Friday, November 25, 2011

Contra la violencia de género


A punto he estado de no escribir esta entrada. Me resulta chocante que se reserve un día para luchar contra la violencia de género, porque, por desgracia, debería ser una lucha continua de la que no nos olvidáramos nunca. No sé cuántas mujeres han muerto ya este año a mano de sus parejas, no controlo la estadística, pero sé que son más cada año, o las mismas, nunca menos. Y la culpa es de todos y todas. El único que va a la cárcel es el asesino, por supuesto, pero todos y todas somos responsables de lo que pasa en nuestra sociedad. Porque esos asesinos en su día fueron niños, y en su día aprendieron que a las mujeres se las puede maltratar, y que es lícito tratar a una persona como a una esclava, y que si no es suya no es de nadie. Todos y todas somos responsables de educar a esos niños. Algo estamos haciendo mal.

Estos días he escuchado mucho una canción de Tracy Chapman que siempre consigue ponerme los pelos de punta. Entre su voz, la ausencia de música y esa frialdad con la que cuenta la historia, creo que es uno de los mejores himnos contra la violencia de género que se ha escrito nunca. Lo triste, lo tristísimo, es que la canción es del ochenta y ocho, y por desgracia sigue estando tan vigente como entonces. Os dejo también la letra. Ejercicio de listening maravilloso que haré cuando tenga alumnos más mayores.




Last night I heard the screaming
Loud voices behind the wall
Another sleepless night for me
It won't do no good to call
The police
Always come late
If they come at all

Last night I heard the screaming
Loud voices behind the wall
Another sleepless night for me
It won't do no good to call
The police
Always come late
If they come at all

And when they arrive
They say they can't interfere
With domestic affairs
Between a man and his wife
And as they walk out the door
The tears well up in her eyes

Last night I heard the screaming
Then a silence that chilled my soul
Prayed that I was dreaming
When I saw the ambulance in the road

And the policeman said
"I'm here to keep the peace.
Will the crowd disperse?
I think we all could use some sleep."

Last night I heard the screaming
Loud voices behind the wall
Another sleepless night for me
It won't do no good to call
The police
Always come late
If they come at all

Tuesday, November 22, 2011

Fragmento VII: Mike y Alan

(No he podido resistirme. Es ñoño, está sin revisar, probablemente termine en la basura, pero me hace mucha gracia.)

Alan bostezó de tal manera que le crujió la mandíbula.

Con los ojos a medio cerrar, se levantó y se sirvió el tercer café de la mañana, las migajas de las tostadas en un plato frente a él. Hojeó el periódico que habían dejado en la puerta, buscando la sección de cultura. Había una exposición en la Casa de Steinbeck aquel fin de semana. Alan resopló y sacudió la cabeza.

-Joder con Steinbeck. No tienen otro -murmuró.

Se oyeron los pasos de Mike bajando las escaleras con paso ágil y Alan miró hacia la puerta. Su marido entró silbando, el pelo castaño aún húmedo tras la ducha, toda su concentración puesta en los puños de su camisa azul. Alan sonrió.

-Qué bueno estás, cabrón.

-Guapo -Mike le besó de camino a la cafetera. Su marido no le quitaba la vista de encima. Cuando vio que llenaba un termo de viaje, frunció el ceño.

-¿No desayunas?

-Ya comeré algo allí, quiero llegar un poco antes. Nuestro querido Todd quiere que le detallemos la campaña como si no supiéramos lo que estamos haciendo. Lo quiere controlar todo, el cabrón de él.

-Hasta que os conozca y os dé cuartelillo.

-Eso espero, porque si no nos va a dar algo. Menos mal que tengo una foto tuya en el despacho, casi no te he visto esta semana.

-Hombre, si tomas lo de "ver" al pie de la letra, vernos no nos hemos visto, más bien tanteado -Alan dejó la taza y el plato sucios en el fregadero; Mike aprovechó para darle una palmada en el trasero-. Salgo contigo y así preparo la clase.

-Sí, sí, la clase, dice. Tú lo que quieres es que esté en el jardín.

-Sabes que me alegra el día.

Cinco minutos después, los dos salían por la puerta, Mike en su impoluto traje gris y Alan con atuendo desgarbado. En el jardín de al lado, la señora Wordsworth regaba sus rosales como todas las mañanas. Al verlos, frunció el ceño, como todas las mañanas. Y, como todas las mañanas, Alan y Mike se besaron delante de ella, un beso largo e intenso que incluía todo tipo de gruñidos y magreos. Ella gruñó, dejó la regadera y entró en la casa. Mike y Alan ni siquiera se dieron cuenta y siguieron a lo suyo unos segundos más.

-Pasa un buen día -murmuró Mike cuando por fin se separaron.

-Y tú. Llámame cuando tengas un rato.

Cada uno se montó en su coche y los dos salieron en direcciones opuestas. Solo cuando estuvo segura de que se habían ido, la señora Wordsworth volvió a sus rosales, rezongando por lo bajo.

Saturday, November 19, 2011

De inseguridades y consejos

Soy la persona más insegura sobre la faz de la Tierra (y la más exagerada también, me temo). No sé de dónde viene ese sentimiento, y aunque lo supiera tampoco lo iba a contar aquí, pero la cosa es que, desde siempre, me cuesta mucho creer que yo hago las cosas bien, por más que me esfuerce en conseguirlo. Últimamente, a base de ayuda, tiempo, paciencia y una caña (¿para qué querré yo una caña?, en fin), he mejorado un poco en ese aspecto y ya no me flagelo tanto cuando algo no me sale a la perfección, o lo que yo considero que es perfección. Pero fijaos que he dicho "no me flagelo tanto". Porque el látigo siempre está a mano.

El área de mi vida que más insegura me ha hecho sentir siempre ha sido la escritura. Yo leía y leía, y luego me ponía a escribir, y no había manera de que lo que yo escribiera sonara siquiera parecido a lo que yo leía (aquí la menda leía los clásicos, o como poco a Gabo, así que no, claro que no había manera). Entonces empecé a comprar libros sobre cómo escribir, a buscar consejos en internet sobre técnicas de escritura, a tratar de calcar las rutinas de mis escritores y escritoras favoritas. Me compré el libro que mi queridísima Elizabeth George había escrito para ayudar a escritores noveles y traté de calcar su proceso (no una, sino varias veces; y cuando digo varias, quizás quiera decir docenas). Ella tiene muy claro lo que va a escribir antes de empezar su novela. Lo tiene tan claro que, durante meses, crea una sinopsis, la vida detallada de cada personaje, un resumen de cada capítulo, la línea temporal... Lo tiene todo tan claro que su primer borrador es perfecto, y apenas le hacen falta un par de retoques antes de enviarlo a su editor. Yo intenté imitarla, como digo, varias veces; lo único que conseguí fue crear un montón de personajes ajenos a mí, fuera de una historia que aún no tenía clara porque no había escrito, y tramas muy completas que no quise desarrollar porque... Coño, porque ya estaban sobre papel.Isabel Allende recomienda escribir una página buena al día, lo que quiera que eso signifique, y así, al final del año, tienes una novela más que decente. ¿Y si no escribes una página buena, sino dos mediocres? ¿Y si no escribes un día? ¿Y quién es el valiente que decide qué es bueno y qué no?

Me sentía inútil. Completamente idiota. ¿Por qué no puedo escribir una maldita novela?


Luego leí un libro de Stephen King en el que decía exactamente lo contrario. "Ponte al ordenador, escribe todo lo que puedas lo más rápido que puedas y deja los detalles para la revisión de después". Y ahí mi yo elitista (y un poco gilipollas, la verdad) decía "ya, pero es Stephen King, mira qué mierda de libros escribe este tío" (debería aclarar que entonces nunca había leído nada suyo). Me sonaba a consigna del NaNoWriMo y no me apetecía hacerle caso a un superventas. Sí, vale, Elizabeth George también lo es, y no es que Isabel Allende sea muy "indie", pero es distinto. O eso me decía yo.

Yo seguía escribiendo, siguiendo todos los consejos que leía sin darme cuenta de que ninguno de ellos funcionaba para mí. "Escribe lo que te gusta leer", decían, y yo trataba de escribir una novela negra, pero no había manera, porque me gusta leerlas, pero no necesariamente escribirlas. "Analiza los mercados, escribe algo que puedas vender", pero me negaba a escribir sobre vampiros adolescentes, que una tiene su orgullo y su tolerancia a la náusea muy baja. "Escribe para publicar", y yo lo hacía, y nada de lo que escribía me parecía suficientemente bueno ni para dárselo a leer a una amiga, mucho menos poner en el blog, ya no digo nada de mandarlo a una editorial, qué vergüenza, madre.

Y entonces dejé de escribir.

Porque había perdido el gusto, porque me agobiaba, porque lo pasaba mal.

Hasta que, por una serie de circunstancias, vi la luz y me di cuenta de que nadie, absolutamente nadie, esperaba que yo me convirtiera en escritora. Nadie en el mundo está esperando que yo ponga palabra sobre página, no hay presión exterior. La única presión es la que yo me impongo a mí misma. Solo yo puedo controlar lo mucho o poco que me agobio.

Y empecé a escribir por gusto.

Me planté de golpe en el ordenador una mañana y empecé desde el principio, trasladando al papel una escena con la que había soñado, ni planificación ni leches. "Qué haces, desaboría, tú estás loca, no la vas a terminar en la vida", decía una voz en mi cabeza, pero la ignoré. Había una historia detrás de aquella escena. Había un par de personajes que me gustaban. La historia no era original, más bien todo lo contrario. "Nadie va a querer leer algo que no es original", decía la voz de mi cabeza, pero yo sabía que se equivocaba. YO quería leer esa historia. Con eso bastaba. El tono era ligero, sin pretensiones. "Lo de lectura de encefalograma plano se queda corto con esta historia, chata". Bien. Estupendo. Me lo llevaré a la playa en verano. Los personajes secundarios estaban tan estereotipados que eran caricaturas de personas, y me hacían reír a carcajadas a las siete de la mañana. "No tienen profundidad. No son creíbles. No son reales". De eso se trata. Esto es ficción.



Me lo estaba pasando en grande. "Ese no es el objetivo, el objetivo es publicar". Sí, claro, porque tú lo digas.

Mes y medio levantándome una hora antes para poder escribir (y así ir a trabajar habiendo hecho lo que más me gusta, pasara lo que pasara luego), más de ciento cincuenta páginas, dos personajes que adoro y una historia que me hace sonreír cada vez que pienso en ella. El primer borrador está acabado y, lo más importante, me encanta. Tiene tantos fallos que no es leíble, algunos a la vista, otros no tanto, pero da igual. Ya llegará el momento de corregirlos. He vuelto a encontrarme con la escritura, y eso no tiene precio.

La pregunta ahora es si hago caso a los consejos y la dejo reposar un par de semanas antes de meterme a corregirla o la ataco ya mismo. ¿Os he dicho alguna vez lo insegura que soy?

Friday, November 18, 2011

Fragmento VI (Uno cortito)

El techo del salón estaba inmaculado, ni una sola grieta en la pintura que el decorador eligió para ellos cuando arreglaron la casa, antes de casarse. A ojos de cualquiera, el tono era blanco, pero Mike y Alan sabían que ese no era el término correcto. Blanco roto, había dicho el decorador, tras enseñarles varias muestras de distintos blancos que a Alan le habían parecido idénticos. Mike se había pasado diez minutos dudando entre dos tipos de blanco indistinguibles sobre el papel, y Alan se había pasado dos semanas tomándole el pelo con el tema. Incluso después de tantos años, cada vez que tenían una conversación sobre colores con alguien -y era increíble la de veces que el tema salía cuando Mike estaba presente-, Alan mencionaba el tono del techo del salón y fingía un interés que todos los presentes sabían irónico.

-Ríete todo lo que quieras, pero no habría quedado tan bonito con un blanco perla -le decía siempre su marido. Y Alan se desternillaba de risa.

(...)

Wednesday, November 16, 2011

Bienvenidas a esta nuestra comunidad



El otro día tuvimos reunión de vecinos a cuenta de que pronto vamos a empezar las obras para poner el ascensor y cambiar la escalera y el portal. Vino el arquitecto y nos estuvo explicando los últimos detalles sobre accesibilidad durante las obras, acabados, etc. Una vecina hizo hincapié en que el portal tenía que quedar muy bonito; como es muy pequeño, por más que lo apañen no supondrá mucho gasto. El arquitecto le contestó que nos iba a traer materiales y demás para que eligiéramos los acabados cuando llegara el momento de dar los toques finales.

El vecino del quinto hizo un aspaviento airado.

-A mí eso me da igual, de eso que se encarguen las señoras. A ver, a ver, ¿qué decías de las vigas?

Yo le miré, ojiplática, sin poder creerme que en pleno siglo XXI todavía se puedan escuchar comentarios así; me sorprendió, sobre todo, que ni siquiera era el mismo vecino que, en una reunión anterior, al comentario que hizo alguien de que había ceniza en la ropa tendida, contestó con un "ah, yo de eso no sé nada, no soy mujer" (es que en esta nuestra comunidad, lo de tender y recoger la ropa se lleva en los genes, debe ser). Aturdida, y temiendo soltar una bordería si seguía mirándole, aparté la vista y me encontré con los ojos de la vecina del primero, que se mordía los labios en un esfuerzo sobrehumano por no reír. En cuanto nos supimos acompañadas, las dos soltamos una carcajada que el resto de vecinos -todos hombres menos una- no entendió.

Mejor reír. Para qué hacer mala sangre. Pero al próximo que me diga que se ha logrado la igualdad entre géneros, le escupo. En un ojo.

Sunday, November 13, 2011

Fragmento V, o Nadie es perfecto (ni siquiera Alan).

El despacho del orientador del instituto estaba en el mismo edificio que la secretaría, lo que significaba que las secretarias, el director, la subdirectora y todos los profesores y padres que necesitaban ir a arreglar algún asunto con el personal administrativo podían ver quién entraba y salía de él. Como resultado, los alumnos y alumnas evitaban ir a hablar con el orientador siempre que podían. Tom Martins se había convertido en el empleado del distrito escolar de (...) que menos trabajaba, y a su vez uno de los que más cobraba por antigüedad y titulación. Su puesto, sin embargo, era intocable por ley, y cuando había recortes de personal era el único que no temblaba. No era la persona más apreciada en la sala de profesores.

Alan llamó a la puerta y esperó a oír la voz de Martins dándole permiso para entrar. El orientador estaba trabajando en su ordenador, varias pilas de papeles rodeando todo el perímetro de su mesa. Llevaba las gafas apoyadas en la punta de la nariz, lo que le obligaba a echar hacia atrás la cabeza en un ángulo extraño para poder mirar a través de ellas, cosa que necesitaba porque apenas podía ver sin ellas. Entre eso y el pelo rizado que siempre llevaba como si acabara de levantarse de la cama, Martins parecía más un profesor de física alocado que un psicólogo con varios másters universitarios. Sonrió cuando vio a Alan.

-¡Alan! Justo el hombre en el que estaba pensando.

-Te lo he dicho muchas veces, Tom, estoy casado y pienso seguir estándolo, así que deja de pensar en mí cuando estés a solas, por favor.

Martins rió con ganas. Alan apartó un fajo de papeles de la única silla libre en el despacho y se sentó frente al escritorio. Miró a su alrededor con una sonrisa.

-¿Por qué está tu despacho siempre lleno de papeles?

-No me hables, anda, no me hables. La maldita burocracia se va a cargar el país. Por cada chaval que me mandan, tengo que rellenar el equivalente a cuatro árboles en papeleo.

-¿No puedes hacerlo en el ordenador?

-Piden dos copias, una digital y otra física. No me preguntes qué hacen con tanto informe.

-Unas fogatas de miedo, me temo.

Martins sacudió la cabeza y resopló, haciendo un gesto con la mano.

-No quiero ni pensarlo. Oye, me alegra verte, te tengo que pedir un favor.

-Y yo a ti otro.

El orientador le miró sorprendido.

-Ah, ¿sí? Pues tú primero, porque hace siglos que nadie me pide nada.

-No te hagas ilusiones, sigo enamorado de mi marido -Nueva carcajada-. Me gustaría que hablaras con una de mis alumnas, Jennifer Valdés, de la clase de apoyo. Me tiene algo preocupado.

-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Alan suspiró y se tomó unos segundos antes de contestar.

-Sospecho que es víctima de algún tipo de abuso.

Martins frunció el ceño.

-¿En qué te basas?

-En su comportamiento. Nunca ha sido la alegría de la huerta, pero últimamente está mucho más seria, más agresiva. Y reacciona muy mal ante insinuaciones de abuso.

Alan le contó lo que había ocurrido en clase. Martins le escuchaba con gesto de concentración. Al final de su relato, Martins suspiró y negó con la cabeza.

-No sé, Alan, puede que tengas razón, pero no sé. A veces esos cambios son propios de la adolescencia.

-Llevo quince años trabajando con adolescentes, creo que sé distinguir a una chavala hormonada de una que sufre abusos.

-Estoy seguro de ello, tú eres muy perceptivo con tus alumnos. Mira, si tan convencido estás, pon una denuncia por sospecha y partimos de ahí.

Alan hizo un mohín.

-Ya, esperaba que dijeras eso, y ahí entra lo del favor. ¿No podrías hablar con ella en plan informal, ver si a ti te chirría algo? Tú sabes qué buscar, yo no tengo más que una intuición.

Martins negó con la cabeza.

-Lo siento, Alan, sin una denuncia no puedo hacer nada. Se me caería el pelo.

-¿Por qué? Es solo charlar con una alumna.

-Una alumna a la que no conozco de nada. ¿Qué quieres, que vaya al comedor y me siente a tomar un sándwich con ella? Hola, Jennifer, soy el señor Martins, y me ha dicho un pajarito que puede que tengas problemas en casa. Se enteran sus padres de que ha corrido la voz de algo así y al distrito se le cae el pelo. Sin un informe con el que guardarme las espaldas, no puedo hacer nada.

Alan le miraba con los ojos abiertos como platos.

-No puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Hasta ahí hemos llegado? ¿Ni hablar con ellos podemos ya?

-Y cosas mucho peores que no vienen al caso. Mira, Alan, si tan seguro estás, pon la denuncia -insistió Martins-. Lo investigamos y, si no pasa nada, se queda como está.

-Y esa cría queda marcada de por vida.

-Si está pasando algo, esa cría ya está marcada. Pon la denuncia, Alan.

Alan suspiró y asintió. Se echó hacia atrás en la silla y negó con la cabeza. Martins le miró en silencio.

-Lo sé. A veces tengo una mierda de trabajo -dijo al cabo de un rato.

-No es culpa tuya, es el puto sistema. Oye, ¿qué favor era ese que me querías pedir?

-Ah, sí -Martins rebuscó por su escritorio hasta encontrar una carpeta de colores. Alan levantó una ceja al ver el distintivo NOH8. Se sentó más derecho en la silla-. Se ha puesto en marcha una campaña a nivel nacional para tratar de evitar los acosos a los homosexuales en los institutos, y nos han mandado una programación que me ha parecido interesante. Quería pedir tu ayuda.

Alan alzó las cejas, pero no dijo nada. Martins siguió hablando.

-Proponen hacer grupos de apoyo, y la verdad, me parece muy interesante. Había pensado que podíamos juntarnos después de las clases, hacer un grupito con los chicos y chicas que quieran unirse y hacer mesas redondas, que cuenten sus experiencias. Y sería un puntazo que tú estuvieras ahí.

-¿Quieres que un grupo de adolescentes reconozca públicamente que son homosexuales y encima se queden después de clase? ¿Tú de qué guindo te has caído?

Martins ladeó la cabeza, pensativo.

-Ya. No había pensado en eso. También podemos hacer una reunión con todos los alumnos y explicarles que no pasa nada por ser homosexual. Los chavales te aprecian, si tú les hablaras de tu vida, de lo bien que te va…

Alan le hizo un gesto con las manos para detenerle.

-¿Todo el instituto? Creo que estás apuntando demasiado alto. Empieza por pequeñas campañas, yo que sé, carteles o eslogans, o un buzón con dudas, y a partir de ahí analiza qué necesidades tiene el centro. De hecho, ¿tú crees que es necesario hacer una campaña así en este instituto? ¿Ha habido algún caso de agresión a un homosexual?

Martins frunció el ceño.

-La intención no es solo corregir, también prevenir. ¿Por qué esperar a que pase?

-No tiene por qué pasar. Igual está normalizado. Igual los gays del instituto llevan una vida normal y no les apetece que nadie saque el tema. Yo sé que a mí no me gusta que me lo estén mencionando a diario.

-Ah. Vale. No me había dado cuenta. Tus alumnos no lo saben, ¿no?

Alan se puso tenso.

-Algunos lo sabrán, me imagino, no es un secreto, pero no hablo de mi vida privada en clase. Ningún otro profesor habla de su heterosexualidad, ¿por qué iba a hacerlo yo?

Martins asintió, pero seguía con el ceño fruncido. Alan, visiblemente incómodo, se levantó.

-Tengo clase en diez minutos y necesito unas fotocopias. Oye, gracias por lo de Jennifer. Voy a ver qué hago.

-Ya siento no poder hacer más. Pon la denuncia. No le hará daño.

-Ya. Sí. Hasta luego.

Alan salió del despacho en dos zancadas. Cuando hubo cerrado la puerta, sacudió la cabeza la cabeza de un lado a otro. Sonrió.

-Vaya ideas de bombero, Martins -murmuró para sí.

En el patio, los alumnos y alumnas disfrutaban de los últimos minutos del descanso para comer. Alan vio a David sentado a solas en un banco, apartado del grueso de los alumnos mientras comía una manzana y hojeaba un libro. Dos chicos de décimo pasaron junto a él; uno de ellos le dio un golpe en la mano que le tiró la manzana. Cuando David fue a recogerla, tratando de no mirarles, el otro dio una patada a la fruta que pilló también la mano. Desde donde estaba, Alan pudo oír cómo le decían “¿vas a llorar, mariquita?” antes de seguir su camino. David no había levantado la vista en ningún momento.

Alan dio media docena de pasos hacia los chavales, pero se detuvo enseguida. David había cerrado su libro y caminaba hacia su clase, la cabeza baja pero el paso firme. Los otros dos se habían perdido entre la marabunta de adolescentes. Alan miró a uno y otro lado. Nadie había visto la escena.

Se quedó unos segundos parado antes de enfilar sus pasos hacia su siguiente clase.

El comienzo del mundo.

Hoy os voy a revelar una verdad que muy poca gente conoce. Os voy a demostrar que os han estado engañando toda la vida. Primero la religión, después la ciencia, todos han mentido como bellacos. Hoy os voy a revelar la verdadera fecha del principio de los tiempos.

El Mundo no empezó, como dice la Biblia, hace unos pocos milenios con el capricho de un ser superior a quien le dio por hacer manualidades con materia viva. Tampoco empezó con una explosión hace millones de años, como nos hizo creer un monje católico que se pasaba por científico. No. La Vida, el Ser, la Existencia, empezó el 13 de noviembre de 1975, o sea, un día como hoy hace 36 años*.

Que no os engañen. Hay un complot universal para confundirnos a todos/as. No seas una más.

*Fecha variable dependiendo del nacimiento de cada uno/a.

Tuesday, November 08, 2011

Fragmento IV

(...)
-Jennifer, tu turno.
-Hoy paso, señor Peterson. No estoy de humor.
-Vale. ¿Dan?
-Me ha molado el libro, señor Peterson. Me ha molado mogollón.
Alan sonrió.
-Me alegro. Y gracias por esa frase de entrada, porque ya podemos sumergirnos en el maravilloso mundo de El guardián entre el centeno. ¿Todo el mundo lo ha leído?
Hubo un silencio. Incluso Dan, que acababa de admitir haberlo leído, bajó la vista. Alan ahogó una sonrisa.
-¿Alguien tiene algo que comentar? -Silencio-. Vale, empiezo yo. El Caulfield este es un gilipollas.
Todos levantaron la vista y le miraron con los ojos abiertos como platos. Alan jugueteó con la copia del libro que tenía ante sí.
-Es… tonto. Tonto de remate. Se pasa el libro yendo de un lado para otro, sin hacer nada, sin decidirse por nada. Le pegan y no responde. Le roban y se queda tan ancho. Podría haberse fugado de casa, y ni siquiera hace eso. Y se pasa no sé cuántas páginas intentando encontrar a su hermana pequeña. ¿En serio? ¿Para qué quiere un tío de dieciséis años ver a una niña de diez? No sé, a mí este tío me cae mal. Es un… soso. Un pringao.
-¿A dónde quiere usted que vaya? -apuntó Felipe, el ceño fruncido-. No tiene un duro, no tiene trabajo, es menor de edad. No… no… no puede… hacer nada.
-Y no conoce a nadie. No tiene amigos. Está solo -dijo Joe.
-Conoce a Jane -dijo Alan-. Y a esa tal Sally.
-Sally es asquerosa. Y Jane… Jane está jodida, macho.
Alan fijó la vista en Joe, haciendo un gran esfuerzo por no mirar a Jennifer, sentada junto a él.
-¿Por qué dices eso? A mí me parece la única cuerda de todo el libro.
-Sí, cuerda será, pero bastante tiene con lo suyo.
-¿Qué es lo suyo?
Joe resopló, negó con la cabeza y no contestó. Felipe saltó en su defensa.
-Lo del padrastro. Lo de que le mete mano, o la viola, o lo que sea.
Alan frunció el ceño y rebuscó en su libro.
-Yo no he visto nada de eso. ¿Dónde viene la palabra violación?
Felipe hizo un mohín.
-No lo dice, pero, joder, está claro.
-Cuando se echa a llorar -dijo Ana María-. Cuando están jugando a las damas y el padrastro le pide su tabaco y ella se echa a llorar y Holden… -Se calló, sonrojándose. Nadie se burló.
-¿Todos habéis entendido lo mismo? ¿Todos habéis visto ahí un abuso?
Toda la clase, menos Jennifer, asintió. Jennifer estaba medio tirada en su silla, los brazos cruzados sobre el pecho con tanta fuerza que le temblaban los hombros. Alan la miró de reojo, pero no le dijo nada.
-Imaginaos en el lugar de Holden, o en el de Jane. ¿Qué habríais hecho vosotros?
-Entrar en la casa y darle una paliza a ese hijo puta -dijo Felipe. Joe asintió.
-Yo me hubiera ido de casa -dijo Ana María-. Si fuera Jane, me habría largado de allí.
-¿Y a dónde hubieras ido, gilipollas? -saltó Jennifer de repente, los brazos aún cruzados-. Decís que Caulfield no se puede ir de casa porque no tiene un duro y es menor de edad, pero Jane, que tiene qué, tres años menos cuando cuentan lo de las damas, ¿se puede ir? ¿A dónde? ¿Con quién?
-Con Holden mismo, yo qué sé -dijo Ana María, sorprendida.
-Se lo podía haber dicho a su madre -apuntó Dan.
-Sí, capullo, porque ella no lo sabía, ¿no? -siguió Jennifer-. ¿Te crees que puede pasar algo así en tu casa y que tu madre no se entere? Claro que lo sabe, pero no hace nada porque no quiere quedarse sola con su puto consolador. Joder, esta clase está llena de gilipollas, hostias, y este libro es una puta mierda. Métaselo por el culo, señor Peterson -Se levantó, dejó caer la silla con un golpe, cogió sus cosas y salió de clase dando un portazo.
Alan se mordió el labio inferior y tragó saliva. No miró a sus alumnos durante unos segundos. Nadie parecía saber qué decir. Fue Joe el que rompió el silencio.
-Creo que ésta también deja a todos los reyes en la última fila -dijo. Dan asintió.

Saturday, November 05, 2011

This is my friend

L. es un niño de segundo de primaria que tendría que estar en tercero. Llegó a la ikastola hace dos años, a una clase bien asentada, un poco revoltosa pero llena de pequeños genios, y, como niño nuevo que era, tuvo su periodo de adaptación. Decir que L. tiene problemas es quedarse corto. No hablo de problemas cognitivos, el chaval no tiene un pelo de tonto, pero todo lo demás que una se puede imaginar, lo tiene. Padres separados. Violencia doméstica. Fines de semana con un padre que no debería tener, a mi entender, ningún derecho sobre sus hijos. Problemas de lenguaje derivados de que en su casa nadie habla con él. Instintos violentos de los que se arrepiente inmediatamente. Falta inmensa de cariño. Nulos recursos sociales. La primera semana en la ikastola, se dirigió a una niña y le dijo, ni corto ni perezoso: "Tú vas a ser mi novia. Para siempre. Para siempre, ¿eh?" Solo de acordarme se me ponen los pelos de punta.

Mi relación con L. ha mejorado muchísimo. El año pasado intentó pegarme. No levanta un palmo del suelo, no es ni mucho menos una amenaza, pero que un niño de siete años te suelte la mano es poco menos que curioso. Cuando lo saqué fuera de clase para hablar con él, me dijo bien a las claras que yo no mandaba, que su padre le había dicho que a él nadie podía decirle qué hacer. Una joya, el padre. Por la misma época, a la logopeda que trabaja con él le soltó otra perla: o me dejas jugar, o le voy a decir a mi padre que me has pegado. Nos tenía algo preocupadas, por decirlo en fino.

Pero este año, no sé por qué, L. está mucho mejor. Se lleva mejor con los compañeros, se esfuerza más en clase, intenta llegar, aunque le cuesta, mucho. Su retraso es severo, lleva mucho bagaje encima (de nuevo, nada de esto es cognitivo, su hermana está igual), pero su actitud es completamente diferente. A su "novia" la tiene frita a regalos. Le hace dibujos, le trae juguetes, la mima, la aprecia. Ella está hasta el gorro de él (y del otro pretendiente que tiene; es que la cría es una pocholada, no por guapa, sino por maja), pero acepta sus cumplidos y de vez en cuando hasta le da un abrazo. Llevo un par de meses viendo que L. está cada día más aceptado, y me alegra, y me alivia. Ningún niño debería sufrir por culpa de sus padres.

El jueves les hice escribir una pequeña descripción, lo primero que escribían en inglés en toda su vida. Eran solo tres frases cortas para trabajar she/he ("This is X. She's/He's my friend. She's/He's 7") que debían acompañar de un dibujo; según fueron terminando, las expuse. L. terminó de los primeros -y lo hizo bastante bien, la verdad-, y luego se dedicó a mirar lo que habían escrito los demás. Cuál no sería su sorpresa cuando se encontró con que cuatro personas de la clase le habían elegido a él para hacer su descripción, y los dibujos que hicieron de él eran absolutamente geniales. Al crío no le cabía la sonrisa en la cara. Se pasó cinco minutos repartiendo abrazos.

A L. le han tocado una mierda de cartas en lo que a familia se refiere, pero tiene la grandísima suerte de estar en una clase llena de chavales estupendos. No sé qué será de él, no soy pitonisa y no se me ocurriría nunca hacer predicciones sobre la vida de un niño, pero tengo esperanzas para L. Lo malo es que no lo veré, porque probablemente este sea mi último año en el centro. Lo del jueves me lo llevo como uno de los mejores recuerdos de este año. Y cruzo los dedos para que siga así y la influencia familiar sea cada vez menor.