Este fin de semana, como en estos lares nos han dado dos días extras de fiesta por el día de San José tengas o no tengas padre, me he ido a hacer el camino de Santiago. Salí el jueves por la mañanita, con la ropa justa por eso del peso, que ya se sabe que una debe llevar solo un diez por ciento de su peso corporal (en mi caso da para llevar el equipaje de varias personas, pero en fin), y una bolsa con avituallamiento por si me daba una pájara por el camino. Dejé atrás un tiempo muy malo, frío polar y un cielo nublado que no auguraba nada bueno, pero según me fui acercando a mi destino vi salir el sol. Elegí el camino de la costa, porque me gusta lo verde y porque, no os voy a engañar, sé qué ciudad viene después de cada una y corría menos peligro de perderme (que no me hagan nunca un examen de geografía, por favor, porque no tengo ni idea de las ciudades castellanas que hay de aquí a Santiago). A eso de las siete de la tarde, agotada y casi deshidratada (y con unas ganas locas de mear), llegué por fin a Santiago. Aparqué el coche en un parking, cogí mi maleta con ruedas y tiré para el hotelillo que había reservado hasta el domingo. Que digo yo, habiendo las carreteras que hay, ¿cómo es que la gente va andando? ¿Están todos locos?
Llegué, digo, a un hotelillo con mucho encanto, en el que me dieron a elegir hasta la habitación. Ese mismo día salí a localizar la catedral para ir a verla el viernes, y cuál no sería mi sorpresa cuando, a eso de las ocho de la tarde, me di cuenta de que todavía era de día. Ya había oído hablar de que anochece más tarde por estar más al oeste, pero coño, ¿una hora? Yo, feliz, me di una vuelta por el casco viejo, comí una tapa de salpicón de marisco y luego terminé cenando con caldo gallego y tarta Santiago (que no falte; me he puesto morada). No os voy a aburrir con todo lo que he comido porque ha sido mucho, pero creo que hasta he perdido peso por todo lo que he andado y lo sano que era todo el pescado que me he metido entre pecho y espalda. Y es que el camino da un hambre…
Al día siguiente fui a ver la catedral. Tan concentrada estaba en lo que me decía la audio guía que no me di ni cuenta de que afuera la luna se estaba poniendo entre la tierra y el sol y todo el mundo andaba con gafas de sol en la plaza del Obradoiro viendo el eclipse. Yo estaba traumatizada viendo a la gente abrazando al santo, que a punto estuve de llamar al de seguridad para decirle que estaban tocando la escultura, hombreporfavoresqueestosnosabenqueesonosetoca, hasta que la audioguía, muy maja ella, me explicó que era tradición y que habían tenido que cambiar el manto de plata porque estaba desgastado de tanto abrazo (y digo yo, que mejor desgastado que no desaparecido, porque en cualquier otro sitio se lo hubieran llevado). Vi el botafumeiro colgando (que me disculpen los gallegos y gallegas si lo he escrito mal), pero no ondeando porque no fui a misa, y pasé de ver las reliquias del santo por porque una es atea y me parecía una blasfemia. Eso sí, fui al museo vi todas las piedras y me fijé en que la mayoría de las piezas más importantes no estaban allí porque habían sido cedidas a otro museo. Qué mala suerte, hombre. Ley de Murphy.
De lo que sí he visto mucho este fin de semana ha sido peregrinos. Gente con mochila que no tenía cara de cansancio, sino que paseaban por ahí como si lo más normal del mundo fuera llevar un palo con punta en la mano y una enorme mochila a la espalda. Varios me preguntaron que dónde estaba la catedral, y yo, que me pierdo en Vitoria, no intenté siquiera guiarlos en la dirección aproximada y les dije a todos que era de fuera (me creyeron, ¿será el acento?). Hubo un momento en el que me dieron envidia y me planteé en serio lo de hacer el camino andando, pero entonces me di cuenta de que llevaba ya una hora de paseo y me fui a descansar con una caña y una tapa. Me da a mí que yo para eso no valgo.
La vuelta la he hecho igual que fui, pero en sentido contrario. Si llego a hacer caso al GPS todavía estaba en Palencia, pero he sido aventurera y he tratado de llegar a Vitoria yo solita sin ayuda, ahí, a la aventura (bueno, un ratito sí que he puesto el cacharro, lo suficiente para pillar la autovía del cantábrico, que andaba despistada). Porque, después de todo, ¿qué es el camino a Santiago (que no “de Santiago”) sino una aventura? La próxima vez, quién sabe, lo mismo voy por León y os sorprendo a todos. Solo una preguntita: ¿a Santiago se va por León? Digo, por si me dejo el GPS. No la vayamos a liar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario