Obsesion



Le encontró por casualidad, en una de esas películas que no son buenas pero sí taquilleras, un domingo por la tarde en el que hubiera podido tragarse cualquier bodrio. Su personaje destacaba sobre los demás -malo, perverso, odioso-, pero no por mérito del guión, sino gracias al actor que le encarnaba. Su manera de andar, de moverse, esa mirada... Se sorprendió a sí misma siguiendo la acción de la película, absorbiendo cada escena en la que salía él y desechando el resto, impaciente por ver al alma de la película. ¿De dónde había salido aquel actor? ¿Cómo era posible no haberle visto antes, si ya tenía que tener más de cincuenta?
La segunda vez que le vio también fue por casualidad. Había ido al cine a ver una de miedo y se lo encontró de bueno esta vez; su angustia era tan real que ella quería cruzar la pantalla, abrazarle, consolarle. ¿Por qué tienen que pasarle cosas tan malas a este hombre que, salta a la vista, no se merece sufrir? Salió del cine con el corazón en un puño, furiosa con el asesino que le había robado más que la vida, y se supo capaz de matar por vengar su dolor, el de él. No, no podía ser fingido, una angustia así no se puede fingir. Aquel hombre era real. Su dolor era real.
Y entonces empezó a buscarle. Investigó en Internet y consiguió todas sus películas en orden inverso; primero las más recientes y después las de sus comienzos. Con cada fotograma, cada imagen, cada fotografía rescatada de números antiguos de revistas a las que ella jamás había prestado atención, se iba enganchando a él un poco más, sin darse cuenta de que el objeto de su obsesión cada vez tenía menos años en su mente, cada vez retrocedía más en el tiempo, cuando el de verdad estaba cerca de cumplir los sesenta. Encontró la página de su club de fans y consiguió hasta su dirección. Obvió el hecho de que estuviera casado. No quería nada con él, sólo adorarle, admirarle. Tenía que ir a buscarle.
Y lo hizo. Aprovechó un puente largo para plantarse en Inglaterra y se aposentó frente a la puerta de la que ella sabía era su casa, sin pasar siquiera por el hotel, aterrada de que un momento de descanso pudiera significar perderse su salida. Eran las cinco de la mañana; el frío era tan intenso que no sentía la cara, las manos se le habían helado dentro de los guantes de piel, pero ella no se movió. Al fin, a las ocho, la puerta se abrió y un labrador canela apareció tirando de un hombre mayor que su propio padre. El hombre se subió el cuello de un jersey marrón, se ajustó las gafas y echó a andar hacia donde ella estaba sentada, sin verla. El perro se le acercó, juguetón, y apoyó sus patas en sus rodillas. El hombre pegó un tirón de la correa y le pidió perdón. Ella vio sus ojos, esos ojos que tantas veces había observado en la pantalla, y sintió un tirón en el estómago; pero luego se fijó en las ojeras bajo ellos, en las mejillas caídas, en las arrugas que inundaban todo su rostro, y supo que no era él. Se había equivocado de casa. El club de fans tenía una dirección errónea.
Volvió a su ciudad en el vuelo siguiente. Y siguió buscando.
Aún lo hace.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno, hace muuuuuchos años yo pensé en hacer un viaje para conocer a una actriz!
Viste esto?

http://www.youtube.com/watch?v=mKcizdpAAU8

AdR dijo...

yo tuve la suerte de estrecharle la mano a uno de mis ídolos, musicales esta vez, Brian May. Me dije, antes de que me firme el disco le tengo que estrechar la mano con la que toca la guitarra, tengo que hacerlo... que igual luego es la misma mano con la que come y con la que hace cosas más indecorosas si cabe... vamos, que al fin y al cabo todos somos iguales, pero eso sí... la obsesión no es nada bueno :)

Ruth dijo...

¡Qué me has hecho, Cosaco! Ahora no puedo hacer otra cosa que buscar vídeos de mi Alan en internet... El personaje del relato era un 80 por ciento ficción, pero cada vez empiezo a parecerme más a ella (aunque yo siempre tengo en cuenta que MI Alan tiene los 61 cumplidos, lo que le hace aún más interesante porque demuestra ser un actor de verdad, no un yogurín con fecha de caducidad a la primera arruga).
No, Adr, las obsesiones no son buenas, aunque sí la ilusión de encontrarte con alguien cuyo trabajo te gusta mucho. A mí también me encantaría darle la mano a mi Alan...

Anónimo dijo...

Yo a veces me obsesiono con no ser obsesivo. jijiji

pd: behold the metatron!!

http://www.youtube.com/watch?v=Q_1old1orj0

Maritornes dijo...

Yo siempre he dicho que sería capaz de hablar un perfecto inglés en un tiempo récord si Alan Rickman fuera mi profesor. No he encontrado otra voz como la suya en ningún lugar del mundo. Es que me deja literalmente petrificada.
Yo tuve a mi obsesión particular a 5 metros de mí, curiosamente en Vitoria, además, y no fui capaz de decirle absolutamente nada porque me aterrorizaba la idea de que no me hiciera ni puñetero caso o me soltara una bordería. Creo que fue una decisión acertada: ahora puedo seguir soñando.
Besos.

Ruth dijo...

Maritormes, ya te digo, es oirle hablar y me tiemblan las rodillas. Cómo estropean los doblajes una película, al menos si él está en ella. Por cierto, ¿un personaje en Vitoria? Qué curiosidad. A mí me dio por seguir a los jugadores de baloncesto una temporada, hasta que me di cuenta de que alguno me miraba con cara de susto y me sentí un poco acosadora...
Cosaco, gracias por los links. Hasta hace poco -hasta que empezaron a hacer las pelis de Harry Potter, para qué nos vamos a engañar-, Alan me había pasado completamente desapercibido, y me deja de piedra darme cuenta de todas las pelis que he visto en las que sale él. Dogma es una de ellas, y me acordaba de su personaje, pero ni por el forro que fuera él. Qué risa, por dios...
Hala, voy a obsesionarme un poco más.

Maritornes dijo...

Jajajja, Ruth, lo de los jugadores de baloncesto es "tipical gasteiztarra". En fin, mi obsesión se llama Mariza, la cantante de fado. Acudí a un concierto suyo hace poco, tres o cuatro meses. Estaba yo con mi vinito en ristre en la puerta del bar que hay justo enfrente del teatro Principal, cuando hete aquí que sale y se me queda plantada delante de mis cobardes narices. Hasta su mirada se cruzó con la mía (por casualidad, claro). Luego llegaron los fans pesados a pedirle autógrafos y yo, en mi profundo esnobismo, me dije que no quería ser como ellos. Total, que la seguí un ratito por la calle Dato en la escena más surrealista que he vivido en mi vida. Mariza en la calle Dato. Dejé que se alejara. (Suspirito).