Huellas

Ayer me dio por buscar información en Internet sobre un tema que me viene interesando mucho últimamente (tecnología en el aula, más concretamente en el área de lenguas) y me encontré con varios blogs muy interesantes. Algunos eran de escuelas, otros de fundaciones, pero el que me gustó en especial fue uno de un profesor de idiomas retirado al que el tema de la tecnología le fascinaba. Escribía muy bien y planteaba cuestiones muy interesantes, y me dije que sería un buen blog a seguir en el futuro. Iba a agregarlo a mi lista de blogs cuando me di cuenta de que la última entrada era de 2012. Era una entrada que no auguraba para nada que fuera a cerrar el blog, tan amena como otras que leí, llena de información. Y me dio por pensar que el hombre no había dejado el blog porque sí, porque ya no le apeteciera escribir, sino porque ya no podía hacerlo más. Que se había muerto, vaya.

Hace muchos años, un amigo de mi entonces compañera de piso sufrió un ataque al corazón y murió en su coche en una autopista americana. Era un hombre ya mayor con problemas cardíacos que tuvo el buen juicio de salirse al arcén en cuanto se sintió mal, pero la ambulancia no llegó a tiempo y cuando llegaron ya no había nada que hacer. Mi compañera se lo tomó muy mal, como es de imaginar. Lo peor fue cuando escuchamos los mensajes del contestador y nos encontramos con uno, antiguo ya, del hombre que acababa de morir. Ella tuvo un pequeño ataque de nervios y a punto estuvo de tirar el contestador contra la pared. No la culpo. Yo solo le vi un par de veces, no recuerdo su nombre y apenas su cara, pero sí recuerdo su voz, aquel anacrónico mensaje del contestador que parecía una llamada del más allá. Como en el capítulo de Breaking Bad en el que Jessee se pasa el día llamando al teléfono de su novia muerta porque el buzón de voz le contesta con la voz de Jane, hasta que un robot le dice que ya han desconectado el teléfono. Como eso, pero de verdad. La verdad siempre supera a la ficción.

Son huellas. Dejamos huellas a través del tiempo, en el espacio, en los lugares más insospechados. Algunos lo hacen sobre soportes físicos o digitales, otros en nuestra memoria. Nadie se va sin dejar un poco de sí mismo detrás. Supongo que es ley de vida, quizás sea la forma en que el universo nos dice que todo pasa y aún así todo perdura, que somos algo más que carne sobre dos patas. No lo sé. Solo sé que ayer, al ver el blog, sentí el vacío de una persona a la que nunca conocí y de la que no sé nada más aparte de su antigua profesión y su último hobby. Y si eso se logra con un mísero blog, imaginaos con una vida plena.

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