Esta vez se me heló la sangre. Me temblaban las manos, por no hablar de las rodillas, y por un segundo consideré seriamente salir corriendo y pedir ayuda al pueblo más cercano. Para mi desgracia, pronto me di cuenta de que estaba en mitad de una carretera comarcal y allí no se veían más que pastos de trigo al horizonte, por lo que tuve que descartar la idea por imposible, no por falta de ganas. Los golpes en el capó eran cada vez más fuertes. Di un paso atrás, tratando de alejarme del coche no fuera a ser que lo que fuera que hubiera dentro –“quien fuera, hombre, tiene que ser una persona, ¿qué iba a dar esos golpes si no?”- fuera a hacer saltar la puerta y me atacara.
Me mantuve en mi sitio -a varios metros del coche y con la mirada fija en el capó- durante varios minutos, tratando de decidir qué hacer. Tenía las llaves del coche en la mano –y los puños cerrados alrededor de ellas con tanta fuerza que se me estaban clavando en las palmas-, podía acercarme, descerrajar la portezuela y salir corriendo antes de que aquella cosa –“persona, persona”- me atacara, pero volvía a tener el problema de la completa incomunicación en la que me encontraba. ¿A dónde iba a ir? ¿Y si aquello podía correr como un animal de presa? Por poco que me gustara, era la única opción que me quedaba, no podía pasarme allí el resto de mi vida. Miré alrededor. Había cerca un roble lo suficientemente ancho para darme cobijo provisional. Podía meter la llave, soltar el cerrojo y esconderme detrás. Si no me buscaba, no me encontraría. Si la “cosa” tenía hambre, ya sería otra historia.
Aprovechando que la intensidad de los golpes parecía disminuir, me animé a abrir. Mantuve el cuerpo tan alejado del coche como la largura de mi brazo me lo permitió y eché a correr en cuanto escuché el clic del cerrojo. Estaba tan asustado que mis piernas apenas me respondían y el árbol resultó estar mucho más lejos de lo que me había parecido en un principio. La carrera sobre mis rodillas de mantequilla pareció interminable. Me escondí detrás del tronco, jadeando tan fuerte que tuve que taparme la boca con la mano para no delatar mi posición.
No me atrevía ni a mirar. Esperé detrás del árbol unos segundos. Los golpes se habían detenido en el momento en el que yo me había acercado al coche. Nada. Ni un ruido. Asomé la cabeza.
¡PUM!
Un terrible empujón levantó el capó del coche con tanta fuerza que la tapa volvió a caer, pero no se cerró de nuevo porque tocó algo blando que no era parte de la carrocería del coche. Me escondí de nuevo, temblando de pies a cabeza, y esperé a que la cosa saliera del capó. No oía ningún ruido. Si estaba saliendo, lo estaba haciendo de una manera sumamente silenciosa. Empecé a oír algo en la distancia. Aguanté la respiración, imaginando que la cosa estaba haciendo esfuerzos por salir del capó. ¿Qué me esperaba? Un alien, quizás. Incluso un animal. Un perro de presa del que sus amos ya se habían calmado. Pero, ¿por qué no había ladrado antes?
Eran jadeos. Gemidos ahogados que no había podido oír con el capó cerrado. Asomé la cabeza con mucho cuidado, y lo que vi me asustó más que si un enano verde con tres pares de ojos hubieran estado mirándome. Eran un par de piernas atrapadas bajo la tapa del capó, asomando grotescas sobre la matrícula del coche.
Había estado viajando con un ser humano en el capó.
No sé de dónde saqué las fuerzas, pero antes de darme cuenta me estaba acercando al coche. Las piernas estaban atadas por los tobillos y mostraban unos pantalones vaqueros y unas zapatillas de deporte blancas. Era un chico joven, a juzgar por su manera de vestir. Abrí la portezuela con cuidado.
Estaba maniatado. Tenía los ojos tapados con un burdo pañuelo y cinta aislante en la boca. Le levanté la venda. Me miró con ojos de pánico. Le quité la mordaza. Gritó. Yo pegué un salto hacia atrás.
-¡Quién es usted! ¡Dónde estoy! ¡No tengo dinero, no sé lo que quiere de mí!
Me acerqué lo suficiente para que me viera la cara pero no tanto como para que pudiera pegarme una patada con las piernas que había empezado a sacudir. Intenté calmarle con las manos, pero, a juzgar por su pánico, cualquiera hubiera pensado que estaba intentando estrangularlo.
-Tranquilo, chaval, que yo no te he hecho nada. He alquilado el coche esta mañana, no sabía que llevaba paquete.
-¡Déjeme marchar! ¡No tengo nada que darle, se lo juro! Me caso dentro de dos semanas, ¡no me mate, por favor!
-¡Que no, coño, que esto no es un secuestro, que no sabía que estabas ahí! Anda, ven que te suelto.
Me costó, pero conseguí incorporarle y soltarle las manos que llevaba atadas a la espalda. El chaval saltó del coche, se cayó de morros contra la gravilla suelta de la carretera y no se molestó en soltarse las ataduras de los tobillos para alejarse de mi. Me miró desde el suelo, andando hacia atrás sobre las palmas de las manos como un vulgar cangrejo.
-¿Quién es usted, entonces? ¿Por qué estaba yo en su coche?
Suspiré. Tenía que entender que estuviera confuso, aunque empezaba a cargarme.
-No es mi coche, es de alquiler. Lo he cogido esta mañana para un viaje largo, he empezado a oír unos ruidos extraños, he parado y te he encontrado. ¿Se puede saber qué hacías tú en el capó de un coche? ¿Y por qué no has empezado a dar golpes antes de salir de la ciudad?
El chaval me miró extrañado, aunque era fácil darse cuenta de que era más por su propia historia que por la mía. Abrió la boca un par de veces, pero no pareció encontrar las palabras adecuadas y la volvió a cerrar. A la tercera fue la vencida.
-Estaba… Estaba dormido, creo. Cuando me he despertado me he visto atado de pies y manos y he sentido que me movía. He intentado salir del coche a patadas, pero no he podido.
-Casi lo consigues, vaya golpes. ¿Y cómo acabaste ahí dentro, si se puede saber?
Y entonces hizo una cosa muy rara. Primero bajó la mirada y negó con la cabeza, intentando recordar. Luego volvió a levantar la vista y me miró con ojos muy abiertos, y acto seguido se echó a reír. Yo no le veía la gracia por ninguna parte. Tardó unos segundos en calmarse y explicarme el chiste.
-Vaya bromistas que son… -farfulló entre carcajadas-. Esta vez se han pasado, pero hay que reconocer que es buena… Joder, cuando los pille…
-¿De quién hablas?
-De mis amigos, joder, han sido ellos. Ayer era mi despedida de soltero. Bebí hasta la botella de alcohol del botiquín, debí quedarme inconsciente en algún punto de la noche y ellos me metieron en el capó del coche. ¡Qué cachondos! Cuando los pille…
Eso mismo pensaba yo. El chaval estaba muerto de risa, soltando la cuerda que tenía amarrados sus pies. Se levantó, mirándome entre risotadas, y se dirigió a la puerta del copiloto del coche. Yo me quedé donde estaba.
-¿Qué haces?
El chaval se giró con una sonrisa tonta.
-Me llevarás a casa, ¿no? No me vas a dejar aquí tirado.
-Pero es que yo voy en dirección contraria.
-Ya, hombre, pero no me vas a dejar aquí, yo tengo que volver a casa.
Negué con la cabeza. No me daba la gana.
-Mira, chaval, es que la broma aún no ha terminado. Me han contratado tus amigos para que te saque de la ciudad y te deje tirado en mitad de la nada. Es parte del juego.
El chaval me miró con el ceño fruncido.
-Pero si tú no sabías que yo estaba en el capó.
-Sí lo sabía, todo ha sido parte de la broma. Tenía que fingir que no lo sabía para asustarte más aún. Vamos, ellos me pidieron que simulara un secuestro, pero yo no tenía corazón y les dije que no.
-Ya –Aún no parecía muy convencido-. Pues yo hubiera jurado que estabas tú más cagado que yo.
-Es que soy buen actor.
Me monté en el coche, el chico aún con la mano en la manilla de la puerta. Bajé la ventanilla.
-Estás a la altura de Burgos, aunque no tengo muy claro dónde. Si vas para atrás, está la autopista y puedes hacer autostop. Suerte, majo.
Quitó la mano de la puerta al fin, me miró una última vez y volvió a sonreír, haciéndome un gesto con el pulgar hacia arriba. Yo le hice un corte de mangas que pareció hacerle mucha gracia y arranqué, dejándole tirado en mitad de la nada. La compañía de seguros iba a cargarme un ojo de la cara por las abolladuras del coche. No sentí ninguna pena.
El siguiente coche que me compré fue un SEAT Ibiza que aún conservo y que no me ha dado ningún problema. Hipotequé mi casa para poder comprármelo, pero mereció la pena: no he vuelto a necesitar un coche de alquiler.
Antes en tren. Aunque no me dejen fumar.
4 comentarios:
¡Ja, ja, ja! Menuda bromita. Lo mejor es el giro que toma la historia a partir de cómo se lo toman ambos personajes. Parecía que iba a tratarse de algo dramático, de un secuestro, un intento de asesinato o algo así y resulta un final digno de Tarantino.
Felicidades, Ruth. Buen relato.
Muy bueno, me gusta. Estaré leyendo de a poco lo anteriormente publicado.
Saludos,
Augusto
será cuestión de leer el primero...
Saludos
Lindo blog! Bsos. Lau
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