento; aunque es exactamente igual que el primero, todo les parecía distinto. La clase de inglés, una sala diminuta en la que apenas caben doce alumnos, era para ellos el descubrimiento de la semana, del mes, del trimestre. Fueron capaces de leer el cartel de "English" de la puerta. Ya son mayores. Van a la clase de inglés y hacen fichas "difíciles". Y es cierto: son la hostia, que diría Barney Stinson. Y todo lo que saben (de inglés) lo han aprendido de mí. I'm AWESOME.

Cuando el rango de edad de tus alumnos va de cuatro (algunos tres) a siete (algunos ocho), los de segundo de primaria te parecen universitarios. Son capaces de escribir la fecha en silencio, de deletrear su nombre -con ayuda-, de hacer un "listening" con completa concentración y por su cuenta. Miro a los de cuatro años, que empiezan con el inglés este año, y miro a los de segundo. Es increíble que se aprenda tanto en tan poco tiempo.

Hoy he leído el mismo cuento seis veces, he gastado las mismas bromas doce, he repetido "write your name, colour, cut out, tidy up" tantas veces que han perdido su significado para mí. Era la cuarta vez que los de cuatro años me veían y han sido capaz de seguir mis instrucciones, con mayor o menor acierto, hasta el final de la clase. Ha merecido la pena. Me duele la cara de sonreír.

Creo que tengo el mejor trabajo del mundo.

Thursday, September 15, 2011

De por qué algunas profesoras deberían trabajar en la mina

Últimamente estoy zen. No sé si es la expresión apropiada, si se puede "estar" zen o se debe "llegar" al zen. Me da igual. Estoy zen. Estoy feliz, llena de vibraciones positivas, optimista, dispuesta a ver solo lo mejor de las personas que me rodean. Pero a veces es difícil.

Hoy a la hora del recreo charlábamos sobre lo humano y lo divino, sobre el gimnasio y la peluquería, sobre las galletas y sobre los niños, y también, un poco, sobre temas educativos y demás. Una profesora a la que, por decirlo fino, no respeto mucho como profesional, decía que ella solo llamaba a los padres de los niños que iban mal, y que se negaba a dar entrevistas a los que iban bien. Yo le he dicho que, cuando era tutora, no llamaba a los que iban bien, pero que si querían hablar conmigo nunca me negaba porque también está bien dar buenas noticias y decirles lo que hacen bien (tanto para ellos como para mí). Y ella ha dicho que sí, que ella, cuando era joven e idealista, también pensaba que podía tener alguna influencia en los niños y "perdía el tiempo" (tal cual) hablando con los que no lo necesitaban, pero que con los años se había dado cuenta de que no podía cambiar nada; así que ahora se limitaba a hablar con los padres "por llenar el expediente, porque ya sé que van a seguir igual".

-El día que yo llegue a eso -le he dicho-, me meto minera. Yo no podría trabajar pensando que lo que hago no marca una diferencia.

Y se ha picado. (Normal; entiendo que mis palabras no han sido las más adecuadas, pero es que me ha salido del alma.)

Y entonces ha empezado a despotricar sobre lo poco que se ayuda a los profesores, sobre cómo hay que ayudar a los que peor van "y no a esos con los que te juntas tú, porque a los buenos les enseña cualquiera" (casi me la como, pero en fin), sobre el hecho de que no tenemos suficientes horas de apoyo para los inmigrantes que han llegado este año y no hablan castellano (ya no entramos en el euskera) y las horas libres que ha "desperdiciado" quejándose en secretaría... Y yo me he tenido que callar y no recordarle sus comentarios de "a esas, que las ayuden sus padres, si no quieren que repitan, yo me lavo las manos; ah, no, yo no pienso modificar los exámenes que doy a toda la clase para los cuatro disléxicos que tengo, de eso que se encargue el de apoyo; uy, sí, para darles deberes estoy yo, ¿y luego quién los corrige?", y un largo etcétera con el que me torturó todos los recreos el año pasado y que ha conseguido que se me atragante cosa mala.

Es cierto que han reducido el personal. Es cierto que nos han dado 15 horas de especialista de lenguas, que se quedan en siete lectivas porque la profesora tiene permiso de lactancia hasta enero y nadie cubre esas horas. Es cierto que tenemos los horarios copados y no hay personal ni para sustituir a los profesores que se ponen enfermos. Pero yo no puedo evitar pensar que esa profesora que se ha pasado las horas protestando en la secretaría (que, no olvidemos, está compuesta por profesores liberados que ni pinchan ni cortan) podía haber empleado su tiempo en adaptar material para esos dos niños de su clase que no hablan el idioma, o haberlos sacado ella misma de la clase de inglés/música/gimnasia para darles ese apoyo que tanto pide. Parece haber olvidado que la tutora es ella, y que si tiene un niño con problemas, la responsabilidad es suya. Y con gritarme a mí que "todas hacemos lo que podemos y lo mejor que sabemos" (cuando no es verdad, pero en fin) no va a solucionar absolutamente nada.

Se ha llevado el tema a la comisión pedagógica y se ha llegado a la única conclusión posible: vamos a tener que organizar las horas libres del profesorado para cubrir esas ayudas que se nos niegan desde la administración. A ver qué cara pone la tía cuando se entere. Mañana intentaré sentarme lo más lejos posible de ella, no vaya a ser que las malas vibraciones se contagien.

Monday, September 12, 2011

Mujeres en Serie VI: Dollhouse



Esta es una serie difícil de calificar, y más aún desde el punto de vista femenino (o feminista, que no es lo mismo). Aunque me ha encantado –me dio una pena terrible ver el último capítulo, porque fue cancelada y ya no hay más, y la serie es genial–, también tengo que decir que muchas de sus escenas me han incomodado mucho, hasta el punto de plantearme dejar de ver la serie (cosa que no hice por su fantástica trama y unos personajes dignos de ser seguidos). Y me explico.

Dollhouse es el nombre que se le da a una tecnología puntera en el campo de la neurociencia. La empresa Rossum contrata a gente que, voluntariamente, cede cinco años de su vida a cambio de una inmensa suma de dinero. Durante esos cinco años, utilizarán su cuerpo y su mente a su antojo, sacando la personalidad original del sujeto e implantando personalidades ajenas a él o a ella en función de los gustos del cliente. Puede conseguirse un guardaespaldas que desee salvar la vida de su jefe porque su instinto se lo manda; una luchadora de artes marciales con instinto maternal; una negociadora de secuestros; un patólogo forense del FBI… Cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa. Pero lo que los clientes más piden es, por supuesto, una mujer hermosa que se enamore perdidamente de ellos. Y ahí es donde empiezan mis pegas.

Los sujetos son, supuestamente, voluntarios (según va avanzando la serie, vemos que igual no tanto), y han firmado un contrato consintiendo que se les haga de todo. Pero, ¿hasta qué punto puede uno consentir ser esclavo o esclava? Porque al fin y al cabo eso es lo que son, ni más ni menos: sujetos a merced de otros. Es cierto que la serie trata el tema con mucho cuidado (Joss Whedon es bien conocido por tramas respetuosas con las mujeres, pensad en “Buffy”), pero el hecho de que el mayor negocio de la casa sea la trata de mujeres a lo pijo no se puede obviar. Más aún, las chicas son programadas para enamorarse de los hombres, a quien luego olvidan tras un lavado de cerebro que vuelve a dejarlas en estado “muñeca”. No se ve nada explicito y todos los capítulos se basan en otro tipo de misiones, pero no deja de ser incómodo. Es prostitución al más alto nivel, aunque con cuidados médicos excepcionales y viviendo a todo lujo. ¿Hasta qué punto no es esto violación? Me asaltan las dudas.



La protagonista absoluta de la serie es Echo (Eliza Dushku, una de las incondicionales de Whedon), la número uno, la “muñeca” que todos quieren. Desde el primer momento sabemos que es especial porque es la única persona que Alpha (un “muñeco” que se volvió loco al acumular más de cuarenta personalidades en su interior a la vez) dejó viva en su arranque asesino, y porque el detective del FBI que investiga la casa empieza a recibir información sobre ella. Poco a poco vemos que Echo, como anteriormente Alpha, tiene conciencia de sí misma, que recuerda cosas que no debería. Pero a diferencia de Alpha, que originalmente era un asesino convicto, el yo original de Echo era una idealista, una soñadora que luchaba por el bien común. Alpha (Alan Tudyk, genial, genial, genial en su papel de malo) está enamorado de Echo y tratará de convertirla en su Omega haciéndola pasar por el mismo proceso que pasó él. Pero le saldrá rana. No solo no se convierte en alguien como él, sino que podrá utilizar todas las personalidades que se acumulan en ella a su antojo. ¿Que necesito hablar chino? Pues lo hablo. ¿Ser médica? Lo soy. ¿Artes marciales? Toma ya. Todo sin dejar de ser Echo. Que no Caroline, su yo verdadero, almacenado en un disco duro aparte.

Echo es una mujer de armas tomar, y me encanta que no necesite ayuda de nadie para sacarse las castañas del fuego. Pero la violencia que en esta serie se ejerce contra las mujeres es brutal, al punto de ser desagradable. Y ojo, que a mí me gustan las patadas y los golpes marciales como a la que más, y no seré yo quien diga que un chico no debe pegar a una chica cuando las fuerzas están igualadas; el problema surge cuando las fuerzas son desiguales, que ocurre a menudo en esta serie, y las palizas son tan gráficas y tan brutales que te hacen apartar la vista. Es cierto que suelen ganar las mujeres, pero siempre después de haber recibido una paliza bestial fruto de un arranque posesivo por parte del macho en cuestión; recuerdo en especial una pelea entre Pria/Sierra y el hombre que la puso en la casa de muñecas que estuvo a punto de hacerme quitar el capítulo. Por no hablar de la violencia de Alpha, con armas y con las manos, y con esa cara de loco que tan poco recuerda al bueno de Wash en Firefly.



En resumen: un sobresaliente en trama y sorpresas de última hora, sobresaliente en personajes y caracterizaciones (“Victor” se sale, no entiendo por qué este actor no trabaja más) y suspenso en uso excesivo y gratuito de la violencia. Aún así, hay que decir que las mujeres de esta serie son cualquier cosa menos indefensas gatitas, y que ninguna de ellas lucha con tacones (lo que se agradece, aunque más de una carrera con tacones sí que se pegan). El capítulo final de la serie es uno de esos que quedará grabado en mi memoria como uno de los mejores finales en una serie; una pena que Fox no diera otra oportunidad a esta serie, pero en fin, torres más altas han caído.

Tuesday, September 06, 2011

Ya están aquíiiiiiiii.


(Instrucciones: leer el post con la música de fondo. Esperad a que empiece el trozo que os suena.)

Diez clases.
Más de doscientos niños y niñas.
Cuatro cursos distintos.
Cinco temarios diferentes.
Cuarenta y tres compañeras.
Una bata azul y otra verde.
Un pilot azul y uno rojo.
Monedas para el café.
La suerte está echada. Las pastillas de la tensión compradas. Todas las tizas preparadas.
Empieza el curso.
Ya están aquíiiiiiiiii.

Sunday, September 04, 2011

Diario

Llega septiembre, y con él el frío. No, en realidad el frío lleva aquí desde julio -vamos, que nunca se fue-, pero no sé qué tienen los meses con erre que parecen más fríos. O serán cosas mías.
El día está nublado y por la ventana entreabierta entra el aire fresco de la calle. El gato trata de asomarse por el hueco de las oscilobatientes, por más que sepa que no le cabe la cabeza y que no, no va a poder suicidarse saltando desde un segundo. Me esperan los apuntes de literatura irlandesa sobre la mesa de la cocina; leo, comprendo, pero no retengo, le estoy cogiendo manía a la asignatura por culpa del profesor (y autor del libro). A mi lado, medio litro de té verde en una taza del Starbucks de Santa Cruz. Ya van dos tazas. El té verde apenas tiene teína y no le echo azúcar. Dormiré bien esta noche. Para ser domingo, me refiero.
La tarde va a ser tranquila, simplemente yo con mis libros, mi té y mis series americanas mientras sigo acolchando un tapiz de patchwork que debería haber acabado hace siglos. El otoño llama a la puerta y apetece mantita, calor, abrigo y chocolate caliente (pero mejor me quedo con el té, por lo de las calorías). Poco a poco voy volviendo a la rutina del curso, y me doy cuenta de que me gusta, de que, a pesar de momentos puntuales, soy una persona equilibrada con momentos de felicidad, que ya es más de lo que se puede pedir. Una canción me aborda, y no me queda otro remedio que escucharla una y otra vez en mi cabeza; escribí algo sobre ella en Twitter y la cantante me ha encontrado, me ha hecho mucha ilusión. Es la segunda persona "famosa" que se da cuenta de que existo. ¿Por qué le doy tanta importancia a semejantes chorradas?
El fresquillo que siento en el cogote me indica que tengo que dejar crecer el pelo para el invierno.