María observaba a su hijo desde la casa. La primavera había llegado pronto aquel año y Alberto estaba jugando en el jardín, arrodillado de espaldas a ella y concentrado en algo que había colocado en el suelo. Podía pasarse horas jugando solo en el jardín. Alguien le había dicho que no era sano que pasara tantas horas solo, pero a María no le preocupaba. Alberto era un niño muy inteligente y no todo el mundo le comprendía. A veces era más fácil para él aislarse de los demás.
María estudió su espalda, tan estrecha y frágil como la de un niño varios años menor que él. Alberto nunca sería tan alto como su padre, había salido a la familia de ella. El pelo rubio y lacio rozándole los hombros de ella, los ojos azules con aquel brillo pícaro del abuelo, los rasgos suaves de la abuela, todo gritaba mamá. Era su niño, tan suyo que a veces no sabía donde terminaba Alberto y dónde empezaba María, tan suyo que le dolía su dolor y sentía sus lágrimas. Su marido decía que le tenía mimado. Pero era obvio para María que lo que su marido sentía eran celos porque su hijo nunca sería tan suyo como lo era de ella.
Alberto cambió de postura y se sentó en el suelo con las piernas abiertas, la cabeza baja y las manos ocupadas. Diez años ya. Diez años de maternidad que la habían cambiado tanto como sólo una madre puede cambiar. Había pasado de ser una mujer egoísta que sólo pensaba en sí misma a no poder pensar en otra cosa que no fuera su hijo. Sus prioridades estaban definidas por las de su hijo. Fiesta de cumpleaños. Partido de fútbol. Mal día en la escuela. Hora de comer, de cenar, de acostarse. Todo rondaba alrededor de Alberto, ella había dejado de existir. Su marido se lo recriminaba a veces, pero ella no le escuchaba. Necesitas una afición fuera de casa, le decía. Pero eso significaría no estar pendiente de Alberto las veinticuatro horas del día. Eso significaría tener otra cosa en la mente que no fuera Alberto. Y él era todo para él, no había más María sin Alberto, su vida era sólo su hijo. Alberto, Alberto, Alberto.
Sintió unas ganas terribles de abrazar a su hijo. Hacía más de media hora que no le tocaba, que no le acariciaba la cabeza o le daba un beso en la mejilla. Necesitaba sentir el calor de su hijo contra ella. Salió de la casa y se acercó a él. Le llamó de lejos, pero él no se volvió hacia ella. María sonrió. Debía estar construyendo una pequeña casa con palillos, o quizás estudiando un hormiguero. Se acercó más. Volvió a llamarle. Él siguió sin girarse.
Vio la sangre por encima de su hombro. No era mucha, pero la suficiente para que el pánico se apoderara de María. Se puso delante de su hijo, las manos en sus hombros y un grito en la garganta. Qué te has hecho, hijo, dónde te duele, qué ha pasado. Pero la sangre no era de Alberto. Cubría sus manos y salpicaba su cara, pero no era de Alberto.
El gorrión aún sacudía el ala que le quedaba y sus gemidos, que María había tomado por cantos, eran los gritos de auxilio de un ser vivo que había sido un pájaro antes de ser desplumado y perder un ala y las dos patas. Alberto tenía una expresión de éxtasis en su rostro. Las partes del animal que había arrancado estaban ordenadamente colocadas junto a su pierna: plumas en un pequeño montón, seis diminutos dígitos, dos patas, un ala. Levantó la cabeza y miró a su madre con una sonrisa. Volvió a bajar la vista y se dispuso a arrancar la segunda ala con sus propias manos.
María tuvo el tiempo justo para apartar la cabeza y evitar que el vómito salpicara a su hijo. Alberto no se inmutó. El pájaro dejó de piar.
2 comentarios:
Me ha gustado un montón :D Es siniestro, pero sólo lo justo, y está muy bien escrito. Eres bastante económica con las palabras, y eso me gusta.
Lo que cambiaría es el título... si lo llamas "El pájaro" desvelas demasiado pronto la sorpresa de el cuento, porque la gente empieza a imaginarse lo que está haciendo el niño antes de que tú lo digas. Llámale "instinto maternal" o algo así xDD
Un besote.
coincido con marina en el cambio del titulo. Muy bueno tu cuento.
viviana
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