
No me gusta la nieve. La nieve significa frío, problemas en las carreteras, calles sucias cuando el manto blanco se convierte en negro por arte y gracia de la polución, niños y niñas insoportables porque la nieve les altera el carácter, charcos, patinazos, heladas. Sé que estoy sola en mi odio contra la nieve, pero qué le vamos a hacer. Mi padre olía la nieve. Yo la intuyo, y puedo decir el día anterior si al día siguiente va a nevar o no solo con mirar al cielo (aún así, hoy me han sorprendido los tejados blancos). No me gusta la nieve. La nieve altera el orden, y yo soy de piñón fijo y rutinas de acero.
Pero me gustan los días en los que nieva. Las nubes dejan paso al sol a intervalos más o menos largos, y es un sol que alumbra más por el contraste con las nubes que lo rodean y el blanco del suelo. Hace frío, pero es un frío limpio, de los que cura los catarros (o eso dice mi madre), un frío que aclara ideas. Año de nieves año de bienes, dice el refrán; yo digo que año de buen verano, porque si no nieva en invierno lo hará en primavera, y volverá a pasarnos como este año en el que el verano ha llegado en septiembre.
No me gusta la nieve, pero me gusta el cielo de nieve. Me gusta que un niño venga y me diga que es la primera vez que ve nevar (es del sur y el año pasado no cayó ni un copo). Me gusta ver a críos jugando a cazar copos con la lengua. La nieve es para los niños y las niñas, y yo hace tiempo que dejé de serlo (bueno, depende en qué sentido). No me gusta la nieve. Por suerte, al clima de Vitoria le trae al pairo lo que yo opine y aquí nieva cuando toca. Porque si no me hacen caso las criaturitas de cinco años, de qué me va a escuchar la nube que surcan el cielo.
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