La sombra

No entraba ni un rayo de luna por la ventana con las persianas bajadas y las cortinas firmemente cerradas. Ana tanteó en la oscuridad de la habitación, buscando desesperadamente el interruptor de la luz. Su mano tropezó con la cama, los pies, a juzgar por la forma en la que el edredón estaba entremetido bajo el colchón; si seguía el contorno de la cama, llegaría hasta la mesita de noche y sólo tendría que encontrar el cordón de la lámpara para iluminarse. Un acto mucho más fácil de planear que de ser llevado a cabo.
Tomó aire y se tragó las lágrimas que inundaban su cara. La mano derecha en la herida del costado y la izquierda sujetando el esqueleto de la cama, Ana se arrastró por el suelo hasta donde ella creía que estaba la luz. Cada movimiento arrancaba de su boca un gemido de dolor que ella trataba de ahogar mordiéndose los labios; no quería llamar la atención de la sombra que había irrumpido la tranquilidad de su casa y todavía podía estar acechando al amparo de la oscuridad. ¿La había oído marcharse? Quizás hubiera perdido el conocimiento unos segundos, los suficientes para que la sombra tuviera tiempo de huir, salir de su casa, dejarles en paz. Ana se arrastró unos centímetros más y sintió que su costado se abría con un leve crujido de carne rajada. Tenía que llegar a la luz y encontrar su teléfono. Necesitaba pedir ayuda.
Le costó dos interminables minutos recorrer los escasos metros que la separaban de la mesilla de noche. Sin soltarse de la cama, temiendo que si dejaba su soporte se hundiría sin remedio y no podría volver a alzarse, Ana buscó el cable de la lámpara y lo siguió hasta encontrar el interruptor. Lo accionó. Nada. La oscuridad siguió siendo inexpugnable.
Temblando de pies a cabeza, Ana deslizó su mano por el cable de nuevo, rogando que estuviera desenchufado, rogando que la solución fuera tan sencilla como aquella. Pero, por supuesto, no lo era. La sombra había cortado la luz de toda la casa y Ana no podía encontrar el teléfono móvil que le había arrancado de las manos y lanzado a través de la habitación. Soltó un gemido mezcla de dolor y llanto. Una risa débil, tan cercana que sintió su aliento, la sobresaltó.
-¿Qué vas a hacer ahora, Anita?
No había motivos para ahogar su llanto. Gimiendo, enloquecida de miedo y de dolor, Ana se arrastró por el suelo de la habitación, tratando de ignorar la humedad cálida que sentía bajo sus dedos al pasar las manos por el suelo, al restregarse por todos los rincones de la estancia buscando un teléfono que podía ser inservible, que podía estar roto o en manos de la sombra. La risa no cesaba. Era débil, sutil, irreverente. Ana sintió furia mezclada con su terror. Si no hubiera estado tan segura de desmayarse por el esfuerzo, se habría tirado a ella y le habría sacado los ojos con sus propias manos. En su situación, su única esperanza era encontrar su teléfono. Su mano dio con algo cálido y su llanto se recrudeció. Miguel.
-Ya le has encontrado. ¿Era eso lo que buscabas? ¿A tu amado esposo?
Ana acarició la mano que aún tenía pulso, subió por el brazo, rozó el hombro y llegó a su cara. Tenía los ojos cerrados. Aún respiraba, aunque muy débilmente. Ana acercó la cara a la suya. Una carcajada cargada de furia llegó hasta ella.
-¡Qué bonito! ¡Qué tierno! Se me caen las lágrimas de la emoción. ¿Todavía le quieres? ¿Después de todo lo que te he demostrado esta noche?
Ana no contestó. Había perdido demasiada sangre. Se sentía débil, a punto de desmayarse, y una parte de ella insistía en que era mejor dejarse llevar, acabar con todo, rendirse. La voz de la sombra le llegaba desde muy lejos.
-Te creía distinta, Ana. Miguel hablaba tan bien de ti que te imaginaba otro tipo de mujer, más fuerte. La Ana que yo había imaginado nunca se arrastraría hacia su marido después de todo lo que ha pasado esta noche. No, la Ana que yo imaginaba le dejaría morir, porque es lo que se merece. ¿No te parece? ¿No crees que se merece morir?
-No –se oyó decir, sorprendiéndose a sí misma al darse cuenta de que aún podía hablar-. Sólo ha cometido un error. Nadie merece morir por eso.
La carcajada fue hiriente. Ana sintió su conciencia alejándose de ella.
-¿Un error? ¿Lo llamas error? Qué buena eres, Ana, te admiro. Mira, en eso tenía razón Miguel. No debe haber nadie tan bueno como tú sobre la faz de la tierra.
Su parte más fuerte, aquella que pensaba que la había abandonado, tomo control de su ser una vez más y Ana pudo oír los pasos de la sombra acercándose hacia ella. Ni siquiera veía su contorno, tan profunda era la oscuridad, pero podía sentir su presencia, su calor. Su ira.
-Miguel tenía unos ojos muy bonitos. Creo que es lo primero que me gustó de él.
El cuerpo de Miguel se sacudió bajo la patada de la sombra. Ana le abrazó, llorando, sintiendo cómo su respiración se iba debilitando cada vez más. Necesitaba su teléfono, pero ya no tenía fuerzas para buscarlo. Miguel iba a morir primero, y después lo haría ella, escuchando la voz de la sombra hablar en pasado de su marido.
-Cuando tomábamos café juntos sólo hablaba de ti. Al principio, claro, porque luego, cuando empezó lo nuestro, ya no te mencionaba. Se sentía culpable, supongo, engañándote. Yo también me hubiera sentido culpable, pero habría sido sincera. Yo te habría contado que estaba teniendo un lío con mi secretaria. Te habría dicho que quería dejarte, que me iba a ir con ella. Él no fue valiente. Su sentido de culpabilidad pudo más que él y al final se echó atrás.
-Nunca pretendió dejarme –susurró Ana, sin importarle si la sombra la oía o no-. Mi marido nunca dejó de quererme.
-Sí, creo que ese fue el problema. Yo le dije que tenía que elegir, tú o yo. Y él eligió mal. Tonto.
Otra patada, pero esta vez falló y golpeó también la mano de Ana, que abrazaba a Miguel con las pocas fuerzas que le quedaban. Ana se sentía al borde de la pérdida de conciencia. Un zumbido lejano empezó a inundar sus oídos.
-Se lo advertí. Le dije, “yo no puedo ser la otra, Miguel, yo tengo que ser la primera. No soy segundo plato de nadie, si quieres seguir conmigo tendrás que dejar a Ana”. Y él me contestó que entonces no podría seguir conmigo. Fue un cobarde. Pero pensaba que tú eras lista y que te ibas a dar cuenta de qué pasta estaba hecho. Ahí me equivoqué yo. Nunca pensé que te pondrías entre él y la pistola para salvarle la vida.
-Es mi marido… Le quiero…
-Yo también. Le quise, supongo, porque sólo se puede querer a alguien hasta que dejan de serte fieles. ¿No? ¿No te pasa a ti?
El zumbido iba creciendo, y Ana se dio cuenta de que no estaba dentro de su cabeza. Era la alarma de un coche de policía. Los vecinos debían haber oído el disparo.
-No vas a morir, Ana, tu vida nunca estuvo en peligro –Otra patada hizo temblar el cuerpo de Miguel, que ya no respiraba-. La suya sí, por cobarde, pero tú no tienes la culpa de que tu marido no sea digno de ti. Ni de mí.
Un chasquido de metal sobre metal cortó el aire, y Ana, sin saber por qué, hundió la cabeza en el cuello inerte de Miguel, apartando la cara de una imagen que no podía ver. La explosión de la pistola retumbó en la estancia vacía. Ana perdió el conocimiento.
La policía siguió el ruido del disparo y encontró tres cuerpos, un hombre y dos mujeres. Él tenía una bala en el corazón, una de las mujeres un disparo en el costado y la otra se había volado los sesos. Un agente se agachó junto al cuerpo de la mujer que abrazaba al hombre.
-Está viva. Llama a una ambulancia.

3 comentarios:

nacho dijo...

Gracias por visitar... desde el norte de México te leo. Espero que te haya gustado el cuento A la espera del Carlomagno. Recién leo algunos de tus relatos, me gustó mucho El Hipocondríaco, La sombra me dejó frío... je...
Por otra parte, te digo que no debes preocuparte por ser leída por "miles". "Miles" no es nada. Si hay algo de lo que escribimos que merezca ser publicado, se publicará aunque nosotros no deseemos hacerlo...

un abrazo.. luego vuelvo.

nacho mondaca.

CAROLINA MENESES COLUMBIÉ dijo...

Has creado un muy buen clima en tu historia.

Un abrazo

Anónimo dijo...

Por circunstancias ajenas a mi vountad, como dicen en la tele, hacía tiempo que no podía visitarte. Hoy por fin lo he hecho y me he llevado una grata sorpresa con tu relato. Me han encantado los diálogos, muy reales. La historia engancha desde el principio y , a pesar del 'trágico' final, te deja un buen sabor de boca.
Felicidades, Ruth.

Un saludo.