-Buenos días, padre.
-Buenos días, hija, pero se dice Ave María Purísima.
-Ah, bueno, perdón. Ave María Purísima. Hace mucho que no me confieso.
-¿Cuánto?
-Treinta y cuatro años.
-Coño... Perdón. Virgen santa. ¿Y qué te trae hasta aquí hoy, hija?
-Pues es que tenía algo en mente y me he dicho "tira para la iglesia, que sale más barato que el psicólogo". Y aquí estoy.
-¿Y qué es eso que tienes en mente, hija?
-Oiga, no irá a meterme mano, ¿verdad?
-No, hija, no, me gustan más jóvenes.
-Coño, padre, mire que es usted guarro.
-Era una broma.
-Sí, claro. Pues verá, padre, es que creo que soy adicta.
-¿Adicta? ¿A qué? Coca, hachís, heroína...
-No, nada de eso. A los libros, me temo.
-¿Perdón?
-Soy adicta a los libros.
-Pero eso no es una adicción. Eso es... bueno, diría yo.
-Leer es bueno, padre, comprar libros compulsivamente no.
-Entonces eres adicta a las compras, no a los libros.
-No. Soy adicta a los libros. Me gusta su tacto, su olor, me gusta que sean míos, me gusta que se queden en mi casa una vez que los he leído. Soy adicta a los libros.
-Sigo sin ver el problema.
-El problema, padre, es que tengo unos diez libros en casa por leer, pero llevo semanas luchando contra la necesidad imperiosa de atacar una librería y comprar todo lo que pille en edición de bolsillo (que no está la economía para bromas). Y lo peor no es eso...
-Vale, voy a picar. ¿Qué es lo peor?
-El tipo de libros que quiero comprar.
-¿Eróticos? ¿Pornográficos?
-Siempre pensando en lo mismo, ¿eh, padre? No, lo mío es más grave. Quiero comprar libros de Christopher Moore y Marian Keyes, o semejantes. Quiero comprar libros de encefalograma plano, de esos que puedes leer pensando en lo que vas a comer al día siguiente. Verá, yo es que soy un poco gafapasta, y este súbito arrebato supone un problema para mi reputación.
-¿Qué sueles leer normalmente? ¿Qué libros tienes ahora en casa?
-La trilogía de Nueva York, La soledad de los números primos, The Road, On the road, alguno de Dickens... Esos en inglés. Y luego tengo alguno de novela negra en castellano, y El diario de Ana Frank, y alguno más que ahora no recuerdo.
-Claro. Ese es tu problema.
-¿Cuál?
-Que el cuerpo te está pidiendo carbohidratos.
-Perdone, padre, pero estamos hablando de libros.
-Ya. Pero eres como una vegetariana estricta, que sólo lee lo que se supone que hay que leer. Te hace falta un poco de diversión, un buen trozo de pan con chocolate, un batido de fresas con nata. Aligera la cabeza, mujer.
-¿Qué diría James Joyce de todo esto?
-No lo sé, pero seguro que no le entenderíamos.
-También es verdad. O sea, ¿que lo mío no es pecado?
-No hay ningún mandamiento en contra de la gula literaria. Creo que estás a salvo del fuego del infierno.
-Bah, tampoco es que me importe mucho, porque yo soy atea.
-Jodía, digo... blasfema. Voy a empezar a cobrar por dar la confesión.
-Pues se iba a quedar usted solo, padre. ¿Ha visto cómo está la iglesia? Si hay eco.
-¿No habrás visto a ningún niño de ocho a once años por ahí?
-¡Padre!
-Es broma. Reza diez avemarías y un padre nuestro.
-Pero si me ha dicho que no era pecado...
-Perdona, hija, la costumbre. Puedes ir en paz.
5 comentarios:
para empezar, es que me encantaría interpretar esto en algún escenario, ¡Qué texto más divertido!
Para continuar, creo que yo también padezco de gula literaria. Y de necesidad de carbohidratos!! De hecho, estoy leyendo a Philippa Gregory y ayer tuve en mis manos el último de Marian Keyes (que no suele gustarme, así como adoro a Josie Lloyd y Emlyn Rees, por poner un ejemplo) y estuve tentado a comprarlo.
NO puedo evitarlo. Me pierde el pastel de zanahoria.
Algún dñia mis gafas de pasta se romperán y yo me quedaré solo en mi casa.
Pos yo creo que, además de retratar la actualidad católico-apostólica-pederasta en clave de humor, me da a mí que este tipo de cura no existe, y que, además, aunque sobrevalores un pelín sus funciones de psicólogo, en realidad es algo completamente cierto. Está claro que a lo largo de la Historia ese ha sido uno de los papeles fundamentales de la confesión.
A las pruebas me remito: así está el mundo...
Uno de estos días me pasaré por ahí y te pido "prestados" unos cuantos. Así te quito un punto de adicción.
Je je je
Se me olvidó comentar una cosa:
-¿Qué diría James Joyce de todo esto?
-No lo sé, pero seguro que no le entenderíamos.
Como diría un pirata:
Aye Aye Aye...
Lo que me he podido reír al leer eso.
Cuánta verdad encierran esas dos frases.
(Y cómo odio el Ulises)
Por cierto, ¿dónde te metes? Te echamos de menos!
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