San Francisco

Mark Twain tenía más razón que un santo.

Llegamos a Frisco y nos tuvimos que poner los pantalones largos, los calcetines, el jersey, la cazadora y la bufanda, y aún así hacía frío, porque por mucho que te abrigues la humedad del Pacífico te entra en los huesos y la niebla te nubla el termostato. Tratamos de encontrar un sitio donde cenar ligero después de las mini raciones del avión y terminamos sentados delante de un plato de rost beef bien cortado, con su puré de patatas y su acompañamiento de salsa grasosa, como mandan los cánones. Aquella noche dormimos como reyes en una cama que no desmerecía a la de un hotel de cinco estrellas, aunque estoy convencida de que habríamos dormido igual en una tabla rasa.



Pero, ¡horror!, a las cinco del día siguiente ya estábamos despiertos, y a falta de tiendas abiertas hicimos lo siguiente mejor: irnos a desayunar un desayuno típicamente americano. Que nos pasáramos las vacaciones metiéndonos tremendos desayunos de este pelo puede que explique el hecho de que no me valga la ropa que dejé en Vitoria, pero eso es harina de otro costal y no vale la pena elucubrar.



Y luego llegó el barrio chino, y el italiano, y el Golden Gate a lo lejos, y el Bay Bridge, que es aún más bonito que el primero pero no tan famoso, aunque no sé por qué. Y, por si hubiera hambre, nos fuimos a comer a un indio-irlandés donde las pintas estaban a seis dólares y pico y el plato de curry a cinco, para equilibrar la cuenta. El resto de la tarde la pasamos haciendo la digestión. Y paseando. Y pensando en lo cansados que estábamos a pesar de ser las siete de la tarde.



Pero qué bien se duerme en el Kensington Park, madre.

1 comentario:

Ana Glez Duque dijo...

Ruth, cuando vuelvas de San Francisco (qué envidia me das, madre) ¿puedes escribirme a drajomeini@yahoo.es? Tengo una propuesta que hacerte y no consigo abrir tu correo en tu perfil. Besotes y pásalo bien.