Vuelta al cole. Y van 20.


Sí, ya sé que todos y todas sabéis que mañana es uno de septiembre, que no soy yo la única que curra. Ya sé que no utilizáis este blog como calendario, porque si no mal andaríais, porque aquí solo se menciona la vuelta al cole, mi cumpleaños, Noche Vieja y el cumpleaños de Alan Rickman (bueno, y este año el 1 de octubre, fecha del lanzamiento de Armarios y fulares, que está en reserva y podéis adquirir cómodamente en el enlace de la barra de la derecha, o aquí si os da pereza buscarlo). Me imagino que este día estará grabado en la mente de muchos y muchas como el día más odiado del año, el de la vuelta al trabajo, y que todos y todas os levantaréis con las mismas ganas que yo de ir a currar (o sea, ninguna), haciendo ya planes para el verano que viene (ahora mismo Cancún suena que te cagas). Ay, esa lotería que tiene que tocar y no llega, cuánto se está haciendo de rogar.

Yo tengo la suerte de empezar solo a medias. Tengo que ir a trabajar, sí, pero como mi materia prima tiene vacaciones hasta el día siete y dar clase a pupitres vacíos no es tan emocionante como cuando están llenos (aunque en algunas clases no noto la diferencia, sobre todo los lunes a primera hora), dispongo de cuatro días para organizar un poco mi mente y decidir qué voy a hacer este curso para dejar a mis alumnos patidifusos y que aprendan, a poder ser, un poquito más que el año pasado. He empezado a hacerme una lista mental de las cosas que quiero hacer, que incluye cosas como estas:

  • Engalanar la clase de inglés para que les sea atractiva a los pitufos y pitufas y a mí no me dé sensación de estar trabajando en un sanatorio mental. 
  • Ordenar todos los materiales que no ordené en junio porque me vencieron las fuerzas.
  • Preparar un cuaderno de evaluación continua tan completo y sistemático que no me haga falta hacerles exámenes de gramática en todo el curso. Odio los exámenes más que ellos, pero no se lo digáis.
  • Buscar ideas para plástica, algo divertido y que al mismo tiempo me dé la oportunidad de enseñarles nuevas construcciones lingüísticas en inglés. 
  • Preparar libros y CDs con canciones y cuentos para infantil. 
  • Diseñar por lo menos una actividad en la pantalla digital para cada clase, algo que les enganche de tal manera que quieran aprender inglés hasta en el recreo. 
Y unas dos docenas más de cosas con las que no os voy a aburrir, porque he llegado a la conclusión de que mis ideas solo me emocionan a mí. O a otro maestro o  maestra de inglés pero, curiosamente, muy pocos visitan este blog. Oh, well. 

Esto, claro está, es la teoría, pero veinte años en el aula (sí, este septiembre hace veinte años que soy maestra, cómo pasa el tiempo) me han enseñado que cuatro días no dan para mucho más que para: 
  • Acudir a reuniones y recordar cosas que creías saber pero tenías olvidadas. 
  • Aprenderte los nombres de tus nuevas compañeras. Ayudarles a encontrar el baño y la sala de profesores, y explicarles bien la locura de horario de las primeras semanas. 
  • Pelearte con la jefa de estudios porque no te gusta tu horario y te niegas a dar tres horas de inglés a la misma clase el mismo día. Pero con buen rollito.
  • Esperar a que te pasen las listas con los alumnos y alumnas nuevos, para poder organizarte y saber cuántos alumnos/as tienes por aula. Llegar al día siete y no tenerla aún.
  • Vaciar las cajas de la mudanza que no vaciaste el año pasado porque te dio pereza. 
  • Pedir el material que necesitas para tu primera clase de plástica y darte cuenta de que, si realmente lo quieres para el día siete, vas a tener que ir a la tienda a comprarlo tú misma porque TODAS las escuelas de Vitoria están haciendo pedidos y no te lo van a mandar ni de coña. 
  • Poner nombre a los libros nuevos, si los tienes. Lo más seguro es que termines llamando a la editorial y tengas que esperar hasta octubre a que te lleguen.
  • Morirte de nervios porque ha llegado el día siete y tú no tienes ni pajolera idea de qué vas a hacer con los de la primera hora. ¡Se te ha olvidado programar la semana! 
Veinte años ya y todavía no he conseguido utilizar ese manojo de días para organizarme. Y es que, si os soy sincera, a mí lo de preparar cosas me gusta en teoría, porque es muy bonito eso de tener ideas e imaginarte la clase perfecta donde todos los niños y niñas se pelean por darte la respuesta correcta y corean tu nombre al unísono cuando entras por la puerta porque saben que se lo van a pasar bien. Pero en realidad lo que a mí me gusta es tenerlos delante y llevar a cabo la programación, sí, pero al son que ellos y ellas me marquen, no al que les marque yo. Lo divertido de mi trabajo es, precisamente, la materia prima, y sin ella no tiene mucho sentido preparar. Así que mañana empezaré relajada, contaré mis vacaciones, me tomaré un café y conoceré gente nueva, y con un poco de suerte arreglaré el aula, que falta le hace. ¿El resto? Ya irá cayendo. Que más sabe el diablo por viejo que por diablo y veinte años dan para mucho. Os lo dice una experta. 

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