Creo que he convertido esta frase en mi insignia personal.
Imagino que Juan Ramón Jiménez la escribió pensando en las minorías elitistas, como una manera de diferenciarse de los que escribían para las masas, y durante años he pensado que es una de las frases más discriminatorias de la historia de la literatura. Sin embargo, según me voy haciendo mayor (ay, los años) me voy dando cuenta de que tenía más razón que un santo, aunque no por los motivos que él esgrimía.
Me he cansado de lo mismo de siempre. En música, en literatura, en arte, estoy harta de la cultura de masas, de ese aborregamiento al que nos tienen sometidos. Y ojo, que no digo yo que nos aborregue el sistema (que también), sino nosotros y nosotras mismas cuando vamos a la librería y cogemos el primer libro que nos da al ojo, ese que está separado de todos los demás porque alguien ha pagado una fortuna para alquilar sitio en la mesa, o el que tiene la portada más vistosa porque la editorial ha decidido invertir en él. No nos molestamos en ir más allá, en buscar algo diferente con que llenar la cabeza. Vemos la televisión dependiendo del horario que tengamos libre, tragándonos cualquier cosa que nos pongan después de la cena, porque bah, total, es solo tele (lo que se puede aprender de una serie bien hecha, madre, y no me refiero a cómo encontrar al asesino, sino cómo estructurar una historia o inferir información, entre otras muchas cosas). Con la música, ponemos Los 40 o Cadena 100 y luego nos quejamos de que siempre ponen lo mismo y de que hemos oído el Gangnam Style cinco veces de camino al trabajo. Pero no nos molestamos en buscar algo distinto. Falta de tiempo, supongo, comodidad. ¿Soy yo la única que piensa que nos falta balar?
No digo que lo indie, lo alternativo o la literatura de grupos minoritarios sea mejor que la de masas, pero al menos es algo distinto y te ayuda a ver el mundo desde otro punto de vista. Hay cosas buenas en lo que se hace para las masas (defenderé los libros de Harry Potter hasta el día de mi muerte), pero por lo general no juzgamos lo que consumimos en cultura por su calidad, sino por cuánta gente lo consume. Y yo la primera, si soy sincera. Huyo como de la peste de los libros que me anuncian que han vendido chorropocientas copias en un mes y voy siempre a la estantería del fondo, a los libros que nadie quiere, para ver si encuentro una joyita que llevarme a la boca (normalmente no, porque el noventa por ciento de lo que se publica, como dijo no sé quién, es muy, muy malo). Elijo las series que veo y solo veo lo que quiero, nada de poner la tele para quedarme dormida. Entre esas series hay muchas que son puro entretenimiento, y no seré yo quien juzgue qué le gusta a cada uno, pero hay una gran diferencia entre ver algo que te gusta porque te gusta o que algo que al principio odiabas termine gustándote porque no hay otra cosa y ya te has hecho a ello. No sé si me explico.
Lo malo de todo esto es que una se queda bastante sola en las conversaciones de sobremesa, porque ninguna de mis compañeras de trabajo ha leído a Toni Morrison pero todas han tenido entre las manos un ejemplar de 50 sombras de Grey (y la serie de Crepúsculo prefiero no mentarla por mi salud física y mental). Y cuando hablamos de música y les digo que a mí me gustan los Artic Monkeys y The Smiths (que tampoco es que sean los grupos más alternativos del mundo, precisamente), las miradas amables pero incomprensibles que me dedican me hacen plantearme si no sería mejor aprender a balar y dejarme de minorías. De hecho, ahora mismo estoy pensando seriamente en ponerme un disco de Katy Perry para ir a trabajar…

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