La LOMCE, o cómo nuestros niños y niñas no son tan idiotas como parece


Hoy en día se ha puesto de moda decir que la educación del país es una porquería y que los adolescentes salen del instituto sin saber hacer la O con un canuto. Nuestro sistema educativo es despreciado, los profesores vilipendiados, los chavales martirizados. Es curioso cómo todas las generaciones han dicho lo mismo, y con cada cambio de plan educativo se han tirado de los pelos y han clamado al cielo que a dónde vamos a ir a parar, que cómo nos hacen esto, que a qué estamos jugando. Será que me pilla de buenas, pero yo creo que no es para tanto. Ni la ley LOMCE va a a hacer tanto daño (más que nada porque va a durar lo que dure el PP en el gobierno, porque lo que toca son asuntos políticos y económicos más que educativos), ni nuestros adolescentes son tan tontos como llevamos años diciendo. Antes de que dejéis de leer y salgáis del blog rebotados y rebotadas por una maestra que no sabe nada, dejad que me explique. 
El sistema educativo que tenemos (y que es muy parecido al de otros países de occidente, no hemos inventado nada) tiene la misma base que tenía hace doscientos años. Se agrupa a los alumnos y alumnas por edades, se pone un profesor al frente y se enseña una lección cuyos contenidos ha decidido un comité de sabios que no ha pisado una clase en su vida y que suele estar relacionado con el equipo de gobierno de turno. Los niños y niñas escuchan, toman apuntes, aprenden la lección y se examinan por escrito al final de un periodo de tiempo más o menos corto. Esto lleva así desde el sigo dieciocho, con la diferencia de que antes, cuando solo estudiaban los hijos de papá, el que sabía leer era sabio. Ahora todo el mundo sabe lo básico y todos parecemos tontos. Alguien dijo una ver que más es peor, y yo estoy de acuerdo: es mucho más fácil conseguir que los de las clases altas saquen buenos resultados que conseguir que los hijos de padres analfabetos lo hagan. Otra cosa es que prefiramos una sociedad con un ochenta por ciento de analfabetismo y un veinte muy culto, o un cien por cien de ciudadanos que al menos sabe “algo” (y más que algo, diría yo). Yo lo tengo claro: me aferro a la segunda opción. 
Pero me voy por las ramas, no era a eso a lo que iba. Yo quiero defender que los adolescentes de hoy en día no son tan tontos como los pintamos, simplemente los estamos midiendo con un rasero anticuado y les estamos enseñando con unos modelos que, dada la sociedad en la que vivimos hoy en día, ya no son válidos. Los motivos son mil y uno, y no me voy a poner a analizar todos aquí, pero así a bote pronto se me ocurren muchas diferencias con mi generación (y yo dejé el instituto hace veinte años, lo que, visto desde mi edad, no me parece tanto): en la mayoría de los hogares ya no hay una figura materna pendiente de ellos y sus deberes las veinticuatro horas; muchas familias están desestructuradas, algo que no pasaba tanto hace veinte años (el divorcio era todavía casi una novedad); los adolescentes tienen una sobredosis de estímulos con la televisión, el móvil, los videojuegos, etc., que no conocíamos antes; la educación cívica que antes se trabajaba en casa se deja en manos de la escuela en muchos casos; y tantos y tantos otros que un sociólogo definiría mejor que yo. Pero la escuela sigue igual. Intentamos introducir nuevas tecnologías, nuevas formas de enseñanza, pero la mayoría de los profesores siguen sintiéndose más cómodos con la tiza y la pizarra. Incluso los más modernos, los que ya usan el portátil para todo, a la hora de examinar usan papel y boli, como todos los demás, en lugar de dejar que los chavales se expresen de manera creativa. ¿Por qué? Porque no les queda otra. Porque esos chavales tienen que pasar una reválida, una selectividad, un millón de exámenes que serán siempre con boli sobre papel, un ente físico que pueda demostrar si saben o no saben la respuesta correcta (porque, como es bien conocido, toda pregunta tiene una sola respuesta correcta, ¿verdad?). Y luego van a trabajos donde todo es relativo, donde se les pide trabajar en grupo y resulta que no lo han hecho en su vida, o se convierten en profesores creyendo que van a cambiar el mundo y terminan haciendo lo mismo que hicieron con ellos. 
No, la LOMCE no va a cambiar gran cosa, porque el único cambio que podría hacer algo pasaría por hacer volar el sistema e implantar uno completamente nuevo, sin nada que ver con el anterior. Y eso no se puede hacer, al menos no de forma sencilla, no con leyes que cambian en cuanto cambia el partido que está en el poder. La LOMCE pasará a la historia como la peor ley educativa de la democracia, pero nuestros adolescentes seguirán siendo igual de “inútiles” bajo nuestros ojos porque les estaremos haciendo las preguntas equivocadas y, encima, estaremos esperando la misma respuesta de cada uno. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. En lo que respecta a la educación, me temo que vamos a seguir dándonos de hostias con la misma pared durante varios siglos más. 

(Os dejo con un vídeo que lo cuenta mucho mejor que yo. Sir Ken Robinson defiende varios aspectos con los que estoy totalmente de acuerdo, aunque, por desgracia, no dice nada sobre cómo cambiarlos.)


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