Y la que hablamos de historias antiguas, he encontrado esta, que me ha arrancado una sonrisa. Es un poco larga, espero que tengáis paciencia para leerla.
Lucía titubeó un momento antes de verter el tercer sobre de azúcar en su café. Dieciséis calorías en cada terrón por tres, que eran casi cincuenta calorías, más luego la leche entera, porque nadie en su oficina aparte de ella parecía tener intención de ponerse a dieta, convertían su café de media mañana en un aperitivo de más de cien calorías. Y nunca tomaba menos de tres cafés al día, lo que convertía sus calorías líquidas en trescientas. Luego se sorprendía de que no conseguía perder peso. Entre los cafés y los donuts de los jueves, el milagro era que no tuviera el tamaño de una morsa pequeña. Revolvió su café, pensativa, mirando hacia abajo y viendo cómo el bulto que era su estómago crecía cada semana. Iba a tener que cortar por algún sitio.
Y, por supuesto, siempre había gente como Josefa, la de relaciones públicas que acababa de entrar en la sala del café. Se sirvió una taza entera de café, sin azúcar ni leche, y la sonrió de medio lado según sorbía con delicadeza. ¿Cuántos años tenía aquella mujer? Dios, por lo menos cincuenta. Y mírala, ni un gramo de grasa en ninguna parte de su cuerpo. Llevaba unos vestidos que Lucía no hubiera podido ponerse ni a los dieciocho años, con unos escotes quizás demasiado abiertos para la oficina y unas faldas tan cortas que era un milagro que no fuera enseñando la ropa interior a cada paso. Piernas eternas, cuerpo fino, pechos que colgaban lo justo para saberse naturales, ¿qué más se le podía pedir a la madre naturaleza? Lucía sorbió su café ruidosamente, mirando con azoro a su compañera. Genial. Además de gorda y poco estilosa, mal educada.
-Viernes por fin, ¿eh? –comentó Josefa. Lucía sonrió y miró al cielo, como dando gracias, aunque en realidad no podía importarle menos qué día de la semana fuera. No es que tuviera alocados planes que llevar a cabo- Pensaba que no llegaba nunca.
-Sí, ha sido una semana larga –De cinco días, para ser exactos. Bebió su café un poco más deprisa, escaldándose la lengua con el líquido caliente.
-Os ha llegado una cuenta nueva, ¿verdad? Vosotros estáis siempre hasta el cuello de trabajo, no sé cómo aguantáis.
-Sí, bueno, ya sabíamos en lo que nos metíamos cuando entramos –Pero Lucía sintió cómo, de manera inconsciente, su espalda se erguía más recta y su sonrisa se ampliaba ligeramente-. Tampoco es que vosotros os paséis el día sentados.
-Nosotros sólo damos la cara, vosotros nos hacéis quedar bien –Josefa sonrió sinceramente. Además de guapa era buena gente-. Da gusto trabajar con un equipo así.
-Gracias –murmuró Lucía, fingiendo beber cuando en realidad soplaba. No sabía qué contestar.
-¿Qué vas a hacer este fin de semana? ¿Alguna fiesta?
Ja. Ja, ja, ja.
-No, lo más seguro es que tenga que venir el sábado a terminar algo de trabajo atrasado. No doy abasto.
-Qué dedicada. Yo no sacrificaría mi fin de semana por nada.
Ni yo tampoco, si tuviera algo que hacer, pensó Lucía, pero se limitó a preguntar por su fin de semana. Josefa levantó una mano como si espantara moscas delante de su cara y dio a su voz un tono aburrido.
-La hermana de mi novio viene de visita desde Colombia y tenemos que enseñarle la ciudad. Alguien ha cometido el error de hablarle de la vida nocturna del país y quiere que la paseemos por todas las discotecas. Todavía es joven, pronto se cansará de ellas.
-¿Qué edad tiene?
-Como tú, más o menos, veinticinco o veintiséis. Está en esa edad.
Lucía se irguió más aún y sintió su rostro enrojecer.
-Hombre, muchas gracias, pero a mí ya se me ha pasado la edad de las discotecas. He cumplido treinta y dos este mes.
La mirada de asombro de Josefa pareció sincera. Cada vez le caía mejor aquella mujer, por más envidia que le tuviera.
-Chica, pues no lo habría dicho jamás, pareces una cría. Nunca te habría echado más de veintisiete años.
Lucía murmuró un gracias mientras bebía de su café, que todavía estaba lo suficientemente caliente para abrasarle la garganta. Alguien dijo su nombre en el pasillo y ella miró su reloj de pulsera. La reunión estaba a punto de empezar.
-Te dejo, me tengo que ir. Que te lo pases bien este fin de semana.
-Igualmente. No trabajes demasiado.
Ojala sí, pensó Lucía. Así al menos tendré algo más que hacer, aparte de ver el especial de Gran Hermano.
Josefa se quedó en la sala del café sorbiendo su bebida. Sabía a rayos. Si no tuviera un metabolismo tan exasperantemente lento, tomaría el café con nata y azúcar, como a ella le gustaba. Pero no. A su edad, un solo azucarillo podía costarle cuatro kilos. Qué envidia le daban las chicas como Lucía, a las que su peso les era completamente indiferente. Ahí iba ella, con un cómodo tres piezas que le quedaba holgado por todas partes, disimulando su michelín y adaptando la ropa a su cuerpo, no al revés, como hacía ella. Dios, qué malo era ser esclava de sus inseguridades.
Y ya que pensaba en inseguridades, tenía que llamar a Raúl otra vez, y si le contestaba otra voz de mujer le iba a decir todo lo que pensaba de él. Era difícil volver a tragarse el cuento de la compañera de estudios, o el de la chica de la limpieza, o la compatriota desorientada. No; si volvía a contestarle una mujer, iba a pasear a su hermana él solito. Como si no tuviera ella otra cosa mejor que hacer que pasear a veinteañeras de vacaciones. Aunque, a decir verdad, la alternativa de quedarse sola en casa con un buen libro le daba cierto pánico. Eso le daría tiempo a pensar en su relación con Raúl, en su madre enferma, en su carrera estancada desde hacía años... No, mejor no se quedaba en casa. Ojala pudiera venir a trabajar, como Lucía, y mantener la mente ocupada sin la fastidiosa compañía del gorrón de su novio.
Josefa suspiró y tiró el resto del café por la fregadera. Repasó mentalmente el número de Raúl y cruzó los dedos para que la criatura que contestara no volviera a gritar a través de la habitación que su madre estaba al teléfono.
8 comentarios:
Querida Ruth: de todos lo que he leído, éste es el que más me gusta. Muy, muy bueno, intenso y con mucho fondo. Un beso.
¿Es este el que has enviado? pues es buenísimooooo
Me costaba leer algo tan largo pero llegué al final y me alegré de haberlo hecho.
¡Suerte!
Yo estoy algo vaguita ultimamente
Este no es el que he enviado, no. Y encima hoy recibo un mensaje que me dice que la revista está en hiato hasta el 2009... ¡Que hay que leer con cuidado! Ya me vale.
Lo intentaré con otra revista, je, je.
Rythmduel, muchas gracias. A mí me gusta especialmente por el personaje de Lucía, a quien creo que voy a recuperar y mejorar un poco para que participe más en mis historias. Voy a crear una especie de alter ego exagerado, a ver si funciona.
¡Wauuuu! Estupendo mensaje. Qué mal de conformar es el ser humano...
Confieso que soy de las que toma azúcar y luego me quejo de los kilillos de más, y que miro a otras y digo con desprecio... qué delgada está esa zorra... Juro que nunca más volveré a hacerlo.
P.D.: ¿Qué es estar en hiato?
Uy, ¿me habré inventado el palabro? Igual lo he traducido directamente del inglés, no sería la primera vez. Sí, me parece que me acabo de inventar una expresión.
Vamos, que están de reformas hasta el 2009 y no van a sacar número nuevo, por tanto no necesitan colaboraciones.
Interesante historia.
jeje, ¿las ricas también lloran?
cómo es el refrán ese de que el vecino de la hierba siempre parece más verde?? o... me ha salido otro mezclando pájaro en mano y viga en ojo ajeno, pero no lo escribo, porque suena muy muy feo...
Salud, y buenos personajes!
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