El hombre entró en el cuartel con la mirada perdida de alguien que no sabe muy bien cómo ha llegado hasta donde está. Manuel levantó la mirada del informe y esperó a que hablara. Parecía estar borracho.
-¿Puedo ayudarle en algo?
El hombre le miró y parpadeó dos veces, como si quisiera convencerse de que el guardia civil era real y no un efecto de su borrachera. Manuel esperó, paciente. Mientras no le atacara o se pusiera violento, no le molestaba.
-¿Se encuentra usted bien? ¿Puedo ayudarle en algo?
Se acercó al mostrador y puso las manos sobre el, con las palmas hacia arriba.
-Vengo a que me detenga.
Manuel levantó las cejas y sonrió.
-A ver, ¿qué ha hecho usted?
-Todavía nada.
-Pues entonces no puedo detenerle. Venga cuando haya hecho algo.
-Es que quiero matar a mi mujer. Y luego había pensado entregarme. Así que he pensado que mejor me entregaba primero.
Manuel le miró a los ojos, esos ojos que un segundo antes habían estado perdidos y semi ocultos en un mar de párpados caídos, pero que ahora brillaban con tanta vida que le dieron miedo. Dejó el informe sobre el mostrador, salió de detrás de él y esposó al hombre con las manos a la espalda. No opuso ninguna resistencia.
-Muchas gracias por venir. Venga, pase por aquí que le hacemos la ficha.
2 comentarios:
Ojalá todos los maltratadores y guardia civiles fueran así.
Me ha gustado mucho, Ruth.
¿Para cuándo esa novela? La esperamos.
Saludos.
Ya lo creo, Jose, de ahí la historia. Estoy harta de ver las noticias de muertes en televisión y luego la coletilla de "el supuesto asesino se suicidó/entregó a la guardia civil". Podían empezar por el final, leche.
La novela empezará pronto... Estoy trabajando los personajes y delineando la historia, a ver si por fin termino una.
Un besote.
Publicar un comentario