Parece que este mes va de recorrer el camino ya andado.
Me han llamado para una nueva sustitución, esta vez en un primero de primaria (qué pequeños me parecen comparados con los gigantones de la ESO, madre). El viernes me dijeron el nombre del colegio y a mí casi se me cae el móvil de la impresión: estudié en la ikastola que está justo frente a él. "¿Sabes cómo llegar?", me preguntó la funcionaria que tan amablemente me aseguraba dos semanas más de paga. Sí, bastante bien. Tengo que hacer el camino que me aprendí de memoria hasta los trece años, pero girando a la izquierda en lugar de a la derecha.
Puedo ver mis antiguas clases por la ventana, aunque no consigo distinguir si hay gente dentro porque una hilera de frondosos árboles me tapa la vista. Cuando yo estudiaba, estos árboles eran apenas unos esmirriandos palotes que se doblaban con el viento y necesitaban una barra para sostenerse; ahora sirven de escudo visual entre las dos escuelas, cosa bastante poética porqure nunca se han llevado demasiado bien. El colegio en el que trabajo ahora era lo que antes se llamaba un colegio nacional, una escuela pública con un férreo modelo A del que los niños salían sin saber saludar siquiera en euskera y, peor, sin querer aprender a hacerlo. Mi ikastola comenzó siendo privada, hasta que el Gobierno Vasco las publificó todas y convirtió el euskera en un derecho de todos. Nunca nos mezclábamos. No hacíamos actividades juntos. Por no tener, creo que no teníamos ni el mismo horario. Nosotros les llamábamos "los nazis", por eso de ser un colegio nacional -o esa era nuestra excusa-, y ellos a nosotros "los etarras", por razones que a ellos les parecerían obvias pero a nosotros no tanto. Nunca tuve amigos de ese colegio (¿o debería decir "este", ahora que también es un poco mío?), claro que yo no era del barrio y el autobús me recogía directamente de la puerta de la ikastola para llevarme a mi casa; pero tampoco conocí a nadie que tuviera amigos de aquí/allí. Hasta la fachada, de un gris envejecido que contrastaba con el naranja nuevecito de nuestro edificio, nos resultaba poco amistosa. No nos hacían falta árboles para separarnos entonces.
Las cosas han cambiado, gracias a quien haya que dárselas. La ikastola ha tenido que ser ampliada; el barrio ha crecido una barbaridad y el centro tiene cierto buen nombre en la zona, aunque hay dos o tres ikastolas más a apenas unas manzanas de aquí. El colegio, sin embargo, tiene el mismo tamaño de hace veinte años y ahora la mayoría de los grupos son de modelo B, ya saben saludar -y algo más- en euskera. Supongo que aquellos niños que nunca aprendieron euskera son los padres de los que hoy cruzan el enorme parque que separa el barrio del resto de la ciudad, embutiditos en sus primorosos uniformes de escuela privada. Claro. El colegio ya no es lo que era. Hacen falta más que árboles para separarlos ahora. Menos mal.
Me pregunto si los niños de uno y otro centro se juntarán a jugar en el parque. Al menos ahora se pueden entender.
5 comentarios:
Joder (perdón), tu post encierra todo un análisis sociológico en sí mismo.
A reflexionar toca...
Un saludo.
No comprendo el problema. Nunca he entendido la diferencia entre una Ikastola y una escuela.
En Euskadi hay opción de estudiar solo en castellano?
Y si es así... Por qué?... Aparte, claro está, de la gente de paso.
No es por meter cizaña, pero creo que el modelo catalán es mejor. Todos los niños aprenden en catalán desde pequeños y se respeta al castellano como la otra lengua oficial que es. Esto tiene la ventaja que la lengua propia del país, el catalán, no es un instrumento de división sino un instrumento de unión.
Complicado.
Besos y suerte en tu nueva etapa
Sí, Pau, hay opción de estudiar sólo en castellano, por más que te sorprenda. En los modelos A (son una minoría, pero todavía los hay), el euskera se da como asignatura tres horas a la semana, con lo que se sale sin saber ni una palabra.
Lo de la diferencia entre ikastola y escuela, cada vez es más difusa. En sus comienzos, las ikastolas eran privadas y tenían una carga política y cultural muy grande; acababa de morir Franco, o estaba en las últimas -la mía abrió sus puertas en el 75- y dar euskera era todo un atrevimiento. Ahora no hay mucha diferencia entre una ikastola y un colegio en modelo D (todo en euskera); de hecho (y espero no meter la pata, porque no estoy nada segura de lo que voy a decir), ahora simplemente se llama ikastola a aquellos colegios que lo dan todo en euskera.
Tanhäuser, estoy completamente de acuerdo contigo. Aquí, lo único que se está consiguiendo con el modelo A es crear guetos de inmigrantes y gitanos, en lugar de integrarlos a todos. Los padres "blancos" que quieren que sus hijos no aprendan euskera -el por qué de este deseo es algo que no entenderé en la vida-, llevan a sus hijos a colegios concertados, no a públicos, y se quejan de que los modelos en euskera estén tomando protagonismo en la educación.
El lunes empiezo en una ikastola donde el setenta por ciento de los alumnos es inmigrante porque, simplemente, en el barrio no había otra opción. Están todos mezclados en las clases y jamás he oído de problemas de racismo allí.
Curioso dato entre los dos colegios de los que hablaba el post: ahora la ikastola invita a los del colegio a sus obras teatrales. O sea que sí, ya juegan juntos. Y los profesores no terminan a tortas cuando acaba la función, como pasaba en mi época.
Estoy sorprendido. No puedo más que decir eso.
Se está sembrando la futura crispación, como si no fuera suficiente la que hay ahora.
Y claro... en Catalunya el PP también desearía que se enseñara en el idioma que cada uno prefiera, pero nadie le hace caso, ni siquiera se discute.
Un abrazo.
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