El otro día estábamos dando vocabulario sobre profesiones en sexto. Nuestro libro, que es un poco sexista, colocaba a las mujeres de enfermeras, secretarias y señoras de la limpieza, y a los hombres de médico, científico o ingeniero. Después de darles una maravillosa y muy educativa charla sobre lo que me gustaría hacer con el listo que ha separado las profesiones por géneros de esa manera en un libro para chavales y chavalas de once años, les pregunté a ellos y ellas qué querían ser de mayor (ya, no es la pregunta más original del mundo, pero con su nivel de inglés les costó horrores decirlo). Alguien me preguntó si para ser ingeniero había que estudiar mucho, y yo le dije que sí. “Ah, pues entonces no, entonces algo fácil”.
—¿Qué es para ti fácil? —pregunté, a sabiendas de por dónde me iba a salir. Odio el esnobismo laboral, la creencia de que unas profesiones son mejores que otras.
—Pues limpiar, por ejemplo.
—Ah, ¿sí? Imagínate limpiar los vómitos de un wáter público, o un bar entero después de una noche de juerga, o las palanganas de los hospitales. No hay trabajo fácil si no te gusta.
—Bueno, vale, fontanero.
—¿De verdad crees que ser fontanero es fácil? Hacen falta muchos años de experiencia para ser bueno en lo tuyo.
—¿Electricista? —El niño estaba ya desesperado.
—Esa, aparte de no ser fácil, es peligrosa. Si no sabes lo que haces te puedes quedar colgado de los cables de alta tensión cual jamón jabugo.
El crío más listo de la clase me miró con gesto serio.
—Ruth, ¿para ser profesor de inglés hace falta ir a la universidad?
—Sí —dije, y me callé, porque lo próximo que iba a salir de mi boca era un “pero no te agobies, que está chupado”, y no era plan. El niño me miró con los ojos tan abiertos que casi se le caen de las órbitas.
—¿Para qué? ¡Si todas las respuestas están al final del libro!
En mi mente el timbre sonó justo entonces, aunque sé que no es cierto; no encuentro otra razón para no haber muerto planchada ahí mismo.
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