Ane quiere irse a casa. No le apetece venir a clase hoy y llora, berrea, las lágrimas le caen por la cara como si surgieran del nacimiento del Nilo. No puedo calmarla, nada de lo que le digo surte efecto. Quiere irse a casa, y punto. Cantamos canciones, saltamos, jugamos, y poco a poco se va acordando de que el inglés también le gusta, y que luego vendrá el maisu con sus cuentos favoritos, y va dejando de llorar. Pero de repente se acuerda de su madre y empieza otra vez. Parará cuando ella quiera, nunca antes.
Yana no llora, pero se agarra a su madre con tanta fuerza que hacen falta dos profesoras para soltarla de ella. Es dura de pelar, la más alta de la clase, un poco abusona, pero cuando no quiere venir lo deja hacer saber. Naroa, mi Naroa, la buena estudiante, la que disfruta viniendo a clase, hoy está desconsolada y no entiendo por qué. El tutor me lo aclara: se queda en el comedor y hoy hay pescado. Son las nueve y media de la mañana y ya está desesperada porque no le gusta el menú.
Los niños lloran, se rebelan, luchan contra lo que no les gusta, te lo dicen bien a las claras. Los adultos intentamos calmarlos, pero nada de lo que hagamos vale una mierda. Son ellos los que se tienen que calmar, ellos los que dicen basta, hasta aquí, ya me siento mejor. Y entonces paran, y sonríen, y vuelven a ser los niños alegres que mis alumnos tienen la suerte de ser.
A veces quisiera ser niña para poder mostrar al mundo lo que siento en cada instante, en lugar de llevar una máscara las veinticuatro horas al día y fingir que todo va bien, o disimular todo lo que puedes cuando las cosas se tuercen y no hay manera de fingir del todo. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de gente más feliz, más entera, menos falsa. Si todos hiciéramos lo mismo, el mundo estaría lleno de niños grandes.
2 comentarios:
Menos falsa seguro pero...¿Más feliz?
Aprender a controlar los terrores no me parece malo...pero sí, indudablemente, son más felices. Dan el amor por descontado ;-D
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