
Llego al hospital sin tener una clara idea de hacia dónde tengo que ir.
Es festivo, los ambulatorios están cerrados y mi dolor de garganta no puede esperar los cuatro días de fiesta que me separan de mi médica (a quien, todo hay que decirlo, no guardo especial cariño de todas formas). La chica de información me indica que suba a la tercera planta con toda la amabilidad del mundo, y yo pienso en cómo ha cambiado el personal que atiende al público desde que yo era pequeña y acompañaba a mi madre a hacer este tipo de cosas. Ahora son agradables, no te tratan como si fueras estúpida por no saber lo que todo el mundo debería saber a estas alturas, hombre ya, cómo no puedes encontrar la planta de atención primaria tú solita, sin carteles ni ayudas ni nada de nada, acaso no eres mujer, usa tu sexto sentido. No. Ahora te guían. Se agradece. Lo malo es que llegas a pensar que todo el mundo es así, y ni de coña.
La sala está atestada de gente, una veintena de personas, si no más. Me siento en unos bancos aparte, en un pequeño pasillo con tres puertas tras las cuales, imagino, estarán los médicos y médicas. Me he traído un libro, una nunca sabe cuánto la van a hacer esperar en estas cosas, pero la acción de alrededor me mantiene entretenida. A mi lado hay un hombre con dos niños de tres o cuatro años a los que habla en árabe que espera pacientemente y controla a los críos mucho mejor que varias de las madres de la sala, cuyos churumbeles corretean por doquier. Nadie parece necesitar atención urgente, nadie está a un paso de la muerte, ni vomitando, ni con un ojo colgando. Esto no es urgencias, me digo, y se nota. Las puertas de las consultas se abren y se cierran a una velocidad pasmosa; en cuanto un paciente sale, una voz dice el nombre del siguiente desde dentro, sin asomarse. Yo, sentada junto a las puertas, apenas les oigo, y estoy a punto de decirles “habla más alto, que no creo te hayan oído” más de una vez, pero estoy equivocada. Los pacientes les oyen, vaya que si les oyen. Están atentos a su nombre, y en cuanto lo escuchan saltan como si alguien hubiera accionado un resorte y corren (literalmente, corren) hacia la puerta desde donde les han llamado. La mayoría está fuera en menos de cinco minutos. No hay tiempo que perder. Hay mucha gente esperando.
El hombre junto a mí llama a una de las puertas con toda educación y muestra un objeto cubierto con papel que lleva en la mano. La médica de dentro le indica que allí no es, que tiene que ir a la puerta grande a entregarlo; el hombre obedece, seguido por los dos chiquillos, y al rato vuelve a sentarse donde estaba. Una médica pasa junto a él y le pregunta algo, a lo que él responde gritando: “LLEVO DOS HORAS ESPERANDO, VALE YA, ESTO ES UNA MIERDA, QUÉ PASA”. Ella, riendo —riendo—, le dice que no es culpa suya, pero él insiste en que “NO ES CULPA MÍA, PERO TUYA SÍ, VUESTRA, YO NO TENGO CULPA, QUÉ PASA”. La mujer desaparece en la consulta y el hombre murmura por lo bajo, con los dos niños mirándole en completo silencio. Yo intento hacerme pequeña en mi silla, desaparecer, o en su defecto convertirme en invisible, pero no tengo ese poder. La mujer asoma la cabeza por la puerta y le hace pasar. La puerta se cierra, pero a los tres minutos se vuelve a abrir, no del todo, lo suficiente para que se oigan las voces de dentro. “NO ESTOY GRITANDO, ESTOY HABLANDO, QUÉ PASA, POR QUÉ DICES QUE TE GRITO”, a lo que una voz femenina responde en voz tan baja que no se entiende lo que dice. Justo entonces se abre la puerta junto a mí. “RUTH”, gritan, ahora que no les hace falta. Doy un respingo idéntico al que han dado todos los demás. Me levanto con la misma velocidad con la que se han levantado los demás. Entro en la consulta haciendo casi una reverencia. Me falta llamar “señoría” al médico.
“Dime”, me dice el doctor, que no lleva bata y va en vaqueros y no me mira a la cara. Le cuento que he tenido fiebre, que me duele la garganta, que… “¿Cuánta fiebre?”, me corta. Treinta y ocho el martes, pero ha bajado, ahora solo treinta y siete. Me mira la garganta (pero no a los ojos), me mira los oídos, me dice que “está roja” (supongo que se refiere a la garganta, no a la oreja). “¿Qué estás tomando?”, pregunta. Tentada estoy de decirle que nada, que no hay que automedicarse, que para eso he venido, pero no me gusta mentir a los médicos y le digo que naproxeno. “Pues sigue con eso”, dice, tecleando en su ordenador. Silencio. “Ya, pero es que no me hace nada. A mí me viene mejor el ibuprofeno”. “Dame la tarjeta”. Me hace la receta a mano —sin mirarme ni una sola vez—, y me la entrega. “Pues ya está”. Le doy las gracias y me voy. Ya fuera me doy cuenta de que me he auto-recetado las pastillas yo misma. He sido médica sin serlo.
El hombre y los dos niños ya se han ido, o al menos la puerta de la consulta está cerrada y no se oyen voces. La sala sigue llena, pero ya no veo ninguna de las caras que vi al entrar. Miro el reloj: diez minutos esperando y uno de consulta. Un minuto, del cual treinta segundos han sido para escribir la receta que yo le he dictado.
Tengo hambre. Solo a mí se me antoja pan en Viernes Santo.
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