Fragmento III

Cuando Alan entró en clase se topó con un grupo de alumnos y alumnas reunidos alrededor de una mesa que se disolvió en cuanto le vieron entrar. Algunos de ellos se apresuraron a guardar un papel en el bolsillo de sus pantalones o en la mochila antes de sentarse a la mesa; las chicas le miraban y soltaban risitas mal disimuladas mientras sacaban el material de literatura. Alan se detuvo antes de llegar a su mesa frente a la clase.

-¿Todo bien? -dijo. La clase soltó un murmullo de asentimiento entre sonrisas y guiños-. Vale. Espero que lo que estéis tramando pueda esperar hasta después de clase.

Risas. Alan sonrió, sacudió la cabeza y se giró a la pizarra. Pulsó una tecla del ordenador y mostró un castillo en penumbra.
-Ya dijimos el otro día que la época del romanticismo fue una de las que menos duró, pero quizás la que más perduró. No sé si ese concepto ha quedado claro. ¿Alguien se atreve a explicarlo?

-Significa que estuvo poco de moda en su tiempo, pero que tuvo mucha influencia después -dijo una chica en la primera fila.
-Exacto, muy bien. El romanticismo recuperó los mitos y las leyendas del pasado, trataba de regresar a una época donde todo era más sencillo, más idílico. Castillos, princesas, encantamientos, cuentos de miedo… Nada es real, porque la realidad no es bonita, no gusta. E incluso cuando el autor o autora habla del presente, lo pinta de color de rosa. Pensad en Jane Austen. Sí, habla de su vida y de su clase social, pero ¿de verdad creéis que todas las historias de amor de la época terminaban así de bien?

Alan hizo una pausa y proyectó en la pizarra una foto de la campiña inglesa.

-El romanticismo fue un fenómeno global. Ahora estamos muy acostumbrados a esa palabra, pero pensad que os estoy hablando de hace más de doscientos años, cuando no había internet y viajar entre continentes costaba más de una semana. Aún así, el mundo occidental al completo se sumergió en el romanticismo, con mínimas diferencias. Incluso los realistas que vinieron después utilizaron la herencia del romanticismo en sus obras, aunque fuera para burlarse de él. Y, muchos años después de que el movimiento dejara de estar de moda, todavía encontramos obras románticas.

La foto del monstruo de Frankenstein inundó de nuevo la pantalla.

-¿A alguien se le ocurre otro monstruo famoso que llegó más de cincuenta años después que éste?

Alan escrutó las caras de los adolescentes frente a él. Algunos tenían el ceño fruncido en señal de concentración, otros evitaban mirar al frente, no fuera que les llamara a ellos. Los menos, apenas dos o tres, parecían dormitar en sus pupitres. Entre las caras conocidas, un rostro desconocido le llamó la atención. Le señaló con el dedo.

-Vaya, si tenemos un chico nuevo -dijo-. Perdona, ¿cómo te llamas?

El chico, de tez oscura y aspecto asiático, se hundió en la silla cuando Alan se dirigió a él, los ojos negros abiertos en expresión de susto. Alan sonrió.

-Tranquilo, no muerdo. Me han avisado esta mañana de que llegabas, pero se me ha ido de la cabeza y me he dejado tu ficha en el despacho. ¿Cómo te llamas?

Pero el chico no contestaba. Alan frunció el ceño.

-De verdad, no es tan difícil. No es pregunta para nota. Tu nombre. Solo necesito tu nombre -Él seguía mudo, cada vez más hundido en la silla-. ¿Hola? ¿Hay alguien hay? ¿Te ha comido la lengua el gato? En serio, no te va a pasar nada, no hay error posible. A no ser que me des un nombre que no es el tuyo, claro. ¿Me estás escuchando?

David levantó la mano tímidamente.

-Señor Peterson, creo que no habla inglés. Es de Paquistán, me parece.

Alan cerró los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, puso los brazos en cruz.

-Os doy permiso para que me tiréis lo que más a mano tengáis, por capullo.

Una lluvia de lápices y gomas de borrar le golpeó suavemente, entre las carcajadas de todos. Se giró a su ordenador y buscó un traductor de urdu y otro de punjabi. Toda la clase pudo leer en la pizarra: “Perdona. Me llamo señor Peterson. ¿Cómo te llamas?”, y la traducción al urdu que solo el chico nuevo entendió. Éste sonrió y se sentó erguido en su silla.

-Munib -dijo, con voz potente. La clase aplaudió. Alan siguió escribiendo: “Encantado de conocerte. Hablamos después de clase”. A lo que Munib contestó con una sonrisa y un enérgico cabeceo. Alan lanzó un suspiro de alivio. La clase rió.

-Ha estado usted a punto de perder el primer puesto, señor Peterson -dijo alguien desde el centro de la clase.

-¿El primer puesto de qué?

Pero todos sonrieron y nadie quiso contestarle. Alan sacudió la cabeza y volvió a su presentación. El monstruo de Frankenstein desapareció para dar paso a Dracula.

-Dracula, de Bram Stoker. ¿Os suena?

-Ah, sí -dijo una chica al fondo de la clase-. Ese es como lo de “Crepúsculo”, pero en feo, ¿no?

Alan se quedó inmóvil, cerró los ojos y se llevó la mano al pecho.

-La próxima vez que intentes matarme -dijo al fin-, utiliza una pistola. Será más rápido y menos cruel.

Solo la mitad de la clase rió. La otra parecía confusa.

2 comentarios:

Crizagloss dijo...

Me estoy empezando a encariñar con este Alan ¿sabes? Lo leí ayer, pero no había tenido tiempo de comentarte. Me ha resultado muy divertida la escena de los lápices y las gomas. Y la de "Crepúsculo" (que vaya comparación)
Es un personaje muy creíble...muy vivo. Sí, creo que esa es la palabra: Vivo.Casi me da la impresión de que tiene algo de una profesora que yo me sé.
Te leo ( y espero especialmente más de Alan)

Ruth dijo...

Lo confieso: Alan es mi alter ego. Es quien me gustaría ser, pero no soy ni de lejos.
Gracias por el comentario, me has alegrado el día.