Yo debía ser una enana, porque recuerdo a mi tío enorme y hoy en día es sólo un poco más alto que yo. No sé por qué le acompañé, debió ser uno de esos días en los que quiso actuar de padrino y me llevó con él a hacer algún papeleo y a fardar de sobrina, porque aquí donde me veis yo era muy mona y muy formal. Por aquel entonces le tenía por erudito, por un hombre sabio que sabía un poco de todo y era capaz de tener conversaciones interesantísimas sobre cualquier tema. Luego me enteré de que eso se debía a que había empezado tres o cuatro carreras (todas de letras, o de humanidades, que se diría ahora) aunque nunca había conseguido terminar ninguna. Personalmente creo que es un filósofo frustrado.
La señorita de la ventanilla le pidió que firmara un papel. Él cogió el bolígrafo y le preguntó si la firma tenía que ser inteligible. Ella dijo que no importaba, y él firmó con su garabato de siempre. Y en ese momento yo aprendí que inteligible e ilegible no eran sinónimos, como yo creía, sino que significaban justamente lo contrario. De ahí lo de ininteligible, me dije. Es el único momento de mi vida que me recuerdo aprendiendo algo.
Hoy he visto la palabra unleserlich en alemán, ilegilbe, y me he acordado de mi tío. Curioso, como funciona el cerebro. Y curioso, también, que un momento de hace al menos 25 años esté tan grabado a fuego en mi memoria.
No hay comentarios:
Publicar un comentario