Me da la sensación de que en épocas pasadas hubo más genios en literatura que en la época que nos ocupa. O puede que sea que sufro de vista cansada y soy de esas que no puede ver el genio más que cuando se aleja, ya sea en el tiempo o la distancia. Pienso en el por qué, y se me ocurre una opción que va a sonar escandalosa: la universalización de la educación.
Antes sólo sabían escribir unos pocos, y esos pocos, además, solían tener los medios para dedicarse a ello sin preocuparse de poner comida en el plato. También nacían rodeados de libros y de gente culta con conversaciones inteligentes y filosóficas que nunca arreglarían los males del mundo, pero tampoco les hacía falta. Había genios en las clases bajas, claro que sí, pero sin esos medios se disolvían y desaparecían y nadie volvía a saber de ellos. Hoy nos queda Keats y algún alma desdichada más, pero son los menos. La literatura, desgraciadamente, entiende de clases. Menos, quizás, en nuestros días. Pero me cuesta pensar un nombre que equiparar al de Keats, o a Calderón de la Barca.
Hoy todo el mundo escribe. Quien más quien menos lleva un diario. Algunos escriben cuentos, o cartas que luego queman. Todos hemos escrito poemas a los quince años. La escritura -que no la literatura- abunda, pero los genios escasean. ¿Será porque ahora lo tenemos demasiado fácil y no hay que luchar tanto por ello? ¿O será porque la educación que recibimos es la peor que se puede recibir para crear genios?
La educación gratuita y obligatoria ha conseguido que el analfabetismo se reduzca a números simbólicos. Ha conseguido que niños y niñas con pocas posibilidades de aprender nada por sí solos -por condiciones socioeconómicas, por problemas cognitivos, por un millón de razones- lleguen, cuando menos, a un mínimo. Pero también coarta el genio. La educación es una talla única, donde todos los niños y niñas tienen que estar en una zona determinada, con suerte no por debajo de ella, y por desgracia, tampoco por encima. Porque a veces no distinguimos el genio del descaro, el experimentar con el ser descuidado.
Ayer, unas niñas de cinco años decidieron pintar el dibujo que les había dado poniendo plana la pintura y pasándola por todo el dibujo; luego delinearon el contorno del oso que estaban coloreando y me lo enseñaron, orgullosas. Yo, sin pensar, les dije que era una chapuza -no con esas palabras, claro-, que se habían salido de la línea, que así no se pinta. Y ellas corrieron a borrar lo que habían hecho y a utilizar las pinturas como todos los demás. Me di cuenta demasiado tarde de que acababa de hacer lo que, como estudiante de magisterio, me juré que nunca haría. Pinta por dentro de la línea. Vamos, hombre, ¿de dónde ha salido eso? ¿Cuándo me he convertido en una de esas profesoras?
Es difícil ver el genio. Supongo que hay que estar al loro, que hay que estar buscándolo todo el rato: en las palabras sueltas que escribe una niña de cinco años, en las redacciones de una de doce, en los dibujos que parecen mal hechos pero en realidad son una forma de experimentación... Me gustaría decir que soy de esas profesoras que estimulan la creatividad, pero los hechos prueban que no lo soy. Prometo mejorar. No sé si de mis aulas saldrá alguna vez un genio, pero los pienso buscar con avidez. Todo se andará.
2 comentarios:
Ánimo, nada merece más la pena...
Entiendo la idea que expones, pero no puedo estar de acuerdo.
Tienes el trabajo más importante de todos los que existen, y no es el de hacer surgir genios, sino el de hacer surgir personas íntegras, buenas, felices y capaces de hacer felices a los demás. Sin esas características, la capacidad y la cultura son fútiles, meros artificios.
Creo sinceramente que no ha habido una gigantesca densidad de genios en una época y una sequía terrible en otra. Fíjate que si surge un genio en cada continente cada veinticinco años, son veinte por siglo, y posiblemente no seamos capaces de nombrar tantos. Sin embargo, por culpa del efecto perspectiva (estar aquí, en el tiempo y en la historia), conoceremos en vida como mucho a uno o dos de ellos. Porque las barreras culturales y de distancia son difíciles de romper y pueden tardar muchos años en trascender (fíjate cuánto tardamos en occidente en conocer a Confucio, o cómo tuvimos que esperar para redescubrir a Aristóteles, lo que estamos aprendiendo aun ahora de poetas y filósofos mudéjares o sefardíes). También sabes que a la mayor parte de los genios se los reconoce como tales después de muertos, cuando el contexto asimila el brutal salto que ellos han sido capaces de dar en solitario.
Porque... ¿qué es un genio después de todo? Como figura histórica es un reconocimiento, un sombrero de copa. Como persona, es alguien capaz de ir de A a C sin pasar por B, saltándose en varios años el camino intelectual, emocional y estético de la humanidad (también hay genios emocionales, los que más sufren). Una persona sola no puede tirar de toda la humanidad, es ésta la que asimila lo generado por el genio,años después, poco a poco... pero a él, ¿para qué le sirve esa distancia?, ¿a dónde llega respecto de sus propios sueños?
Es eso lo que hay que preguntarse, medir los avances de cada uno respecto a sus sueños, y enseñar a crecer, fuera de los límites (fuera de las líneas, pintar siempre por fuera), no por transgredir, no por trascender, no por ser genial o terrible, sino simplemente por crecer como persona.
Es algo a lo que todos tenemos derecho. Sinceramente, debemos creer en esa utopía: esa posibilidad para todos, sea cual sea la altura de nuestros sueños.
Querer que sea así, trabajar por ello, ser todos nosotros genios... y hadas.
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