Sunday, February 26, 2012

En defensa de la escuela pública, siempre



Trabajo en la escuela pública. Si todo va como debe y la crisis no nos conduce a un despido masivo de funcionarios, trabajaré en la escuela pública el resto de mi vida, ya sea como profesora o en cualquier otra función. Y, como empleada de una de las mayores empresas del país, creo en mi trabajo. Creo en lo que hago. Creo que la escuela pública cumple una función que nunca, nunca, podrá cumplir el sector privado. Tengo tantas razones como niños y niñas hay matriculados en las distintas escuelas, pero así, a bote pronto, se me ocurren unas cuantas que considero indispensables. Que conste que soy consciente de que hay muchas situaciones distintas, que las escuelas concretas dependen mucho de la suma de sus partes y a veces esas partes no son todo lo buenas que deberían ser, pero permitidme que hable en teoría y mencione las virtudes de la escuela pública.
  • La escuela pública es integradora. No hay ratios que valgan, no hay porcentajes de niños y niñas venidos de otros países. Sé que muchos de los que estén leyendo esto dirán "ya, y eso es precisamente lo peor de la pública". No. Suele decirse que la escuela es un reflejo de la sociedad, una versión en pequeño de lo que pasa ahí fuera. Yo diría más: la escuela es el lugar donde la sociedad empieza a formarse. Si los niños y niñas locales se acostumbran a convivir con niños y niñas extranjeros, cuando, una vez adultos, les toque trabajar con alguien de fuera no se van a sorprender. No van a mirar raro a nadie por llevar turbante, no van a hacer comentarios del tipo "yo no soy racista, pero todos los moros son unos vagos". Esto no se consigue en un año, ni en una década, quizás ni siquiera en una generación, pero se conseguirá gracias a la escuela pública.
  • La escuela pública es coeducadora. Niños y niñas mezclados, recibiendo la misma educación, sin diferenciarles en absoluto (esto sí que es solo teoría, pero vamos acercándonos). No hay uniformes obligatorios que hagan a las niñas llevar faldas y a los niños corbata. Todos son iguales. Todos tienen las mismas oportunidades.
  • La escuela pública es de todos y todas, lo que significa que tanto vosotros y vosotras como yo decidimos su futuro a través de nuestro voto. Toda la ciudadanía paga el sueldo de las maestras, las directoras, las jefas de estudio; también pagamos los sueldos de las trabajadoras de los colegios concertados, por cierto, pero ahí nuestro voto no decide nada. Ellos y ellas deciden el currículum, contratan el personal a dedo y eligen (¡eligen!) al alumnado que entra. ¿Un diez por ciento de inmigración para cubrir el cupo? Estupendo, todos chinos, que son muy trabajadores y aprenden echando pipa; aleja de mí a esos moros, y los gitanos... Venga, nos inventamos algo para que no entren.
  • La escuela pública es gratuita. Es un derecho. Es un deber. Es algo que tomamos por supuesto y que poco a poco nos van quitando, con pequeños (y no tan pequeños) recortes cada vez. Primero aumentar el número de niños y niñas por clase, así reducimos profesorado; luego vamos cortando programas de distintos tipos, como el pago de libros de texto, hasta que las condiciones sean tan ridículas que nadie quiera tomar parte y se extinga porque "los padres no mostraban interés". Se nos ofrecen programas cuya responsabilidad cae exclusivamente en un profesorado que ya está hasta el cuello de trabajo (cobrando menos que antes), pero no se nos da nada a cambio del trabajo extra. Y encima se vende hacia el exterior la idea de que todo el profesorado está compuesto por una panda de vagos. Cómo no.
Podría seguir así hasta mañana, pero me temo que al final la lista se convertiría en una gran queja contra los ataques que está sufriendo la escuela pública, y no era esa mi intención. Mi intención es dejar claro que el noventa por ciento del profesorado que trabaja en la educación pública cree en lo que hace y se merece un respeto que no está recibiendo. Ya sé que estamos en crisis, ya sé que hay que cortar por algún sitio, pero ¿de verdad tiene que pagarlo el servicio más importante que se da a la sociedad? Hay un millón de cosas que se podían cortar antes (por ejemplo, la monarquía, o las subvenciones a la iglesia -un, dos, tres, responda otra vez-), nunca, nunca deberíamos tocar la escuela pública. El catetismo se hereda y es muy contagioso. No podemos dejar que se extienda.

Tuesday, February 21, 2012

21 de febrero

Me he levantado yo hoy con cuerpo extraño, y mira que eso es raro teniendo como he tenido un puente de cuatro días. No era sueño, no era malestar de estómago, no era migraña, no eran ninguno de los males comunes que me acechan de vez en cuando. Era una sensación extraña, como de que hoy era un día importante, pero sin que fuera nada urgente.

He seguido con mis rutinas. La primera hora del día es siempre para la escritura, sea laboral o festivo, y si pueden ser dos horas mejor (menos los domingos, que no sé por qué no consigo sentarme a escribir; será que el cerebro necesita recargar baterías). Después he preparado materiales para un curso que estoy dando y he bajado a comprar con todas las marujas del barrio antes de comer (de lo que la cajera del súper, muy atenta ella, se ha coscado: "uy, qué raro, moza, tú aquí por la mañana". Me encanta lo de moza. Ahora ya todo el mundo me llama señora). Tras leer un buen rato y coser otro tanto, que para algo estoy de fiesta y es el último día de asueto hasta Semana Santa, me he dado cuenta de que mi malestar continuaba. ¿Qué será, será?

Y entonces me ha venido a la cabeza un malestar similar de no hace mucho. Un malestar que se tradujo en un "se me olvida algo importante" cuando me metí en la cama y un grito a las cuatro de la mañana cuando me di cuenta de que me había olvidado del cumpleaños de una amiga. Tate, va a ser eso: se me olvida un cumpleaños, me he dicho.

Un cumpleaños, un cumpleaños... EL CUMPLEAÑOS. El único, verdadero y... único (sí, me repito) cumpleaños.



Mi Snape, mi Alan, la Voz, el Hombre. Happy birthday, Mr. Rickman.

Saturday, February 11, 2012

Poquito a poco


Las cosas están cambiando para todos y todas, menos mal. Poco a poco, pasito a pasito, pero esos pasitos cada vez se dan más rápido y llegan más lejos, y empiezan por donde tienen que empezar: los más pequeños.

Ayer llevé a clase una edición ilustrada que tengo en casa de "Un cuento de Navidad", de Dickens, por eso del 200 aniversario. En Navidad les puse la película de Disney, con el tío Gilito, el Pato Donald y compañía, así que más o menos conocen la historia, pero quería que entendieran que esa historia no tiene nada que ver con Mickey Mouse. Según les enseñaba los dibujos, les explicaba, en euskera, los puntos más importantes de la historia, para ver si se acordaban de lo que habíamos visto. "Y el primer espíritu le enseñó las Navidades pasadas, esas en las que era muy feliz y era muy querido, y tenía novia". Una niña -primero de primaria, seis años- miró el libro con curiosidad. "¿Tenía novia o novio? Porque los chicos también pueden tener novios". Yo le dije que por supuesto, que tenía toda la razón del mundo, pero que en este caso el señor Scrooge tenía novia. Nadie en clase se rió. Nadie puso un mal gesto. Nadie dijo "qué dices, loca". Completa y absoluta normalidad.

Me había pasado antes, cuando una niña me explicó algo sobre una tía suya ("bueno, no es mi tía, es la novia de mi tía, es que es lesbiana"), pero eran más mayores, estaban en sexto. Aquel día tampoco rió nadie, ni hubo miradas extrañas ni comentarios tontos. Lo vamos normalizando. Poco a poco. Esta semana, la Proposición 8 que prohibió el matrimonio homosexual en California ha sido declarada inconstitucional, y se han aprobado uniones del mismo sexo en Washington. Ya sé que está lejos, ya sé que debería darme igual, pero por desgracia el mundo mira a EEUU y le hace la ola, y si allí se aprueba, quizás se extienda. Me hace ilusión pensar que la historia de Alan y Mike es, esta semana, un poco menos ficción que cuando terminé el primer borrador hace un par de meses.

Poquito a poco, justicia e igualdad para todo el mundo. Pasito a paso.

Sunday, February 05, 2012

Gracias

Enciendo la tele (lo menos que puedo) y me enfurezco al ver anuncios de detergente en los que parece que la única preocupación de una mujer es que sus niños y su marido vayan con la ropa sin manchas. Frases como "el queso en lonchas hace los bocadillos más fáciles para mí y más sabrosos para ellos" me erizan los pelos, por no hablar ya de los anuncios de coches en los que la hombría parece medirse por el número de caballos que uno conduce. Veo gestos sexistas por todas partes, en las series de televisión, en los carteles de las calles, en el lenguaje de la gente (y en el mío, que es peor). Oigo comentarios como "pobre crío, es tan tranquilo y sensible que solo juega con las chicas, me tiene preocupada" que me asustan no sabéis bien cómo (¿no deberías preocuparte por los alcornoques que tienes en clase, no por el niño tranquilo?), y me paso el día prácticamente en tensión constante, hasta el punto de que he decidido no hablar del tema con nadie, ni mencionarlo siquiera, porque estoy harta de defenderme constantemente. Mi mayor problema es que me defiendo bien escribiendo, pero cuando me atacan verbalmente se me traban los argumentos y termino diciendo cosas que no pienso o que no puedo defender, así que, ya perdonaréis, me desahogo aquí.

Últimamente me ha dado por leer libros de no ficción, y, aunque tengo la casa llena de ellos, he empezado por los feministas. He hecho bien, porque me han dado la perspectiva que necesitaba: queda mucho por hacer, el feminismo tiene que seguir estando de moda, tenemos que seguir luchando y eliminando barreras... pero hemos avanzado una barbaridad. En apenas cien años se han logrado cosas que han cambiado la sociedad de cabo a rabo, quizás no tanto como las feministas de principios del siglo veinte hubieran querido, pero mucho. Son cambios lentos, no hay revoluciones y sí muchos parones y algún que otro paso atrás (¿habéis visto la nueva línea que Lego quiere sacar para las chicas?), pero estamos mejor que hace cien años, mejor que hace cuarenta años. Y se lo debemos a todas esas personas que lucharon por conseguir derechos tan mínimos como el control sobre nuestro propio cuerpo (ese que el "progre" de Gallardón nos quiere quitar otra vez), el derecho a voto, el derecho al control de nuestro salario; el derecho, al fin y al cabo, a ser seres libres y no las esclavas que éramos hasta principios del siglo veinte (y en España hasta hace dos días). Gracias a todas las mujeres que arriesgaron su forma de vida por darnos a nosotras otra mejor. Gracias a todos esos hombres que cedieron su poder a las mujeres y lucharon en su nombre. Gracias a todas aquellas personas que se dieron cuenta de que la mujer era mucho más que una posesión y algo bonito para adornar el brazo al salir de paseo.

Todavía queda trabajo por hacer, basado sobre todo en la educación, pero lo más gordo ya está hecho. Gracias. Gracias, gracias, gracias.