De cuentos cortos o verdades como puños

Dejó caer el libro en mi mesa y me miró con esa cara suya, tan inglesa y tan roja, iluminada por una enorme sonrisa. En la portada, una mujer con vestido de lunares y mucho, mucho vuelo bailaba flamenco. Yo miré a Harry, sin comprender. 
—Lo he visto en una librería y me he acordado de ti. ¿Te gusta?
Podía ser sincera y romperle el corazón o mentir y arriesgarme a tener que acudir a clases de sevillanas con él. Su corazón era menos valioso que mi salud mental. 
—Pues no mucho, la verdad. Yo… Es que soy gallega. 
—Pero eres española, ¿no? 
—Sí, pero el flamenco no es típico en mi parte de España.
—Pero el flamenco es español.
Suspiré. Ay, madre.
—Sí, pero…
—Y tú eres española.
—Que sí, pero…
—¿Entonces? ¿Cómo no te va a gustar algo que es español?
Lo peor de aquella conversación era que sabía que su intención con aquel regalo no era hacerme sentir como en casa, sino llegarme al corazoncito para llevarme al catre. Harry era tan previsible como cualquier hombre multiplicado por diez; su calculadora mental había llegado a la conclusión de que española igual a ardiente, y ardiente más regalo tonto igual a sexo. 
Cambié de táctica. 
—El otro día vi una falda escocesa muy mona y me acordé de ti. Ahora me arrepiento de no habértela comprado. 
—¿Para qué? Yo soy inglés. 
—Exacto. 
Y me alejé de él, siendo muy consciente de que su mirada no perdía un detalle del bamboleo de mi culo al andar. 

1 comentario:

hippie pirata dijo...

Muy bueno. A medida que leía estaba pensando en alguna salida parecida.
No sé si algún día te comenté la que un marroquí me preguntó si yo era torero.