De lecturas veraniegas o confesiones lectoras.



En verano no se leen los mismos libros que se leen a lo largo del curso, o al menos yo no lo hago. El buen tiempo y el cuerpo festivo no me permiten concentrarme en lecturas que disfrutaría como una enana en invierno, cuando el temporal azota las ventanas y no te queda otra que quedarte en casa un domingo, con un té calentito al lado, los gatos en el regazo y ese tomo de buena literatura que te deja atada al sofá durante horas. La buena literatura (lo que quiera que eso signifique) es para disfrutarla despacio y con mucho tiempo de lectura; dos horas seguidas leyendo en silencio, sin más sonido que el de la lluvia afuera, los cinco sentidos puestos en lo que estás leyendo. Bajar el libro, pensar en una frase que acabas de leer y soltar un “ostrás” de admiración. Eso en verano no me sale. 
En verano leo libros que yo considero de encefalograma plano. Libros que, digámoslo abiertamente, me daría vergüenza que alguien me viera leer en público (benditos libros electrónicos, por qué no los habrán inventado antes). Tienen que ser lecturas que me permitan levantar la cabeza del libro, mirar a la cuadrilla de adolescentes que pavonean con las plumas bien extendidas al pasar delante de la terraza del bar, sonreír con nostalgia y volver a la lectura sin la sensación de haberme perdido nada; lecturas que me permitan hacer planes mientras leo (¿voy esta tarde a la piscina o llamo a las amigas?) o pensar en lo que me voy a poner de cena que esté rico y no engorde, y aún así poder seguir el hilo de lo que estoy leyendo. Lo mejor son las lecturas de playa, esas que puedes dejar a media frase para ir al chiringuito y luego retomar dos frases más adelante o más atrás como si no hubiera pasado nada. Eso no lo puedes hacer con algo profundo. 
Este verano llevo leídos una docena de libros, aunque la cifra es engañosa porque algunos tenían más de ochocientas páginas y deberían contar como dos. No todo ha sido lectura veraniega (los libros “fáciles” son como los chuches, llegas a empacharte), también he leído a Irene Nermirovsky, a Ana María Matute (¡por fin!) y hasta me dio por leer a Nietzche (lo empecé justo antes de que me dieran las vacaciones y después de los exámenes, cuando todavía estaba en modo empollón), pero el resto han sido tan de pasar el rato que no sería capaz de decir de qué iban. Ahora estoy con uno de Stephen King, a quien no había leído nunca y me está sorprendiendo porque, superventas o no, el tío sabe escribir (y enganchar; cómo si no iba a poder permitirse libros de mil páginas). Cuando lo acabe… Quién sabe. Ahí me esperan Ulysses en su versión original en inglés, Crimen y castigo, Guerra y paz, A tale of two cities y un librito pequeño con un cuento de Virginia Wolf, entre otros. También tengo toda la bibliografía de Stephen King en el libro electrónico, así que vaya usted a saber. 
Se va acercando septiembre, el tiempo en Vitoria es un asco y mis neuronas me piden ya platos finos. He hecho acopio de tés variados, tengo ya la manta preparada y, lo que es mejor, no tengo que preocuparme por las asignaturas de filología inglesa que vaya a coger este año. Sí, creo que cuando termine lo que estoy leyendo voy a coger, por fin, un libro físico y a sacarlo a pasear, o mejor, aprovechar los últimos días de asueto para poder encerrarme con él y dar buena cuenta de sus páginas. Aunque, como haga bueno, algún otro “chuche” caerá. Que Dostoievsky no mezcla bien con los grupitos de adolescentes disfrutando los últimos días de verano. 

1 comentario:

hippie pirata dijo...

Vaya fenómeno!
Estos libros que dices solo puedo leerlos en vacaciones, no todos por supuesto, y entonces me da por escribir.