Me enteré el viernes, dichoso viernes, día de Todos los Santos, mientras estábamos en el monte. Alguien dijo que el miércoles habían atropellado a una niña en el pueblo donde trabajo, y yo, que estoy liberada en un curso de reciclaje, no me había enterado. Intenté buscar la noticia en el móvil, pero claro, el monte no tiene cobertura (menos mal) y tuve que esperar hasta que volvimos al coche. Allí leí que la niña era magrebí y el mundo se me cayó al suelo. Tenía que ser alumna mía. Los extranjeros rara vez van a la ikastola privada de al lado.
Me lo confirmaron al poco. Era D., la niña más pizpireta de todo el preescolar, que acababa de empezar primero pero aún no había cumplido los seis años por ser de diciembre. Pequeñita, lista, graciosa, con una de esas risas contagiosas que hacen que el mundo parezca un poco menos triste por las mañanas, cuando llegas con las legañas cerrándote los ojos o el mal cuerpo del madrugón agriándote el carácter. El primer día de clase les canté un par de canciones y D. soltó una carcajada tan sincera, tan pura, que no pude terminar porque me dio la risa a mí también, y los veinte niños de clase terminaron riendo con nosotras porque sí, porque tocaba. La recuerdo hablando de que su madre estaba embarazada e iba a tener un niño, emocionada por ser hermana mayor. La recuerdo hablando de la fiesta del cordero y cómo su padre había matado uno (lo contó con tanto detalle que temimos que lo hubiera visto en persona, pero no). La recuerdo aprendiendo todo a la primera y repitiéndolo como el lorito que era, feliz, alegre, sin una sola carga en la vida. La recuerdo, sí, y eso es lo único que me va a quedar de ella, aparte de una foto mal enfocada que le saqué en Navidad y la diminuta imagen de la orla de fin de curso.
Dice la noticia que cruzaba la calle con su madre y su hermano pequeño en el carrito cuando un coche que esquivaba a otro aparcado en doble fila se la llevó por delante porque no la vio. Murió de madrugada, en el hospital, cuando no pudieron hacer nada por salvarla. Sus padres quieren llevar el cuerpo a Marruecos y están recogiendo dinero. Y yo aquí, de puente, sin poder hacer nada ni compartir el nudo que tengo en la garganta con los profesores que la conocieron. Sin poder despedirme, aunque dudo que me dejaran, porque sé que a las mujeres no les está permitido acudir a los funerales musulmanes. Quién sabe, quizás hicieran una excepción por ser una niña tan pequeña. Y tan querida.
Ella musulmana, yo atea. Vaya usted a saber dónde acabaremos las dos. Terminemos donde terminemos, descansa en paz, peque. Te echaremos de menos.
1 comentario:
Que horror. La noticia del fallecimiento de un niño siempre es un golpe tremendo,así de repente,cuanto está empezando a vivir...y si encima eres su profesora...horrible.Lo siento mucho, también por ti, que no te debe ser fácil volver a clase y no verla...
Un abrazo
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