Gracias

Enciendo la tele (lo menos que puedo) y me enfurezco al ver anuncios de detergente en los que parece que la única preocupación de una mujer es que sus niños y su marido vayan con la ropa sin manchas. Frases como "el queso en lonchas hace los bocadillos más fáciles para mí y más sabrosos para ellos" me erizan los pelos, por no hablar ya de los anuncios de coches en los que la hombría parece medirse por el número de caballos que uno conduce. Veo gestos sexistas por todas partes, en las series de televisión, en los carteles de las calles, en el lenguaje de la gente (y en el mío, que es peor). Oigo comentarios como "pobre crío, es tan tranquilo y sensible que solo juega con las chicas, me tiene preocupada" que me asustan no sabéis bien cómo (¿no deberías preocuparte por los alcornoques que tienes en clase, no por el niño tranquilo?), y me paso el día prácticamente en tensión constante, hasta el punto de que he decidido no hablar del tema con nadie, ni mencionarlo siquiera, porque estoy harta de defenderme constantemente. Mi mayor problema es que me defiendo bien escribiendo, pero cuando me atacan verbalmente se me traban los argumentos y termino diciendo cosas que no pienso o que no puedo defender, así que, ya perdonaréis, me desahogo aquí.

Últimamente me ha dado por leer libros de no ficción, y, aunque tengo la casa llena de ellos, he empezado por los feministas. He hecho bien, porque me han dado la perspectiva que necesitaba: queda mucho por hacer, el feminismo tiene que seguir estando de moda, tenemos que seguir luchando y eliminando barreras... pero hemos avanzado una barbaridad. En apenas cien años se han logrado cosas que han cambiado la sociedad de cabo a rabo, quizás no tanto como las feministas de principios del siglo veinte hubieran querido, pero mucho. Son cambios lentos, no hay revoluciones y sí muchos parones y algún que otro paso atrás (¿habéis visto la nueva línea que Lego quiere sacar para las chicas?), pero estamos mejor que hace cien años, mejor que hace cuarenta años. Y se lo debemos a todas esas personas que lucharon por conseguir derechos tan mínimos como el control sobre nuestro propio cuerpo (ese que el "progre" de Gallardón nos quiere quitar otra vez), el derecho a voto, el derecho al control de nuestro salario; el derecho, al fin y al cabo, a ser seres libres y no las esclavas que éramos hasta principios del siglo veinte (y en España hasta hace dos días). Gracias a todas las mujeres que arriesgaron su forma de vida por darnos a nosotras otra mejor. Gracias a todos esos hombres que cedieron su poder a las mujeres y lucharon en su nombre. Gracias a todas aquellas personas que se dieron cuenta de que la mujer era mucho más que una posesión y algo bonito para adornar el brazo al salir de paseo.

Todavía queda trabajo por hacer, basado sobre todo en la educación, pero lo más gordo ya está hecho. Gracias. Gracias, gracias, gracias.

1 comentario:

Pau dijo...

Soy de la idea que el feminismo (igualdad) se lleva dentro. A veces, cuando alguien liberado-a me habla de feminismo, le pregunto qué es eso, en qué encuentra diferencia para tener que luchar.
Yo, personalmente desprecio el sexismo, me repugna tanto como el racismo, es antinatural, hasta tal que me produce desconfianza y, a poder ser, evito su relación.
El sexismo muere con sus últimos especímenes, tanto hombres que van de sexo fuerte, como mujeres de débil. Están condenados porque se han convertido en el hazmerreir del resto.