Dear diary: Las chicas de la cafetería



Miércoles, cuatro de la tarde, uno de esos días de invierno que me gustaría que no existieran, aunque sé que es necesario. Me siento en la cafetería con mi libro, uno de Margaret Atwood. Es demasiado tarde para el café de sobremesa y demasiado temprano para el de media tarde, hay muy poca gente en el recinto. De todas las cafeterías de Vitoria he ido a elegir precisamente ésta, oculta, sin terraza, en el interior de los cines, donde ni siquiera sé si sigue lloviendo. Tengo los pies empapados. Si retorciera mis calcetines, caerían chorros de agua.

El libro es apasionante. Trescientas páginas, lo empecé hace dos días y estoy a punto de terminarlo. Pido un café —mucho más caro que afuera, que ya es decir, y no mejor— y me recuesto en la silla, tengo varias horas que matar. Pienso que nunca he leído descripciones como éstas, que más parecen escenas de acción que el lánguido paseo de una mujer por una avenida desierta. Quién pudiera escribir así, me digo, y sacudo la cabeza. Para qué torturarme. A estas alturas debería tener claro ya que yo nunca seré Margaret Atwood. Ni Zadie Smith. Ni Elizabeth George. Sonrío al imaginarme qué diría un purista literario ante esta mezcla de autoras. Seguro que a más de uno le da un síncope.

Ellas llegan tranquilas, sin el escándalo que he venido a asociar con la adolescencia. Son seis, en esa franja de edad que va de los trece a los dieciocho y que tan difícil se me hace especificar. Edad de instituto, no puedo decir más. Se sientan en la mesa que tengo enfrente y yo maldigo, porque son adolescentes y por definición ruidosas, por más que éstas todavía no hayan alzado la voz ni una sola vez. Llega el camarero y les dice que es autoservicio, que tienen que ir a pedir a la barra. No todas quieren algo. Si se parecen a mí a aquella edad, un café les durará cuatro horas. Hay que entenderlas, llueve, hace frío, su paga es limitada. Yo estoy haciendo lo mismo, solo que a mí ahora me da vergüenza ocupar mesa sin consumir y cuando acabe el café pediré un té. Si no fuera por eso y porque tengo veinte años más que ellas, se me podría confundir por una de su grupo, ja, ja, ja. Me sonrío. Cualquiera que me vea sonreír tanto va a pensar que estoy leyendo un libro de humor. Bendita coartada.

Las chicas hablan en tono comedido y una cada vez. No me llega lo que dicen, aunque están a dos metros escasos; las viejas de la otra punta, sin embargo, hablan a grito pelado y en un tono tan agudo que no entiendo una palabra, pero molestan igual. Consigo eliminar el ruido de mi cabeza y me concentro en el libro. The Handmaid’s Tale, se llama, y me está haciendo sufrir y gozar en igual medida. Sufrir, porque la historia que cuenta es tremendamente dura (una especie de 1984 orwelliano femenino), y gozar porque está tan bien escrita que no quiero terminar la historia, aunque quiero saber cómo acaba (pero sé que no acaba bien, no puede acabar bien, si acabara bien sería una decepción). Tendré que leerlo otra vez cuando lo termine y avanzar más despacio, fijarme más en los detalles. Recuerdo que lo estoy leyendo como lectura obligada en una asignatura. Tengo que dar las gracias a la profesora, me digo.

Las chicas de enfrente están siendo víctimas de un ataque de risa colectivo, pero comedido. Levanto la cabeza y las observo, me resultan muy interesantes. De las seis, solo una va pintada, la que se ha sentado en la cabecera de la mesa y parece ser la que más habla. Todas son guapísimas, como lo son todas las chavalas a esa edad, pero de una belleza tranquila, esa que no te obliga a mirar dos veces y pensar joder, tendría que ser actriz de cine, qué ojos. Normales, sin artificios, pero guapas. Van vestidas a la moda, ropa comprada en Zara o Mango o cualquiera de esas tiendas que venden uniformes disfrazándolas de prendas de moda, pero en la elección del vestuario se da una cuenta de que no son idiotas. Manga larga, jerseys, cuellos vueltos, hace frío, esto es Vitoria, tres grados esta mañana. Aún así, monísimas, y sin enseñar un trozo de carne. Me fijo en que su risa suena sincera y me pregunto si se ríen así siempre o el tono cambia cuando hay chicos alrededor. El mío lo hacía, para qué engañarnos. Me caen bien. Y eso en mí es raro. Odio la adolescencia, quizás porque odié tanto la mía.

Las horas pasan y la cafetería se va llenando. El café ha sido sustituido por un té rojo con naranja y limón que amarga un poco al primer trago pero luego sabe rico. Cuando vuelva a casa, tengo que pasar por la tienda de tes y comprar un poco, me digo, pero se me olvidará. Hay más ruido y me cuesta concentrarme en el libro. Madres con bebés inundan los pasillos entre las mesas, se encuentran con conocidos que les dicen lo preciosos que son sus nenes o nenas, ocupan el espacio de cuatro personas con el puto carro, la gente da rodeos para poder llegar al final de la sala porque han creado un tapón en pleno pasillo, y ellas lo saben y les da igual. Una golpea la silla junto a mí, que me golpea la pierna. Ni un perdón, ni una mirada, sigue para adelante, y yo pienso que su niño no es tan guapo, tiene las orejas muy grandes y pelo pincho y aunque fuera guapo no te lo diría porque bastante creído te lo tienes, que me has hecho daño, jodía. El ruido ya es insoportable. Las adolescentes han levantado la voz y me llegan fragmentos sobre “si ese tío te da morbo, adelante, date el gustazo”. Al final no son tan distintas, ruidosas y salidas como todas, me digo, pero sé que no es justo, que no es culpa suya, que tienen todo el derecho a estar salidas y que la única razón por la que son ruidosas es porque aquí ya no te oyes ni pensar. Recojo el libro y salgo, esquivando carros, madres, padres y mujeres con muletas. Es la cafetería de moda para los menos guays de la ciudad y yo no me había enterado. Solo quería un sitio tranquilo para leer.

Fuera ya no llueve. Mis pies siguen empapados y hace frío. No puedo ir a casa todavía, los obreros nos han pedido que esperemos hasta las siete. Son las seis. Me meto en una librería y ojeo libros. Tengo demasiados en casa para comprar ninguno, pero no hago daño a nadie por mirar.

Dan las siete y vuelvo a casa con un libro nuevo bajo el brazo.

Chispea.

1 comentario:

Io dijo...

Matar el tiempo no pasa de ser una venganza literaria. El tiempo es quine acaba con nosotros, antes o después, pero siempre. Tiene tan claro que domina la partida que nos da una vida de ventaja en esa carrera hacia la nada en que siempre nos gana el tiempo.