Mientras escribo esto, la nieve cae al otro lado de la ventana por quinto día consecutivo. Afuera es de noche, pero aún así se ven los copos, finos y puntiagudos, de esos que cuajan casi antes de tocar el suelo. Las aceras llevan blancas desde el viernes. Apenas se ha visto gente en la calle este fin de semana. El ayuntamiento ha colocado palas y sacos de sal por todas las esquinas. La ciudad hiberna.
Creo que nunca me ha gustado la nieve, ni cuando era pequeña. Sí, como a todo el mundo me gustaba verlo todo blanco, aunque ahora no tengo muy claro por qué a la gente le gusta tanto un paisaje monocromo que hace daño a los ojos hasta de noche, pero lo que es la nieve, el tacto, el frío, no me ha gustado nunca. Odiaba las bolas que acechaban tras cada esquina, esas bolas prietas que hacían más daño que una piedra, o los dedos helados si intentaba devolver el golpe, por muy gruesos que fueran mis guantes. De muy pequeña hacía ángeles en el parque como todos mis compañeros, pero la gracia pasó pronto, en cuanto tuve edad para darme cuenta de que llevar el pelo mojado todo el día no merecía el buen rato. Admito que disfruto como todo el mundo a la hora de pisar nieve virgen y que el crujir bajo las botas de la primera nevada tiene algo de exótico, pero a los cinco minutos de andar sobre nieve estoy ya helada, de mal humor, con las muescas de las botas tan llenas de nieve que patinan. Por no decir muerta de frío, y con la cara helada, y con dolor de pies, y agujetas en las piernas por el esfuerzo extra que supone andar sobre la nieve.
Mucha gente dice que la nieve les sugiere paz. Yo veo caos. En los niños, en la carretera, en señoras que se caen cruzando la acera porque todavía no han inventado un paso de cebra que no resbale. Veo nevar por la ventana con la taza de té y el gato en el regazo, el libro apartado un segundo para calcular cuánto más ha de caer, y entonces quizás sienta algo de ese silencio que dicen que trae la nieve, o huela ese aire puro que se supone que provoca. Pero dura poco. Dura lo que me cuesta recordar que tengo que salir a la carretera y que el viaje más sencillo es una trampa mortal si no vas con los cinco sentidos en la carretera, lo que me cuesta darme cuenta de cómo están los niños cuando nieva y de que tengo ciento veinte alumnos que van a estar poco menos que insoportables aunque no caiga un copo. Los niños huelen la nieve, igual que los perros el miedo. Llevan vaticinando la nevada una semana. Intentar dar clase así es poco menos que imposible.
Nieva afuera. No tiene aspecto de parar. Y yo solo puedo pensar en cuánto, cuantísimo, odio la nieve.

1 comentario:
Y yo loca de contenta por que ha nevado un poquito por Andalucía...pero la verdad, después de pasarme un rato en la calle hoy, puedo llegar a comprender lo que describes. Que frío hace, por favor.Y que resbalones...
Publicar un comentario