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| Te falta el sujeto y has hecho una doble negación. Yes, you do! |
Sí, este ha sido un año en el que la idea de volver a clase me aterraba. De repente, mi deseo de ser escritora era tan fuerte que me ha hecho replantearme la convicción que he tenido siempre, la de que yo soy maestra porque me gusta, porque he nacido para ello. Llevo veinte años dando clase, sí, pero es que llevo treinta y cinco escribiendo, y por primera vez en mi vida he dado a leer algo que he escrito y, fíjate tú, está gustando. ¿Volver a la rutina? ¿Volver a ver a mis alumnos y alumnas, esos bichejos y bichejas que me dejaron sin voz, esos pequeños monstruos que acabaron con mi paciencia en junio? ¡Con lo bien que estoy yo delante del ordenador haciendo la promoción de Armarios y fulares y tomando una cervecita con la cuadrilla por la tarde! Pero no, el uno de septiembre no perdona (bueno, en realidad no perdona el hambre que iba a pasar si no llego a ir al curro, y pobres gatos, quién les iba a comprar su pienso de gama alta) y no ha quedado otro remedio que ir a trabajar. Saludar a las compañeras. Ponerme a preparar las clases. Pensar en qué voy a hacer este año que supere lo que hice el año pasado.
Y fíjate tú que, de repente, las ganas de pasarme el día escribiendo se han quedado en un segundo plano. Me he acordado de golpe de por qué me metí en la enseñanza; me he acordado de los buenos ratos, de las evaluaciones que me hicieron los monstruos al terminar el curso, de las risas, del subidón que sientes cuando una clase aplaude al verte entrar por la puerta porque toca inglés (o porque se acaban las matemáticas, todo hay que decirlo). He recordado las promesas que me hice el año pasado (más plástica, menos gramática) y a los alumnos y alumnas que no me hacen la vida imposible (o sea, el 99 por ciento del colegio). Y me he dado cuenta, por desgracia, de que nunca tendré la motivación necesaria para ser escritora primero y maestra después. Por mucho que a mi yo escritora le duela reconocerlo, yo nací para ser docente, al menos la mayor parte del tiempo. Es mi profesión, mi vocación, lo que me ha mantenido cuerda estos últimos años. Que sí, que vivir escribiendo es un sueño, pero ¿de dónde iba yo a sacar la inspiración para crear personajes como Alan Peterson si no fuera por mi trabajo?
Hay gente que se pasa la vida buscando una pasión. Yo tengo dos. Puede parecer algo bueno, pero lo cierto es que no lo es tanto. No se puede dar el cien por cien a dos sueños, no se puede ser buena en dos cosas. ¿O sí? Esta primera semana de trabajo ya he comprobado que lo de escribir (una nueva historia y el blog), hacer la promoción del libro, preparar las clases y montar un curso online que me han encargado (no preguntéis, soy masoca) es la definición gráfica de multi-tasking, y no llego a todo. De momento sufre el blog y la promoción del libro. Creo que es lo justo; de otra forma sufrirían mis alumnos y alumnas, y ellos y ellas sí que no tienen culpa.
Alguien dijo una vez que si trabajas en lo que te gusta no tendrás que trabajar un solo día en tu vida. No es verdad: trabajar es trabajo, no placer. Pero sí es cierto que ayuda que te guste. Y yo he venido a restregaros en la cara que tengo la suerte de ser feliz en mi profesión. Aunque ello impida, de alguna manera, que cumpla mis sueños.
O eso dicen. Ya veremos.

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