De alumnos nuevos y el mejor trabajo del mundo

¿Os he dicho alguna vez que me encanta mi trabajo?

Esta semana nos ha llegado un niño nuevo a la clase de cuatro años. El peque, F., es un terremoto nigeriano que no habla ni papa de castellano (ni mucho menos euskera) pero que, por suerte, tiene el inglés como lengua materna. Ayer entré en su clase y traté de saludarle; él, presa no sé si de los nervios, de la falta de escolarización o, simplemente, porque llevaba dos días sin entender a nadie, empezó a corretear por toda la clase sin hacerme ni puñetero caso. Yo le ignoré; mi lema es que, mientras no les dé por pegar, un niño bajo la presión de ser nuevo en un centro puede desfogarse como le dé la gana cuando lo necesite. Empecé a contar un cuento sobre un pollito que busca a su madre, y el peque, viendo que por primera vez en dos días entendía de qué iba el asunto, se fue calmando y empezó a observarnos desde la distancia. Terminó sentado en el corro, participando del juego que vino después y obedeciendo perfectamente todo lo que yo le pedía que hiciera. Cuando empezamos a hablar de la familia, al niño se le soltó la lengua y yo la gocé como una enana.

-I've got one brother -me dijo, en su perfecto inglés con su precioso acento nigeriano-. He's older than me, he's ten years old, I think. His name is [nombre indescifrable para mis orejas que soy incapaz de deletrear, obviamente].

-I'm sorry? What's his name again?

Y entonces, el niño que se sentaba a su lado (vitoriano de los de toda la vida, rubio, ojos azules, igualito que F., vaya) me miró con expresión de "profa, tú eres tonta", levantó las manos en un gesto de exasperación y me explicó, en un cuidado y muy lento castellano para asegurarse de que le entendía:

-Te está diciendo que tiene un hermano mayor que él. ¿Es que no le entiendes?

Y me pagan por esto, señoras y señores.

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