A lo largo de los siglos de historia que recogen nuestra memoria y nuestros libros ha habido algo más de un puñado de gente válida que ha dejado su nombre grabado en el tiempo. Monarcas, gente de ciencias, aventureros, gente de letras, los hay de todas las ramas, pero por lo general la descripción de todas esas personas se puede generalizar con cuatro palabras: hombre blanco cristiano heterosexual. Hasta hace muy poco tiempo, cualquiera que se saliera de esa descripción era objeto de análisis, pero no el analista. Hay libros y libros escritos sobre África, pero ¿cuántos escritores africanos conocemos? El único que conocía yo, Chinua Achebe, murió el otro día, y no os hacéis una idea de lo que me avergüenza reconocer que la única razón de conocerle es que fue materia de estudio en una asignatura el año pasado. ¿Sois capaces de mencionar a un escritor asiático que escriba en una lengua no europea? (No digáis Salman Rushdie, que os conozco: ése escribe en inglés y lleva en el Reino Unido desde los catorce.) Ricemos el rizo: ¿sois capaces de mencionar una mujer asiática, africana u homosexual que escriba en lengua no europea? Yo, lo admito, no. Miro en mi biblioteca y lo más “indie” que tengo es Zadie Smith: británica, hetero y educada en Oxford, por muy negra que sea. Súper radical, vamos.
Dijo Samuel Jonson, allá por el siglo XVIII, que una mujer predicando es como un perro andando sobre dos patas traseras: no es que lo haga bien, pero el simple hecho de que lo haga ya merece admiración. Tras todo este tiempo, hay mucha gente que sigue con el mismo discurso, no solo en literatura sino en cualquier ámbito del conocimiento. Que una mujer destaque es novedad, pero aún así se sigue diciendo que no son justas las diferencias que se hacen para ayudarlas, que hay igualdad, que si no destacan es porque no quieren. Sí, pienso yo, porque miles de años de sumisión se borran con apenas un siglo de feminismo, así de buenas somos. Los hombres protestan por las subvenciones a mujeres para montar un negocio; claman al cielo cuando un premio literario recae en una mujer, eso es discriminación, ahora los que peor lo tienen son los hombres, pobres de nosotros, nos tienen machacados; todavía es noticia cuando una mujer recibe el Nobel en el área que sea porque siguen siendo casos aislados (a no ser que sea el de la paz: en eso de sacrificarse, parece que no tenemos parangón). Las niñas de hoy en día siguen teniendo pocos modelos que imitar fuera de las revistas de moda. Quieren seguir siendo guapas, que las llamen princesas, bailar y soñar. Y no digo digo yo que bailar y soñar sea algo malo, en absoluto, pero me gustaría que bailaran funky y soñaran con llegar a la luna, y no en bailar el vals con su príncipe azul.
No hay igualdad, y el que diga que sí tiene un problema serio de visión o mucha mala leche. Ni siquiera me refiero a las mujeres, sino a esta sociedad tan eurocentrista, tan blanca, tan heterosexual, en la que cualquier persona con acento extraño o un tono distinto de piel nos pone de los nervios, no digamos si lleva de la mano a una persona de su mismo sexo. Lo peor de todo es que no creo que llegue a haberla nunca: como dice Atxaga en uno de sus cuentos, todas las sociedades necesitan de “el otro”, alguien a quien culpar de todos sus males y frente al que compararse y verse con mejor luz. Nosotros (y nosotras) no somos una excepción. Siempre habrá otro u otra a quien temer o marginar. Solo nos cabe esperar que…
La verdad es que no sé qué nos cabe esperar

4 comentarios:
Es difícil encontrar un escritor asiático que no escriba en inglés, sin embargo, los hay y muchos; pero es normal que no los conozcamos, del mismo modo que tampoco a los de lengua árabe, símplemente porque escapan a nuestro ámbito. Eso sería como preguntar a un chino si conoce un escritor de lengua catalana.
A mediados del pasado año estuve a punto de conocer a Aung San Suu Kyi, la birmana, pero motivos muy largos de explicar no lo hicieron aconsejable. Pero ella escribe en birmano e inglés, como casi todo el mundo.
A mi dificilmente se me puede acusar de sexista (lo del machismo ni lo mento) pero por la misma regla de tres, por no serlo, estoy en contra de cualquier subvención por ser mujer (de hecho estoy en contra de la mayoría, pero eso es otra historia).
Subvencionar a la mujer por solo serlo es sinónimo, a mi modo de ver, del peor de los machismos, y de ser mujer no lo aceptaría. No puedo imaginarme a ninguna de mis amigas aceptando una subvención, antes se la harían comer al donante o la repartirían entre todos.
Un abrazo.
Pau, discrepo contigo, y mucho.
Las mujeres no tenemos las mismas oportunidades en el mercado laboral, basta con ver los sueldos que reciben unos y otras o el porcentaje de mujeres en puestos de importancia en las empresas. Si una mujer llega alto, ha sacrificado su vida personal; un hombre lo puede tener todo. Mientras la sociedad siga siendo machista, y ahora mismo lo es, me parece más que justo que se den subvenciones para poder paliar esos huecos. Tus amigas harán lo que quieran, las mías las han aceptado gustosas y han montado empresas con su nombre a la cabeza, aunque detrás hayan tenido socios y socias de ambos sexos.
Hola Ruth.
A una mujer que cuenta historias quizás le resulte útil darse un garbeo por una web con título sugestivo:
"Un libro al día"
http://unlibroaldia.blogspot.com.es/2012/10/haruki-murakami-de-que-hablo-cuando.html
Me voy a dormir, que se me ha hecho tarde ya.
No me dé las gracias, hoy es gratis. :-)
Gracias; Una entrada muy interesante. Justo unos minutos después de la última escena de Una pistola en cada mano. Hay algo tan absurdo en esa falta de profundidad-análisis. El miedo a salirse de la cotidianidad esperada. Aunque sea injusta. Aunque conlleve límites en que aprisionamos un cuerpo. Sólo hay que respirar poco y por encima. "Eso para empezar", hubiera dicho Celaya.
Bonita, por cierto, asociación gato-escritor.
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