Para ayudar a la creatividad

Uno de mis muchos proyectos cuando mi vida vuelva a una cierta normalidad es incluir en este blog algunos de los artículos que he encontrado en una revista americana que me gusta mucho, Writers' Digest. Como otro de mis proyectos consiste en tomar un curso de traducción, me ha dado por pensar que traducir alguno de los puntos claves de esos artículos podía servir de ayuda a alguno, a la vez que ayudarme a mí con cierta práctica.

Todas mis revistas están ya en Vitoria, así que no puedo empezar con ello (tampoco tendría tiempo), pero ojeando la página web, www.writersdigest.com, he encontrado una lista de ideas para escribir un poco todos los días que quizás os sean útiles para esos días que os apetece escribir pero no sabéis sobre qué. Así que allá van. Mando unos pocos, traducidos muy libremente, y os invito a usarlos para despertar el genio que todos tenéis dentro. Algunos son peores que otros, pero alguno os servirá. Y, por supuesto, si vuestro inglés es relativamente bueno, os invito a visitar la página y verlos en versión original. Hay cientos.

Estás en tu tienda favorita comprando un regalo para un amigo/a. Cuando el cajero te da las vueltas, te fijas en que uno de los billetes tiene garabateadas unas instrucciones muy específicas. ¿Qué dicen las instrucciones? ¿Las seguiste? ¿Cómo?

Tu amigo/a te pide que le prestes un par de CDs. Mientras rebuscas en tu colección, te encuentras con la vergüenza de tu colección, un CD que preferirías que nadie supiera que posees. No quieres que tu amigo sepa que te gusta ese disco, así que te inventas una excusa para tenerlo. ¿Cuál es tu excusa? Cuanto más disparatada, mejor.

Has inventado un nuevo refresco que no sólo tiene un sabor delicioso, sino que además te ayuda en tu capacidad para____________ (rellena el espacio). Escribe un anuncio para tu nuevo refresco.


Espero que os sirva de algo...

3 comentarios:

Ruth dijo...

Voy a dar ejemplo, hombre, a ver si se anima alguien más.


¿A quién se le ocurre cumplir años la víspera de Reyes? Sólo al capullo de Felipe, por supuesto. ¿Y a quién se le ocurre salir a comprarle un regalo el mismo día de su cumpleaños? Sólo al capullo de… mí. Soy así. Me encanta dejar las cosas para el último día. Pero esta vez me he pasado. Hay tanta gente en El Corte Inglés que no sé si me están pisando o me estoy pisando yo a mí mismo. La señora que me mete el codo hasta la garganta para coger “El Código DaVinci” de delante de mis morros huele a pachuli que echa para atrás. El niño que berrea porque su padre no quiere comprarle el muñequito de Harry Potter me ha pegado ya incontables patadas en la espinilla. Pero yo voy a lo mío. Concentración y a por la cartera de piel que he visto en Internet. Si no me diera tanto recelo comprar on line… Yo no estoy hecho para este siglo.
Odio comprarle regalos a Felipe porque es un pijo asqueroso, pero tengo que admitir que me encanta recibir regalos de él, así que habrá que invertir en él para que dé frutos en mayo, que es cuando yo cumplo años. El año pasado me cayó el i-pod que yo no me había atrevido a comprar por ser demasiado caro; el anterior, un equipo de música, y hace tres una tele para el piso nuevo. Es majo, Felipe. Es de ese tipo de gente que tiene dinero hasta dar asco pero sabe acordarse de los amigos y le gusta pagarse rondas porque puede. Le tienes rabia, claro, porque el tío está forrado, pero en el fondo se porta. A ver si hay suerte y me han puesto la cartera de piel en oferta. Que tenga un defectillo, no importa. Total… No la va a usar…
Llego a la sección de marroquinería. Hay docenas de carteras, todas de piel y todas pasando de los sesenta euros. Joder con la carterita, me va a salir la gracia cara. Aquí no hay tanta gente, se nota que la economía no está para tantas alegrías. Lo que más me jode es saber que en dos días va a estar a mitad de precio. ¿Y si le hago un vale y le compro el regalo entonces? No va a colar. Venga, a apechugar. Escojo la más barata –ochenta y tres euros, ¿de qué está hecha?, ¿de piel de tigre?-, me la pongo debajo del brazo y tiro para la caja, que tiene una cola que llega casi hasta la calle.
Habrá que armarse de paciencia. No es fácil.
Señora con los brazos llenos de ropa que me está metiendo la percha por el ojo, delante. Señora que no sabe guardar distancias y que se piensa que por acercarse mucho a mí la cola va a ir más rápida, detrás. Niño que berrea siendo arrastrado fuera de los grandes almacenes, a dos pasos. Señor con mirada ausente que no tiene muy claro en qué piso se ha dejado a la mujer, al pie de las escaleras mecánicas.
Mi turno.
-¿En efectivo o tarjeta?
Saco el billete de cien euros y la chiquita me lo quita de las manos antes de que me dé tiempo a arrepentirme. Me da las vueltas –lo justo para un café y una coca cola, qué triste, en qué se ha quedado mi bello billete- y empieza a hablar con la señora de detrás de mí antes de que yo me haya quitado de en medio. Me pongo a guardar los billetes en la cartera y me fijo que el billete de diez euros está todo pintarrajeado. Me doy la vuelta, dispuesto a protestar para que me lo cambien –a ver si me van a poner pegas en el bar-, y entonces me doy cuenta de que tiene mi nombre escrito. Y mi apellido.
“Manuel Molina: sal por salida calle Paz. Cruza calle sin mirar atrás. Coge sobre grande papelera. Tira en papelera frente a Zara”.
Una señora del tamaño de una ballena pequeña me pega un empujón que me saca de mi estupor. Releo el billete una, dos, tres veces, y miro a mi alrededor. La chiquita que me ha cobrado no me hace el menor caso, si es una broma y está compinchada con mis amiguetes, la verdad es que lo hace muy bien. No hay ninguna cara conocida cerca. Siento un escalofrío un poco tonto. Me río. Seguro que es la cuadrilla tomándome el pelo.
Decido que me hace gracia y voy a seguir la broma. Salgo por la puerta que me indica el billete y siento que me pica el cuello de las ganas que tengo de mirar hacia atrás, pero no lo hago. Cruzo la calle y me dirijo a la papelera más cercana. En efecto, un sobre marrón y enorme me está esperando. Lo cojo. Parece lleno de papeles. Le doy la vuelta para abrirlo, sin pensar siquiera que eso no es parte de las instrucciones, pero está lacrado con cera, como las cartas de la edad media, y la imagen de unos ojos con pupila rasgada me desconcierta ligeramente. ¿Seré gilipollas? Seguro que es la pandilla tomándome el pelo, pero prefiero no abrirlo. Sigamos con la broma hasta el final, a ver cómo acaba.
Cruzo la calle, giro a la izquierda, me meto por otra calle y me planto delante de Zara. Ahí está la papelera. Miro a mi alrededor: hay cientos de personas, cualquier conocido mío puede estar escondido entre la muchedumbre. Bah, qué tontería. No sé ni por qué me he puesto a jugar a esto. Es una chorrada, seguro, no sé por qué me tiemblan las manos. Tiro el sobre a la papelera. Espero a que Felipe y Ramón aparezcan por algún sitio, muertos de la risa. Pero no lo hacen.
Cinco coches de la policía nacional aparecen de la nada y diez policías uniformados se bajan y me apuntan con sendas pistolas. Yo me tiro al suelo, pensando que hay algún terrorista suelto por la zona y que yo estoy en la zona de tiro. Me tapo la cabeza con las manos. Joder, por qué todo me pasa a mí. Un megáfono dice mi nombre. ¿Mi nombre? Levanto la cabeza lo justo para poder ver al poli más cercano con el embudo en la boca. Creo que me he meado.
-Manuel Molina, queda usted detenido por terrorismo internacional.
Empiezo a pensar que no es una broma.
Creo que me he cagado.

Anónimo dijo...

Muy bueno, Ruth.
Tanto la iniciativa como el relato. Lo cierto es que las situaciones planteadas dan para mucho. La que has escogido así lo demuestra. ¿Cómo acabará el asunto? Publícalo en el blog, lleva camino de convertirse en una buena historia... porque continuará, ¿no?
Echaré un ojo al writer's digest, es una revista que siempre me ha llamado la atención. En los EEUU se vende bastante, ¿no?

Un abrazo.

Dani González dijo...

CON JOSE,
Publicalo en el blog...
Espero una continuación...

Un cordial saludo