Diario

Llega septiembre, y con él el frío. No, en realidad el frío lleva aquí desde julio -vamos, que nunca se fue-, pero no sé qué tienen los meses con erre que parecen más fríos. O serán cosas mías.
El día está nublado y por la ventana entreabierta entra el aire fresco de la calle. El gato trata de asomarse por el hueco de las oscilobatientes, por más que sepa que no le cabe la cabeza y que no, no va a poder suicidarse saltando desde un segundo. Me esperan los apuntes de literatura irlandesa sobre la mesa de la cocina; leo, comprendo, pero no retengo, le estoy cogiendo manía a la asignatura por culpa del profesor (y autor del libro). A mi lado, medio litro de té verde en una taza del Starbucks de Santa Cruz. Ya van dos tazas. El té verde apenas tiene teína y no le echo azúcar. Dormiré bien esta noche. Para ser domingo, me refiero.
La tarde va a ser tranquila, simplemente yo con mis libros, mi té y mis series americanas mientras sigo acolchando un tapiz de patchwork que debería haber acabado hace siglos. El otoño llama a la puerta y apetece mantita, calor, abrigo y chocolate caliente (pero mejor me quedo con el té, por lo de las calorías). Poco a poco voy volviendo a la rutina del curso, y me doy cuenta de que me gusta, de que, a pesar de momentos puntuales, soy una persona equilibrada con momentos de felicidad, que ya es más de lo que se puede pedir. Una canción me aborda, y no me queda otro remedio que escucharla una y otra vez en mi cabeza; escribí algo sobre ella en Twitter y la cantante me ha encontrado, me ha hecho mucha ilusión. Es la segunda persona "famosa" que se da cuenta de que existo. ¿Por qué le doy tanta importancia a semejantes chorradas?
El fresquillo que siento en el cogote me indica que tengo que dejar crecer el pelo para el invierno.

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