La obsesión de leer o cómo frustrarse una misma


He llegado a la terrible conclusión de que nunca llegaré a leer todo lo que quiero. Ni aunque consiguiera una velocidad de 2000 palabras por minuto (dicen que es posible, yo no termino de creérmelo, pobre cerebro), ni aunque leyera diez horas al día, ni aunque consiguiera liquidarme un libro al día. Porque esto es como lo de "cuanto más aprendes, menos sabes". Por cada libro que leo, salen media docena más de debajo de las piedras de mi ignorancia que me apetece leer. Descubrir a una autora significa descubrir todas aquellas que la influenciaron, y a su vez todas aquellas sobre las que ella influye. El otro día leí que se publican mil libros al año. No sé si era en un país concreto (me parecerían muchos) o en el mundo en general (me parecerían pocos), pero solo con esos mil, voy dada.

He tenido verano gafapasta. Durante el curso he estado muy agobiada y no he conseguido encontrar tiempo para leer, así que han llegado las vacaciones y hala, a empacharme. Y nada de libros de encefalograma plano, no; libros "densos" (habría que definir "denso", pero en fin), premios Nobel, clásicos... Algo que alimente el alma, aunque entre plato y plato también ha caído algún sorbete en forma de cómic (o novela gráfica, o libro con viñetas, llamémosle equis). No soy buena separando el grano de la paja; a lo largo de mi historia como lectora se me han colado unos cuantos ñordos en la biblioteca, ñordos que me he leído porque qué iba a hacer, no los voy a tirar, con el dineral que me han costado (con alguno no he podido; ha sido superior a mí). Así que ahora me ha dado por ir a tiro fijo, que no siempre lo es. Voy de cultureta. Voy de "yo leo a Nabokov porque la literatura moderna me aburre". Voy de "al próximo que me miente el Código DaVinci se lo hago merendar". Voy de "alternativa, ¿yo? No, perdona, eso está passé, ahora se lleva la vuelta a las raíces". Y oculto como si de un cadáver maloliente habláramos el libro de Lucía Echevarría que espera a ser leído, o los de Marian Keyes que compré el verano pasado, o los terribles vampiros de Christopher Moore. En mi sala me esperan Ana Karenina, Crimen y Castigo, Guerra y Paz y uno de Proust y de Antonio Gala. Os lo juro. Soy así de pedante.

Pero, como os decía, no hay tiempo en la vida de una persona, por más que viva cien años y no se dedique a otra cosa, para leer todo lo que merece la pena. Mi intención había sido atacar The Scarlet Letter, así, en inglés, que queda mucho mejor, dónde vas a parar, pero el otro día, ¡ay!, el otro día un libro me encontró y tuve que dejar el que tenía entre manos. Y sí, digo bien, me encontró, porque yo no lo buscaba. Sabía de su existencia, había leído cosas de él, conocía a su autora, pero tengo treinta libros, ¡treinta! esperando a ser leídos y no tenía intención de comprar más. Pero entré en la librería por hacer tiempo mientras esperaba a unas amigas, me acerqué a la mesa donde colocan los libros que quieren que te llamen la atención, y allí estaba, solo, abandonado, fuera de su lugar en la estantería, sin un hermano gemelo que lo acompañara... Las niñas perdidas, de Cristina Fallarás, me reclamaba su atención desde un lugar que no era el suyo, ahí, delante de mis ojos y a milímetros de mis dedos. Y yo, por supuesto, no pude dejarlo estar. Así que ahora tengo treinta y un libros para leer, aunque este último ya está casi finiquitado y caerá reseña pronto, porque es uno de esos libros que quieres que todo el mundo lea para poder comentar y sacarte el grito que llevas dentro y la frustración de decir "¿cómo un libro que me ha dado tanto asco y me ha parecido tan bestia puede atraparme tanto?" Para que luego hablen del sexo débil.

Me queda una semana de vacaciones. Al ritmo que voy, y teniendo en cuenta que leo despacio, calculo que terminaré el que tengo entre manos y luego quizás caiga el clásico de Hawthorne (osea, tojuro, que me sé hasta el autor). Y luego, quién sabe, espero seguir leyendo por lo menos un par de libros al mes, a ver si el curso empieza tranquilito y me puedo permitir domingos ociosos tirados en el sofá con las aventuras de alguna dama rusa en apuros.
Ya os contaré.

(Por cierto, que los libros de Richard Castle de la foto no son míos. Una es friki, pero no para tanto. Aunque he de reconocer que la foto de Nathan Fillion en la contraportada era muy tentadora...)

3 comentarios:

dsdmona dijo...

Yo hace años que me resigné a no leer todo lo que me apetece, los voy apuntando, leyendo, cambiando, dejando cogiendo y siempre que leo uno salen cinco como a ti... pero leo lo que me gusta, lo que me llena o lo que me interesa en ese momento y ya he tomado conciencia de que van a ser infinitamente menos de los que me gustaría...

D.

PD: 2000 palabras por minuto? eso son más de tres hojas... uffff

Andrés dijo...

Hay un libro de Delibes titulado "Un año de mi vida" o algo así (pido disculpas,si estoy añadiendo otro a la lista de los que te gustaría leer) , y en él, habla de una estantería en la que hacen cola los libros que tiene pendientes, y reconoce que morirá sin conseguirlo, ya ves que no es un precupación tuya, ni nueva.

Un saludo, y si consigues disfrutar de los que lees sin preocuparte por los que te dejas, enhorabuena.

Max Estrella dijo...

Pues bienvenida al club...yo además de procurar leer autores muertos (la distancia suele colocar las cosas y a los autores en su sitio,aunque leo algunos vivos he de reconocer,no betsellers gracias) este verano me he comprado gafas de pasta, así que lo soy en todos los sentidos...
Y lo que dices cierto,no da tiempo...a ver si en otra vida...jejeje
besos