Diario de una novela

(...) Estoy leyendo muchos libros y artículos sobre teoría de la literatura, crítica, metaliteratura, etc., lo que de momento me sirve para saber que, si un crítico cogiera cualquiera de los dos proyectos en los que estoy trabajando (uno está en barbecho, pero es parte del proceso), lo dejaría en la primera página para salir corriendo a vomitar. Y no me importa. Por primera vez en mi vida, estoy entendiendo el proceso de escritura como un proceso de aprendizaje, en el que el hecho de escribir algo "bueno" (lo que quiera que eso signifique) pasa a un segundo plano. Por supuesto que quiero escribir algo decente, pero ahora por fin (¡por fin!) entiendo que eso no ocurre de la noche a la mañana y que hay que currárselo. Es como decidir que se quiere correr una maratón de un día para otro: lo primero es que te guste correr, porque si no disfrutas con ese simple hecho, te va a ser muy difícil invertir los kilómetros de preparación que necesita una carrera de esa envergadura. Y, aunque consigas terminar una (y eso en sí ya es todo un logro digno de ser celebrado, como cuando terminas -de verdad- una novela), nadie te asegura que vayas a quedar entre las diez primeras. Ni siquiera las cien. De hecho, con terminar date por satisfecha.
(Me estoy dando cuenta de que el número de analogías entre la escritura y el atletismo es directamente proporcional al dolor en mi rodilla. No sé cómo entender esto.) (...)

1 comentario:

Io dijo...

Ocupo algo de mi tiempo en leer la correspondencia entre Candamo y Unamuno.
Nada que pueda interesarle a usted, salvo por el hecho de que el joven Candamo quiso ser escritor desde sus 18 años. Hizo crítica literaria, tenía buen conocimiento de cuatro idiomas y estaba al corriente de bastante más de la literatura que se hacía en Europa y en América del Sur, a sus veinte años, de lo que muchos otros de los personajes vinculados a las tertulias literarias del Madrid de comienzos del siglo XX, incluídos apellidos tan conocidos como los Baroja, Maeztu y algún otro.

Vivir para o vivir de.

Mientras escuchaba las eruditas explicaciones de Ana sobre el pintor Anselmo Guinea Ugalde, asociaba dos circunstancias vitales, la del pintor y su extensa familia de 9 hijos (perdieron a dos, a una con 17 años) y y la de Unamuno con sus 6 hijos. Ambos trabajaron a destajo para sacar adelante a tan extensas familias, sin fortuna personal, con agudeja, ingenio y muchos codos. No se entendería la muy extensa producción de Unamuno sin su necesidad de obtener recursos complementarios para sostener a su familia, como no se entendería la extensa obra del pintor y su acomodación a los gustos de su clientela, sin pensar en su muy extensa familia.

Un breve apunte sobre rasgos distintos entre ambos personajes.

Guinea pintó dos cuadros donde el erotismo es patente, uno al final de su vida que muestra a una pareja cuasi retozando mientras un pajarillo exhibe unos desaforados trinos y otro para la decoración del club de los jóvenes de la burguesía bibaína, que funcionaba como un selecto lugar abierto a todos los placeres, en un Bilbao que contaba con más de 60 burdeles en el casco viejo de la época. El pintor incluyó en el cuadro a caras conocidas. El pintor se recreó en ambos cuadros, no parece en ellos ningún asomo de reproche.

Y de otro lado, la crítica de Unamuno a un dibujo de Picasso para la ilustración de una revista, del que destaca la figura de la mujer que en el quicio aguarda a clientes, la celestina del segundo plano y, lo que más le deaagradó a Unamuno, el innecesario detalle de un 69, prescindible para él en el contexto de aquel dibujo. Unamuno dejó patente su reproche en carta a Candamo.

Resulta claro que Guinea vivio de, no para. Me pregunto qué podría decirse sobre Unamuno, en tal sentido. ¿En qué parte vivió para y en qué parte vivió de?

Ya es 19.

1812-2012 ¡Viva la Pepa!

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